Los zoos humanos

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“Aldea negra”. Exposición Universal de París de 1889.

Si hubiera visitado un zoológico hace un siglo, entre las especies animales que en ellos se muestran, hubiese podido contemplar una que sin duda le resultaría familiar: grupos de seres humanos –adultos y niños– que se exhibían, como el resto de animales, encerrados entre rejas u otro tipo de valla. ¿Se hubiera escandalizado? Lo más probable es que no, pues en aquellos tiempos los llamados “zoos humanos” eran una atracción que congregaba un enorme número de visitantes. Familias enteras acudían a contemplar estos “especímenes”, como los calificaba la Sociedad Antropológica de París, que habían quedado atrás en la evolución biológica y los comparaban con los monos que habían visto antes.

Aborígenes australianos en el Crystal Palace de Londres (1884).

Aborígenes australianos en el Crystal Palace de Londres (1884).

Los “zoos humanos” estuvieron muy de moda desde principios de década de 1870 hasta la de 1930, manteniéndose en algunos casos hasta hace poco más de medio siglo. Llamadas “exposiciones etnográficas” o “aldeas negras”, estas exhibiciones mostraban aborígenes de diversos lugares del planeta colonizados por los blancos –a principios del siglo XX prácticamente no quedaba rincón alguno libre de la dominación occidental– en su “estado natural”, recreando su entorno a modo de decorados teatrales –en los que representaban sus danzas y rituales– y justificando así que fueran desnudos o semidesnudos.

Opening of the Philippine Exhibition, Madrid, 1887 (detail). La Ilustración Española y Americana, July 8, 1887.

El rey Alfonso XIII en la inauguración de la “exposición filipina” en el zoo de Madrid (1887).

Cartel anunciador de la exhibición de los galibis en el Jardín de Aclimatación de París (1892).

Cartel anunciador de la exhibición de los galibis en el Jardín de Aclimatación de París (1892).

París, Londres, Berlín, Bruselas, Madrid, Nueva York, fueron algunas de las capitales que ofrecían este tipo de atracciones cuyos visitantes se contaban por centenares de miles. La ocupación de vastos y lejanos territorios puso de moda lo exótico al despertar la curiosidad –el morbo si se quiere– por lo desconocido, que a los ojos de los occidentales resultaba extraño y estrafalario al tiempo que reafirmaba su superioridad. Primero se exhibieron animales. El Jardín de Aclimatación de París, en el Bois de Boulogne, contaba con un zoológico cuando fue inaugurado en 1860 por Napoleón III con animales exóticos para los parisinos: osos, una jirafa, camellos, canguros, elefantes… Pronto, avispados empresarios circenses –los encargados de proveer de animales a zoológicos y circos– descubrieron un auténtico filón con las “exposiciones etnográficas”. Para ello contaban con el beneplácito y colaboración de los gobiernos y de las principales sociedades científicas.

Felicitación de Año nuevo del Jardín de Aclimatación de París para 1904.

Felicitación de Año nuevo del Jardín de Aclimatación de París para 1904.

Nativos oromos (Etiopía), conocidos entonces como gallas, en el zoológico de Hamburgo (Alemania) en 1908.

Nativos oromos (Etiopía), conocidos entonces como gallas, en el zoológico de Hamburgo (Alemania) en 1908.

Carl Hagenbeck –zoólogo, domador y director de circo alemán– fue el primero en exhibir, en el zoológico de Berlín, seres humanos (hombres, mujeres y niños samoanos y lapones) en 1874. Su iniciativa obtuvo un rotundo éxito y no tardó en ser seguida por otros. El Jardín de Aclimatación de París organizó en 1877 dos “espectáculos etnológicos” con indígenas africanos de involuntarios protagonistas. El éxito fue aún mayor. Más de un millón de personas visitaron las “exposiciones”, que se prolongaron hasta 1912. La cifra no fue nada comparada con la que alcanzaron las exposiciones universales de París desde 1878, en las que uno de los platos fuertes era este tipo de muestras. Así, la 1889 –que coincidía con el centenario de la Revolución francesa (aquella de la libertad, la igualdad y la fraternidad)– presentaba una “aldea negra” con más de cuatrocientos africanos capturados a tal efecto. La de 1900 mostraba  un cuadro viviente de la isla de Madagascar que contó con más de 50 millones de visitantes. Y en la última, la de 1931, el “zoo humano” que se montó alcanzó los 34 millones de visitas.

