Lambeth Walk

Todas las canciones tienen su historia, pero pocas son tan interesantes y curiosas como la de Lambeth Walk. Lambeth Walk es una calle de Lambeth, uno de los distritos más pobres de Londres formado por varios barrios, entre ellos, a en la orilla derecha del Támesis, el de Kennington, donde se ubica Lambeth Walk.

Siempre fue, desde que se constata documentalmente la existencia del lugar (1062), una barriada que, a pesar de contar entre sus inmuebles con el Palacio de Lambeth, residencia oficial del arzobispo de Canterbury, gozó de mala fama. En el siglo XVII, cuando Lambeth Walk era un camino rural conocido como Tree Walk Coney, se decía que era una zona de “mala reputación”, donde la prostitución y todo lo que esta conlleva campaban a sus anchas. Llegó la Revolución industrial, Londres creció y la zona se transformó a su ritmo. En la década de 1860 Lambeth era un caos irreconocible por la cada vez mayor presencia de las fábricas. La contaminación, la mala salud, el hacinamiento y las condiciones insalubres de vida eran sus características más “notables”.

Lambeth fue siempre conocido por ser un barrio popular, de trabajadores, con uno de los mercadillos más famosos. Aun así, Lambeth Walk sería tan anónima como cualquier otra calle si no fuera por el hecho de que se convirtió en el título de una canción de una comedia de teatro popular. La obra a que nos referimos es el musical Me and My Girl, original de Douglas Furber y L. Arthur Rose, que se estrenó en el West End en 1937. Como curiosidad hay que señalar que en esta obra debutó Emma Thompson en uno de sus papeles principales. Su actuación un éxito y supuso el inicio y despegue de su dilatada carrera.

Lambeth fue siempre conocido por ser un barrio popular, de trabajadores, con uno de los mercadillos más famosos. Aun así, Lambeth Walk sería tan anónima como cualquier otra calle si no fuera por el hecho de que se convirtió en el título de una canción de una comedia de teatro popular. La obra a que nos referimos es el musical Me and My Girl, original de Douglas Furber y L. Arthur Rose, que se estrenó en el West End en 1937. Como curiosidad hay que señalar que en la reposición de 1980 de esta obra debutó Emma Thompson en uno de sus papeles principales. Su actuación un éxito y supuso el inicio y despegue de su dilatada carrera. El vídeo que sigue es de 1939 y recoge el momento del musical “The Lambeth Walk”, con el actor y director teatral Lupino Lane y el elenco original.

“En cualquier momento en Lambeth / cualquier noche, cualquier día / nos encontrará a todos / moviendo el esqueleto en Lambeth Walk. Oi! / A todas las jóvenes muchachas, / con su joven amigo de Lambeth, / a todos los encontrará / moviendo el esqueleto en Lambeth Walk. Oi!”, dice la letra de la canción, que dio nombre a un baile que se hizo muy popular: el Cockney. Cockney, en su origen, es un término de argot con el que designaba a la gente de East London y de los bajos fondos londinenses. El baile se inspira en la forma de caminar que, se decía, tenían los habitantes de Lambeth, dada al pavoneo.

Su éxito traspasó las fronteras del Reino Unido. El Lambeth Walk llegó a Alemania, pero –obviamente, dado su carácter popular– los nazis, en el poder, consideraron que era entartete musik (música degenerada). Cada día se bailaba más en Berlín, hasta el punto que un dirigente nacionalsocialista llegó a decir que quienes lo practicaban eran “malos judíos y animales saltando”. Incluso el propio Goebbels escribió en 1941 que “el público británico aparece en los noticiarios como si no tuviera nada mejor que hacer que izar la bandera británica en medio de las ruinas humeantes, o para bailar el Lambeth Walk en medio de las paredes chamuscadas”. La Segunda Guerra Mundial había estallado hacía casi dos años y Gran Bretaña era seriamente castigada por los bombarderos alemanes.

En 1942 Charles A. Ridley, del Ministerio de Información británico, mandó hacer un cortometraje (Lambeth Walk-Nazi Style) en el que, tomando material de la película de Leni Riefenstahl El triunfo de la voluntad, los soldados alemanes y el propio Hitler marchaban como si fueran bailando el Lambeth Walk. El corto se hizo muy popular en los cines de Gran Bretaña y Estados Unidos. Goebbels enfureció cuando lo vio. Claro que de eso se trataba.

Si quieren aprender a bailar el Lambeth Walk, estas son las instrucciones, acompañadas de un vídeo del popular festival al aire libre Music of the Night, que se celebra anualmente en la ciudadela de Plymouth (Inglaterra), con el que practicar.

En este país y en este Estado

El siguiente texto es un breve fragmento de Corrección, novela de Thomas Bernhard, uno de mis autores preferidos. Obviamente, Bernhard cuando haba de este país y este Estado se refiere a Austria. Esto lo he omitido al transcribir el texto, ya que, como acertadamente resume la contraportada del libro, “la novela es una reflexión sobre los problemas del hombre contemporáneo, enfrentado a la deshumanización, el desamor y la soledad”. Así pues, este país y este Estado puede perfectamente ser el suyo.

