En San Juan Hill

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San Juan Hill en 1905.

Vivía Taylor en San Juan Hill, zona que desde finales del siglo XIX concentraba el grueso de la población negra. Aquí, como en el Lower East, como en cualquier otro rincón de Nueva York, no solían verse juntos un blanco y un negro. El asombro con que le dijo William que recibirían los emigrantes del bajo Manhattan a un negro que paseara por sus calles lo vio Samuel en San Juan Hill, donde era observado con extrañeza cuando no con desdén.

―¿Y cómo querías que te miraran? ─le dijo Taylor al comentarle este su asombro─. Aquí en Nueva York, puede que porque seamos pocos, no estamos tan mal como nuestros hermanos del Sur, donde después de la Guerra Civil dijeron los blancos que había que “reconstruir la nación” y dictaron leyes que obligan a los de mi raza a vivir apartados de ellos. Es legal, dicen. Como no pueden eliminar nuestros derechos por garantizarlos la Constitución, nos excluyen de sus vidas. Viviendas, transportes, escuelas, hoteles, restaurantes, lavabos, todo por separado, unos para blancos, otros para negros. Adivina cuáles son mejores. Pero, dicen, todos tenemos las mismas oportunidades, las mismas cosas, los mismos derechos. Somos iguales, pues, pero no nos gusta mezclarnos con ellos, ¿pasa algo? Peor que a los perros nos tratan. ¿Sabes que en algunas ciudades no podemos salir a la calle pasadas las diez de la noche? ¿Y que más de dos mil negros han sido linchados en los estados sureños simplemente por tener un color de piel distinto? Aquí sí, como te decía, las cosas están mejor, pero la segregación es mayor cada día. Ese darwinismo social en que tanto creen los blancos, los que dicen ser nativos de estas tierras olvidando que antes de ellos otros poblaron el mismo lugar y fueron exterminados, nos condena a una sempiterna inferioridad de la que, según ellos, nunca saldremos. Lo peor es que a estas ideas no es ajena la mayoría de la población que habita los distritos más pobres, pues son blancos y creen de verdad que es el color de la piel lo que nos separa, no la posición social. Eso es lo triste. Son trabajadores como nosotros, vienen aquí en busca de cualquier ocupación que les permita escapar de la sordidez de sus lugares de origen. Esta es la tierra de las oportunidades, dicen, y ellos lo creen. Luego se dan cuenta que no es tan fácil, que a mayor abundancia mayor explotación, entonces miran a su alrededor y ven que son demasiados los que se empeñan en la misma tarea, así que cuantos menos mejor. Los negros somos pocos en Nueva York, no tenemos fuerza alguna, les fue fácil “persuadirnos” para que nos trasladáramos a otras zonas, lejos de ellos.

―No entiendo cómo sigues confiando en que esta sociedad se transforme por la acción de los hombres en otra más igualitaria. Que la lucha tenga lugar entre los que más tienen y los que nada poseen no solo es comprensible, es justo, pero la animadversión de unos desdichados contra otros únicamente pone de manifiesto la ruindad del ser humano. Los pobres son pobres, y luego son irlandeses, italianos o negros.

―Por supuesto, Samuel, pero a ver cómo metes esas ideas en la cabeza de un blanco.

―Gracias, hombre, celebro esta muestra de amistad, veo que no me consideras un blanco, es decir, que me consideras igual que tú.

Fragmento de El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/17/en-san-juan-hill/

Cómo Samuel descubrió a La Boétie

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“El ratón de biblioteca” (1850), óleo de Carl Spitzweg.

No había en Alcoi, ni pública ni privada, una biblioteca como la de don Anselmo. Que en aquella época alguien poseyera un millar de volúmenes era ya bastante insólito, no en Alcoi, en cualquier ciudad española. Sin embargo, don Anselmo pasaba de los mil quinientos. Había libros de derecho ─muchos─, de política, historia, economía, filosofía, literatura…, la mayoría coleccionados por su padre y su abuelo. Samuel se mostraba fascinado aunque no podía disimular que, sobre todo, se sentía algo intimidado. Don Anselmo (…) advirtió enseguida el apuro por el que pasaba Samuel y comenzó a explicarle los contenidos de los distintos armarios de su biblioteca.

