Lo suyo no fue morir, fue morirse

Creía haberlo olvidado todo, pero seguía presente en su memoria. Cuando su cuerpo empezó a ajarse y su mente a deteriorarse, algo en su interior le dijo que debía hacer un inventario ante mórtem de lo que había sido su vida. Afloraron los recuerdos y se puso a indagar en los porqués. Se dio cuenta entonces de que estaba jodido, de que solo había sido un funámbulo de la vida venido a menos. Y se sintió como Iván Illich, el personaje de Tolstói, que se conoció demasiado tarde y lo único consciente que hizo a lo largo de su vida fue abandonarla. Eso sí, sabedor de haber malgastado todo cuanto se le había dado y que eso no se podía remediar. ¿Qué queda?, se preguntó. Nada. Y como Illich lo suyo ya no fue morir, fue morirse.

Cómo mi hijo descubrió antes que yo que escribir una novela era algo vital para mí

Hoy, 7 de abril, mi hijo cumple 39 años. Ya lo celebraremos cuando sea posible. Lógicamente, en un día así son muchos los recuerdos que a cualquier padre, o madre, le vienen a la mente. Por mi cabeza pululan infinidad de pensamientos, de recuerdos, de situaciones vividas. Tenemos y hemos tenido una relación paterno-filial intensa y hermosa, que nunca llegará a resquebrajarse suceda lo que suceda. Una relación gratificante y enriquecedora sin la que probablemente jamás hubiese llegado a realizar algo con lo que soñaba desde la adolescencia: escribir y publicar novelas.

A principios de 2014 publiqué mi primera novela, El viaje. Hoy son ya cuatro las que llevo editadas, o autoeditadas, siendo más precisos. Vaya autor más prolífico, puede que piensen, o más alocado; pero de eso nada. No es que un buen día se me ocurriera escribir una novela y luego otra y así sucesivamente hasta cuatro. Ni soy tan fecundo ni tan cándido. Quiero, pues, hablarles de cómo surgió en mi la necesidad de escribir novelas.

Siempre me ha gustado escribir, desde pequeño. Cuando era adolescente quería ser escritor o periodista (en este último caso, corresponsal de guerra). Por diversas razones, que ya he explicado en otras entradas, acabé estudiando Filosofía y Letras (sección Historia) –así se denominaba entonces–, me convertí en historiador y como tal trabajé –y me llevó a poder hacer otras cosas centradas en algo que siempre me ha preocupado: la divulgación– hasta unos años antes de mi jubilación (en julio de 2018).

Ello no fue óbice para que persistiera en mí el ansia por escribir aquello que la imaginación urdía, tramaba y fraguaba en mi mente, siempre dispuesta a aventurarse en el mundo de la fantasía. Libreta y portaminas, o estilográfica, eran, son, instrumentos inseparables de mi día a día. Siempre me acompañaban, y me siguen acompañando. Iba a la playa con mi hijo cuando era pequeño y, sobre todo si con nosotros venía algún amiguito suyo, allí estaba yo, en mi tumbona, bajo la sombrilla, escribiendo. Iba de viaje con él –me gusta viajar solo, o con niños–, nos sentábamos en algún sitio a tomar o comer algo y enseguida sacaba la libreta y el portaminas. Un momento –estaba con él y, obviamente, era el centro de mi atención–, solo un momento, pero era preciso anotar mis impresiones, mis consideraciones, mis ideas.

