La justificación engañosa y la desinformación

La desinformación sería, en definitiva, el mal uso de la verdad, quien la lanza es culpable y quien la cree, imbécil.

El flujo de imágenes se lo lleva todo, y de igual manera es otro quien gobierna a su gusto ese resumen simplificado del mundo sensible, ese otro que escoge adonde debe ir esa corriente así como el ritmo de lo que debe manifestarse como perpetua sorpresa arbitraria, sin dejar tiempo a la reflexión e independientemente de lo que el espectador pueda pensar o comprender. […] De este modo, las enseñanzas del espectáculo y la ignorancia de los espectadores aparecen indebidamente como factores antagonistas cuando, en realidad, provienen el uno del otro. […] No resulta sorprendente que desde muy temprano los alumnos empiecen con entusiasmo a dedicarse al Saber Absoluto de la Informática, en tanto que siempre son más ignorantes en cuanto a lectura, que exige un verdadero juicio a cada línea, y solo ella puede hacernos acceder a la amplia experiencia humana antiespectacular. La conversación está casi muerta y pronto lo estarán muchos de los que saben hablar.

En el plano de los medios de pensamiento de las poblaciones contemporáneas, la primera causa de decadencia se refiere claramente al hecho de que ningún discurso difundido por medio del espectáculo da opción a respuesta […] se ha extendido el respeto hacia aquel que habla desde el espectáculo, a quien se atribuye importancia, riqueza, prestigio, la autoridad misma […]

Pero actualmente no es posible olvidar el hecho de que, como cabía esperar, el uso intensivo del espectáculo ha convertido en ideólogos a la mayoría de los contemporáneos […]

El espectáculo esconde solo algunos de los peligros que rodean al maravilloso orden que ha establecido. Mientras que la polución de los océanos y la destrucción de los bosques ecuatoriales amenazan la renovación de oxígeno de la tierra, la capa de ozono se ve afectada por el progreso industrial y las radiaciones de origen nuclear se acumulan irreversiblemente, el espectáculo concluye que todo eso carece de importancia. Solo le interesan los datos y las dosis, le basta con eso para tranquilizar, cosa que a un espíritu preespectacular le hubiera parecido imposible. […]

Es una lástima que la sociedad humana tropiece con problemas tan candentes en el momento en que se ha hecho materialmente imposible hacer oír la más mínima objeción al discurso mercantil; precisamente porque, gracias al espectáculo, está a cubierto de tener que responder de sus decisiones y justificaciones fragmentarias o delirantes, cree que no tiene necesidad de pensar. Por convencido que sea el demócrata, ¿no preferiría que se le hubieran escogido amos más inteligentes? […]

Se dice que la ciencia se halla sometida a inoperativos de rentabilidad económica, lo que siempre ha sido cierto. Lo que resulta nuevo es que la economía haya venido a hacerle abiertamente la guerra a los humanos, no solamente a sus condiciones de vida sino también a su supervivencia. […]

La ciencia de la justificación engañosa apareció de forma natural a partir de los primeros síntomas de decadencia de la sociedad burguesa, con la cancerosa proliferación de las pseudociencias llamada “del hombre” […]. Hoy en día la medicina no tiene derecho a defender la salud de la población contra el entorno patógeno, pues eso sería oponerse al Estado o, al menos, a la industria farmacéutica.

La actividad científica presente reconoce en qué se ha convertido y está obligada a callar. […]

Lo que puede oponerse a una única verdad oficial debe ser necesariamente una desinformación emanada de potencias hostiles o al menos rivales, intencionalmente falseada […].

La desinformación sería, en definitiva, el mal uso de la verdad, quien la lanza es culpable y quien la cree, imbécil. […]

Cuando había ideologías que se enfrentaban, que se proclamaban a favor o en contra de tal aspecto de la realidad, había fanáticos y embusteros, pero no “desinformadores”. Cuando por respeto al consenso espectacular o, al menos, por una voluntad de vanagloria espectacular, no está permitido decir aquello a lo que uno se opone o lo que se aprueba con todas sus consecuencias; cuando se topa a menudo la obligación de disimular un aspecto que, por alguna razón se considera peligroso dentro de lo que se supone debe admitirse, entonces se practica la desinformación; por olvido o por pretendido falso razonamiento.

Guy Debord: Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988). Extracto de los apartados X a XVI.