―Todos estos ─señalando los dos armarios que quedaban a su izquierda─ son libros de leyes, no creo que te interesen demasiado. Tampoco los de esos otros armarios ─los inmediatamente pegados al último de los anteriores─ te dirán mucho, son de cosas técnicas. En ese ─quedaban dos armarios más─ predominan los libros de historia y de política, por ahí puedes empezar, pero te recomiendo sobre todo este último, ahí encontrarás los escritos de los más grandes pensadores de la historia, los que siempre, a contracorriente la mayoría de las veces, han apostado por la razón, la ciencia y el progreso. Novelitas de esas que tanto gustan ahora hay pocas, por no decir ninguna, pero no creo que eso te importe demasiado. Tú elige el que, por las razones que sean, más te llame la atención, si no te convence pasa a otro, pero no porque no lo entiendas ¿eh?, porque no te dice nada o no estás de acuerdo. Y si ves que no te aclaras, me avisas. Lee cuanto quieras, la instrucción es el único camino para ser libre. No lo olvides, Samuel. Anda, quédate aquí todo el tiempo que quieras, cuando desees irte se lo dices a Carmelo ─su criado─ y vuelve cuando te apetezca. Yo tengo cosas que hacer. (…)

Samuel quedó a solas en aquella estancia repleta de libros. Había una gran mesa de madera repujada con cuatro sillas, otra mesa más pequeña, de escritorio, con su sillón y sus dos sillas, y un butacón, de madera también repujada, con almohadón y respaldo de cuero. ¿Y por dónde empiezo? Si hasta hay títulos que no comprendo, pensaba, que no sé qué significan. Algunos debían ser muy antiguos, estaban escritos en latín y parte de ellos a mano. Cogió uno, no entendía nada. Otro a continuación, el mismo resultado. Los dejó en su sitio. Miró en el armario por el que don Anselmo le aconsejó que empezara, donde estaban las obras con los pensamientos más sobresalientes concebidos por las mentes humanas. Empezó a leer los nombres de aquellos sabios sin cuya aportación la humanidad, como también le explicó don Anselmo, hubiese ido aún a peor: Campanella, Vico, Mayans, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, el marqués de Argens, Burlamaqui… No conocía a ninguno de ellos. Se perdía entre las frases. Cogía uno y de pronto aparecía una maldita palabra, una expresión, que vete a saber qué significaría. Lo dejaba. Paciencia, se decía a sí mismo, cuando comenzaste a aprender a leer también te costó, los inicios siempre son difíciles. Cogía otro. Tres cuartos de lo mismo.

Empezaba a oscurecer y no se veía bien, nadie se había acercado por allí para encender una lámpara (…) Le dijo a Carmelo que debía marchar y que regresaría al día siguiente.

En cuanto le fue posible, no habían pasado ni veinticuatro horas, Samuel volvió a casa de don Anselmo. Le abrió la puerta Carmelo y le acompañó a la biblioteca. Esta vez iba provisto de una pequeña libreta y un lápiz.

Más de dos horas llevaba escudriñando en los libros de don Anselmo, sobre la mesa se apilaban unos cuantos que había empezado a leer, a ojear más bien, pero abandonado al encontrar algo que no entendía. Entonces anotaba el título en su libreta, la expresión o frase que no alcanzaba a comprender y el número de página. Ya lo consultaría en su diccionario.

―¿Todo eso es lo que estás leyendo?

Don Anselmo regresaba del Café de Oriente, de una de sus habituales tertulias.

―Usted me dijo que de ese armario fuera cogiendo libros y que los que no me interesaran los dejase, pero los que no entendiera no. Empiezo a leeros, pero me pierdo. Y escribo aquí lo que no comprendo.