[…] el hombre […], ya en el momento de su nacimiento, es un hombre fracasado y debe comprender claramente, decía, que tendrá que renunciar a sí mismo si se queda en este país y en este Estado, cualesquiera que sean los auspicios, debe decidir si quiere, quedándose ahí, perecer, envejeciendo fatigosamente y sin llegar a nada, perecer en su propio Estado y en su propio país, presenciar con los ojos abiertos, en su propia mente y en su propio cuerpo, ese terrible proceso de extinción, si quiere aceptar un desarrollo descendente durante toda su vida, quedándose en este Estado y en este país, o si quiere irse y marcharse  tan pronto como pueda y, mediante ese pronto irse y marcharse en lo posible, salvarse, salvar su inteligencia, salvar su personalidad, […] y si no es un hombre vil, y si no es de naturaleza abyecta ni infame, se convertirá en este país y en este Estado en un ser de naturaleza vil y abyecta, y por eso hace falta, desde el principio mismo, desde los primeros momentos del pensamiento, salvarse de este país y este Estado y, cuanto antes vuelva la espalda a este país y a este Estado un hombre con facultades intelectuales, tanto mejor, un hombre así tiene que decirse que hay que huir, dejar atrás todo lo que es este Estado, lo que constituye este país, irse a cualquier parte, aunque sea al fin del mundo, no quedarse en ningún caso donde nada puede esperar y, si puede, solo lo más miserable y lo que destruye la inteligencia y lo que vacía la cabeza y lo que le obligará continuamente a la mezquindad y la vileza, y que […] estará expuesto siempre a una vil incomprensión […] y, por tanto, a la muerte, y, por tanto, a la aniquilación de su existencia.

Thomas Bernhard: Corrección (primera edición, en alemán, 1975; en castellano 1983, traducción de Miguel Sáenz).

¡Viva España, viva el rey y la gloriosa policía también!

No habrían avanzado quinientos metros cuando advirtieron la presencia de la policía municipal, una pareja, un hombre y una mujer, jóvenes, con el vehículo estacionado al lado sobre un paso de cebra.

─ Verás cómo los monos nos paran.

─ ¿Por qué? ─preguntó el genio─, luego me decís a mí que soy un agorero.

─ Tío, son monos, su disco duro tiene poca capacidad, pero no son tan tontos. ¿Nos has visto las pintas? Ni de coña pueden creer que tengamos un buga como este.

─ Claro, las apariencias son para vosotros muy importantes, para los humanos quiero decir. No valoráis a la gente por lo que es, sino por lo que tiene.

─ Eso es cierto, Prude, así son las cosas. A un cerdo con pajarita y la cartera llena le hacen reverencias, y a nosotros siempre lo mismo: la puñeta.

Cuando se hallaban a unos escasos cincuenta metros, les dieron el alto. El policía levantó la mano derecha y con la otra les indicó que aparcaran a su lado.

[…]

Le estaban pidiendo la documentación del coche a Tomate cuando Robin, desde el asiento de atrás ─después de mirar a Argararemon y que este hiciera un gesto de aprobación con la cabeza─, les espetó:

─ ¡Viva España, viva el rey y viva la gloriosa policía también!

─ Vaya, el graciosillo de hoy ─dijo el guardia─. Venga, la documentación de una puta vez.

─ ¿Del coche? ¿Nuestra?

─ De todos.

─ Pues va a estar complicado, yo no llevo nada, ni carné ni partida de nacimiento, y creo que mis amigos tampoco. Pero, mira, yo soy Robin, y estos Johnny y Tomate.

─ Pues sí, va a estar complicado, para vosotros ya está complicado, y más que se os va a complicar. Tú ─a Tomate─, el permiso de conducir.

─ Señor guardia, yo no tengo de eso. Ya quiero, ya, pero no me dejan, dicen que aún no tengo la edad ─argumentó Tomate, que se sentía envalentonado ante la audacia de Robin.

─ ¿Pero tú sabes lo que cuesta sacarse el carné?  ─añadió Robin─. Yo conduzco desde los doce años, lo hago mejor que el Alonso ese. Negocio, todo negocio. Si os doy cuatro derrapes flipáis en colores. Documentos, papeles, multas…, no sabéis hacer otra cosa.

─ ¿El vehículo que llevan es suyo? ─preguntó la policía con gesto adusto e inexpresivo.

─ ¿Estás de coña, no? Mira que eres pava. ¿Cómo va a ser nuestro el carro este? Estamos más tiesos que la mojama.

─ Está bien, chicos, lo habéis conseguido. ¡Hala!, fuera del coche, a comisaría con nosotros ─el mosqueo del guardia había llegado a cotas que excedían su nivel de tolerancia y comprensión.

─ ¡Los cojones de Mahoma, bobomierda!

─ Ahora sí que las ha cagado, chaval. Se os va a caer el pelo. ¡A los tres!

Echó inmediatamente mano a las esposas, pero estas se le cayeron al suelo y no pudo hacerse de nuevo con ellas. Se le resbalaron de las manos y al final terminaron por desaparecer por la rejilla de un sumidero. Tratando de hacerse con la situación, desconcertado ante el elevado grado de torpeza de que hacía gala, se cayó y su cinturón quedó enganchado en un hierro que sobresalía de una valla metálica que cercaba un solar que había junto al coche, presidido por un gran cartel metálico que decía Terrenos adquiridos por el Excelentísimo Ayuntamiento para la construcción de un ambulatorio, más oxidado que los hierros del Titanic. A saber el tiempo que llevaba allí puesto.

Tampoco ella, la guardia, la mona, pudo hacer gran cosa aparte de tragarse su orgullo. Sacó la porra, que también cayó al suelo y se le enredó entre las piernas de tal manera que se fue de bruces sobre su compañero.

Robin, Johnny y Tomate ─y Argararemon, claro─ se fueron a toda velocidad mientras les hacían una peineta a los guardias municipales. Bueno, tres peinetas. Los policías subieron rápidamente a su vehículo con la intención de perseguirles, pero este no arrancaba.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017)