Derechos humanos. ¿Derechos humanos? Papel mojado.

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“Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, pintada por Jean-Jacques-François Le Barbier en 1789.

El 10 de diciembre de 1948 se firmó en París, por la asamblea de la ONU, la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Compuesta de un preámbulo y de 30 artículos, reconoce el derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad, a la libre asociación y a la resistencia contra la opresión, entre otros, como derechos fundamentales e irrenunciables de toda persona.

La Declaración ha sido suscrita por casi todos los estados. Y es que firmar al pie o al final de un escrito es algo muy fácil, como lo es –y disculpen la boutade– darle al “Me gusta” en Facebook o en cualquiera de los blogs que publicamos. Pero como dice el conocido refrán español “del dicho al hecho hay gran trecho”. Una cosa es adherirse y otra cumplir con los preceptos de aquello a lo que uno se ha adherido. Y en este caso prácticamente ningún estado ha ido más allá del “Me gusta”. De lo contrario, este artículo carecería de sentido alguno, pues las situaciones que ilustran las imágenes en contraposición al articulado de la Declaración no se producirían. Veamos.

Artículo 1.

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Fotografía de Javier Bauluz©

Fotografía de Javier Bauluz©

Artículo 2. 1.

“Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

Fotografía de Sergi Cámara©

Fotografía de Sergi Cámara©

Artículo 3.

“Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”.

artículo 3

Artículo 4.

“Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.”

artículo 4

Artículo 5.

“Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.”

Fotografía de Especial©

Fotografía de Especial©

Artículo 19.

“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

Fotografía de Philippe López/ AFP©

Fotografía de Philippe López/ AFP©

Artículo 22.

“Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad.”

Fotografía de Peter Menzel ©

Fotografía de Peter Menzel ©

Artículo 25. 1.

“Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.”

artículo 25.1

Artículo 26.1.

“Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos.”

Artículo 26.1.

Podríamos seguir… Desgraciadamente.

La Revolución rusa: su legado

October Revolution anniversary

El escritor austriaco Karl Kraus, siempre ‘políticamente incorrecto’, escribió en un artículo que publicó en su revista Die Fackel (La Antorcha) en 1920: «Dios nos conserve siempre el comunismo, para que esta chusma [los capitalistas] no se torne más desvergonzada y para que por lo menos, cuan-do se vayan a dormir tengan pesadillas.» (cit. Josep Fontana, “A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros”, en 1917. La Revolución rusa cien años después, 2017). Y es que sin el temor del poder político y económico occidental al comunismo –así, en abstracto– el Estado de bienestar del que disfrutamos (en pasado) los habitantes de los países europeos capitalistas es más que probable que ni siquiera lo hubiéramos conocido.

La prueba es que, tras la caída del Muro de Berlín, el capitalismo –el financiero siendo más precisos– mostro su notable capacidad de restructuración económica de la mano del neoliberalismo y empezó su desmantelamiento progresivo. Tras convertir Chile, mediante el orquestado golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en una especie de laboratorio donde experimentar la política económica ultraliberal, poco más tarde Margaret Thatcher y Ronald Reagan pusieron en práctica dicha política en Occidente, lo que nos llevaría a eso que llaman crisis y a un cada vez mayor deterioro del nivel de bienestar social y de continuada pérdida de derechos y libertades.

Con el definitivo desmoronamiento de la Unión Soviética (1991) terminaba el mundo dividido y, historiográficamente hablando, el siglo XX, pues –como acertadamente señaló Hobsbawm– no son los años los que fijan los límites de los periodos de la historia, sino los procesos sociales y económicos. Se iniciaba un tiempo histórico nuevo con Estados Unidos como único poder global y su modelo político-económico-social como único posible. Se cerraba una batalla por la conquista de la mente humana, que dijo Kennedy, y comenzaba un nuevo tipo de sociedad “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí que persiguen tan solo su propia gratificación (ya se la denomine beneficio, placer o de otra forma)” (Hobsbawm: Historia del siglo XX). El capitalismo había impuesto su lógica, había triunfado. Y en esas seguimos.

“Aunque los sucesores de Stalin no volvieron a recurrir nunca al terror en esta escala [la de Stalin], conservaron siempre un miedo a la disidencia que hizo muy difícil que tolerasen la democracia interna. Consiguieron, así, salvar el Estado soviético, pero fue a costa de renunciar a avanzar en la construcción de una sociedad socialista. El programa que había nacido para eliminarla tiranía del Estado terminó construyendo el Estado opresor.

