El desahucio

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Actuación de los antidisturbios durante un desahucio en Parla (Madrid) el 16 de febrero de 2017 / Juan Medina / Reuters.

─ ¿Qué pasa, Robin? Vienes sudado como un pollo. ¿A qué tanta prisa?

─ No os habéis enterado, claro. Ahí abajo, en la calle donde vive Edu. Han ido a echarles de su casa.

─ ¿Quiénes?

─ Por eso he visto pasar cuando venía dos lecheras a toda hostia.

─ ¿Dos? Allí hay por lo menos diez. Se está armando un pifostio de mil pares de cojones. Hay mucha gente sentada frente al portal para que no puedan sacarlos del piso, más de cien personas. Yo me he enterado al salir de casa, me lo ha dicho El Chino y me he ido con él para allá. Serían las nueve y algo, pero llevaban allí desde las siete y media de la mañana. También los maderos. Ya han avisado que si no se marcha todo el mundo empiezan a repartir gomazos.

─ ¡Qué cabrones! ¿Y Edu y sus padres?

─  No sé, creo que siguen en el piso, pero ya os digo que la cosa se está poniendo fea. He venido antes a avisaros, pero no estabais.

─ Acabamos de llegar.

─ ¿Os venís?

─ ¡Claro, hostias! Vamos.

Poco más de quinientos metros, seis calles, les separaban. Los cuatro muchachos se dirigieron hacia allí a paso apresurado. Los gritos y abucheos eran cada vez más perceptibles e inteligibles. Al dar la vuelta a la penúltima bocacalle se toparon con decenas de personas, de todas las edades, si bien predominaban los jóvenes, que corrían en dirección contraria a la suya.

─ ¿Qué pasa, Chino? ─preguntó Robin a su colega tras dar también media vuelta y ponerse a correr junto a él.

─ Los putos perros… Están rabiosos, reparten que da gusto, a quien sea.

Unos antidisturbios perseguían al grupo porra en mano. Al fondo se veía a otros con fusiles dispuestos a lanzar bolas de goma. Escasos metros les separaban. Unos cuantos jóvenes, entre ellos El Chino y Robin, empujaron con todas sus fuerzas un par de contenedores. La calle era bastante estrecha y la acción surgió efecto:  frenó el ímpetu de los perseguidores, que no tuvieron más remedio que apartarlos para poder seguir. Ganaron así unos preciosos segundos, unos metros, los suficientes para ensanchar la distancia y que la gente se dispersara por diversas calles. Ellos se escondieron tras un montón de cascotes que todavía no se habían limpiado de un último derribo acaecido solo unos días antes. Desde allí vieron pasar de largo a unos cuantos antidisturbios que proseguían en su intento de alcanzar a quienes huían. Al poco llegó el silencio.

─ ¡Putos maderos! ¡Qué asco! ¿Cómo ha sido, Chino?

─ Estábamos sentados, frente al portal.  Nada más irte tú a por estos comenzaron a dar badana para dejarlo libre. Uno de los mandamases dijo que iban a desalojar la calle y enseguida se acercaron con sus escudos y sus cascos, porra en mano y, ¡hala!, a la más mínima resistencia, al que no se levantaba enseguida, gomazo. La gente les decía de todo. Así que siguieron repartiendo hostias como panes, les daba igual quien fuera. A Ramón, el del quiosco, le han dado una leche y sangraba por la cara.

─ ¿Al quiosquero? Pero si es un viejales.

─ Dijo que él no se movía de allí, que lo que estaban haciendo no estaba bien, que cómo eran capaces de hacer una cosa así, dejar en la calle a una familia. Se cagó en los bancos, en los jueces y en los políticos. Dos lo cogieron de los sobacos. Ramón se agarró a los hierros de la puerta y no podían con él. Uno le dio un porrazo en la mano y, claro, se soltó. Les dijo, yo estaba cerca, lo vi y oí todo, que si de verdad eran personas lo que debían hacer era defender a la familia de Edu y que eran unos miserables. Miserables, dijo. Entonces fue cuando le dieron en toda la chola y se lo llevaron a rastras a una lechera. La gente gritaba que lo dejaran estar, les decíamos de todo: perros, vendidos, asesinos, ¿qué defendéis?, ¿a quiénes?, pero los muy cabrones empezaron a repartir con más ganas y se llevaban a las lecheras a cuantos podían a empujones y hostias. A Patri se la llevaron arrastrándola del pelo. Mientras, otros con unas enormes tenazas cortaban una cadena que alguien había puesto en la puerta para que no pudiesen entrar. Entonces nos pusimos a tirarles lo que encontrábamos a mano y echamos a correr.  Ellos nos siguieron, claro.  Empezaron las carreras, más hostias. Mira el gomazo que me han arreado, y menos mal que lo vi venir a tiempo, me di la vuelta y me agaché, el cachoperro apuntaba a la cara.

El Chino se levantó la camiseta y mostró un gran moratón en su espalda.

