Flag (Bandera) es una de las obras más representativas del pintor, escultor y artista gráfico estadounidense Jasper Johns, un artista periférico al status quo y a las galerías y, con Rauschenberg, uno de los máximos representantes del neodadaísmo norteamericano de mediados de la década de 1950 y principios de la de 1960, movimiento surgido como reacción al arte del expresionismo abstracto que defendían con ahínco críticos como Clement Greenberg con el absoluto respaldo de la Administración estadounidense, tanto que hasta la CIA estuvo involucrada en su difusión [véase el libro de la investigadora británica Frances Stonor Saunders “La CIA y la guerra fría cultural”].
Greenberg y los suyos –y el Gobierno de Estados Unidos– apostaban por el expresionismo abstracto, un arte “esteticista” que venía a significar el retorno de “el arte por el arte” y un lenguaje pictórico como un discurso con características propias, diferenciadas, un mundo aparte. Una pintura, en definitiva, preocupada por ella misma, por el gesto, la pincelada, la textura; opuesta a cualquier referencia figurativa, alejada del realismo, si no de la realidad. Nada de crítica.
Flag es la obra más polémica de Johns, realizada con encáustica (collage) de trozos de un periódico (medio de comunicación) que se baña con cera fundida y se tiñe. Reivindica la manualidad, el arte artesanal más democrático en contra del arte espontáneo del expresionismo abstracto.
El tema es algo universalmente reconocible, la bandera es el icono por antonomasia. Flag es una provocación en toda regla el paradigma modernista. La bandera se utiliza con mucha frecuencia en la vida americana, pero esta bandera nos recuerda los principios de la abstracción, es plana, formada por franjas de color (colour field abstraction). El modernismo de Greenberg era cómplice de los temas que se ocultan tras la bandera. La obra, así, rompe con el mito del gesto, pues es una bandera, como vemos, vieja y manchada, como quienes estaban detrás de su potenciación como icono meramente propagandístico. ¿Estaban? Perdón: están. Y no solo en Estados Unidos.
¿Qué quieren que les diga? Para mí, una bandera no deja de ser un trozo de tela que siempre termina manchado de sangre.
Si, como veíamos en las entradas anteriores, la azarosa vida de los piratas ha inspirado numerosas y bellas páginas de la literatura universal, el cine no se ha quedado atrás. El celuloide ha sido, posiblemente, la plataforma más importante desde la que los piratas se dieron a conocer por todo el mundo. Unos piratas que habitualmente se muestran educados y caballerosos, galantes y seductores, defensores de los humildes y de las causas perdidas, intrépidos, valerosos y atrevidos.
Fotograma de «La isla del tesoro» (1934)
En 1934 Victor Fleming adaptaba para la gran pantalla La isla del tesoro, en una de las mejores versiones que se ha hecho de la novela de Stevenson y a la que seguirían una innumerable saga de adaptaciones tanto para el cine como para la televisión. Un año después, en 1935, un filme de aventuras en alta mar ganaba el Oscar a la Mejor película: Rebelión a bordo (también conocida como La tragedia de la Bounty), de Frank Lloyd, con Charles Laughton y Clark Gable.
Clark Gable y Charles Laughton en “La tragedia de la Bounty” (1935)
Las malas maneras del capitán de un barco, el Bounty, que navega por los mares del Sur a la búsqueda de una extraña planta que no existe en Gran Bretaña provoca el motín de la tripulación. Este acto de piratería tuvo una excelente acogida de público ―hasta el punto que el 1962 Lewis Milestone rodaría otra versión, ahora con Marlon Brando en el papel protagonista― que fue aprovechada por la industria cinematográfica para realizar algunas películas más alrededor del mismo tema, como por ejemplo Rebelión en alta mar (1946), de John Farrow, o Motín en el Defiant (1961), de Lewis Gilbert.
