Entre los burócratas, generales,
políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje de
individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad de hacer daño al prójimo
ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que han
ocupado (u ocupan). ¡Ah!, y no nos olvidemos de los prelados. […]
No resulta difícil comprender
de qué manera el poder político, económico o burocrático aumenta el potencial
nocivo de una persona estúpida. […] Los estúpidos son peligrosos y
funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y
entender un comportamiento estúpido. Una persona inteligente puede entender la
lógica de un malvado. Las acciones de un malvado siguen un modelo de
racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo
racionalidad. […]
Se pueden prever las acciones de un malvado,
sus sucias maniobras y sus deplorables aspiraciones, y muchas veces se pueden
preparar las oportunas defensas.
Con una persona estúpida […] es absolutamente
imposible. […] Frente a un individuo estúpido, uno está completamente
desarmando. […]
La persona inteligente sabe que es inteligente.
El malvado es consciente de que es un malvado. El incauto está penosamente
imbuido del sentido de su propia candidez. Al contrario que todos estos
personajes, el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente
a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora. El estúpido
no está inhibido por aquel sentimiento que los anglosajones llaman self-consciousness.
Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el
estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu
paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen
humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimiento y sin
razón. Estúpidamente.
Carlo. M.
Cipolla: Fragmento de “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, en Allegro ma non troppo, 1988.
Ese monstruoso y venerado aparato que es el parlamentarismo no funciona en absoluto. Resulta ridículo seguir aferrado al parlamentarismo en nombre de la equidad y de la democracia.
Hace no mucho tiempo [el parlamentarismo] constituía un movimiento espiritual. Probablemente un fenómeno de reacción. Heine, Börne, la literatura política del 48 y anterior a Bismarck. Al cabo de poco tiempo, se ha convertido simplemente en un medio (muy imperfecto) de entenderse. Antes, se hacía política en la medida en que las gentes con vocación política buscaban compañeros de partidos y se comprometían. Hoy en día se ha convertido en un escrutinio de la propia voluntad política. Ya no se buscan medios para alcanzar un fin, sino ese mismo fin. No hay que dejarse engañar por los programas de los partidos; no son más que avatismos. Mucho más importante es la indiferencia de los electores. Políticamente indiferentes: … por cien. […] Puesto que ya sabemos cuáles son los motivos por los que una parte todavía grande del resto ingresa en un partido, puede decirse que ese monstruoso y venerado aparato que es el parlamentarismo no funciona en absoluto. Por ello resulta ridículo (por mucho que el bolchevismo confiera un tinte trágico a esa ridiculez), seguir aferrado al parlamentarismo en nombre de la equidad y de la democracia. […]
La prensa constituye otro de
esos intentos. Forma la opinión pública, pero después se la considera más bien
como un espejo de la misma.
Administración de justicia.
Escuela.
Grafomanía. Círculos editoriales
no asociados.
Resumiendo: un inmenso cuerpo
humano regido por una casta de reyes, señores feudales y financieros, o de
políticos y financieros. Grupos que muestran determinadas tendencias y
ambiciones, pero con un conocimiento muy escaso sobre los otros grupos. […] Es
como si cada uno estuviera aferrado al lugar donde ha crecido. La organización de
la comunicación no ha avanzado a la misma velocidad que los obstáculos del
tráfico. En este terreno se desarrollan las brillantes y libres capacidades de
cada cual. Esa es la imagen real. Y no aquella que ha esbozado el socialismo de
una clase burguesa que ha monopolizado para sí todos los bienes materiales y
espirituales. Esta burguesía es incapaz de aprovechar los bienes espirituales,
y los materiales no tienen sino unos pocos usufructuarios. […]
En el centro, el individuo. Su impotencia.
El enorme desarrollo de los hechos. Ese abismo insalvable entre el individuo y
la comunidad. Los elementos constituyentes de una nueva ética, solo en la
medida en que tengan en cuenta el estado de las cosas. […]
La vida inconsciente.
La vida consciente pero
automática.
Los ideales representan un papel
muy limitado. En ocasiones, conducen a extrañas explosiones. Revoluciones. […]
Estamos ante la soberanía absoluta
de la rutina. La reacción por incapacidad [humana] y no por mala voluntad.
Dominio de los políticos del pasado. Dominio de las ideas del pasado. […]
Socialistas de noviembre:
proclamarse con entusiasmo socialista de noviembre. Por qué se quedó uno al
margen; por qué intervino. Los oportunistas de las jornadas de noviembre se
asimilarán; serán funcionarios socialistas del mismo modo que fueron
funcionarios clericales.
Si no se puede socializar la
economía, se podría al menos preparar las bases intelectuales de esa
socialización. De eso ni se habla. Pensamos: como cabezas no pasan de mediocres,
pero ellos, los líderes socialistas, se convertirán en políticos; ahora constatamos
con horror que sí son cabezas.
Robert Musil: “Cuaderno
19. 1919-1921. ¡Último baile!”, en Diarios 1899-1941/42, Valencia,
Edicions Alfons el Magnànim, 1994 (primera edición, en alemán, 1976).
Sigo hoy con el diablo. Ayer era Satanás quien, por boca de Mark Twain, nos hablaba de la miserabilidad de la condición humana. Hoy, por boca de C. S. Lewis, lo hace Escrutopo, un anciano diablo que sabe mucho acerca de nuestra naturaleza y nuestro carácter.
