No son los que más me gustan ni mucho aquellos en los que más tiempo he empleado, pero las cifras son las que mandan y a ellas me remito. Creo, no obstante, que hay que relativizar estas, pues desconozco los criterios de YouTube a la hora de priorizar unos vídeos sobre otros –he hecho la prueba de buscar al azar algunos de mis vídeos subidos y unos aparecen y otros no–, por lo que aún me resulta más difícil saber el porqué de estas cifras. Pero, en fin, vamos con mis cinco vídeos más vistos.
1. I Will Survive: 21.427 visualizaciones en el momento que redacto esta entrada (hoy, 26 de julio, 13:45 hora española).
2. Il mondo: 13.356 visualizaciones.
3. Pecado: 10.402 visualizaciones.
4. Et Dieu… créa la femme: 7.079 visualizaciones.
5. Say It Loud – I’m Black and I’m Proud: 4.187 visualizaciones.
Un presente atemporal; un pasado relegado del relato oficial, olvidado y prácticamente desparecido de los manuales de historia, y un futuro al que tememos, pues nada bueno esperamos él, determinan esta sociedad espectacular. Así, parece que vivamos un perpetuo presente en el que, no obstante, nunca dejan de ocurrir cosas aparentemente trascendentales que no son más que las banalidades de siempre, “anunciadas de forma apasionada como importantes noticias” (Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, 1988). De forma circular se transmiten estas una y otra vez, se las reviste de una trascendencia que no tienen y no se discute su veracidad. Todo es importante, nos dicen, pero no para quién. Para la gran mayoría de la sociedad es obvio que no. Sigo con Debord: “solo muy de tarde y a sacudidas pasan las noticias verdaderamente importantes, las relativas a aquello que de verdad cambia”.
Se ha construido así un presente sin referencias. El actual modelo de sociedad es el único aceptado, nada puede existir fuera de él, eso de que otro mundo es posible no es más que mera utopía. Por otra parte, el discurso histórico ha pasado a ser lineal y unidireccional, además de manipulado desde las instancias políticas. Sea el partido que sea el que esté en el ‘poder’ tratará de adoctrinar a los niños y jóvenes desde su ‘ideología”. Se trata de hacer ‘buenos ciudadanos al servicio de la sociedad”, lo cual, dicho así, puede ser cumplido por todos ya que en realidad nada dice.
Con un futuro del que nada se espera porque se le teme (“Si ves al futuro, dile que no venga”, como decía el escritor bonaerense Juan José Castelli) y un pasado sin otra historia que aquella que se ajusta al discurso oficial-mediático, el presente no es atacable, pues no hay alternativa, se argumenta. Esta sociedad puede no ser perfecta, pero fuera de ella todo es pernicioso.
No es de extrañar, pues, que para nada se hable de acontecimientos “verdaderamente importantes”, de esos que de verdad afectan a nuestras vidas. Hace hoy veintiséis años, en 1991, se proclamaba el fin de la Unión Soviética tras firmarse el día antes el Tratado de Belavezha, que declaraba la Unión disuelta y establecía la Comunidad de Estados Independientes (CEI) en su lugar. El presente se mostraba tremendamente cambiante y era indudable que las consecuencias de lo que sucediera iban a determinar el futuro de la humanidad. El desenlace de dos procesos en curso –la evolución de los países del antiguo bloque oriental y la posible unión europea– resultaban claves. En todo caso nadie podía dudar que Europa ya no sería como era hasta 1990.
Y así fue. La prueba es que, tras la caída del Muro de Berlín, el capitalismo –el financiero siendo más precisos– mostró su notable capacidad de restructuración económica de la mano del neoliberalismo y empezó el desmantelamiento progresivo del llamado estado de bienestar. Se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Se cerraba una batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994). El capitalismo había impuesto su lógica, había triunfado.
Ningún debate sobre ello, ninguna discusión, ninguna reflexión sobre algo tan trascendente como fue “el final del corto siglo XX” (Hobsbawm). Aunque bien pensado, casi mejor. Así se evita uno tener que leer y escuchar tantas imbecilidades y evita el correspondiente cabreo. Termino con Debord: “El individuo a quien ese pensamiento espectacular empobrecido ha marcado profundamente, y más que cualquier otro elemento de su formación, se coloca ya de entrada al servicio del orden establecido, en tanto que su intención subjetiva puede haber sido totalmente contraria a ello. En lo esencial se guiará por el lenguaje del espectáculo, ya que es el único que le resulta familiar: aquel con el que ha aprendido a hablar. Sin duda intentará mostrarse contrario a la retórica, pero empleará su sintaxis. Este es uno de los éxitos más importantes obtenidos por la dominación espectacular”.
Entrada publicada anteriormente el 9 de diciembre de 2019.
León Tolstói escribiendo en el estudio de su finca en Yásnaia Poliana (1908). / Alamy.
Creo que procede escribir, primero, solo solo cuando la idea que uno quiere expresar es tan obsesiva que no nos deja en paz hasta que no la expresamos, como uno sepa hacerlo. Todos los demás móviles del oficio: por razones de vanidad y, principalmente, las detestables razones monetarias, aunque se unan a los esencial –a la necesidad de expresión– solo pueden entorpecer la franqueza y la dignidad del escrito. Esto hay que temerle mucho. Segundo, cosa frecuente y en la que, a mi juicio, suelen caer los actuales escritores modernos (todo el decadentismo se sustenta en eso), es el afán de originalidad, de ser especiales, de sorprender y asombrar al lector. Esto es aún más perjudicial que las consideraciones accesorias a que me referí en lo primero. Esto excluye la sencillez. Y la sencillez es condición indispensable de lo bello. Lo sencillo y natural puede no ser bueno, pero lo abstruso y artificioso no puede serlo. Tercero: la premura del escrito. Siempre nociva, que denota, además, la falta de esa auténtica necesidad que nos mueve a expresar nuestras ideas. Pues, cuando ella está presente, el escritor no escatima trabajo alguno ni tiempo para lograr definir su pensamiento con plenitud y claridad. Cuarto: el deseo de responder a los gustos y exigencias de la mayoría del público lector en el momento dado. Factor en extremo pernicioso y que de antemano destruye toda la importancia de lo que se escribe. Pues la trascendencia de cualquier obra literaria radica no ya en que sea aleccionadora como mensaje propiamente hablando, sino en que revele a los hombres algo nuevo –desconocido para uno– y, en su mayor parte, contrario a lo que el gran público tiene por evidente. Mientras el mencionado deseo requiere como condición indispensable todo menos eso.
León Tolstói en una carta dirigida al escritor L.N. Andreiev. Escrita en Yásnaia Poliana (finca propiedad de Tolstói; donde nació, vivió y fue enterrado). Fechada el 2 de diciembre de 1908. Extraída del libro León Tolstói. Cartas (1984). Traducción de Pedro Mateo Marino.