La singular y divertida música de Leroy Anderson

Leroy Anderson (1908-1975) fue un compositor ciertamente singular, capaz de convertir la máquina de escribir o el papel de lija en solistas de concierto y autor de muchas “miniaturas orquestales” alegres, divertidas y absolutamente sorprendentes.

Hijo de inmigrantes suecos, nació en Cambridge (Massachusetts, Estados Unidos). En 1919 empezó a estudiar música en el Conservatorio de Nueva Inglaterra, prosiguiendo sus estudios en la Universidad de Harvard hasta comienzos de 1930, cuando decidió en el último momento –estaba a punto de abandonar la música para siempre– dedicarse a esta ante todo. Esta decisión resultó esencial en su vida y hay que agradecerle que así lo hiciera.

Dirigió la banda de música de Harvard y escribió numerosas composiciones para dicha formación, las cuales llamaron la atención de Arthur Fiedler, director de la Boston Pops Orchestra. Con ella estrenó su primera composición en 1938, Jazz Pizzicato, que tuvo un éxito inmediato. Vamos escuchar el tema por la Lviv Virtuosos Academic Chamber Orchestra (Ucrania) durante un concierto de 2012.

Durante estos años trabajó con su hermano en varias orquestas de baile y al estallar la Segunda Guerra Mundial llegó a ser capitán del ejército estadounidense. Al terminar esta, desestimó la oferta de seguir en las fuerzas armadas –que querían que continuara como agregado militar por su dominio de diversos idiomas– y regresó a la música.

Fue en los años que siguieron al final de la contienda cuando Anderson compuso varias de sus admiradas obras (las “miniaturas orquestales”), como Serenata (1947), The Typewriter (1950), The Waltzing Cat (1950), Plink, Plank, Plunk! (1951), Belle of the Ball (1951), Blue Tango (1951), Bugler’s Holiday (1954), Sandpaper Ballet (1954) y Forgotten Dreams (1954).

En The Typewriter (La máquina de escribir) el sonido de las teclas –en realidad solo dos–, la campana y el mecanismo de retorno del carro hacen de ella un instrumento musical. Muchos creyeron que quienes manejaban la máquina de escribir eran mecanógrafos, pero Anderson aclaró que solo los percusionistas profesionales tienen la suficiente flexibilidad en su muñeca para poder ejecutar la pieza. Excelente es la versión que vemos en el vídeo que sigue a cargo de Voces para la Paz (Músicos Solidarios) –asociación independiente fundada en 1998 por Juan Carlos Arnanz para recaudar fondos que contribuyan a la erradicación de la pobreza y a la mejora de las condiciones de vida de las personas y comunidades más vulnerables y desfavorecidas– en este concierto dirigido por Miguel Roa con el percusionista Alfredo Anaya en 2011.

¿La reconocen? Seguro que sí, aunque puede que haya quien se pregunte de qué. Igual de esta genial secuencia de la película protagonizada por Jerry Lewis Lío en los grandes almacenes (1963). Lamentablemente, no he encontrado ningún otro vídeo con mayor calidad de imagen.

Si tienen o están con niños pruebe a mostrarles estos vídeos. Pónganles, por ejemplo, este The Waltzing Cat, un hermoso vals que protagonizan Tom y Jerry en un momento de la película de animación Fantasia 2000.

Parece ser que una tarde de primavera, una de esas en que uno empieza a disfrutar de sus cálidos rayos de sol, Anderson se disponía a dirigir un concierto al aire libre cuando, de repente, empezó a llover. El ruido que hacían las gotas al caer le inspiró para componer este Plink, Plank, Plunk!, un pizzicato que imita las gotas de la lluvia y escuchamos por la Portland Youth Philharmonic, dirigida por David Hattner, en diciembre de 2103.

Compuesta en 1951 y publicada en 1952, Blue Tango es la primera obra instrumental que vendió un millón de copias. Escuchamos la grabación para Decca del propio Anderson de 1952.

En Sandpaper Ballet (Papel de lija) Anderson utiliza secciones de madera con papel de lija, como antes hiciera con la máquina describir, como solistas. La divertida versión que incluimos forma parte del Concierto Voces para la Paz (Músicos Solidarios) en su edición de 2013. Los solistas son los percusionistas Alfredo Anaya y Alberto Román y Andrés Salado quien dirige la orquesta.