Unos veinte minutos después se acercaron de nuevo a la calle donde vivía Edu con su familia hasta unas horas antes. Ya no había nadie, unos pocos policías vigilaban el portal y otros más los extremos del tramo de la calle que daban a otras. Dieron media vuelta.

─ Míralos ─dijo Robin─, mira a los putos perros guardianes cómo protegen a los cerdos. El mejor poli es el poli muerto. Así se mueran todos, como dice ese de la tele, entre terribles sufrimientos.

Los demás rieron y añadieron otros improperios de su cosecha.

─ ¿Qué será de Edu y sus padres? ─preguntó Tomate.

─ ¡A saber! Se los habrán llevado también. No sé.

─ ¡Qué hijos de puta! ¿Y ahora qué harán?

─ A mí me dijo Edu hace unos días que si al final les echaban se irían al pueblo de sus abuelos. Viven aún y al menos allí tienen casa.

─ ¡Qué asco, tío! ¡Qué mierda todo!

─ Me las piro, estoy de una mala hostia que te cagas. Voy a ver si encuentro al Ripi y sus colegas. Creo que quieren ir al banco a montar un pifostio de mil pares de cojones. ¿Os apuntáis?

No encontraron al Ripi y a los otros y El Chino no se acordaba del nombre del banco. El Chino se fue. Les avisaría, quedaron, si conseguía averiguarlo.

─ Otra vez el puto parque, el puto banco. ¿Un banco no es un sitio donde descansar? Descansar eternamente será. ¿A quién hostias se le ocurriría poner el mismo nombre a cosas tan distintas? Los hay capullos.

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El genio que salió de una botella

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A mitad mañana el espigón estaba de lo más tranquilo. La playa que se abría junto a él, a unos doscientos metros, aunque moderadamente, empezaba a ser ocupada por los primeros bañistas. El día era excelente, soleado, sin el calor de las bochornosas jornadas veraniegas que no tardarían en llegar. La suave brisa hacía francamente agradable y tentador pasar un rato frente al mar; el agua estaba todavía algo fría, aunque a algunos no parecía importarles.

─ ¿Qué, que me decís del petardo? ¿Es bueno o no?

─ Cojonudo. Empiezo a estar más cocido que un piojo.

─ Disfruta, que esto es gloria. Toma, mátalo ─Robin dio una larga calada al canuto y se lo pasó a Tomate.

─ Menos mal que siempre nos queda lo ilegal ─dijo Johnny despertando la carcajada de sus colegas.

─ Y la birra. Anda, pásala.

─ Y las tías. Nos faltan unos buenos chochetes.

─ ¿Las tías? Tú sabrás qué es eso, Robin, que les pasas costo y te lo pagan en especie. Porque yo… Y Tomate menos.

─ Habla por ti, Johnny. La Sari…

─ ¿La Sari? ¿Quién es esa?

─ La Gamba ─aclaró Robin.

─ ¡Hostia!, La Gamba ─exclamó Johnny entre risas.

─ ¿Ya empezáis a joder la marrana?

─ Tranqui, Tomate, si la tía está buena, pero es que de cara… ─dijo Johnny sin poder contener la carcajada.

─ Ya quisieras tú, que no te comes una rosca.

─ A las tías les entras y vale, risas, cachondeo, pero si no tienes pasta no hay nada que hacer.

─ Por la patilla, nada de nada.

─ ¡Eh! Mirad eso.

─ ¿El qué?

─ Eso de ahí, la botella esa que está entre las rocas.

─ ¡Joder, tío, como en las pelis! A ver si es el mensaje de un náufrago.

─ Sujétame, que la cojo, igual es ginebra, o vodka, lo de dentro es blanco.

─ O está vacía.

─ ¿No ves que está tapada?

Johnny sujetó a Robin por los pies. La botella se había empotrado en las rocas, en la parte más saliente del espigón, a donde era complicado llegar. Curiosamente, no se había roto.

─ ¡Hostia! Tenía razón Tomate, está vacía.

─ ¿Cómo que está vacía?

─ Como que no hay nada dentro, ¿no lo ves?, y no pesa.

─ ¿Y quién cojones tapará una botella sin nada dentro?, y más poniéndole eso rojo, ¿cómo se llama?

─ Macramé.

─ Macramé…, eso es lo que hacen las abuelas, alelao.

─ Bueno, da igual como se llame. Es algo que se usa para cerrar bien las cosas importantes.

─ Así que esta botella debe contener algo importante ¿no?

─ Si está sellada con eso, supongo.

─ Pues se ha evaporado. Aquí no hay nada.

─ A ver…

Johnny hizo el ademán de coger la botella, pero Robin la lanzó contra las rocas.

─ ¿Por qué haces eso, gilipollas?

─ Para una cosa que nos encontramos… Ya me extrañaba que no fuera una buena mierda.

─ ¡La puta leche! ¿Qué es eso? ¿Veis lo mismo que yo?

