Nada es imposible

[…] Sería un gran error el buscar enteramente dentro del terreno de la técnica una respuesta a todos los problemas que ella misma ha suscitado. Pues el instrumento solo en parte determina el carácter de la sinfonía o la reacción del auditorio: el compositor, los músicos y el auditorio también han de ser tenidos en cuenta.

¿Qué diremos de la música que se ha producido hasta ahora? Mirando hacia atrás a la historia de la técnica moderna, se observa que a partir del siglo X los instrumentos han estado rascando y afinándose. Uno por uno, antes de que se encendieran las luces, nuevos miembros se añadieron a la orquesta y se esforzaron por leer la partitura. Hacia el siglo XVII se había reunido los violines y los instrumentos de viento de madera, y tocaban en sus altas notas el preludio a la gran ópera de la ciencia y la invención mecánicas. En el siglo XVIII acudieron los cobres a la orquesta, predominando los metales sobre la madera. Se inició la sinfonía que sonó en todas las salas y las galerías del mundo occidental. Finalmente en el siglo XIX, la voz humana misma, hasta entonces sometida y silenciosa se oyó tímidamente a través de las disonancias sistemáticas de la partitura, en el preciso momento en que los imponentes instrumentos de percusión se introducían. ¿Hemos oído la obra completa? Ni mucho menos. Todo lo que ocurrido hasta ahora ha sido un ensayo, y al fin, reconocida la importancia de los cantantes y el coro, tendremos que tocar la música de manera diferente, sometiendo los cobres insistentes y los timbales y concediéndole más importancia a los violines y las voces. Pero si esto llega a ser así, nuestra tarea es aún más difícil, pues tendremos que volver a escribir la música en el momento de tocarla, y cambiar al director y reagrupar a la orquesta en el momento preciso en que estamos rehaciendo los trozos más importantes. ¿Imposible? No, pues por mucho que la técnica y la ciencia modernas hayan fallado en sus posibilidades inherentes, han enseñado a la humanidad por lo menos una lección: nada es imposible.

Lewis Mumford: “Resumen y perspectivas”, Técnica y civilización (1934). Versión española de Constantino Aznar de Acevedo, 1971.

Opresión

[…] Porque hay una opresión a nivel de poder, hay una opresión también a nivel cultural.

[…] La opresión va de la regulación del individuo y de sus comportamientos a los medios y la difusión extrema de un sistema de producción y de consumo forzado y presente en todas partes. Esta opresión, para persuadir y coaccionar, se sirve de la burocracia y de sus impedimentos, de los formularios, de los impresos, de modos de hacer y de los plazos de pago, un continuo sistema de distracción del individuo. El hombre ya no tiene la disponibilidad de sí y de su propio tiempo […], sin embargo, tiene una ocupación que despilfarra un montón de tiempo y que constituye además una opresión mental. Evidentemente, el individuo actual vive más, más tiempo, pero no se sabe si vive más feliz que un individuo de ayer y creo que se trata de una cuestión muy difícil. En el pasado el poder tenía argumentos mucho más crueles y vulgares y bestiales para hacerse obedecer. Evidentemente a quien le caen los golpes o se ve sometido durante horas a un interrogatorio, deslumbrado por la lámpara, sufre una tortura; pero quien se ve bombardeado cotidianamente por el vídeo con tiempos de visión de cinco o seis horas al día, sufre un condicionamiento que es desde luego menos perceptible en apariencia pero en realidad más sutil y más dañino.

Se ha hablado mucho de las cámaras de gas de Hitler, pero ya está claro que desde hace años todas las ciudades del mundo se están convirtiendo en cámaras de gas. En las de Hitler prevalecía el principio de la solución rápida y en las cámaras de gas del mundo prevalece el sistema del envenenamiento profundo y lento que en cualquier caso es envenenamiento del individuo. […]

Creo que duración de la vida, calidad de vida y calidad de lo vivido están atravesados por una relación parangonable a la existente entre temperatura y humedad. No basta con dar un simple dato duración o temperatura. La temperatura se experimenta por el físico humano en relación a la humedad. ¿Qué decir de esos enfermos terminales contra quienes a menudo se infiere el encarnizamiento terapéutico? […]

 Pienso que el riesgo de evanescencia está en el género humano en sí mismo y por sí mismo, como lo tenemos ante nuestros ojos. Cada vez estoy más perplejo sobre la capacidad de resistencia del género humano y que debería manifestarse directamente en el hombre oprimido por mil sistemas informáticos y robotizantes. Actualmente el hombre da más bien la impresión de querer integrarse también en el nivel espiritual en los sistemas de integración planificados y ministeriales. Mira su aquiescencia a la moda y al conformismo. O bien, irracionalmente, va hacia el lado opuesto, va en busca de evasiones místicas. […]

Si el hombre no quiere salir del consumismo más o menos coactivo y no quiere recaer, más allá de aquel, en otros esquemas de condicionamiento psíquico, estaremos obligados a renunciar a las buenas esperanzas que siempre hemos tenido en el género humano, en la condición humana, en la aspiración a la igualdad y otras cosas.

Enrico Baj: “Popper y la quintupletta’ (extracto), en ¿Qué es la ‘patafísica? (1994).

Nunca se dirá bastante


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Sin título. Sarolta Bán (2011).

Nunca se dirá bastante que las actuales reivindicaciones del sindicalismo están condenadas al fracaso, y no tanto por la división y la dependencia de sus organismos reconocidos como por la indigencia de sus programas.

Nunca se dirá bastante a los trabajadores explotados que se trata de sus insustituibles vidas con las que podrían lo que quisiesen, de sus mejores años que transcurren sin ningún placer significativo, sin tomar las armas siquiera.

No hay que pedir que se afiance o que se eleve el ‘mínimo vital’, sino que se deje de mantener al mínimo la vida de las masas. No hay que pedir solo pan, sino también juegos. (…)

La cuestión a plantear no es la subida de los salarios, sino las condiciones que se imponen en Occidente a las personas.

Hay que negarse a luchar dentro del sistema para obtener concesiones de detalle que inmediatamente son cuestionadas o recuperadas en otra parte por el capitalismo. Debe plantearse radicalmente el problema de la supervivencia o destrucción del sistema.

No hay que hablar de acuerdos posibles, sino de realidades inaceptables. (…) La lucha social no deber ser burocrática, sino apasionada. (…) Nunca se dirá bastante.

Por la Internacional letrista: Michèle I. Bernstein, André-Frank Conord, Mohamed Dahou, G.-E. Debord, Jacques Fillon, Gil J. Wolman.

“El mínimo de la vida”. Potlach, 4 (13 de julio de 1954).