A pesar de ello, las influencias del comunismo soviético sobre los movimientos revolucionarios del mundo entero siguió siendo percibida como una amenaza por los miembros de la coalición de los países capitalistas, dirigida por Estados Unidos, que después de la Segunda Guerra Mundial organizó la ficción de la ‘guerra fría’ para contener la ‘amenaza de la Unión Soviética’, a la vez que una cruzada global contra el ‘comunismo’, un nombre que aplicaban a todas las ideas o movimientos que pudieran significar un obstáculo para el desarrollo de la ‘libre empresa’” (Fontana: “A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros”).

Identificar comunismo con estalinismo lo convertía en una dictadura, como pudiera ser el fascismo o el nazismo, un régimen totalitario en definitiva, que concentra todos los poderes en un partido único y controla coactivamente las relaciones sociales bajo una sola ideología oficial. Y, claro, todo totalitarismo es malo. ¿Qué queda? La democracia. Precisamente la democracia era lo que la Revolución rusa quería alcanzar, entendiendo esta como el poder del pueblo, que es lo que etimológicamente significa. No es esta la democracia de que hacen gala los países capitalistas, supeditados al mayor de los totalitarismos, el del capital financiero.

Cito de nuevo a Fontana (“La Revolución que reinventó el mundo”, artículo introductorio que abre la serie de artículos “Debate sobre la Revolución de 1917” del diario Público con motivo de su centenario):

A partir de 1968 (…) el ‘socialismo realmente existente’ mostró claramente sus límites como proyecto revolucionario, cuando en París renunció a implicarse en los combates en la calle, y cuando en Praga aplastó las posibilidades de desarrollar un socialismo con rostro humano. Perdida su capacidad de generar esperanzas, dejó también de aparecer como una amenaza que inquietase a las clases propietarias de ‘occidente’, lo cual las permitió retirar las concesiones que habían hecho hasta entonces, al tiempo que la socialdemocracia se acomodaba a la situación y aceptaba plenamente la economía neoliberal.

En los años ochenta, en momentos de crisis económica y de inmovilismo político, los ciudadanos del área controlada por la Unión Soviética decidieron que no merecía la pena seguir defendiendo el sistema en el que habían vivido durante tantos años. El testimonio de un antiguo habitante de la Alemania oriental que hoy vive en Estados Unidos ilustra acerca de la naturaleza de este desengaño. Sabíamos entonces, afirma, que lo que nuestra prensa decía sobre nuestro país era un montón de mentiras, de modo que creímos que lo que decía sobre ‘occidente’ era también mentira. No fue hasta llegar a Estados Unidos que descubrió que era verdad que había mucha gente en la pobreza, viviendo en las calles y sin acceso a cuidados médicos, tal como decía la prensa de su país. Hubiese deseado, concluye, haberlo sabido a tiempo para decidir qué aspectos de las sociedades de occidente merecía la pena adoptar, en lugar de permitir a sus expertos que nos impusieran la totalidad del modelo neoliberal”.

Algo parecido al testimonio que recoge Fontana me sucedió hace unos días en el bar donde suelo almorzar, cuya dueña es rumana, ahora también española. Llegó aquí hace catorce años, en 2003, trece después de ser ejecutado Ceaucescu con su esposa por fusilamiento en una farsa de juicio, siendo sus horas finales transmitidas por televisión, imágenes que todos contemplamos atónitos, más aún muchos rumanos, pues encima ocurrió el día de Navidad, un día con mucho arraigo en Rumanía, de tradición secular, que se celebra con gran entusiasmo y armonía familiar. Me contó que su padre, que no tenía una afinidad ideológica concreta, lloraba preguntándose qué clase de espectáculo estaban dando al mundo. ¿Y ahora?, le pregunté. ¿Ahora?, pues los que estaban bien posicionados son muy ricos y los otros están igual que antes o peor.

Regreso a Fontana, a su texto “A los cien años de 1917. La Revolución y nosotros”:

“No hay en estos momentos alternativas como las que en pasado aportaba la socialdemocracia para generar esperanzas de reformas y mejoras. Gabriel Zucman señala que la desigualdad está creciendo en todas partes en beneficio del 0,1 por 100 de los más ricos; pero que, como esto no se percibe ahora como un problema al que haya que poner remedio, lo más probable es que siga creciendo de forma acelerada, extremando la división que separa el pequeño núcleo de los que se benefician de ello de la gran mayoría de los que se empobrecen. Una desigualdad que parece en camino de llegar con el giro a la derecha que ha implicado la elección de Donald Trump.

A los cien a años de la revolución de 1917 parece que la única alternativa global debe basarse en un proyecto popular transnacional, integrado por componentes muy distintos de los partidos tradicionales del pasado: fuerzas como las que hoy surgen desde abajo, de las luchas cotidianas de los hombres y las mujeres.

Algo que en algún modo recuerda la invocación que Lenin hacía en 1917 a ‘la revolución socialista mundial’; pero que, en este caso, deberá construirse de nuevo de acuerdo con las circunstancias y necesidades del mundo en el siglo XXI”.