─ ¿Qué hostias es esa nube? ¿Qué coño le has puesto al canuto?

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Al crash del vidrio al romperse siguió una humareda blanquecina que a medida que iba elevándose se condensaba y formaba una especie de nube redonda y luminosa.

─ ¡A mí qué me cuentas! Ha salido de dentro de la botella.

─ ¿Cómo va a salir de dentro de la botella? Estaba vacía.

─ Tendría gas.

─ No digas chorradas. ¡Mira!, cambia de forma.

─ Yo no veo que cambie nada, se está deshaciendo.

─ No, fíjate. Estoy flipando.

─ Sí, y ahora aparecerá un genio, como en las pelis. No te jode.

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En el probador de señoras

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Johnny se quedó atónito al ver a su amigo, más disfrazado que vestido, con un fular de seda sobre los hombros, un bolso rojo de piel colgando del brazo, una especie de camisola que no supieron muy bien para qué servía y un sujetador azul de encaje encima de la cabeza, con una copa en cada oreja a modo de auriculares.

─ ¡Qué pinta, menuda chochona! ─soltó Johnny entre risas.

─ Estás guapísima, ¿de dónde has sacado todo eso?

─ De la planta de arriba, del probador de mujeres.

─ ¡El probador de tías! ¡Claro! Vamos.

(…)

La asociación de ideas fue instantánea y compartida: bañadores, bikinis, mujeres, probadores. ¿Dónde mejor podían ir? Para satisfacción de los tres, en vez de pequeñas habitaciones con su correspondiente puerta y pestillo, los probadores de la sección de ropa de baño contaban con un sofisticado sistema de cierre que preservaba por completo la intimidad: un estor ─obra del prestigiado diseñador Luigi Mezzasega─ caía automáticamente de arriba a abajo cuando alguien entraba en el probador; parecía transparente, pero lo que se veía no se correspondía en absoluto a lo que sucediera o dejara de suceder dentro del mismo. Cada uno funcionaba como una pantalla sobre la que se podía observar imágenes de las playas más chic de todo el mundo. Solo desde dentro podía abrirse una vez alguien hubiera accedido a su interior (también desde fuera, con una clave, por si alguien se quedaba encerrado dentro, cosa del todo improbable según el famoso “creativo”). Era, pues, un dispositivo mecánico y, como tal, había dejado de funcionar (…). ¡Fantástico! Nada les impedía fisgar en los interiores de los compartimentos destinados a mudarse de ropa para ver cómo les sentaban los últimos modelos de bañadores y bikinis a unas cuantas mujeres desvistiéndose, o vistiéndose, desvestidas parcialmente, en poses de lo más diversas, poniéndose la braguita, o quitándosela, no estaba claro, o el sujetador.

─ ¡Eh! Venid y veréis.

Robin y Tomate acudieron enseguida al probador desde donde les llamaba Johnny. Una mujer, de veintipocos años, pelo rubio sedoso, piel bronceada, guapa, en el momento en que el tiempo se detuvo estaba a punto de ponerse de nuevo las braguitas, tras ─según parecía─ haberse probado el bikini, del que todavía llevaba el sujetador, sin abrochar. Agachada al efecto de subirse las bragas, destacaba su culo en pompa, tan dorado como el resto del cuerpo, que se presentaba cual tarjeta de visita a sus ojos, pues era lo primero que se veía, o en lo que se fijaron.

─ Está buena, ¿eh?

─ Hostia que si lo está, parece de esas que salen en la tele o en las revistas.

─ Qué lolas, macho.

─ Y la piel, toca, toca ─decía Tomate─. ¡Qué suave! Esta tía debe tener pasta.

─ ¿Podemos hacerle fotos, Prude?

─ No.

─ Hombre, un recuerdo…

─ El recuerdo deberéis conservarlo en la memoria. (…)

─ Estoy palote, tíos ─dijo Tomate.

─ Yo también estoy burraco ─añadió Johnny─. ¿Y si nos la follamos? ¿Podemos, Prude?

─ Siempre y cuando no dejéis huellas de la acción podéis hacer lo que os venga en gana. Eso sí, ya sabéis, nada que luego no se pueda explicar.

─ Pero ¿nos la podemos follar o no?

─ ¿Te refieres a practicar el coito?

─ A metérsela. ¿Sabes lo que es eso, Prude?

─ Lo sé. La respuesta deberías conocerla ya, Johnny. Por supuesto que no. Recordad que (…) cuando recobre la conciencia nada de todo esto habrá sucedido para ella. Por eso insisto en que, hagáis lo que hagáis, nada deberá hacerla dudar de que algo extraño o incomprensible ha sucedido.

─ Está bien, como quieras. ¿Y sobarla un poco qué?

─ La verdad es que está que te cagas ─admitió Robin.

─ Un culo así no se ve todos los días ─consideró Tomate.

─ Y las peras. Duritas, como a mí me gustan ─añadió Johnny mientas acariciaba las tetas de la joven.

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