Una de las últimas “exposiciones etnográficas”. Bruselas (Bélgica), 1958.

Una de las últimas “exposiciones etnográficas”. Bruselas (Bélgica), 1958.

Por supuesto, como decíamos, este tipo de “espectáculos” no se limitó a Berlín y París sino que se extendió a las principales ciudades occidentales de uno y otro lado del Atlántico. En el zoológico de Nueva York, en 1906, llegó a colocarse un pigmeo congoleño junto a un orangután con el cartel “El eslabón perdido”.

Fuera de su medio y, por tanto, expuestos a contraer todo tipo de enfermedades para ellos desconocidas, malnutridos, tratados como el resto de animales –la gente les arrojaba comida o chucherías–, objeto de giras como los circos ambulantes, muchos fueron los que perecieron. ¿Pero qué más daba? Al fin y al cabo, no eran humanos.

En mi novela El corto tiempo de las cerezas el protagonista, Samuel Valls, conoce en 1902 casualmente en Londres a un tal Skull, que se dedicaba a este tipo de actividades. Este es el fragmento:

―Permítame que me presente. Me llamó, Skull.

―¿Skull? –preguntó Samuel extrañado–. No me cuadra con su acento. ¿De dónde es usted?

―Soy argentino, señor mío. Skull es como me conocen todos aquí, así que ese es mi nombre. ¿No sabe qué significa Skull? –Samuel se encogió de hombros–. Cráneo, amigo, significa cráneo, cabeza.

―Por su sensatez, supongo. Veo que sabe obrar con cautela.

―No señor, no. ¡Sensatez! –y soltó una enorme risotada–. Con eso no hubiera llegado a ningún sitio. Por las cabezas de los demás. ¿No ha oído hablar de los coleccionistas de cráneos?

Samuel le miró de arriba abajo. Advirtió el machete.

―¿Se dedica a cortar cabezas humanas? –preguntó atónito.

―¿Humanas? ¡Jamás! ¡Andá a la reconcha de tu madre! ¿Por quién me toma usted? De todos modos, cabezas ya no se cortan apenas, ahora se prefiere el bicho entero. No me confunda con uno de esos desesperados aventureros que están a la que caiga. Soy un hombre de negocios. Verá. Yo era cazador de animales y los vendía a los zoológicos, pero pronto la gente se cansó de ver fieras, ya no era novedad, quería otras cosas. Me dediqué entonces, le hablo de hará unos veinte o veinticinco años, a lo que algunos ignorantes llaman zoos humanos. Tiene narices la cosa. ¿Humanos? Si así fuera, quien acudiera a ver a los salvajes es que no se diferencia de ellos. No, amigo, no. Yo cazo bichos de apariencia humana.

―Recuerdo haber visto en París…

―¿En París? Entonces, sí. Debe haber visto en el jardín de no sé qué…

―El Jardín de Aclimatación.

―Eso es, amigo. ¡Un éxito! Estuvo usted allí, claro. Todo el mundo pasó por el dichoso jardín ese. ¿Qué vio?

―No recuerdo el nombre de su… ¿especie?

―Digamos especie. Está bien.

―Aunque a mí me parecieron tan humanos como nosotros, el color de su piel algo rojizo, pero por lo demás…

―Creo adivinar que no le gustó.

―No. La verdad es que no. Había quienes les arrojaban alimentos o cualquier cosa para ver cómo reaccionaban. Reían a todo pulmón con su manera de comportarse. Vi cómo un grupo se desternillaba al ver una mujer enferma temblequeando en su choza.