―¿Para qué?

―Para averiguarlo después.

―¿Preguntándomelo?

―Pensaba primero mirar en un diccionario que tengo.

―Bien, hombre, bien. Uno por sí mismo ha de saber resolver los problemas que plantea el conocimiento. Así es como podrá hacerlo suyo, así es como podrá formarse. Lo otro sería adoctrinamiento. Pero tampoco lleves las cosas demasiado lejos, tampoco pasa nada si me preguntas. ¿De acuerdo?

―De acuerdo.

Don Anselmo se fijó entonces que junto a la libreta tenía abierto un pequeño libro, el de menor grosor de todos pero el de mayor aprecio para él.

―¿Y ese libro?

―Lo he cogido de ahí, de ese armario más pequeño, el que tiene las puertas de metal. Estaba abierto, y solo había papeles aparte del libro. ¿He hecho mal?

―En absoluto. Es que me ha llamado la atención verte con él. En ese armario que tú dices, que en realidad es una caja fuerte, guardo algunos documentos, escrituras de propiedades y otras cosas, como cartas, a las que tengo especial aprecio. Y el libro que estabas leyendo.

―Yo no quería meterme en sus asuntos.

―No te preocupes. Esta mañana buscaba la escritura de la finca de Les Carrasques. Necesito dinero, Samuel. ¡Pero no se lo digas a nadie! Mi reputación se resentiría ─dijo don Anselmo guiñando un ojo─. Me la he dejado abierta. Tampoco hay mucho que esconder.

―Yo…

―No tienes de qué disculparte.

La BoétieSamuel no había dicho toda la verdad. Cierto que la caja no estaba cerrada, pero tampoco abierta. La cerradura no estaba puesta. ¿Qué habrá ahí dentro?, se preguntaba al ver aquel pequeño armario de roble y segura de hierro forjado remachado con clavos de roseta. La curiosidad le pudo. Tiró de de la hoja y se abrió. ¡Bah!, se dijo, papeles. Iba a cerrarla de nuevo cuando vio el libro. Su encuadernación era preciosa, de piel de color rojo y estampaciones en oro formando triángulos en las cuatro esquinas de la portada, en cuyo centro, troquelado, aparecía el título: Discurso de la servidumbre voluntaria. Servidumbre voluntaria… Curiosa acepción, pensó nada más verlo. Lo cogió, lo ojeó, estaba escrito a mano pero la caligrafía era excelente, y empezó a leer. Hasta que llegó don Anselmo.

―¿Has empezado a leerlo?

―Casi lo he acabado, es corto, y se lee bien.

―¿Entiendes la letra?

―Sí, perfectamente. Es clara, y bonita. ¿Es suya?

―No, la caligrafía es de mi padre.

―¿Por qué está escrito a mano?

―Mi padre había oído hablar del libro cuando estaba en Madrid y quería tenerlo. Consiguió una edición en francés durante la que muchos llaman guerra de la independencia. ¿Independencia de qué? ¿Del progreso?, ¿de la civilización? Mi padre era un afrancesado, le daba igual que la razón la tuvieran los franceses o los chinos, es una cuestión universal. A punto, sin embargo, estuvo de costarle la vida. Pero volvamos al libro. Cuando por fin lo consiguió tenía un serio problema: no sabía francés. Pagó porque se la tradujeran, pero fue él mismo quien se encargó de escribir la traducción, el otro leía en voz alta, en castellano, y mi padre iba escribiendo lo que decía, pero nunca antes de estar convencido que lo que le dictaban era lo que realmente estaba allí escrito, nada que antes no comprendiera bien.

―Por eso me ha dicho que lo apreciaba.

―Por eso y por lo que dice La Boétie.

―¿Quién era el Boétie ese?