Así pues, ¿hay que empezar de nuevo? ¿Otra vez? Permítanme que termine con un par de párrafos de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), en la que abordo los mecanismos empleados por la CIA para asegurar ese mundo del pensamiento único, en el que el protagonista, Sam Shuterland, dice al respecto:

Cuando se afirma que esta es una sociedad democrática, en realidad se está diciendo que las instituciones, los partidos, las leyes del capitalismo, la forma de vida que este ofrece, eso que ahora está tan de moda denominar Estado de bienestar, es la única alternativa posible. O eso, o el totalitarismo. Quieren identificar democracia con capitalismo, y no es así: la democracia, tal como yo la entiendo, y presumo que tú también, se acerca más a una sociedad comunista que a una capitalista. De ahí el interés de identificar comunismo con estalinismo. Claro que, todo sea dicho, Stalin está poniendo las cosas muy fáciles para que así sea. No duda en utilizar métodos fascistas para acabar con cualquier oposición. Una burocracia se ha instalado en la Unión Soviética, ha usurpado el poder a los obreros y olvidado que la revolución socialista ha de tener necesariamente un carácter internacional. Ahora bien, si las personas no cambiamos, abrazamos unos valores y defendemos unos derechos que estimamos irrenunciables porque sin ellos no podemos, no sabemos vivir, poca cosa haremos.

Al responder su interlocutor que es necesaria, por tanto, una vanguardia que aglutine los sectores más conscientes y activos del proletariado, responde Sam:

Una vanguardia, dices. Una minoría política que canalice la insatisfacción de la mayoría. ¿Y después? Esa vanguardia llega al poder, con loables intenciones, las más nobles, las que van a instaurar una sociedad justa, igualitaria, socialista, comunista, verdaderamente democrática, llámala como quieras. Llega al poder y ¿qué pasa? Que se burocratiza, como ha sucedido en la Unión Soviética, y aparece de nuevo la desigualdad, la insatisfacción, regresan los privilegios, las clases.

Por supuesto este diálogo es mera ficción, pero como dijo el escritor Tom Clancy, la diferencia entre realidad y ficción es que la ficción tiene mayor sentido.

Gracias por su visita. Que les vaya bien (o lo mejor posible).

 

 

La Revolución rusa: centenario

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Esta entrada inicia una serie de seis artículos, que se publicarán a partir de hoy, dedicados a la Revolución rusa, de la que este año se celebra el primer centenario. Tal día como hoy, 7 de noviembre, de 1917, la Guardia Roja tomaba sin resistencia el Palacio de Invierno en Petrogrado (actual San Petersburgo), residencia oficial de los zares. Comenzaba así la conocida como Revolución de Octubre, pues en aquellos años Rusia se regía por el calendario juliano, según el cual dicha fecha correspondía al 25 de octubre.

Para el periodista y escritor John Reed, testigo de los hechos, que describe en su famoso libro Diez días que estremecieron el mundo (1919), “el éxito de los bolcheviques tiene solo una explicación: han llevado a cabo las simples y vastas aspiraciones de esas enormes capas del pueblo que querían desmontar el mundo antiguo para llevar a cabo, en la humareda de las ruinas derruidas, la edificación de la estructura de un mundo nuevo”. Esa ilusión que movía “enormes capas del pueblo”, ese anhelo por erigir una sociedad libre e igualitaria que tantos sueños había alimentado, se plasma muy bien en esta secuencia de la película que dirigió Warren Beaty Rojos (1981), basada en la vida de Reed.

En un ambiente de confraternidad, emociones a flor de piel y entusiastas esperanzas, aquella misma noche Lenin anunciaba el comienzo de “la tarea de construir la sociedad socialista”. Esa sociedad crearía un mundo y un hombre nuevos. Solo en ella, una sociedad comunista, “cuando se haya roto ya definitivamente la resistencia de los capitalistas, cuando hayan desaparecido los capitalistas, cuando no haya clases (es decir, cuando no existan diferencias entre los miembros de la sociedad por su relación hacia los medios sociales de producción) solo entonces ‘desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad’. Solo entonces será posible y se hará realidad una democracia verdaderamente completa, una democracia que no implique, en efecto, ninguna restricción. Y solo entonces comenzará a extinguirse la democracia, por la sencilla razón de que los hombres, liberados de la esclavitud capitalista, de los innumerables horrores, bestialidades, absurdos y vilezas de la explotación capitalista, se habituarán poco a poco a observar las reglas elementales de convivencia, conocidas a lo largo de los siglos y repetidas desde hace miles de años en todos los preceptos, a observarlas sin violencia, sin coacción, sin subordinación, sin ese aparato especial de coacción que se llama estado” (Lenin: El Estado y la revolución, 1917). La base económica hará posible su extinción –añade– e “implicará un desarrollo tal del comunismo que supondrá la disolución de la diferencia entre el trabajo manual y el trabajo intelectual. Será entonces cuando se pondrá en práctica la famosa regla de ‘Cada cual según su capacidad. A cada cual según su necesidad’”.