El mundo mental de los niños absorbe fácilmente la realidad cotidiana y la adapta al suyo. En mi caso –que me reconozco un niño disfrazado de adulto–, mi hijo asimiló –a su manera, naturalmente– esa inquietud mía y consideró que escribir una novela era una de las cosas más trascendentes que uno podía hacer en la vida. Una novela, no un libro de otro género. Un año antes de que naciera publiqué mis dos primeros libros, ambos de historia, y el mismo año que nació (1981) el tercero, también de historia. Y seguí publicando. Quiero decir con esto que mi hijo siempre estuvo al corriente de que su padre escribía libros. ¿Pero es la novela?, preguntaba. No, eso ya lo haré algún día. ¿Cuándo? Y ¿entonces esto no es lo que escribes en la libreta? ¿Y para qué lo haces? ¿Y por qué? Todas estas preguntas imagino, y no creo estar equivocado, se debían a esa agudeza mental tan propia de los niños. Había captado perfectamente lo que escribir una novela representaba para mí, para aquel adolescente que soñaba con ser escritor. Naturalmente, a él le dediqué la primera novela que di por terminada, El corto tiempo de las cerezas, aunque luego apareciera a la venta tras El viaje. Mi hijo entonces ya tenía 33 años, yo 60. ¡Por fin! Todo llega. Es cuestión de perseverar, de empeñarse con tesón, de mantener siempre vivas la ilusión y la curiosidad, de nunca dejar de soñar, de dejar correr la fantasía. Y de tener un buen motivo: mi hijo en este caso. Él descubrió antes que yo lo que escribir ficción representaba para mí. A mí me costó más darme cuenta de escribir era una necesidad tan imperiosa como respirar. Luego ya tuve que luchar con el aire viciado que tanto lo dificulta y con la contaminación de la que todos acabamos afectados. Pero hay que seguir respirando, si no te mueres. Hay que seguir escribiendo.

Esa arbitraria y caprichosa muerte

La muerte no es como la vida, que se presenta siempre sin avisar, sin preguntar si la aceptas, si la quieres o la deseas. Es arbitraria. Sabe que es dueña y señora de todos nosotros, que estamos aquí mientras lo consienta, que nada más nacer ya estamos en sus manos. Y así actúa: con prepotencia, como todos los dueños y señores de todos los tiempos, con arbitrariedad, caprichosamente, pues nos tiene en sus manos, y nos tomará como quiera y cuando quiera, y de la forma que le apetezca. A algunos les envía antes un emisario. Ella ya está dentro de nosotros, pero ha decidido comportarse de manera cruel: unos análisis, unas pruebas que no comprendemos, así lo indican, y para explicárnoslas está su recadero, quien nos comunicará cuánto nos falta para tan, generalmente, poco deseado encuentro.

Acaban de condenarte a muerte y te lo han soltado así, sin ningún tipo de contemplaciones. Cierto que en el corredor de la muerte estamos desde que nacemos, pero el condenado, bien que no siempre –pues a veces ya está tan exhausto de morir en vida que ansía vivir la muerte– recibe sin duda la mayor tortura cuando se le comunica la aciaga noticia de su próximo fin.

Con otros es todavía más cruel, pues a veces ese plazo no se cumple y la incertidumbre y el desasosiego los acompañan un tiempo más, la mayoría de las ocasiones sumidos en el dolor y conscientes de ese terrible, y al parecer necesario, deterioro progresivo solo porque ella, la muerte, así lo ha dispuesto. Sus emisarios, confundidos, nunca saben qué hacer ni qué decir. Algunos te facilitan su encuentro, pues conocen dónde están sus dominios y cómo llegar a ellos, pero otros, que se consideran simples mensajeros cuya obligación consiste únicamente en comunicar las nuevas, se limitan a decir: es lo que hay.

En ese momento, que puede ser más o menos breve o durar una eternidad, pero que generalmente va unido a un progresivo y lamentable proceso degenerativo que alcanza tanto a las facultades físicas como a las intelectuales, es la muerte quien dispone, y eso es algo para lo que hemos de prepararnos desde que somos capaces de asimilar conceptos y expresarlos. Debería ser, esta, materia obligatoria en las escuelas. Al menos de ese modo, llegado el momento sabríamos con mayor precisión, creíble al menos, cómo afrontar el trance. Aunque igual no sirve de nada: nuestra mente se encuentra completamente expuesta y vulnerable a cualquier pensamiento.

Otros, pocos, son más afortunados: no saben nada, no hay recadero de por medio, la muerte llega como la vida, sin avisar, y se acabó. Los criterios por los que actúa, la muerte, de forma tan gratuita los desconozco. Lo cierto es que no elegimos cómo morir, como tampoco decidimos cómo nacer, pero a diferencia de cuando morimos al nacer no tenemos herramientas con las que defendernos, no porque no las haya, que las hay, sino porque nadie te avisa de que van a sacarte de allí; es un desahucio sin previo aviso, que no te da tiempo a recoger tus cosas, que te arroja a la nada sin tiempo para prepararte para ello.