John Wayne y Susan Hayward en “Piratas del mar Caribe” (1942)
El cine de piratas tendría su época dorada en las décadas de 1940 y 1950. El director italiano Enrico Guazzoni se basó en los personajes de Salgari para hacer las películas La hija del corsario verde (1940) y Los piratas de Malasia (1941). Cecil B. de Mille –director de filmes como Los diez mandamientos o El mayor espectáculo del mundo–rodó en 1938 Corsarios de Florida, y a ella seguirían Piratas del mar Caribe (1942), con John Wayne y Susan Hayward, y Los bucaneros (1958), con Anthony Quinn. Otros de los grandes de Hollywood se añadieron pronto a la moda de las películas de piratas y de aventuras en el mar. Michael Curtiz –conocido sobre todo por Casablanca (1942)– había rodado ya el 1935 El capitán Blood, uno de los mayores éxitos de Errol Flynn. Poco más tarde, en 1942, era Tyron Power quien conseguía notoriedad con el film de Henry King El cisne negro. Raoul Walsh –Murieron cono las botas puestas, El ladrón de Bagdad, Al rojo vivo– dirigió asimismo El mundo en sus manos (1952), con Gregory Peck y Anthony Quinn, El pirata Barbanegra (1952) y Gavilanes del estrecho (1953).
Burt Lancaster durante el rodaje de “El temible burlón”.
La lista de películas sobre la piratería y su mundo es extensa, pero no pueden obviarse títulos como Mares de China (1935), de Tay Garnett, con Clark Gable y Jean Harlow; El capitán Kidd (1945), de Rowland V. Leo, con un –como siempre– inconmensurable Charles Laughton; La venganza del bergantín (1948), de Edward Luwig; El pirata de los siete mares (1953), de Sidney Salkow, o la magnífica, entretenida y divertida El temible burlón (1952), de Robert Siodmak, en un papel de protagonista que le iba que ni pintado a Burt Lancaster.
Jean Peters en “La mujer pirata”
Rasgos definitorios de la comedia siempre han estado presentes en la mayoría de las películas de piratas, pero menos frecuente es traerlas al terreno del disparate y la comicidad exacerbada. Es lo que intentó David Butter con La princesa y el pirata (1944), con un Bob Hope en su línea habitual. Tampoco es frecuente que sea una mujer la protagonista, pero Jacques Tourner, uno de los mejores artesanos del cine americano, lo hizo con La mujer pirata (1951), donde Jean Peters –a pesar de su delicadeza– era la Capitana Providence.
Dustin Hoffman en “Hook”.
Como ocurrió con la literatura, el mundo del cine también empezó a olvidarse de los piratas a partir de la década de 1960. Sin embargo, han continuado las incursiones cinematográficas –algunas nada despreciables– en este género con títulos como Los goonies (1985), destinada al público infantil, en la que un grupo de niños encuentra el mapa del tesoro de un pirata del siglo XVII cuya búsqueda los conducirá a un fabuloso mundo subterráneo lleno de peligros; Hook (1991), dirigida por Steven Spielberg, donde un, como siempre, histriónico Robin Williams, encarna a un ejecutivo –aun cuando en realidad es Peter Pan– a quien el capitán Garfio (Hook) –papel que interpreta un correcto Dustin Hoffman– secuestra sus hijos, siendo ayudado en su recuperación nada menos que por Julia Roberts, que hace de Campanilla; La isla de las cabezas cortadas (1995), irregular como todas las de Renny Harlyn, pero con Geena Davis como protagonista, o la saga que inició Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra (2003), protagonizada por Johnny Depp y dirigida por Gore Verbinski, una película espectacular, pero sin el encanto de aquellas que consagraron el género a los años 50.
Tal vez vuelva de nuevo la fascinación por el mundo de la piratería, por la de ficción claro está; el otro –el de multinacionales, financieros y políticos― es demasiado triste y odioso como para que el único interés que pueda despertarnos sea el de ver como se le puede poner fin.