―Serían los galibis, seguro. Fue un gran éxito. Pero le entiendo. Es usted una persona sensible. Mal asunto, amigo mío, este mundo no es para los sensibles. De todos modos, no se engañe, no son seres humanos. No es que se lo diga yo, lo dice la ciencia, y la razón. ¿Cree usted que un estado como el francés consentiría los asesinatos? Y no crea que es exclusivo de Francia, exhibiciones de este tipo se pueden contemplar en Hamburgo, Londres, Barcelona, Nueva York, Ginebra… ¿Se han vuelto todos locos acaso?

Un grupo de galibis en el Jardín de Aclimatación de París (1892).

Un grupo de galibis en el Jardín de Aclimatación de París (1892).

La mirada de Samuel reflejaba el desconcierto que sentía oyendo a Skull, no tanto por lo que decía como por la manera en que lo hacía.

―¿Le sorprende que hable así? –prosiguió Skull–. Aquí donde me ve, tengo mi cultura y mis estudios de antropología. Unos empresarios circenses se pusieron en contacto conmigo precisamente por esto último. La gente estaba harta de ver animales, como le decía, ya no eran novedad alguna. Y así empezó la cosa. Luego me independicé. Nada de intermediarios, directamente con los máximos responsables. En 1881 el profesor Virchow, de Berlín, me encargó la captura de un centenar de primitivos de la Tierra del Fuego. Por supuesto, con el beneplácito de los gobiernos chileno y alemán. Era una misión científica. Primero fueron expuestos en diversas ciudades y, después, sirvieron para la experimentación en laboratorios y hospitales. Hasta el rey Leopoldo II de Bélgica me mandó a una misión para la Exposición Universal de Bruselas de hace cuatro o cinco años. Nada menos que casi trescientos negros del Congo, de todas las edades. Le traje también otros animales. En fin, un negocio como otro cualquiera, aunque duro y arriesgado, se lo aseguro. Qué hago en un antro como este, se preguntará. Reclutar gente para la próxima expedición. A África.

―Bueno, yo he de marcharme.

―Como quiera, amigo, pero antes acabe el vaso ¿no?

Samuel apuró el whisky de un trago e inmediatamente el camarero, desde detrás del mostrador, volvió a llenar el vaso.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

 

El Petrolio. La primera huelga general revolucionaria de España

cap12

Incendio de varias casas colindantes con el ayuntamiento para obligar a las autoridades a rendirse. Grabado de “La Ilustración Española y Americana” (24 de julio de 1873).

«El domingo día 13 [de julio de 1873] cerraba la semana más vehemente, intensa y trágica de la historia de la ciudad [Alcoi]. Alrededor de las doce comenzó a escucharse el ruido de tambores y cornetas. Las tropas estaban próximas. Una angustiante y sorda quietud reflejaba miedo, el mismo que acompañaba a los siempre necesarios excluidos que por unos instantes parecían haber olvidado su condición, el miedo a despertar cuando el sueño estaba más próximo que nunca de ser real, justo cuando creían haberlo perdido definitivamente en aquella saturnal de violencia profanadora de respetabilidades y conveniencias. ¿Regresaba el respeto? No, el miedo, el temor a la nada.

Por la puerta de Alicante entraron finalmente las fuerzas de artillería con ocho cañones, guardia civil, compañías de voluntarios llegadas de otras ciudades, caballería… Las negociaciones a fin de evitar que penetraran en Alcoi habían resultado infructuosas a pesar de haberse retirado ya las barricadas y puesto en libertad a los rehenes.

Imposible calcular a ojo cuántos hombres formaban aquel imponente ejército al frente del cual figuraba el general Velarde montado sobre un engalanado caballo blanco que a Samuel le recordó aquel con el que cabalgaba Albarracín unos días antes. Monllor y Samuel –que presenciaban el magno desfile de fuerza– lo intentaron. Primero creyeron que eran centenares, luego vieron que no. Hombres y más hombres pasaban ante sus ojos en perfecta formación. Debían ser miles, concluyeron.

