¿Me dejaría que le tocara las tetas y le diera un besazo de esos de tornillo?

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Johnny no dejaba de mirar a una joven que tomaba el sol tendida en una tumbona, en toples.

─ ¿Te gusta, Johnny? ─preguntó.

─ ¿Esa? ¡La hostia! Está poco buena. Menudo pibón. Para hacerle mimitos por todas partes. ¿Has visto que tetamen? No parece tuneado. Y esos morritos… Dicen ven, ven…

─ Pues acércate y pídeselo.

─ ¿Qué le pida qué?

─ Que te deje tocar esos pechos que tanto te gustan y te dé un apasionado beso.

─ Y unas cuantas hostias. ¡No te jode el Prude! Eso podrás hacerlo tú. Como no pueden hostiarte…

─ Tú también. Haz la prueba.

─ Los cojones.

─ Confía en mí. Pídeselo. Cortésmente. Yo te acompaño. (…)

Robin y Tomate le animaron a que lo hiciera. Por curiosidad más que nada, para averiguar qué podía pasarle a su amigo. Si todo iba bien, como Prudencio decía, ¡menudo chollo! Si no, se aseguraban un buen rato de descojone. Dudaba Johnny, pero finalmente optó por lanzarse. Cuando se encontraba ante ella se quedó sin palabras, no le salían. La chica le miraba, extrañada.

─ Vamos, muchacho, dile algo. Mejor algo bonito, aunque de todos modos no te pondrá impedimento alguno. ¿A qué esperas? Se está mosqueando.

Se tapó con la toalla y se puso a leer. Él continuaba allí, mirándola, al tiempo que parecía estar ausente.

─ ¿Qué demonios quieres? ¿Qué haces ahí, pasmarote? ¿Qué eres, un mirón de tras al cuarto?

─ Vamos, vamos, ahora ─insistía Prudencio (…)

─ Señorita, está para mojar pan y lo que se tercie. ¿Me dejaría que le tocara las tetas y le diera un besazo de esos de tornillo?

La joven se levantó, cogió las manos de Johnny, las puso sobre sus pechos y las suyas una en cada mejilla del muchacho. Y lo besó. Fue un beso de esos que solo habían visto en las películas.

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El chiflado ese, el científico de los cojones, ¿no querrá follar conmigo?

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Argararemon pidió a los tres absoluto silencio y máxima concentración.

Miró fijamente a Tomate y le dijo que hiciera lo mismo con él. Instantes después, el rostro del muchacho empezó a desfigurarse ante la atónita mirada de sus compañeros, que no pudieron evitar alguna que otra exclamación de asombro inmediatamente reconvenida por Argararemon, que exigía un mutismo completo. (…) Cuando se dieron cuenta, Tomate ya no era Tomate sino la bella (…).

─ ¡Hostia puta! ¡Qué buena está!

─ ¿Es Tomate? Si no fuera por la ropa…, es lo único que reconozco de él. ¡Qué fuerte!, ¡que pasada!

A la nueva (…) los pantalones de Tomate le quedaban cortos y anchos y la camiseta de lo más holgada.

─ Hasta con esa facha está que te cagas.

─ Oye, Prude, en serio, ¿en serio que ese es Tomate? Quiero decir, ¿es Tomate o la tía esa? ─Robin no daba crédito a lo que sus ojos contemplaban.

─ Es Tomate, pero no lo es.

─ A ver, en plata, en normal. Si yo le echo un polvo ¿con quién follo?, ¿con Tomate o con el pibón? ─dijo Johnny.

─ Desde que te levantaron la chati vas de culo, colega. ¿Serías capaz de follarte a Tomate? ─preguntó alarmado Robin.

─ No es Tomate.

─ Estás ido, tío.

─ ¿Pero no ves lo buena que está? ¿Alguna vez llegaste a imaginar estar con una chati como esta? Bueno a imaginar seguro, más de un pajote te habrás cascado a la salud de una así. Mira, mira.

Johnny le levantó la camiseta y le tocó las tetas. Tomate/(…) no decía nada, tampoco Argararemon, que dejaba hacer mientras controlaba “la conciencia” de Tomate y la ponía a prueba.

─ ¿Pero qué haces, so tarao?

─ La puta leche, que me armo. Que no es broma, que me pone.

