
“Les Drapeaux” (1830), óleo de Léon Cogniet.
Una bandera no es más un trozo de tela que siempre, siempre, termina manchado de sangre.

“Les Drapeaux” (1830), óleo de Léon Cogniet.
Una bandera no es más un trozo de tela que siempre, siempre, termina manchado de sangre.

La xenofobia, la hostilidad contra los extranjeros –los que se ven obligados a migrar, siendo precisos–, ha estado presente en las sociedades occidentales desde hace mucho tiempo, siendo múltiples sus manifestaciones y diverso su grado según el momento. Toda xenofobia se basa en una ideología que tiene como principal premisa la desigualdad, la no equivalencia y el trato desigual a los seres humanos. En momentos de crisis, cuando la inestabilidad económica amenaza la estabilidad individual/familiar, puede llegar a vincularse con la violencia. El resultado: comportamientos de extrema derecha.
Esta hostilidad se basa, según el sociólogo alemán Wilhelm Heitmeyer (International Handbook of Violence Research, 2003), en el siguiente proceso:
Las formas de acción motivadas políticamente empiezan con los menosprecios políticamente discretos contra los extranjeros que, a causa de su amplia propagación social, se pueden usar fácilmente para que esta especie de prejuicio suene razonable y legítimo: “Si la mayoría de la gente piensa de esa manera…”, “Por algo será cuando todo el mundo dice…”.
Todo ello proporciona una base sobre la que se puede construir la competencia material (alojamiento, empleo, etc.) y cultural (el peligro de ser “desbordados” por los extranjeros), de manera que, en última instancia, incluso parecen justificables los actos violentos y agresivos.
En otro contexto, decía Jaume Sisa en su canción Qualsevol nit pot surtir el sol, “la meva casa és casa nostra, si és que hi ha casa d’algú” (mi casa es nuestra casa, si es que hay casa de alguien). Pensar así no deja de ser utópico, pero sin la utopía toda realidad sería siempre peor de lo que es.

Nada mejor que una hipnosis colectiva ante tantas situaciones en las que siempre vemos reflejados a otros.
La realidad se muestra ajena a nuestros designios, nada podemos hacer para transformarla, somos impotentes y es en la impotencia y desde la impotencia donde nos sentimos más cómodos.
Somos humanos. No hay realidad individual fuera de lo social, nos diluimos y diluimos nuestro sentir en un mar de generalizaciones a las que llamamos principios y normas que rigen un mundo ontológicamente ordenado para que nuestro subsistir dependa siempre de los intereses de los poderosos, grupo del que nos gustaría formar parte y en el que creemos que algún día seremos aceptados. Para eso luchamos, nos entregamos, trabajamos, procreamos, proyectamos, resolvemos, para ser alguien en un mundo de nadies.