Había poca gente en la calle. El imperturbable, persistente y cadencioso ritmo del paso de los soldados, el traqueteo de los cañones, resonaba en unas calles vacías, prácticamente desiertas. La mayoría se limitaba a observar desde las ventanas, con los visillos corridos para que nadie pudiera adivinar en sus rostros signo alguno de satisfacción o rechazo, desconfiando de todo y de todos hasta la resolución final del conflicto. En algunos balcones, en el campanario y en el ayuntamiento ondeaban banderas blancas.”

Fragmento de mi novela El corto tiempo de las cerezas (2016):

¿Qué había pasado para que se produjese un despliegue de fuerzas tan numeroso? Pues ni más ni menos que la primera huelga general de carácter revolucionario que tuvo lugar en el Estado español, una insurrección –acaecida entre el 8 y el 13 de julio de 1873– que marcó no solo el devenir de la clase obrera local y de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores sino que fue determinante en el fin de la Primera República. En El corto tiempo de las cerezas novelo estos hechos ciñéndome fielmente a lo que sucedió, pues fue este el primer tema sobre el que investigué al terminar la licenciatura –me leí todo el proceso (más de 30.000 folios)– y el del primer libro que publiqué en solitario en 1980 (Lucha de clases e industrialización). Lo que sigue no corresponde a la novela; está sacado del libro y de otros artículos que sobre los hechos de julio de 1873 he ido publicando a lo largo de los años.

La federación local alcoyana de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) se constituyó en 1872 y pronto se convirtió en una de las más relevantes de España. A finales de año contaba con 2.591 afiliados, cifra solo superada por la federación local de Barcelona (7.500). Por eso en el Congreso de Córdoba que tuvo lugar del 24 de diciembre de 1872 al 3 de enero de 1873 y supuso la definitiva ruptura entre el sector bakuninista y el marxista, que ni siquiera acudió al congreso, fue elegida sede la Comisión Federal.

Cuando en febrero de 1873 fue proclamada la primera República española, la Comisión hacía pública su Circular núm. 8 en la que se pronunciaba sobre el cambio de régimen: la nueva República no era otra cosa que «el último baluarte de la burguesía, la última trinchera de los explotadores y un desengaño completo para todos aquellos (…) que todo lo han esperado y aún lo esperan los gobiernos». Mientras, en Valencia –donde residía el Consejo Federal (el sector marxista de la Internacional)– el recién estrenado régimen era saludado con alegría por buena parte de la población, incluidos los internacionalistas. Y es que ambas ciudades estaban separadas por muchas más cosas que los poco más de cien kilómetros de distancia física: en Valencia el capital se invertía mayoritariamente en la agricultura y no en la industria, predominaban los oficios cuyas características recordaban en parte un ritmo de trabajo más propio de las sociedades preindustriales y eran muy pocos los oficios sometidos a la férrea disciplina fabril. Por otra parte, la evolución urbanística de la ciudad nada tenía que ver con la de Alcoi, encallada entre ríos y barrancos que, en su mayor parte, no pudieron salvarse hasta la década de 1860. Que la actual civilización sea el resultado inmediato del proceso industrializador no implica que este sea un proceso lineal. Todo lo contrario: es un transcurso del tiempo con continuadas transformaciones que tienen lugar en una pluralidad de situaciones que se inscriben en contextos bastante distintos. Y el contexto alcoyano –por la propia orografía de la ciudad y las peculiares características en que se desarrolló dicho proceso– era quizás de los más propicios para que los efectos de la industrialización sobre la clase obrera se dejaran sentir con toda su crueldad.

