When the circus leaves town (Cuando el circo abandona la ciudad)

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Para mí –y para mis amigos, claro, y para los niños en general– era todo un acontecimiento la llegada de un circo al pueblo. Acudíamos a ver cómo lo montaban, los carromatos donde vivían aquellos artistas que iban de acá para allá y debían haber visto un montón de cosas, los animales enjaulados que mirábamos con respeto y temor –leones, tigres, serpientes e incluso algún elefante– y los que con su comportamiento nos movían al regocijo, como los monos. Y, luego, por supuesto, a la función de estreno, que en ocasiones era la única o la primera de las dos que el circo ofrecería ese día, pues a mi pueblo –que tenía por entonces unos cuatro mil habitantes–, no venían esos grandes circos que acudían a las ciudades, pero a esa edad la ilusión y la imaginación son más poderosas que la realidad. Tampoco venían en verano como en la canción, sino pasadas las Navidades, cuando los grandes dejaban las grandes ciudades y parte de la troupe se dedicaba a viajar por los pueblos. Durante la función hacía un frío que pelaba, pero nosotros, los niños, ni nos enterábamos, absortos como estábamos con los trapecistas, los acróbatas, los domadores y los animales, los magos o los payasos. De que hacía frío solo tengo constancia porque después me salían sabañones. Y luego el circo se marchaba. Nosotros nos quedábamos y por un tiempo seguíamos soñando, a la espera de que el circo nos visitase de nuevo.

Desde entonces, el circo ha sido uno de mis espectáculos favoritos. Seguí yendo, y cuando tuve un hijo íbamos los dos. Ahora a los grandes. Por algo vivíamos en una gran ciudad. Hasta que al entrar en la adolescencia –como he contado en otra entrada– mi hijo me dijo un buen día: ‘¿Por qué no te buscas a otro que te acompañe al circo?’. Sus gustos, obviamente, empezaban a cambiar y, al parecer, estaba ya un poco harto de tanto circo, pues íbamos a todos cuantos pasaban por Valencia. Normalmente en Navidades, pero porque no solían acudir en otras épocas del año, que, si no, también. Hoy el circo, no es, lógicamente, algo tan extraordinario para mí, pero así y todo le hice caso a mi hijo y con los peques que me rodean trato de ir tantas veces es posible, pasándomelo tan bien como ellos, o puede que más, pues disfruto con el espectáculo y con su compañía.

Y esto trata de reflejar el vídeo que figura bajo estas líneas, impregnando de nostalgia por unos tiempos que no volverán y por un espectáculo que ya ni es ni representa lo que fue. La canción que suena se titula When the circus leaves town (Cuando el circo abandona la ciudad; el pueblo mejor) y fue compuesta por Jackie Barnett y Jimmy Durante en 1955, año en que este la grabó acompañado de la orquesta Roy Bargy.

Nunca se dirá bastante


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Sin título. Sarolta Bán (2011).

Nunca se dirá bastante que las actuales reivindicaciones del sindicalismo están condenadas al fracaso, y no tanto por la división y la dependencia de sus organismos reconocidos como por la indigencia de sus programas.

Nunca se dirá bastante a los trabajadores explotados que se trata de sus insustituibles vidas con las que podrían lo que quisiesen, de sus mejores años que transcurren sin ningún placer significativo, sin tomar las armas siquiera.

No hay que pedir que se afiance o que se eleve el ‘mínimo vital’, sino que se deje de mantener al mínimo la vida de las masas. No hay que pedir solo pan, sino también juegos. (…)

La cuestión a plantear no es la subida de los salarios, sino las condiciones que se imponen en Occidente a las personas.

Hay que negarse a luchar dentro del sistema para obtener concesiones de detalle que inmediatamente son cuestionadas o recuperadas en otra parte por el capitalismo. Debe plantearse radicalmente el problema de la supervivencia o destrucción del sistema.

No hay que hablar de acuerdos posibles, sino de realidades inaceptables. (…) La lucha social no deber ser burocrática, sino apasionada. (…) Nunca se dirá bastante.

Por la Internacional letrista: Michèle I. Bernstein, André-Frank Conord, Mohamed Dahou, G.-E. Debord, Jacques Fillon, Gil J. Wolman.

“El mínimo de la vida”. Potlach, 4 (13 de julio de 1954).

Je bois

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Charles Bukowski en un fotograma de la película ‘Barfly’.

¿Cuándo llegará el momento en que ya no sea necesario recordar que los antialcohólicos son enfermos presos de ese veneno, el agua, tan disolvente y corrosivo que ha sido elegido entre todas las sustancias para las abluciones y lavados, y una de cuyas gotas, volcada en un líquido puro –el ajenjo, por ejemplo– lo enturbia?

Alfred Jarry: “El señor Faguet y el alcoholismo” (La Revue blanche, 1 de marzo de 1901).

‘Je bois’ (Bebo) es una canción con letra de Boris Vian y música de Alain Goraguer compuesta en 1955, que Vian empezó interpretando en los cabarets parisinos y grabó en 1956 (versión que reproduce el vídeo). Las imágenes son de la película ‘Barfly’ (1987, ‘El borracho’), dirigida por Barbet Schroeder con guión de Charles Bukowski y Mickey Rourke y Faye Dunaway como protagonistas.