No creo en
dioses ni diablos, ni que exista el más allá ni otra vida después de esta.
Aunque viendo la deplorable situación actual en todos los órdenes de la vida,
empiezo a replantearme esta incredulidad y a tener dudas sobre la existencia
del diablo. Hay quienes dicen que todos tenemos un diablo dentro. Y, sí, al
parecer es cierto. Los diablos se han apoderado de nuestros espíritus y
voluntades de manera tan sutil, tan hábil, que ni nos hemos dado cuenta. El
diablo es un ser sumamente inteligente. Lo ha mostrado con creces. También que
conforme pasa el tiempo lo es cada vez más. De ahí el refrán “más sabe el
diablo por viejo que por diablo”.
“Más sabe el
diablo por viejo que por diablo” es en este caso una irrebatible verdad. Al menos
como nos lo dibuja el escritor Irlandés Clive Staples Lewis (1898-1963) en su
novela epistolar Cartas del diablo a su sobrino (1942), que
originalmente publicó por partes en el periódico Manchester Guardian (hoy The
Guardian) con el nombre de The Screwtape letters (Las
cartas de). Estas –un total de treinta y una– las escribe el maligno e
insaciable Escrutopo, un anciano diablo, a su sobrino Orugario, un demonio
principiante. Escrutopo reprocha al joven, que también es su discípulo, los
errores que ha cometido durante su aprendizaje como malvado diablo (o buen
diablo, según se mire).
Ya en la primera deja bien claro cómo hacer el mal de manera eficiente, lo que pasa por que los diablos mayores se adueñen del espíritu de las personas y, en consecuencia, de sus almas y voluntades. Así se lo decía Escrutopo a su sobrino:
“[Debes] orientar las lecturas de tu paciente [para] que vea muy a menudo a su amigo materialista. […] Si hubiese vivido hace unos siglos es posible que sí: en aquella época los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamiento. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. […] Ahora [el hombre] no piensa, ante todo, si las doctrinas son ‘ciertas’ o ‘falsas’, sino ‘académicas’ o ‘prácticas’, ‘superadas’ o ‘actuales’, ‘convencionales’ o ‘implacables’. La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado”.
¿Ven cómo es
cierto que el diablo sabe más por viejo que por diablo?, ¿cómo es más listo que
el hambre? Ya en 1942, por boca de Lewis, se expresaba en estos términos. Visto
lo visto, razón no lo faltaba. Al contrario. Hoy puede enorgullecerse de su
sabiduría. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se
nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia. Criterios hay. Los
profesionales, los expertos, se encargan de la correcta administración de
bienes, personas incluidas, y deseos. Hay profesionales de toda clase: médicos,
arquitectos, ingenieros, abogados, economistas, artistas, profesores, hasta
políticos, y hay especialistas, analistas, certificadores de lo que está bien y
de lo que no. Y es a ellos a quien hay que hacer caso. ¿Qué cojones de
atrevimiento es ese de querer ir por libre? ¿No sabes que, como escribió
Thoreau, “con el pretexto del orden y el gobierno civil se nos hace honrar y
alabar nuestra propia vileza”? Escrutopo tiene las cosas muy claras y aconseja
a su sobrino que nunca olvide que “la gratitud mira al pasado y el amor al presente;
el miedo, la avaricia, la lujuria y la ambición miran hacia delante”.
Orugario se pone
mano a la obra, más como quiera que no avanza, que no lo hace bien, en la carta
XIII Escrutopo le explica los errores que comete:
“En primer
lugar, según tú mismo dices, permitiste que tu paciente leyera un libro del que
realmente disfrutaba, no para que hiciese comentarios ingeniosos a costa de él
ante sus nuevos amigos, sino porque disfrutaba de ese libro. […] el hombre que
verdadera y desinteresadamente disfruta de algo por ello mismo y sin importarle
un comino lo que digan los demás está protegido, por eso mismo, contra algunos
de nuestros métodos de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que el
paciente abandone la gente, la comida o los libros que le gustan de verdad y que
los sustituya por la ‘mejor’ gente, la comida ‘adecuada’ o los libros
‘importantes’”.
¿Qué decirle ya
a Escrutopo? Chapeau! Lúcido análisis. Bravo, señor
diablo. Valoramos a la gente por lo que tiene y no por lo que es,
distinguimos entre los nuestros y los otros y abandonamos a la gente (en
abstracto), entre ellos, y sobre todo, a los más necesitados. Creemos que hay
listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes
o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontamos a los
pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creemos, nos lo dicen en
la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia,
conseguiremos ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y nuestros bienes
y propiedades no serán cuantiosos pero siempre habrá quien tenga menos, pues no
carecemos de referentes. La mediocridad, garantizada por los mecanismos del
poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nada es lo
que es, sino que lo que aparenta. ¿Qué comemos, qué leemos, si no es aquello
que los ‘críticos’ y los ‘expertos’ nos recomiendan? ¿Y qué nos recomiendan? Lo
que le interesa al diablo, que de finanzas sabe también un rato largo.
Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, decimos, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas, y así vivimos, en ellas. Con y para el diablo.