Y ahora les dejamos con unas secuencias de algunas de las películas mencionadas.
La isla del tesoro (1934).
Rebelión a bordo (1935).
El capitán Kidd (1945).
El temible burlón (1952)
Rebelión a bordo (1962).
Los goonies (1985).
Hook (1991).
Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra (2003).
Portada de “La isla del tesoro” en su edición en Estados Unidos de 1911 y mapa de la isla en la edición británica de 1883.
Ya Cervantes —que había sido prisionero de los piratas berberiscos— cuenta en el Quijote la historia de un cautivo de los piratas turcos y la captura de un barco berberisco en Barcelona, y Lope de Vega escribe al poema épico LaDragontea para celebrar la victoria española sobre los ingleses y la muerte del conocido pirata Drake. En el siglo XVIII Daniel Defoe (1660-1731) se hacía famoso con RobinsonCrusoe (1719) —las aventuras de un náufrago abandonado en una isla del archipiélago Juan Fernández, frente a la costa de Chile, un hecho real que había protagonizado el marino Alexander Selkirk—y centraba su atención en los piratas con Vida, aventuras y piratería del célebre capitán Singleton (1720) e Historias de piratas (1724-1728).
Episodio de «El corsario» por Eugène Delacroix (ca. 1831). El pintor francés utilizó la historia de Lord Byron como inspiración en varias obras.
Será, no obstante, en el siglo XIX, con la nueva sensibilidad romántica, cuando la presencia de los piratas abunde cada vez más en la literatura. El 1814 el poeta inglés Lord Byron se hace eco de este mundo en El Corsario y en 1836 es José de Espronceda quien hace lo mismo en la famosa La canción del pirata. En ellas la figura del pirata aparece ya con todos los rasgos que lo distinguirán modernamente: héroe proscrito, seductor irresistible, paladín de la libertad…, características que, después, Hollywood se encargará de popularizar, convirtiéndose así el pirata en un rebelde que lucha contra la injusticia social. Lord Byron vendió nada menos que diez mil ejemplares de El Corsario el primer día que el libro salió a la venta. El protagonista, Conrad, líder de los piratas del Mediterráneo, es una especie de Robin Hood, es decir, un defensor de los desposeídos y los humillados ante los poderosos. Muy famoso se haría también James Fenimore Cooper (1789-1851) con El corsario rojo (1829).
Número de la revista “Young folks” (1de octubre de 1881) con el primer capítulo de “La isla del tesoro”.
En 1881 Robert Louis Stevenson (1850-1894) escribía la que sería la novela de piratas por antonomasia: La isla del tesoro, una fascinante historia sobre la búsqueda de un tesoro oculto en la que un chico, Jim, descubrirá por él mismo la cara del bien y del mal, personificado este último en la figura de los piratas Pew y Long John Silver. Se publicó originalmente por entregas en la revista infantil Young Folks entre 1881 y 1882 con el título de The Sea Cook, or Treasure Island, y en 1883, dado su éxito, completa en un solo volumen.
Casi en las mismas décadas del siglo XIX otro escritor, Emilio Salgari (1862-1911) se hacía popular con las novelas de aventuras, entre ellas las dedicadas a los piratas asiáticos y a los del Caribe: Los piratas de Malasia (1896), El corsario negro (1898), Sandokán (1900) o Los últimos piratas (1908). Todas ellas tienen como protagonistas héroes románticos y atrevidos que luchan por un ideal en unos idílicos paisajes. En La revancha de Yáñez (1913) describe Gran Bretaña como un imperio sanguinario, acercándonos así a la verdadera realidad histórica. Por eso es por lo que Sandokán era el personaje de ficción preferido del Che Guevara en su niñez.