Cachondo perdido, siguió manoseando a Tomate/(…), que seguía sin responder a su toqueteo. En el momento que le/la tenía más cerca, tanto que dudaba si darle un beso, milímetros separaban sus bocas, Tomate volvió a ser Tomate.  Cuestión de segundos. Johnny, embelesado, ni siquiera llegó a advertir el cambio hasta que, de pronto, vio el rostro de Tomate tan cerca como nunca.

─ ¡Mierda! ¡Quita!

Johnny empujó a Tomate como quien aparta a un perro de una patada cuando se da cuenta de que está a punto de morderle.

─ ¡Cabrón! ¿Qué cojones hacías? ¿Me estabas tocando, mariconazo de mierda?

Robin no podía parar de reír.

─ ¿Qué ha pasado? ¿Qué has hecho, Prude? A mí no me cogéis para la pirula esa. No, ni de coña.

─ Tranquilo, hombre. No ha pasado nada. ¿No te das cuenta de que he detenido la acción y has vuelto a ser tú? No soy ningún desalmado, te respeto y no consentiría que te sucediera nada que fuera en contra de lo que sé que es tu voluntad, nunca traicionaré a quien confía en mí.

─ El chiflado ese, el científico de los cojones, ¿no querrá follar conmigo?

─ De eso se trata.

La respuesta de Argararemon avivó el choteo que llevaban Robin y Johnny. Este último menos, todavía no se había recuperado de la impresión.

─ ¡Ah, no! No. No, no, no. Y no. Me han entrado ganas de potar ya con el capullo este ahí, tan cerca, el muy baboso. ¡Qué asco! ¡La hostia, qué asco!

─ No te preocupes, hombre, que yo estaré allí, nada malo te sucederá.

─ Y si me sucede dirás que si lo malo, que si lo bueno, que si todo es relativo y volverás comernos el coco otra vez.

─ Confía en mí.

─ ¿Y cuántos años tiene el sujeto?

─ Sesenta recién cumplidos.

─ ¡Encima!

─ ¿A ti qué más te da? ─dijo Robin─. ¿O estás cavilando si te lo tiras o no? ¿Ves cómo eres el mejor para tan “delicada” misión?

─ Iros a cascársela a un mono.

─ Tomate, no te sulfures, fíate de mí ─manifestó un riguroso Argararemon.

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El desahucio

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Actuación de los antidisturbios durante un desahucio en Parla (Madrid) el 16 de febrero de 2017 / Juan Medina / Reuters.

─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Quiénes?

─ Por eso he visto pasar cuando venía dos lecheras a toda hostia.

─ ¿Dos? Allí hay por lo menos diez. Se está armando un pifostio de mil pares de cojones. Hay mucha gente sentada frente al portal para que no puedan sacarlos del piso, más de cien personas. Yo me he enterado al salir de casa, me lo ha dicho El Chino y me he ido con él para allá. Serían las nueve y algo, pero llevaban allí desde las siete y media de la mañana. También los maderos. Ya han avisado que si no se marcha todo el mundo empiezan a repartir gomazos.

─ ¡Qué cabrones! ¿Y Edu y sus padres?

─  No sé, creo que siguen en el piso, pero ya os digo que la cosa se está poniendo fea. He venido antes a avisaros, pero no estabais.

─ Acabamos de llegar.

─ ¿Os venís?

─ ¡Claro, hostias! Vamos.

Poco más de quinientos metros, seis calles, les separaban. Los cuatro muchachos se dirigieron hacia allí a paso apresurado. Los gritos y abucheos eran cada vez más perceptibles e inteligibles. Al dar la vuelta a la penúltima bocacalle se toparon con decenas de personas, de todas las edades, si bien predominaban los jóvenes, que corrían en dirección contraria a la suya.

─ ¿Qué pasa, Chino? ─preguntó Robin a su colega tras dar también media vuelta y ponerse a correr junto a él.

─ Los putos perros… Están rabiosos, reparten que da gusto, a quien sea.