―La Boétie, Samuel, La Boétie. Un escritor francés que había estudiado derecho, un adelantado a sus tiempos que supo indagar en el espíritu humano y defender la libertad. ¿Sabes cuándo escribió esta obra? En 1548. Tenía dieciocho años, más joven que tú ahora. ¿Qué te parece? ¿Ves a lo que puede llegar uno cuando tiene libertad de pensamiento? Hay que pensar, Samuel, reflexionar, formarse las propias opiniones. Obviamente atendiendo la razón, nada de credos ni supercherías. Nadie podrá nunca prohibirnos pensar. Bueno, te dejo, sigue con él. Ya me comentarás qué te ha parecido cuando lo termines.

Ya en su casa, por la noche (…) Samuel se puso a repasar lo que había copiado del libro en su libreta. ¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? (…) Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo (…) Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece (…) Hay una sola [cosa] que los hombres, no sé por qué, no tienen ni siquiera fuerza para desearla. Es la libertad (…) todos los seres sienten el peso de la sujeción y corren en pos de la libertad. Y puesto que hasta los animales destinados al servicio del hombre no pueden acostumbrarse a la esclavitud, antes bien declaran su deseo de sacudirla, ¿qué fatalidad pues ha podido desnaturalizar al hombre, único nacido para vivir libremente, hasta el punto de borrarle de la memoria la dignidad de su ser primitivo y el deseo de recobrarlo? (…) las primeras víctimas del despotismo lo sufren con violencia; pero los que nacen después de ellas, como no han disfrutado de la libertad, ni saben en qué consiste, sirven sin repugnancia y hacen de buena gana lo que sus pasados sólo hicieron a la fuerza (…) naciendo los hombres bajo el yugo, crecen y se desarrollan con él, no miran más adelante y se complacen en vivir como han nacido, sin pensar en otro derecho ni otra felicidad que la que han encontrado, y llegando finalmente a persuadirse de que el estado de su nacimiento es el de su naturaleza

¿Se puede ser dócil, sumiso, servil, incluso esclavo, voluntariamente? ¿Acepta el que ha nacido en un ambiente penuria y miseria su destino, la inmutabilidad de su situación puesto que siempre, cree, está convencido, ha de haber quien mande y quien se limite a obedecer, y a él le ha tocado, como a la mayoría, pertenecer a la clase de los dominados? Samuel sentía como suyas las palabras de La Boétie. A su juicio, aquellos que había conocido de pequeño en el Raval, con los que había compartido parte de su existencia, con los que había trabajado en las fábricas, no se comportaban de otro modo. A su mente regresaba la imagen de Pellerot vara en mano, la mirada gacha de sus compañeros de trabajo y ese rumor de voces apagadas que denotaban obediencia.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/04/como-samuel-descubrio-a-la-boetie/

Le temps des cerises

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Canción bella como pocas, emotiva a más no poder, cargada de historia y de simbolismo, Le temps des cerises fue compuesta en 1868 por Antoine Renard (1825-1872) con el texto del poema homónimo que dos años antes había escrito un por entonces poco conocido cantante y poeta, que como tantos otros buscaba en Montmartre el reconocimiento a su trabajo, llamado Jean Baptiste Clément (1836-1903).

Una noche de 1867 ambos se encontraron, entablaron una buena amistad y Renard –antiguo tenor de la Ópera de París que ahora se dedicaba al Music-hall y actuaba en el café-concert Eldorado– aceptó la proposición de Clément de poner música a su poema. Renard compuso una melodía tan hermosa como el texto y, así, en 1868, nació Le temps des cerises.

Por sus ideas revolucionarias –cada día más próximas al socialismo marxista– y por publicar un periódico sin el consentimiento del emperador, Napoleón III, Clément fue encarcelado. Salió en libertad al producirse el levantamiento republicano del 4 de septiembre de 1870 y participó activamente en los hechos de la Comuna de París (marzo-mayo de 1871). Tras la derrota de los communards huyó a Londres, lo que impidió que se cumpliera la condena a muerte que dictó contra él un tribunal de París. Regresó a la capital francesa con la amnistía general de 1880. La canción gozaba de gran popularidad desde 1872 y siempre ha estado asociada a los hechos de la Comuna. En 1882, Clément la dedicó a “La valiente ciudadana Louise –no confundir con la célebre anarquista Louise Michel, una de las figuras más destacadas de la Comuna–, enfermera de la ambulancia de la calle Fontaine-au-roi, el domingo 26 de mayo de 1871”. Sin embargo, cuando en 1885 se publicó Chansons choisies, una selección de sus canciones, la dedicatoria que figuraba en la canción era “Homenaje a Mlle. Pierat [de la Comédie Française]”.