¿Que no se consiguió?, ¿que las ilusiones se esfumaron más pronto de lo que parecía?, ¿que ese mundo y ese hombre nuevos nunca llegaron a ser una realidad? No seré yo quien diga lo contrario. Desde que se implantó una “’economía de dirección centralizada’ responsable mediante los ‘planes’ de llevar a cabo [la] ofensiva industrializadora, [que] estaba más cerca de una operación militar que de una empresa económica” (Eric Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994), pretendiendo ser no solo un sistema alternativo al capitalismo, sino superior a él, el modelo de una sociedad libre y sin clases que se había planteado al inicio de la revolución estaba abonado al fracaso. Se sirvió de las herramientas del capitalismo y, obviamente, no llegó a crear el “hombre nuevo”.

Pero ya iremos tratando este aspecto con detalle a lo largo de estos artículos. Centrémonos primero en la relevancia de la Revolución rusa, el acontecimiento más trascendental del siglo XX, como lo calificó Eric Hobsbawm. A su juicio –así como el de un servidor y el de infinidad de historiadores no revisionistas–, “las repercusiones de la Revolución rusa fueron más profundas y generales que las de la francesa” y “las consecuencias prácticas mucho mayores y perdurables”, pues “originó el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna. Su expansión mundial no tiene parangón desde las conquistas del islam en su primer siglo de existencia” (Hobsbawm. Historia del siglo XX).

La Revolución francesa hizo suyo el pensamiento ilustrado y, de acuerdo con sus principios, alumbró un mundo de progreso constante hacia una sociedad justa, una vez abolido el feudalismo. Este nuevo sistema social –organizado en torno al capital como relación básica de producción– fue posible gracias a una revolución –si me permiten usar este adjetivo tan de moda– transversal, es decir, protagonizada por la burguesía y las clases populares. La rusa, en cambio, fue una revolución de clase. Los intereses de unos y otros se fueron resquebrajando a medida que se consolidaba el nuevo modelo de estado burgués. La alianza se quebró y enfrentó a una y otra clase. Esta nueva clase, la clase obrera –en su más amplia acepción–, va a tener ahora, en la Revolución rusa, un referente, una alternativa de organización social que en aquellos momentos llevaba a creer que otro mundo sí era posible. Más allá de cualquier otra consideración, los coetáneos contemplaron los hechos de 1917 como una hecatombe o como una gran esperanza –según la posición social de cada uno–, pero todos se referían a ellos como una revolución. Para las clases obreras europeas y mundiales, emular el Octubre rojo se convirtió en un objetivo durante gran parte del siglo XX. Por primera vez, la clase obrera detentaba el poder y se establecía un sistema alternativo diferente de todos los conocidos hasta entonces.

Tal circunstancia era nueva en la historia y pronto, sobre todo una vez Stalin se hizo con el poder, empezó una campaña –cuyos orígenes se remontan a finales de marzo de 1949, cuando se celebró en Nueva York el Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial, una tapadera de la Kominform para la izquierda antiestalinista y para parte de la intelectualidad estadounidense– que equiparaba comunismo con estalinismo. Esto es, simple y llanamente, una falsedad histórica que iremos analizando en los próximos artículos.

Desde entonces, desde que el pensamiento único es el único pensamiento aceptable, lo que lo hace pasar por el único posible, se ha inculcado la idea –exitosamente visto lo visto– de que la democracia representativa (o indirecta) era la única sociedad posible en la que prevalece “la voluntad de la mayoría”, por lo que no se debe considerar al Estado un instrumento de dominación de clase ni oponerse a establecer alianzas con la burguesía progresista, socialreformista. Ahora bien, esto es otra falsedad, interesada además, que no distingue entre comunismo y estalinismo, equiparando uno y otro y, al mismo tiempo, identificándolos con el totalitarismo y comparando como dos formas del mismo comunismo y fascismo, e incluso el nazismo.

Y lo dejo por hoy. Son casi las nueve de la noche cuando redacto estas líneas –si bien tenía una especie de guion elaborado– y, lógicamente, quiero que este primer artículo salga hoy. Las correcciones de mi novela Prudencio Calamidad, que ya esperaba que estuviera a la venta, me han llevado de calle estos días. Queda mucho por decir y contar acerca de la Revolución rusa. Espero que mañana pueda publicar el siguiente artículo (y que la premura no me haya jugado en este una mala pasada). Si no, tendrá que ser el jueves. Gracias por su visita y que les vaya bien (o lo mejor posible).