Unos antidisturbios perseguían al grupo porra en mano. Al fondo se veía a otros con fusiles dispuestos a lanzar bolas de goma. Escasos metros les separaban. Unos cuantos jóvenes, entre ellos El Chino y Robin, empujaron con todas sus fuerzas un par de contenedores. La calle era bastante estrecha y la acción surgió efecto:  frenó el ímpetu de los perseguidores, que no tuvieron más remedio que apartarlos para poder seguir. Ganaron así unos preciosos segundos, unos metros, los suficientes para ensanchar la distancia y que la gente se dispersara por diversas calles. Ellos se escondieron tras un montón de cascotes que todavía no se habían limpiado de un último derribo acaecido solo unos días antes. Desde allí vieron pasar de largo a unos cuantos antidisturbios que proseguían en su intento de alcanzar a quienes huían. Al poco llegó el silencio.

─ ¡Putos maderos! ¡Qué asco! ¿Cómo ha sido, Chino?

─ Estábamos sentados, frente al portal.  Nada más irte tú a por estos comenzaron a dar badana para dejarlo libre. Uno de los mandamases dijo que iban a desalojar la calle y enseguida se acercaron con sus escudos y sus cascos, porra en mano y, ¡hala!, a la más mínima resistencia, al que no se levantaba enseguida, gomazo. La gente les decía de todo. Así que siguieron repartiendo hostias como panes, les daba igual quien fuera. A Ramón, el del quiosco, le han dado una leche y sangraba por la cara.

─ ¿Al quiosquero? Pero si es un viejales.

─ Dijo que él no se movía de allí, que lo que estaban haciendo no estaba bien, que cómo eran capaces de hacer una cosa así, dejar en la calle a una familia. Se cagó en los bancos, en los jueces y en los políticos. Dos lo cogieron de los sobacos. Ramón se agarró a los hierros de la puerta y no podían con él. Uno le dio un porrazo en la mano y, claro, se soltó. Les dijo, yo estaba cerca, lo vi y oí todo, que si de verdad eran personas lo que debían hacer era defender a la familia de Edu y que eran unos miserables. Miserables, dijo. Entonces fue cuando le dieron en toda la chola y se lo llevaron a rastras a una lechera. La gente gritaba que lo dejaran estar, les decíamos de todo: perros, vendidos, asesinos, ¿qué defendéis?, ¿a quiénes?, pero los muy cabrones empezaron a repartir con más ganas y se llevaban a las lecheras a cuantos podían a empujones y hostias. A Patri se la llevaron arrastrándola del pelo. Mientras, otros con unas enormes tenazas cortaban una cadena que alguien había puesto en la puerta para que no pudiesen entrar. Entonces nos pusimos a tirarles lo que encontrábamos a mano y echamos a correr.  Ellos nos siguieron, claro.  Empezaron las carreras, más hostias. Mira el gomazo que me han arreado, y menos mal que lo vi venir a tiempo, me di la vuelta y me agaché, el cachoperro apuntaba a la cara.

El Chino se levantó la camiseta y mostró un gran moratón en su espalda.

Unos veinte minutos después se acercaron de nuevo a la calle donde vivía Edu con su familia hasta unas horas antes. Ya no había nadie, unos pocos policías vigilaban el portal y otros más los extremos del tramo de la calle que daban a otras. Dieron media vuelta.

─ Míralos ─dijo Robin─, mira a los putos perros guardianes cómo protegen a los cerdos. El mejor poli es el poli muerto. Así se mueran todos, como dice ese de la tele, entre terribles sufrimientos.

Los demás rieron y añadieron otros improperios de su cosecha.

─ ¿Qué será de Edu y sus padres? ─preguntó Tomate.

─ ¡A saber! Se los habrán llevado también. No sé.

─ ¡Qué hijos de puta! ¿Y ahora qué harán?

─ A mí me dijo Edu hace unos días que si al final les echaban se irían al pueblo de sus abuelos. Viven aún y al menos allí tienen casa.

─ ¡Qué asco, tío! ¡Qué mierda todo!

─ Me las piro, estoy de una mala hostia que te cagas. Voy a ver si encuentro al Ripi y sus colegas. Creo que quieren ir al banco a montar un pifostio de mil pares de cojones. ¿Os apuntáis?

No encontraron al Ripi y a los otros y El Chino no se acordaba del nombre del banco. El Chino se fue. Les avisaría, quedaron, si conseguía averiguarlo.

─ Otra vez el puto parque, el puto banco. ¿Un banco no es un sitio donde descansar? Descansar eternamente será. ¿A quién hostias se le ocurriría poner el mismo nombre a cosas tan distintas? Los hay capullos.

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