Más allá de todas estas especulaciones, lo cierto es que nos encontramos ante una de las más grandes canciones de amor de la historia, o una de las grandes canciones de la historia, a secas. Una canción tan bella como tierna, un canto a la libertad y la resistencia, con un tono de nostalgia bien entendida: el tiempo de las cerezas es muy corto, pero siempre amaré ese tiempo, viene a decir; o lo que es lo mismo: la lucha por la libertad y contra la opresión podrá ser aplastada muchas veces, podrá durar muy poco la experiencia revolucionaria, pero siempre amaré esos días de alegría que supone combatir por el bien común.

Vamos ya con unas pocas versiones de Le temps des cerises. La primera es la que grabó en 1938 Tino Rossi.

En su álbum Chansons populaires de France (1955), Yves Montand la grabó también y su éxito fue tal que si buscan en internet Le temps des cerises verán en más de una ocasión que se cita como si hubiera sido compuesta a tal efecto. Escuchemos la versión de Montand.

Y de gran voz masculina a gran voz femenina sin salirnos de 1955, pues también ese año la grabó esa magnífica cantante francesa que fue Cora Vaucaire, “La Dama Blanca de Saint-Germain-des-Prés”.

A otra grande, Juliette Gréco, corresponde esta versión de 1983 que se incluyó en el álbum Juliette Gréco: Jolie Môme/Accordéon en 1983 y más tarde, en 1993, en el álbum Vivre dans l’avenir (reeditado en 2002 con el título Le temps des cerises).

He dejado para el final  la versión de la cantante, compositora y actriz japonesa Tokiko Kato perteneciente a la banda sonora de la película de animación, también nipona, estrenada en 1992, Porco Rosso.

Generalmente, en entradas de este tipo, solemos ordenar las diversas versiones cronológicamente. La casualidad ha querido que hoy también haya sido así, pero el motivo que me ha llevado a incluir en último lugar la de Tokiko Kato ha sido otro. En mi novela El corto tiempo de las cerezas hago a referencia a la canción y la protagonista, Camila, la canta acompañada al piano. Cuando escribí el pasaje en cuestión no conocía esta versión y cuando la descubrí más tarde me dije: así es como imaginé que Camila la cantaba. Este es el fragmento:

“Camila había cantado alguna vez en el Marshall, pero no con este abierto al público. Con William y Taylor se había aventurado con alguna pieza de su marido, algo alejada de su estilo, pero como mucho, en la sala, estaban unos pocos amigos, algunos camareros y su padre. Esta vez era diferente, con el local a rebosar de gente que llevaba rato bailando, bebiendo, divirtiéndose, y deseaba seguir haciéndolo. Nunca había estado tan nerviosa como cuando King Taylor anunció que iba a interpretar una canción y se hizo el silencio, más acusado dado el jolgorio que siempre imperaba en el Marshall. Su campechanía la llevaba a no rechazar las peticiones de que se subiera al escenario cuando era reconocida, pero en esta ocasión se arrepentía de haber sido tan alegre. William la acompañaba al piano, dudaba hasta el último momento qué cantar ante aquella audiencia tan diferente de la del Mirliton de París. Finalmente, pareció cambiar de opinión con respecto al tema elegido, un ragtime de su esposo, pues le dijo algo al oído y este cambió los papeles de la partitura. William tecleó unas notas introductorias y la voz de Camila entonó los versos de una bella canción:

Quand nous chanterons le temps des cerises

et gai rossignol et merle moqueur

seront tous en fête.