La música de Anderson alcanzó con estas y otras “miniaturas orquestales” una enorme popularidad en casi todo el mundo y se le consideró el compositor más importante de música ligera de concierto. Mas Anderson también compuso obras más largas, como Concierto en C para piano y orquesta (19 minutos), su obra más ambiciosa, que él mismo estrenó en 1952. La crítica no fue muy amable con ella y Anderson la retiró para hacer algunos cambios, no estrenándose de nuevo hasta 1988, ya fallecido este y sin que llegara a hacer los cambios. Escuchamos el segundo movimiento de Concierto en C. Lamento no poder decir quien interpreta, ni cuando, ni donde, los ocho últimos minutos de la obra en el vídeo que sigue.

También probó con el teatro musical, llegando a estrenar en Broadaway Goldilocks (1958), una parodia de la época del cine mudo con libreto y letras de Jean Kerr y Walter Kerr. El musical no fue precisamente un éxito –solo 161 representaciones– y su argumento fue muy criticado. Su música, sin embargo, recibió numerosos elogios.

Eric Hobsbawm y Duke Ellington

“El jazz es importante en la historia del arte contemporáneo porque aportó una forma de crear arte que era distinta de la vanguardia de la alta cultura, cuyo agotamiento ha reducido una parte muy grande de las de las artes ‘serias’ convencionales a la condición de complementos de los programas docentes de las universidades, de la inversión de capital con fines especulativos o de la filantropía. Por esto es deplorable la tendencia del jazz a convertirse en otra vanguardia”.

Quien escribió esto es Eric Hobsbawm (1917-2012), uno de los mejores historiadores de todos los tiempos y una excelente persona. Gran amante del jazz, desde mediados de los cincuenta, y durante diez años consecutivos, fue columnista y comentarista de conciertos, discos y libros en la revista The New Statesman. El artículo del que extraigo esta cita, así como las demás de Ellington que aparecen en esta entrada, se publicó originalmente en la New York Review of Books (19 de noviembre de 1987) y figura traducido al castellano en su libro Gente poco corriente. Resistencia, rebelión y jazz (Barcelona, 1999).

“Ellington, como él mismo reconocía, fue un niño mimado que logró conservar durante toda su vida parte de la sensación de omnipotencia de sus años infantiles […].

Sin embargo, el niño mimado fue un holgazán e ignorante en la escuela […]. La música, que, según parece, al principio era para él solo una forma de diversión, se convirtió en una manera obvia, además de fácil, de ganarse la vida, dada la demanda de la época del jazz y la posición de los negros en las orquestas de baile, que seguía siendo fuerte a pesar de entrar blancos en ellas […].

Ellington tuvo la suerte de entrar en el jazz en el momento en que esta música se estaba descubriendo a sí misma, y él pudo descubrirse a sí mismo a medida que fue afianzándose dentro de ella […].

Su orquesta cambió la tosca música sincopada que tocaba un ejército de anodinos grupos jóvenes por el jazz hot a mediados del decenio de 1920, porque esta era la tendencia general. A decir verdad, bien puede ser que el típico estilo de Ellington naciera por motivos comerciales mediante la llamada ‘música de la jungla’ que respondía a las expectativas de la clientela del Cotton Club […]”. Muestra de ello es, entre otros muchos, el tema Take the ‘A’ Train, que compuso Billy Strayhorn en 1939 y pronto pasó a ser la melodía con que Ellington iniciaba las actuaciones con su orquesta. Lo escuchamos en este vídeo que subí a YouTube hará unos seis meses con fragmentos de secuencias de filmaciones de la época (el tren A, cuya línea se había inaugurado en 1936, efectuaba un trayecto que iba desde el este de Brooklyn hasta el norte de Manhattan pasando por Harlem, donde se ubicaba el Cotton) con otras de cortometrajes con Ellington y su orquesta actuando en el famoso club.

“Lo mejor de la obra de Ellington es lo que creó para cabarets y salones de baile […]. Al igual que muchas organizaciones jazzísticas de su generación, la orquesta de Ellington se ganaba la vida tocando en bailes, pero no tocaba para los que bailaban. […]

Quien esto escribe, a los dieciséis años se enamoró para siempre de la orquesta de Ellington en su mejor época, al oírla tocar en lo que se llamaba un ‘baile-desayuno’ en un salón de baile de las afueras de Londres ante un público atónito que no contaba para nada, salvo como una masa oscilante de gente bailando que era lo que orquesta estaba acostumbrada a ver ante ella. Los que nunca han oído a Ellington tocando música para bailar o, mejor aún, en un comedor lleno de noctámbulos elegantes, donde el verdadero aplauso consistía en el cese de las conversaciones alrededor de las mesas, no pueden saber cómo era la mejor orquesta de la historia del jazz cuando tocaba a gusto en su propio ambiente.”

