¡Viva España, viva el rey y la gloriosa policía también!

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No habrían avanzado quinientos metros cuando advirtieron la presencia de la policía municipal, una pareja, un hombre y una mujer, jóvenes, con el vehículo estacionado al lado sobre un paso de cebra.

─ Verás cómo los monos nos paran.

─ ¿Por qué? ─preguntó el genio─, luego me decís a mí que soy un agorero.

─ Tío, son monos, su disco duro tiene poca capacidad, pero no son tan tontos. ¿Nos has visto las pintas? Ni de coña pueden creer que tengamos un buga como este.

─ Claro, las apariencias son para vosotros muy importantes, para los humanos quiero decir. No valoráis a la gente por lo que es, sino por lo que tiene.

─ Eso es cierto, Prude, así son las cosas. A un cerdo con pajarita y la cartera llena le hacen reverencias, y a nosotros siempre lo mismo: la puñeta.

Cuando se hallaban a unos escasos cincuenta metros, les dieron el alto. El policía levantó la mano derecha y con la otra les indicó que aparcaran a su lado.

(…)

Le estaban pidiendo la documentación del coche a Tomate cuando Robin, desde el asiento de atrás ─después de mirar a Argararemon y que este hiciera un gesto de aprobación con la cabeza─, les espetó:

─ ¡Viva España, viva el rey y viva la gloriosa policía también!

─ Vaya, el graciosillo de hoy ─dijo el guardia─. Venga, la documentación de una puta vez.

─ ¿Del coche? ¿Nuestra?

─ De todos.

─ Pues va a estar complicado, yo no llevo nada, ni carné ni partida de nacimiento, y creo que mis amigos tampoco. Pero, mira, yo soy Robin, y estos Johnny y Tomate.

─ Pues sí, va a estar complicado, para vosotros ya está complicado, y más que se os va a complicar. Tú ─a Tomate─, el permiso de conducir.

─ Señor guardia, yo no tengo de eso. Ya quiero, ya, pero no me dejan, dicen que aún no tengo la edad ─argumentó Tomate, que se sentía envalentonado ante la audacia de Robin.

─ ¿Pero tú sabes lo que cuesta sacarse el carné?  ─añadió Robin─. Yo conduzco desde los doce años, lo hago mejor que el Alonso ese. Negocio, todo negocio. Si os doy cuatro derrapes flipáis en colores. Documentos, papeles, multas…, no sabéis hacer otra cosa.

─ ¿El vehículo que llevan es suyo? ─preguntó la policía con gesto adusto e inexpresivo.

─ ¿Estás de coña, no? Mira que eres pava. ¿Cómo va a ser nuestro el carro este? Estamos más tiesos que la mojama.

─ Está bien, chicos, lo habéis conseguido. ¡Hala!, fuera del coche, a comisaría con nosotros ─el mosqueo del guardia había llegado a cotas que excedían su nivel de tolerancia y comprensión.

─ ¡Los cojones de Mahoma, bobomierda!

─ Ahora sí que las ha cagado, chaval. Se os va a caer el pelo. ¡A los tres!

Echó inmediatamente mano a las esposas, pero estas se le cayeron al suelo y no pudo hacerse de nuevo con ellas. Se le resbalaron de las manos y al final terminaron por desaparecer por la rejilla de un sumidero. Tratando de hacerse con la situación, desconcertado ante el elevado grado de torpeza de que hacía gala, se cayó y su cinturón quedó enganchado en un hierro que sobresalía de una valla metálica que cercaba un solar que había junto al coche, presidido por un gran cartel metálico que decía Terrenos adquiridos por el Excelentísimo Ayuntamiento para la construcción de un ambulatorio, más oxidado que los hierros del Titanic. A saber el tiempo que llevaba allí puesto.

Tampoco ella, la guardia, la mona, pudo hacer gran cosa aparte de tragarse su orgullo. Sacó la porra, que también cayó al suelo y se le enredó entre las piernas de tal manera que se fue de bruces sobre su compañero.

Robin, Johnny y Tomate ─y Argararemon, claro─ se fueron a toda velocidad mientras les hacían una peineta a los guardias municipales. Bueno, tres peinetas. Los policías subieron rápidamente a su vehículo con la intención de perseguirles, pero este no arrancaba.

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¿Me dejaría que le tocara las tetas y le diera un besazo de esos de tornillo?

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Johnny no dejaba de mirar a una joven que tomaba el sol tendida en una tumbona, en toples.

─ ¿Te gusta, Johnny? ─preguntó.

─ ¿Esa? ¡La hostia! Está poco buena. Menudo pibón. Para hacerle mimitos por todas partes. ¿Has visto que tetamen? No parece tuneado. Y esos morritos… Dicen ven, ven…

─ Pues acércate y pídeselo.

─ ¿Qué le pida qué?

─ Que te deje tocar esos pechos que tanto te gustan y te dé un apasionado beso.

─ Y unas cuantas hostias. ¡No te jode el Prude! Eso podrás hacerlo tú. Como no pueden hostiarte…

─ Tú también. Haz la prueba.

─ Los cojones.

─ Confía en mí. Pídeselo. Cortésmente. Yo te acompaño. (…)

Robin y Tomate le animaron a que lo hiciera. Por curiosidad más que nada, para averiguar qué podía pasarle a su amigo. Si todo iba bien, como Prudencio decía, ¡menudo chollo! Si no, se aseguraban un buen rato de descojone. Dudaba Johnny, pero finalmente optó por lanzarse. Cuando se encontraba ante ella se quedó sin palabras, no le salían. La chica le miraba, extrañada.