Difícilmente podría escapar a la fascinación por el mundo de la piratería la imaginación de Julio Verne (1828-1905), adentrándose en él en Los piratas del Halifax (1903), si bien su pirata por excelencia es el capitán Nemo, quien a bordo del Nautilus protagonizará historias como las narradas en Veinte mil leguas de viaje submarino (1870) o La isla misteriosa (1874).
Con el cambio de siglo, precisamente en 1900, Joseph Conrad publicaba Lord Jim, un idealista para quien el mar ―como también para Conrad― se convierte en su destino, una historia llena de emociones y aventuras, que cuenta el capitán Marlow. Jack London (1876-1916) no podía ser menos, sobre todo si tenemos en cuenta que su vida es tan sugerente como la más intrépida historia de aventuras, con una niñez que transcurrió entre marineros y buscadores de oro, uniéndose a los 19 años a las expediciones de buscadores del preciado metal que marchaban hacia Alaska. Aunque sus novelas dedicadas a la piratería ―Los piratas de la bahía de San Francisco (1905) y La expedición del pirata (1916)― no sean las más conocidas de su obra, no por esto dejan de ser espléndidos relatos que cautivan a niños y adultos.
Ilustración del capitán Hook por F.D. Bedford para la primera edición de “Peter and Wendy” (1911).
En 1911 veía la luz Peter Pan y Wendy (Peter and Wendy), novela escrita por James Matthew Barrie (1860-1937) basada en su obra de teatro sobre el personaje de 1904, que servía para presentar en sociedad a un nuevo pirata con un garfio por mano derecha: el temible capitán Hook (o capitán Garfio), el acérrimo enemigo de Peter Pan, “el único hombre a quien John Silver tuvo miedo”. Otro autor, Rafael Sabatini (1875-1950), el autor del mítico Scaramouche, se sumaba acto seguido a la lista de los creadores de novelas de piratas con títulos como El halcón de los mares (1915) o El cisne negro (1932), dando vida a un nuevo personaje, el capitán Blood, que Errol Flynn se encargaría de popularizar a través de la pantalla. También Arthur Conan Doyle (1859-1930) ―sobradamente conocido por su personaje de Sherlock Holmes― escribió unos Cuentos de piratas y del agua azul en 1922 y Edgar Rice Burroughs ―creador de otro mítico héroe: Tarzán― Piratas de Venus diez años más tarde, con la particularidad de que estos proceden del lejano planeta. Una cosa parecida hace Isaac Asimov (1920-1992) con Los piratas de los asteroides (1953): aquí los piratas han cambiado los barcos por naves espaciales y el trabuco por el rayo desintegrador y se han trasladado de escenario, el cual ahora ya no es el Caribe sino los asteroides que orbitan entre Marte y Júpiter.
De este modo los piratas se incorporaban a los nuevos gustos de los amantes de los relatos de aventuras y se daban la mano con la ciencia ficción. Esos románticos luchadores contra todo tipo de reglas y de poder poco podían hacer ante la supremacía de las aeronaves y las armas con la tecnología más puntera. Poco a poco su presencia en la literatura irá reduciéndose. Aun así, la selección de obras del presente artículo ―que no pretende ser ni objetiva ni exhaustiva― podría ampliarse considerablemente, incluyendo gran cantidad de títulos para niños. Estos pueden imaginarse mil y una aventuras como protagonistas con títulos como Massagran i els piratas (1990), de Ramon Folch; Mi hermana Clara y el tesoro de los piratas (1991); El secreto de los piratas (1992), de Helena Jurgens; El pirata Garrapata (1993), de Juan Muñoz; La guarida de los piratas (1994), de Cristina Lastrego y Francesco Testa; Una de piratas! (1994), de José Luis Alonso; Un baúl lleno de piratas (1998), de Ana Rossetti; Piratas en la casa de al lado (1998), de Peter Tabern; Finisterre y los piratas (1999), de Gemma Lienas; La peña de los piratas (2003), de Joaquim González, o El verano de los piratas (2004), de Teresa Broseta.