Algo parecido al ambiente que vemos en el siguiente vídeo podría ser lo que presenciaría Hobsbawm. Parecido, pues la espontaneidad del directo difícilmente puede plasmarse en una película, en este caso Check and Double Check, un filme de 1930 que dirigió Melville W. Brown en el que intervenía Duke Ellington y su orquesta del Cotton Club. Interpretan los temas Three Little Words y Old Man Blues.

Veamos ahora una actuación en directo de Duke Ellington y su orquesta en este cortometraje de 1933 –justo cuando Hobsbawm tenía dieciséis años y se enamoró de su música–, de nueve minutos de duración, titulado A Bundle of Blues en el que interpreta los temas A Bundle of Blues (1933), Stormy Weather (1933, con la inestimable voz de Ivy Anderson) y Bugle Call Rag (1922, con las bailarinas Florence Hill y Bessie Dudley).

Frente a ese jazz que aspiraba a convertirse en vanguardia, ese jazz intelectual, “Ellington –prosigue Hobsbawm– representaba esa capacidad que tiene el jazz de hacer que personas sin interés por la ‘cultura’, personas con sus pasiones, ambiciones e intereses, y con su propia manera de satisfacerlos, se conviertan en creadores de un arte serio y, a pequeña escala, grande. Lo demostró por medio de su propia transformación en compositor y también por las obras de arte integradas que creó con su orquesta, una orquesta que contenía menos artistas individuales de absoluta brillantez que otras, pero en la cual la actuación individual extraordinaria era el fundamento de los logros colectivos”.

No obstante, “como compositor ortodoxo, sencillamente no merece una calificación muy alta. […] Ellington era un pianista bueno pero no brillante. […] Le costaba leer las partituras, y no digamos las que eran muy complejas. En cuanto a arreglos y asesoramiento musical, a partir de 1939 se apoyó mucho en Billy Strayhorn, que era su alter ego, llevaba la orquesta y se convirtió en una especie de hijo adoptivo. […] Ellington aprendió casi todo lo que sabía por medio de pruebas prácticas. Era demasiado perezoso, y quizá no era suficientemente intelectual, para leer mucho, y tampoco escuchaba con atención la música de los demás. […] Desde luego, no era un gran compositor de canciones y Collier [autor del excelente libro Duke Ellington, 1987] demuestra que ‘parece ser que únicamente Solitude es exclusivamente suya”. […] Y como mínimo uno de los músicos de su orquesta le dijo, en un momento característico de mutua irritación: ‘No te considero compositor. Eres un recopilador’.” Vamos con un vídeo de Solitude (1934), en la grabación suya del mismo año, con imágenes de su trayectoria artística:

Ahora bien, “es indiscutible que cada pieza de Ellington era o es inconfundiblemente suya, fueran cuales fueren los músicos que en aquel momento formaban su orquesta. […] Ellington se nutría de sus músicos, no solo porque se inspiraba en sus voces y melodías, sino también porque sus voces eran el origen de la suya. […] Pero lo que demuestra de modo más convincente que Ellington dependía de sus músicos es el hecho que mantuvo su orquesta hasta el final de su vida, aunque le hiciera perder dinero. […] Era su voz. Ellington no mostró ningún interés por hacer ni conservar partituras de sus obras, no porque no tuviera en la mente el sonido y las formas de las mismas, sino porque sus números no significaban nada par él excepto cuando se tocaban, y, como todo el jazz, variaban con los intérpretes, el momento y el estado de ánimo. No podía existir una versión definitiva, solo una versión preferida pero provisional”. Escuchen, si no, de nuevo Take the ‘A’ Train en versión de Ella Fitzgerald con Oscar Peterson y su trío en una actuación grabada en el Olympia de París en mayo de 1963.

Termino la entrada con tres temas suyos, o firmados por él si lo prefieren, con sendas actuaciones en directo. No tienen una gran calidad de imagen, pero suponen todo un testimonio histórico y cultural. Son estos Mood Indigo (1930), en una actuación, creo, de finales de los años sesenta del pasado siglo; It Don’t Mean a Thing (1932, letra de Irving Mills), en otra de 1943 en la que el cantante es el violinista y trompetista Ray Nance; y Sophisticated Lady (1932), con el saxofonista Willie Smith en un breve corto de 1952.