Libros para regalar estas Navidades: PRUDENCIO CALAMIDAD

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“No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, pensaba que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios. Entonces, ¿qué es esto? Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia. El mundo es un cáncer que se devora a sí mismo”.

Estas palabras, lamentablemente, no son mías, son de Henry Miller, de su novela –o ‘documento’, como él la calificó– Trópico de Cáncer, publicada por primera vez en París, en inglés, en 1934, pero que en su país no se editó hasta 1961 a causa de la naturalidad, la crudeza, con se refiere al sexo, la vehemente defensa de un individualismo anárquico, extremo, y su atracción por los perdedores. Y, aun así, tuvo que afrontar un juicio por obscenidad.

Digo lamentablemente porque ya me gustaría haberlas escrito yo. Es este uno de esos párrafos que uno subraya cuando lee un libro que, además de gustarle, le dice y aporta elementos para la reflexión. Leyendo ahora lo que en su día resalté, y a diferencia de entonces, me doy cuenta de hasta qué punto me identifico con este y otros párrafos subrayados de Trópico de Cáncer. Tanto que si creyera en la reencarnación pensaría que un gen atávico suyo, no sé cómo, se había colado en mi ADN. Si artista significa “persona dotada de la capacidad o habilidad necesarias para alguna de las bellas artes”, lo soy (la literatura forma parte de ellas). Con mayor o menor talento, pero lo soy. Escritor y novelista también. Con mayor o menor talento, pero también. Son novelas autoeditadas a través de Amazon, de su plataforma CreateSpace, es decir, autoedición pura y dura, aquella que carece del respaldo y promoción de que disfrutan los libros que publican las editoriales al uso. Son novelas que gustarán a unos y a otros no, como todo en la vida, pero que en principio no son mejores ni peores que las editadas convencionalmente.

No acaba aquí mi afinidad (ideológica) con Miller. Con algunos de los párrafos de su mencionada novela, pues Prudencio Calamidad es –o pretende ser– una sátira de ‘ciencia-ficción’, cuyo argumento transcurre en el presente, divertida, ácida y sumamente crítica con el sistema, o sistemas, de organización social en que se ha dotado la humanidad a lo largo de la historia. Quiere ser también políticamente inconveniente y que el lector se encuentre ante el dilema de corroborar o refutar estas palabras que Prudencio, Prude, o Argararemon, o quien finalmente sea este enigmático personaje: “Los humanos nunca estaréis preparados para entender comportamientos que no se adecuen a vuestro sentido de la normalidad, de lo que consideráis ‘normal’ y tratáis de justificar mediante la lógica o la ciencia”.

“Boris me acaba de hacer un resumen de sus ideas. Es un profeta del tiempo y dice que este seguirá empeorando. Habrá más calamidades, más muerte, más desesperación. No se observa la más ligera indicación de un cambio… Debemos llevar el paso, cerrados en fila hacia la prisión de la muerte. Imposible escapar. El tiempo no cambiará”.

En este otro párrafo, si cambiamos Boris por Prudencio, nuestro misterioso personaje diría que, justamente, así es como piensa. Y Robin, Johnny y Tomate estarían completamente de acuerdo conmigo en que, volviendo a la primera cita de Miller, “Esto no es un libro. Es un libelo”.

Mi mayor deseo, aparte de que la novela, mis novelas, se venda/n –por ese motivo mantengo el blog y comparto en redes sociales cuanto en él publico, no hay nada de altruismo en este caso– es que esta sea un libro que no guste a la gente bien, a los pihippies, los pijiprogres, los comehostias, ni a todo aquel políticamente correcto.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.

En el mundo de Argararemon

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─ Veamos. Naive sostiene que la fórmula de Einstein E=mc² es correcta, pero, aclara, para la forma en que los humanos conciben la relación espacio-tiempo. Según Einstein, la energía y la materia son formas distintas de una misma cosa, dos caras de la misma moneda, la masa de un cuerpo refleja su contenido en energía. También afirma Einstein que la velocidad de la luz en el vacío es la misma en cualquier sistema de referencia inercial, es una constante de la naturaleza. Es así, sabemos que en esto no se equivocó.

─ Sí, claro, conozco sobradamente la teoría.

─ Naive va más allá. La conciencia no es exclusiva del ser humano, está por encima de él. Nosotros lo sabemos, los humanos por ahora siguen mostrándose reacios a aceptarlo. Naive ha dado con la clave, aunque de momento tenga que conformarse con guardar silencio. La humana, estima, es solo una forma en que la conciencia se manifiesta. Necesariamente, arguye, la conciencia ha de ser anterior al surgimiento del ser humano. Este no pudo desarrollarla por su cuenta, la mcd [molécula capaz de distinguir, de discernir] ya estaba ahí, fue la responsable de que los humanos pudieran imponerse a las demás especies. ¿Existe la conciencia fuera de la materia? Su respuesta sería un sí enorme, aunque se quedara en sus adentros. Puesto que la conciencia no requiere de materia para existir, un organismo unicelular de masa cero o prácticamente imperceptible podría moverse sin problema alguno a la velocidad de la luz, como ocurre con los fotones, pero estos no tienen conciencia. Él no cree en la existencia de los taquiones ni que pueda haber nada que supere la velocidad de la luz, no existen los “viajes en el tiempo” más que en el presente. De ahí que haya puesto tanto empeño en descodificar las imágenes a que me refería. ¿Sigue resultándote familiar lo que expreso? ¿Captas la trascendencia del asunto? ¿Cuál es nuestra masa? La teoría de la relatividad de Einstein sería así, de hecho lo es, totalmente válida para los cuerpos masivos, pero ¿para los que no? Saca tú mismo las conclusiones. ¿Te das cuenta de lo que eso puede significar para nuestro mundo?