La falta de competencia y de materias primas y la dificultad en las comunicaciones obligaron a una sobreexplotación de la mano de obra, que se puso de manifiesto fundamentalmente en dos aspectos: el mantenimiento de unos salarios que nunca llegaban al nivel de subsistencia y el alargamiento, hasta el máximo posible, de la jornada laboral. La industrialización comportó, por otra parte, y desde los primeros momentos, un extraordinario crecimiento demográfico. Alcoi pasó de tener 11.672 habitantes en 1820 a 18.219 en 1826 (solo seis años después de la introducción de las primeras máquinas) y 25.196 en 1860. Este aumento demográfico tuvo dos consecuencias muy importantes. En primer lugar, la superpoblación del casco urbano. En segundo, la formación de dos clases de barrios, representativos de mundos distintos que terminarán siendo hostiles: los 800-1.200 habitantes por hectárea de los distritos donde vivía la burguesía contrastaban claramente con los 2.000-2.500 –en ocasiones hasta 2.800– de los distritos donde vivía la clase obrera.

Predominaba la vivienda de alquiler por piezas (casas de una, dos o tres llaves), en función del poder adquisitivo del trabajador. Un poder adquisitivo que resultaba siempre insuficiente no solo para poder disponer de una vivienda que simplemente no fuera un foco de insalubridad, sino para atender necesidades tan básicas como el vestido y la alimentación –basada, según las fuentes de la época, en productos vegetales a los que se les solía añadir algunos salazones–, impedir que sus hijos empezaran a trabajar (desde los seis años los niños y desde los ocho las niñas), disminuir la duración de las agotadoras jornadas laborales de hasta dieciséis horas o no tener que recurrir a empeñar, a usureros que cobraban hasta un 80 por ciento de intereses, desde las pocas piezas de que constaba su ajuar a prendas de vestir, colchones o pañales incluso. Por otra parte, en estas viviendas –donde para comer había que retirar los colchones, y viceversa– era imposible llevar ningún tipo de vida familiar, lo que conllevó una desestructuración de la familia tal y como hasta entonces era entendida. De este modo, los niños harán su vida en  la calle hasta la edad de trabajar. También gran parte de las actividades de la vida de los adultos, los varones fundamentalmente, se realizarán fuera del hogar –si bien esta palabra referida a las viviendas de las familias obreras no deja de ser un eufemismo–, con lo que aumentará considerablemente la prostitución, el juego –expresamente prohibido a los obreros por las autoridades muncipales– o el consumo de alcohol (para la época, 100.000 litros de aguardiente y 1.650.000 litros de vino al año).

Las condiciones de vida de la clase obrera alcoyana eran de absoluta la miseria. Y será la lucha por sobrevivir la que propiciará que los obreros, al compartir las consecuencias de la dominación y la explotación, al experimentar conjuntadamente el cúmulo de injusticias generalizadas apuntadas, se den cuenta de la comunidad de sus intereses, de la conciencia de pertenecer a una clase y de defender aquello que los identifica como tal. Solo, pues, remontándose a las consecuencias del proceso industrializador sobre el conjunto de la clase obrera alcoyana podemos buscar una explicación lógica sobre los hechos del Petrolio. Ahora bien, ¿significa esto que necesariamente la situación generalizada de miseria en que vivían los trabajadores alcoyanos debía desembocar en un estallido de esta magnitud? Porque los hechos de julio de 1873 no son en absoluto espontáneos, sino que responden a una estrategia perfectamente definida: nos encontramos nada más que ante la primera huelga general revolucionaria que tuvo lugar en España. Y eso nunca es resultado de la improvisación. En otros lugares gran parte de la población vivía en condiciones similares y naturalmente que se producían disturbios y acciones de protesta, pero no superaban la demanda de aumento de salario y reducción de la jornada laboral ni llegaban a cuestionar el propio sistema, como sí sucedió en Alcoi. ¿Por la presencia de la Internacional? Evidentemente. Pero de ahí en absoluto hay que deducir que sea necesaria la irrupción de un partido o una organización –la Internacional en este caso– para que, gracias a su acción, los trabajadores «descubran» su conciencia de clase y sus intereses «reales» (como si esto fuera algo inherente al trabajador como ser humano). Por tanto, el Petrolio no es otra cosa que el resultado de un largo proceso de luchas y experiencias compartidas –que arranca con los inicios de la industrialización y mantiene tradiciones anteriores arraigadas en el seno de la comunidad– para conseguir una mejora en las condiciones de vida que, en un momento histórico concreto, converge con el ideario de una minoría política «consciente» (la Primera Internacional) hasta el punto de que las aspiraciones de unos y otros se unen para compartir ideario.