Les belles auront la folie en tête

et les amoureux du soleil au cœur…

El público seguía la interpretación con gran respeto. No entendía lo que decía pero sabía valorar el alma que ponía en su voz. Samuel, en una mesa, al fondo de la sala, asistía conmovido a la inesperada actuación de su hija. Le temps des cerises… ¡Cuántas veces la había escuchado desde entonces! Poseía prácticamente todas las grabaciones del tema que hasta la fecha se podían conseguir: la de Maréchal de 1898, la de Francis Marty del mismo año, la de Petrus de 1900 y la de Odette Dulac de 1901. Nunca había dejado de entusiasmarle, siempre le conmovía y casi siempre la melancolía acababa transportándole a momentos felices de su vida que acababan diluyéndose en la inalterable fugacidad del tiempo. Se lo dijo Farinetes: Aprovecha, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto.

Samuel había escuchado por primera vez Le temps des cerises al poco de establecerse en París, en el Lapin Agile, uno de los más antiguos cafés-concerts de París y punto de reunión de una pléyade de pintores, poetas y artistas de todo tipo que soñaban conquistar la capital francesa. El que en su tiempo fuera conocido como Cabaret de los Asesinos, en la ladera de una abrupta pendiente de la Butte, se ubicaba en una vieja casa de campo pintada de rosa, rodeada de una empalizada.

Samuel no dominaba aún suficientemente el francés como para comprender la letra, pero sí al menos para advertir que la canción hablaba de cerezas. El tema era muy conocido y formaba parte del repertorio de muchos cantantes, famosos o desconocidos. La gente lo canturreaba, todos lo sabían. A Samuel le pareció hermoso, emotivo, le impresionó fuertemente la bella melodía, una de las más hermosas que nunca había oído. Absorto, golpeó con el codo el vaso de cerveza que consumía, derramándose el líquido que, al caer al suelo, salpicó a una joven, guapa aunque un tanto atusada, que compartía mesa a su lado con un tipo grandote de pronunciada barriga cuya edad, calculó Samuel, sería más o menos la suya, puede que un poco más.

―¡Cómo lo siento! Le he manchado el vestido. Les ruego me disculpen, no sé cómo ha podido pasar.

―No se preocupe, no tiene importancia ─dijo el caballero.

―No sé cómo he podido ser tan torpe, escuchaba la canción, no la conocía y…

―¿No la había oído nunca? Bonita, ¿verdad? A mí me entusiasma. Se titula Le temps des cerises. Ya tiene unos cuantos años.

Le comentó la joven al tiempo que con una servilleta limpiaba la falda de su vestido sin importarle haberla tenido que levantar a la altura de la rodilla mostrando la pantorrilla que cubría una media negra.

―Muy bella, aunque se me escapan demasiadas cosas de la letra.

―No me equivoco si digo que no es usted francés, ¿verdad? Por su acento. Permítame que me presente: Claude Frossard, marchante y amante de la buena vida ─y rió sonoramente mientras estrechaba hacia sí a la joven; estaba un poco achispado, también ella─. Veo que está usted solo. Ande, siéntese con nosotros.

Entre Frossard y su acompañante le contaron la trascendencia de la canción, le resumieron la letra y ella le tradujo la mayoría de sus versos, que se sabía de memoria. Frossard y Samuel acabaron haciéndose buenos amigos.

Cuando terminó Camila, Samuel no pudo reprimir unos lagrimones en sus ojos, agachó la cabeza y puso su mano derecha en la frente, no quería que nadie le viera. Al poco levantó la vista y encontró la de su hija. Sonrió. Su sonrisa era una mezcla de tristeza y desahogo. Ella se la devolvió. Samuel llamó al camarero y pidió una botella de champán. Es muy corto del tiempo de las cerezas, pero como decía la canción, pensó, siempre amaré el tiempo de las cerezas.”

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2025).

Publicada originalmente en:

https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/07/20/le-temps-des-cerises/