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.

Vuestro servidor, vengo del País de los Genios

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Cuando parecía que la nube, como había observado Robin, empezaba a volatilizarse, el vaporoso humo, o lo que fuera que la formaba, hizo un extraño movimiento y cual especie de rayo invisible y silencioso descendió hasta el suelo súbitamente. Ni un segundo después, en su lugar apareció un individuo bajito, medio calvo, con grandes entradas y pinta de apocado, un poca cosa con gafas pequeñas y redondas y prominente nariz que resaltaba en su rostro blanquecino. Vestía traje y corbata pasados de moda.

─ ¡Puta hostia! ¿Qué está pasando? ─exclamó Tomate alarmado.

─ ¿Tú quién eres? ¿De dónde has salido?

─ Vuestro servidor.

─ ¿Quién?

─ Vuestro servidor, estoy a vuestra disposición durante doce horas, medio día. Durante ese tiempo mi única misión es satisfacer vuestros deseos. Es mi obligación para con vosotros por haberme liberado.

─ ¿Qué pollas dice el zumbao este? ¿Nosotros? ¿Nosotros te hemos liberado? ¿De qué, de dónde?

─ De dentro de la botella, llevaba ahí casi cien años.

─ ¿Qué? ¿Qué dices? ¿Dentro de la botella? ¡Anda ya! En la botella no había nada, y menos tú. Que ya no tenemos cinco años. ¿Se te va la pinza, o qué?

─ Pues ya lo habéis visto. He salido de ahí.

─ Vale, tío, como quieras. ¿Qué eres, un genio? ─preguntó Robin en tono más que burlón.

─ ¡Ah!, ¿no os habías dado cuenta?

─ Hombre, la verdad es que no suelen aparecérsenos genios todos los días. Pero tú… ¡Para descojonarse! Con esa pinta qué pollas vas a ser un genio. Además, no existen los genios. ¿Nadie te lo ha dicho nuca? Con lo mayorcito que eres…

─ Pues es lo que soy.

─ Claro, claro, y yo el banquero más rico de todos los banqueros, ¿no te lo había dicho? Soy un cabronazo de tomo y lomo. Todo lo tomo y todo me lo como.

La ocurrencia de Robin provocó otra estruendosa carcajada por parte de Johnny y Tomate, que seguían bajo los efectos del canuto.

─ Veo que no me creéis.

─ Ni nosotros ni el papa de Roma, con esa pinta de pringao pareces de todo menos un genio.

─ ¿Y cómo te llamas? ─preguntó Johnny.

─ Prudencio.

─ ¡Prudencio! ¡La hostia! Prudencio, ha dicho que se llama Prudencio.

La risotada que siguió fue de órdago.

─ Un genio que se llama Prudencio. ¡Hosti, macho, eres genial! Venga, explícanos el truco.

─ No hay truco. Os estoy diciendo la verdad.

─ Venga, va, eres un mago de esos que salen en la tele, un buen mago. ¡Menudo alucine!

─ Repito que os digo la verdad. Soy un genio.

─ Este tío está más sonado que las maracas de Machín.

─ ¿Machín? ¿Quién es Machín? ─preguntó Tomate.

─ Y eso qué más da ahora. Anda, vámonos de aquí. ¿Tú qué vas a hacer, Prudencio?

Cada vez que Robin pronunciaba el nombre de Prudencio se descojonaba; no podía evitarlo, tampoco lo pretendía, ni él ni sus dos amigos.

─ Ya que no os convencen mis palabras me iré a mi mundo.

─ ¿Que dónde vives?

─ En el País de los Genios.

─ ¡Coño! Haber empezado por ahí. Yo vivo en el país de los bobos ─Robin desconfiaba cada vez más del curioso personaje.

─ ¿Y si dice la verdad? Ha aparecido ahí de repente, como por arte de magia ─Tomate tenía sus dudas.

─ Eres la leche, Tomate. ¿No te das cuenta de que se está quedando con nosotros? Vamos a dar un rulo. ¿Tú quieres venir, Prudencio? ¿Tienes dinero?

─ No. De todos modos, si lo tuviera no creo que sirviera de mucho. Como os decía, casi cien años llevaba encerrado en esa botella hasta que vosotros me habéis sacado de ahí. Pero no os preocupéis, eso no supone problema alguno.

─ Ya empieza otra vez. Es que no se cansa el tío. ¿Tú que fumas, Prudencio? Porque pondrías pasarnos un poco de lo que sea. ¡Menudo friki! Anda, vuelve al circo de donde te has escapado.

─ En fin, yo ya he cumplido con mi deber. Si no confiáis en lo que digo poco puedo hacer. Los humanos sois muy arrogantes, no creéis en nada que no sea obra vuestra.

─ ¡Ah!, ¿que tú no eres humano?

─ No sé ya cómo decíroslo, soy un genio.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017). Disponible solo a través de Amazon.