El Petrolio fue la lucha de una clase contra otra, la lucha de dos mundos cada vez más distintos y, lógicamente, más hostiles. En 1873 la distancia la manera de vivir de los obreros y la de los fabricantes y propietarios, lejos de haber disminuido, era todavía mayor que en los inicios de la industrialización. Un ejemplo: mientras que algunas tiendas de ultramarinos anunciaban en la prensa de la época que ya estaban a la venta productos como el chocolate o el queso (a 18,79 reales el kilo el primero ya 10,43 el segundo), los tejedores que poseían un telar cobraban entre 10 y 14 reales por día por una jornada laboral de hasta dieciséis horas y los papeleros, con una media de 10 horas (las duras condiciones en que se desarrollaba su trabajo no permitían hacer más) difícilmente superaban los 10 reales diarios. Y estamos refiriéndonos a los oficiales. Los aprendices venían a cobrar un 30 o un 40 por ciento menos, las mujeres un tercio del diario de los varones, y los niños alrededor de 0,75 reales. En todas las actividades cotidianas los trabajadores se encontraban completamente apartados de la burguesía y el tiempo era distinto entre unos y otros, tanto en los centros de producción como fuera de ellos. La burguesía, además, no reparaba a la hora de hacer alarde de su forma de vida –es más: era necesario que así fuera para que cada uno supiera cuál era su lugar en la sociedad–, una vida bastante más cómoda y placentera en la que los obreros no podían acceder y que se apreciaba en la vivienda, el vestido, la comida, la manera de ocupar el tiempo libre…

Por tanto, no es que llegase la Internacional a Alcoi y «convirtiera» a los trabajadores a su «credo» (el Círculo Católico de Obreros tenía más medios y ya contaba con local propio antes de que la AIT). Las ideas que esta preconizaba arraigaron con fuerza porque se identificaban con los valores que los obreros habían elaborado desde su propia experiencia. Lo que sí hizo la AIT es, sobre todo, que los trabajadores se enteraran de que, en otros lugares, otras personas como ellos compartían ideas y valores similares y que en algunos su lucha tenía éxito y se conseguían mejoras económicas y laborales que no eran más que el primer paso hacia una nueva sociedad en la que «no habrá ni papas, ni reyes, ni burgueses, ni curas, ni militares, ni abogados, ni jueces, ni escritores, ni políticos; pero sí una libre federación universal de libres asociaciones obreras, agrícolas e industriales.» (Circular núm. 8). Una de las ideas centrales del mensaje internacionalista-bakuninista es el respeto a la individualidad.

Huelguistas en una fábrica según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873). Lo cierto es que ninguna fábrica fue incendiada.

Huelguistas en una fábrica según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873). Lo cierto es que ninguna fábrica fue incendiada.

En este estado de cosas, el 8 de julio de 1873, entre ocho y diez mil trabajadores de Alcoi y la vecina localidad de Cocentaina se sumaron al paro que, desde el mes de abril, llevaban a cabo los trabajadores papeleros de Els Algars (Cocentaina) en demanda de la jornada laboral de 8 horas y un aumento salarial de dos reales diarios.