─ Vamos, muchacho, dile algo. Mejor algo bonito, aunque de todos modos no te pondrá impedimento alguno. ¿A qué esperas? Se está mosqueando.

Se tapó con la toalla y se puso a leer. Él continuaba allí, mirándola, al tiempo que parecía estar ausente.

─ ¿Qué demonios quieres? ¿Qué haces ahí, pasmarote? ¿Qué eres, un mirón de tras al cuarto?

─ Vamos, vamos, ahora ─insistía Prudencio (…)

─ Señorita, está para mojar pan y lo que se tercie. ¿Me dejaría que le tocara las tetas y le diera un besazo de esos de tornillo?

La joven se levantó, cogió las manos de Johnny, las puso sobre sus pechos y las suyas una en cada mejilla del muchacho. Y lo besó. Fue un beso de esos que solo habían visto en las películas.

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El chiflado ese, el científico de los cojones, ¿no querrá follar conmigo?

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Argararemon pidió a los tres absoluto silencio y máxima concentración.

Miró fijamente a Tomate y le dijo que hiciera lo mismo con él. Instantes después, el rostro del muchacho empezó a desfigurarse ante la atónita mirada de sus compañeros, que no pudieron evitar alguna que otra exclamación de asombro inmediatamente reconvenida por Argararemon, que exigía un mutismo completo. (…) Cuando se dieron cuenta, Tomate ya no era Tomate sino la bella (…).

─ ¡Hostia puta! ¡Qué buena está!

─ ¿Es Tomate? Si no fuera por la ropa…, es lo único que reconozco de él. ¡Qué fuerte!, ¡que pasada!

A la nueva (…) los pantalones de Tomate le quedaban cortos y anchos y la camiseta de lo más holgada.

─ Hasta con esa facha está que te cagas.

─ Oye, Prude, en serio, ¿en serio que ese es Tomate? Quiero decir, ¿es Tomate o la tía esa? ─Robin no daba crédito a lo que sus ojos contemplaban.

─ Es Tomate, pero no lo es.

─ A ver, en plata, en normal. Si yo le echo un polvo ¿con quién follo?, ¿con Tomate o con el pibón? ─dijo Johnny.

─ Desde que te levantaron la chati vas de culo, colega. ¿Serías capaz de follarte a Tomate? ─preguntó alarmado Robin.

─ No es Tomate.

─ Estás ido, tío.

─ ¿Pero no ves lo buena que está? ¿Alguna vez llegaste a imaginar estar con una chati como esta? Bueno a imaginar seguro, más de un pajote te habrás cascado a la salud de una así. Mira, mira.

Johnny le levantó la camiseta y le tocó las tetas. Tomate/(…) no decía nada, tampoco Argararemon, que dejaba hacer mientras controlaba “la conciencia” de Tomate y la ponía a prueba.

─ ¿Pero qué haces, so tarao?

─ La puta leche, que me armo. Que no es broma, que me pone.

Cachondo perdido, siguió manoseando a Tomate/(…), que seguía sin responder a su toqueteo. En el momento que le/la tenía más cerca, tanto que dudaba si darle un beso, milímetros separaban sus bocas, Tomate volvió a ser Tomate.  Cuestión de segundos. Johnny, embelesado, ni siquiera llegó a advertir el cambio hasta que, de pronto, vio el rostro de Tomate tan cerca como nunca.

─ ¡Mierda! ¡Quita!

Johnny empujó a Tomate como quien aparta a un perro de una patada cuando se da cuenta de que está a punto de morderle.

─ ¡Cabrón! ¿Qué cojones hacías? ¿Me estabas tocando, mariconazo de mierda?

Robin no podía parar de reír.

─ ¿Qué ha pasado? ¿Qué has hecho, Prude? A mí no me cogéis para la pirula esa. No, ni de coña.

─ Tranquilo, hombre. No ha pasado nada. ¿No te das cuenta de que he detenido la acción y has vuelto a ser tú? No soy ningún desalmado, te respeto y no consentiría que te sucediera nada que fuera en contra de lo que sé que es tu voluntad, nunca traicionaré a quien confía en mí.

─ El chiflado ese, el científico de los cojones, ¿no querrá follar conmigo?

─ De eso se trata.

La respuesta de Argararemon avivó el choteo que llevaban Robin y Johnny. Este último menos, todavía no se había recuperado de la impresión.

─ ¡Ah, no! No. No, no, no. Y no. Me han entrado ganas de potar ya con el capullo este ahí, tan cerca, el muy baboso. ¡Qué asco! ¡La hostia, qué asco!

─ No te preocupes, hombre, que yo estaré allí, nada malo te sucederá.

─ Y si me sucede dirás que si lo malo, que si lo bueno, que si todo es relativo y volverás comernos el coco otra vez.

─ Confía en mí.

─ ¿Y cuántos años tiene el sujeto?

─ Sesenta recién cumplidos.

─ ¡Encima!

─ ¿A ti qué más te da? ─dijo Robin─. ¿O estás cavilando si te lo tiras o no? ¿Ves cómo eres el mejor para tan “delicada” misión?

─ Iros a cascársela a un mono.

─ Tomate, no te sulfures, fíate de mí ─manifestó un riguroso Argararemon.

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