Mayores propietarios detenidos como rehenes según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Mayores propietarios detenidos como rehenes según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Ese mismo día, y ante el cariz de los acontecimientos, el alcalde –el republicano federal Agustín Albors– telegrafió al gobernador civil pidiendo el envío de tropas y reunió a los principales contribuyentes para preparar un plan de defensa. Los trabajadores se concentraron frente al ayuntamiento el día 9, y una comisión de los huelguistas –encabezada por el miembro de la Comisión Federal Severino Albarracín– se entrevistó con las autoridades sin conseguir acuerdo alguno. Según fuentes de la época, Albarracín ordenó a los obreros concentrados que se armaran, lo que provocó el nerviosismo de los guardias apostados en el campanario de la iglesia de Santa María (en la actual plaza de España), quienes abrieron fuego contra la multitud. Un trabajador resultó muerto y unos cuantos más heridos. Inmediatamente comenzaron las barricadas y grupos de internacionalistas se dirigieron a las casas de los principales contribuyentes deteniéndoles en calidad rehenes.

La intransigencia de la patronal y de las autoridades, que se negaron a negociar en esas condiciones, complicó todavía más las cosas. Comenzaron los enfrentamientos y los huelguistas decidieron incendiar la Casa Consistorial para obligar a rendirse a los allí reunidos. También se rociaron con petróleo e incendiaron algunas casas desde las que se disparaba a los obreros. De ahí que estos hechos se conozcan popularmente como El Petrolio (de petroli, petróleo en valenciano, o catalán, que tanto da que da lo mismo).

El día 10, tras más de veinte horas de lucha, los guardias municipales que se encontraban en el campanario se rindieron al quedarse sin munición, lo que permitió a los internacionalistas hacerse con el control de la plaza. Los guardias que más se habían significado fueron asesinados. La gente estaba tan exaltada que incluso algunos dirigentes de la AIT tuvieron que poner orden. Por fin, antes del mediodía consiguieron entrar en el ayuntamiento. Algunos de los que allí se encontraban murieron en el primer enfrentamiento. Albors, no obstante, se resistió y disparó contra los amotinados, tratando luego de escapar por aquellos espacios que el fuego había dañado. Cuando finalmente lo encontraron, toda la indignación se volcó contra él y fue muerto de forma violenta, siendo su cadáver arrastrado por las calles. Además del alcalde, quince personas más resultaron muertas, siete de las cuales eran guardias civiles y tres huelguistas.

Muerte de Agustín Albors según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Muerte de Agustín Albors según un grabado de “La Ilustración Española y Americana” (1 de agosto de 1873).

Con el fin de Albors acabó la lucha y los internacionalistas comenzaron a dejar en libertad a los rehenes a cambio de 25.000 duros, cantidad que, según la Comisión Federal, era para reparar los daños producidos y pagar los salarios de los huelguistas. Pero la operación se suspendió al saberse que las tropas del ejército se aproximaban a Alcoi. Finalmente, estas entraron en la ciudad el día 13 sin encontrar resistencia alguna.

Durante unos días, sin embargo, Alcoi estuvo en manos de la Internacional, ya que las tropas tuvieron que marchar a Cartagena para abortar el cantón allí proclamado. En ese lapso de tiempo, se logró un acuerdo que contenía algunas mejoras laborales y económicas para los obreros, acuerdo que se suprimió pocos días después cuando las tropas regresaron a la ciudad.

Sobre la clase obrera alcoyana se desató una dura represión y se instruyó un sumario en el que fueron encausados entre 500 y 700 trabajadores, de los que 286 acabaron siendo procesados y, muchos de ellos, encarcelados acusados de 110 delitos. La mayoría fueron encerrados en Alicante, a donde se les trasladó a pie y atados. Las condiciones de vida se endurecieron todavía más. La absolución total de los encarcelados no llegó hasta 1881, fecha en que esperaban aún sentencia veinte procesados

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/07/13/el-petrolio-la-primera-huelga-general-revolucionaria-de-espana/

Cómo Marion se hizo anarquista

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“La jeune bergère” (1885), óleo de William-Adolphe Bouguereau.

Mis padres trabajaban en una fábrica de tapones cerca de Coñac. A mí, desde muy pequeña me pusieron a servir en casa de un médico. Yo odiaba ese trabajo. Sí, señora; sí, señor; lo que diga la señora, lo que diga el señor… Pero no había más remedio que llevar un jornal a casa. Mis padres, sin embargo, estaban contentos, para ellos era una buena ocupación. Decían de él, del médico, que era un cirujano de primera y lo llamaban de todas partes. Vivía a cuerpo de rey, pero era un tipo despreciable, ruin. Un día, tendría yo unos catorce años, llegó un pobre trabajador; su hijo, de unos diez años, estaba muy mal. Ya lo vi ayer y te dije que no se podía hacer nada por él, ¿qué quieres que haga?, Dios tendrá sus razones para llevárselo, le espetó. Aquel hombre, que no dudaba en arrastrarse ante él para salvar al pequeño, le recordó que también le había dicho que posiblemente una intervención quirúrgica le permitiría seguir con vida. Padecía de algo de los nervios, no recuerdo qué. Sí, te lo dije, pero también te dije que para ello habría que desplazarse a París y que eso cuesta mucho dinero. ¿Lo tienes? Aunque yo, sentando un mal precedente, renunciara a mis honorarios, ¿qué pasaría con mis colegas? ¿Tú acaso trabajas gratis? Y por mucho que el pobre hombre suplicó no hubo nada que hacer. El chico falleció al poco, tres o cuatro días después a lo sumo. Aquello me sublevó. ¿Cómo se puede ser tan canalla? Pero, sobre todo, pensé, ¿qué clase de sociedad es esta que permite que alguien que puede salvar una vida no lo haga por dinero?, ¿cómo es que ni siquiera su prestigio se vio afectado por una acción tan indigna de quien dice ser hombre? Al día siguiente, el muy miserable partía para Javezac. No me esperes a comer, querida, escuché que le decía a su esposa, he de ir a la finca de madame Duval, una asquerosa ricachona, no tiene nada pero ya sabes cuánto le gusta que los demás se compadezcan de su imaginaria mala salud. Empecé entonces a interesarme por las ideas revolucionarias que muchos pregonaban. Los jóvenes solíamos pasear por el Charente, tonteábamos, pero no todos, también había quien tenía conciencia de la situación y se rebelaba contra ese estado de cosas, abusivo, egoísta, despiadado. Desde entonces, todo cuanto ganaba me lo gastaba en comprar libros y periódicos anarquistas. Algunas veces, como no entregaba dinero a mi padre, al llegar a casa me encontraba con que todos estaban comiendo y yo tenía en la mesa el plato puesto al revés. Al final me marché, no aguantaba más. Un joven, Pierre se llamaba, me acuerdo perfectamente de él, tenía contactos en París con el círculo próximo a Ravachol y me vine para acá dispuesta a batallar contra tanta injusticia.

Portada de “Le Petit Journal” (16 de abril de 1892) que recrea la detención de Ravachol.

Portada de “Le Petit Journal” (16 de abril de 1892) que recrea la detención de Ravachol.

Eso era en 1892, tenía yo diecisiete años. Nada más llegar, me enteré que a Ravachol lo acababan de detener por haber atentado contra el juez Benoît y el fiscal Bulot. En ninguno caso hubo muertos. Un camarero, al que la actitud de Ravachol hizo sospechar, avisó a la policía y lo detuvieron. Fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad, pero a los burgueses les pareció poco castigo y volvieron a juzgarle por otras acciones anteriores a los hechos. Se le acusó entonces del asesinato de cinco personas y la violación de una sepultura. Él negó la mayoría de los cargos, pero daba igual, la decisión estaba tomada de antemano, el juicio tenía por única finalidad poder dictar una sentencia que satisficiera a los asustados burgueses, así que lo condenaron a muerte. La guillotina acabó con él en Montbrison. Murió gritando ¡Viva la anarquía!

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).