¡A ver si hacemos caso a la crítica!

111Entro hoy en Facebook y me encuentro una más que agradable sorpresa al leer una reseña de Rosa Berros en su blog de crítica literaria ‘Cuéntame una historia’ de mis novelas El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós.

Su lectura me ha saciado de satisfacción y elevado mi narcisismo hasta excelsas cotas, pero también me ha movido a reflexionar acerca de este intrincado mundo de la edición y la crítica.

Escribe Rosa Berros que Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) es “una historia novelada, la misma que escribió Ken Follet en los tres tomos como tres ladrillos que constituyen la ‘Trilogía del siglo’, pero para mí mucho mejor (…) porque está mejor escrita, carece del tono didáctico y machacón de la trilogía de Follet, no tiene tanta paja y, sobre todo, tiene mucha más alma, más sentimiento más emoción.

La novela se lee perfectamente sin saber nada de la historia anterior, pero siempre que una novela me gusta no puedo resistir la tentación de leer cualquier continuación o precedente escrito que exista, así era cuestión de tiempo que me acercara a El corto tiempo de las cerezas.

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En esta novela se tratan episodios históricos de la segunda mitad del siglo XIX, un siglo que se dilata hasta 1914, si no cronológicamente, sí históricamente. (…) Es Samuel quien interpreta los hechos porque, aunque la novela está contada en tercera persona, el narrador no es omnisciente sino que, a partir de cierto momento, está siempre en la cabeza de Samuel y habla desde la perspectiva de Samuel.

Y por boca del narrador y a través de los ojos de Manuel Cerdà nos narra los hechos que, desde el siglo XIX, llevaron a los convulsos acontecimientos que recorrieron todo el siglo XX. Nos da las claves y nos deja preparados para adentrarnos en su siguiente novela (aunque igual se disfrutan si se leen en orden inverso) y transitar por ese siglo desdichado de ‘Adiós, mirlo, adiós’ en el que ‘ha habido más muertos por violencia que en toda la historia de la humanidad’”.

Rosa Berros Canuria: “El corto tiempo de las cerezas. Manuel Cerdà”, Cuéntame una historia, 9 de septiembre de 2017.

Así las cosas, me pregunto ¿por qué no se hace más caso a la crítica, a la crítica independiente, y menos a esa que no deja de ser una prolongación promocional de las grandes editoriales. ¿Es que acaso a esta mujer se le ido la olla? Lean su blog y verán que no. Entonces, ¿por qué Ken Follet vende millones de ejemplares y yo he de conformarme con unos pocos centenares, muy pocos? Más allá de otras consideraciones –que las hay, y muchas–, la última respuesta la tienen ustedes: los lectores.

 

Flipantes vacaciones

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Si por vacaciones entendemos, como dice la RAE, “el descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios”, no estoy de vacaciones, ya que sigo de baja médica y, en consecuencia, es imposible tenerlas. Ahora bien, si tomamos la palabra en el sentido de desconectar de aquello que constituye nuestra cotidianidad, de ocupar –libre y voluntariamente– nuestro tiempo en lo que nos gusta –escribir en este caso, por supuesto ficción–, haciendo de tal experiencia un todo independiente que nos fascina y nos penetra hasta el punto de integrarla en nuestra vida real, jamás he disfrutado de unas vacaciones como estas, que por el momento continúan.

Les comentaba justo hace un mes en un artículo en este blog titulado “Vacaciones” que las mías este verano iban a ser un tanto particulares y que las pasaría en compañía de un supuesto genio llamado Prudencio y de tres muchachos de 17-18 años que responden a los nombres de Robin, Johnny y Tomate, tres jóvenes amigos de un barrio cualquiera de las afueras de una ciudad cualquiera. Prudencio, si recuerdan, se les apareció a los tres chicos y, como agradecimiento por haberle rescatado de dentro de la botella donde estaba confinado, les prometió concederles cuantos deseos quisieran durante doce horas. Eso sí, con limitaciones, pues, dice él, que ha de regirse por las reglas propias del mundo de los genios.

Yo sigo teniendo mis dudas de que realmente sea un genio. Los genios no existen, ni los extraterrestres, ni los dioses, ni hay vida inteligente fuera del planeta. Sin embargo, las cosas que hace Prudencio no son simples trucos baratos de magia, no, escapan a toda compresión humana. Los tres amigos también tenían dudas al principio, pero ya se han disipado y han establecido una relación ciertamente peculiar con él. ¡Ah! Por cierto, ahora resulta que Prudencio en realidad no se llama así, sino Argararemon, aunque sostiene que de verdad es un genio. Complicado nombrecito, ¿no? Los chicos han decidido llamarle Prude.

¿Y qué creerán que han pedido a Prude?, ¿qué deseo quieren que les satisfaga? Pues ni más ni menos que asaltar un furgón blindado que ha de transportar una importante suma de dinero. Como se lo digo. La cosa va en serio. Se han agenciado –nos hemos en realidad, pues ‘viajo’ con ellos– varios fusiles de esos que se usan para lanzar bolas de gas pimienta, cien de estas, varias máscaras antigás, granadas de gas lacrimógeno y unos cuantos botes de humo. Vean, vean el arsenal.

¿Qué les parece? Imagino que lo mismo que a mí: una locura. Pero es que el Prudencio este no sé cómo se las apaña, pero siempre escoge el camino más complicado y lo hace más enrevesado todavía de lo que es. Comprenderán, por tanto, que no me fíe un pelo. Prude no puede permitirse el lujo de que la acción fracase, los suyos lo confinarían para siempre, nos ha confesado. Pondrá, por tanto, todo su empeño, pero necesita también que los muchachos sigan al pie de la letra sus instrucciones, que se concentren como nunca lo han hecho, que si tienen cinco sentidos pongan seis. Prude, naturalmente, hará uso de todos sus poderes, que no son pocos, entre ellos el de detener el tiempo. Ahora bien, el asalto en sí ha de realizarse en tiempo real. Robin, Johnny y Tomate no paran de hacer todo tipo de probaturas de acuerdo con las instrucciones del ‘genio’ para que todo sea preciso, milimétrico, y están que se salen –Prudencio les anima para que confíen en sus posibilidades–, se sienten los putos amos. Yo, la verdad, estoy más mosqueado que un pavo vísperas de Nochebuena.

Calculaba, así se lo decía en artículo a que me refería al principio, que el ‘viaje’ duraría todo el mes de agosto. No ha sido así. Calcule mal. Entre otras cosas, porque nosotros viajamos a la velocidad de la luz. Mientras viajamos de este modo, para ustedes nada habrá pasado, sus vidas seguirán como si nada. En cambio, nosotros habremos vivido múltiples experiencias. ¿O es que no creen en la relatividad del tiempo?

En fin, tengo que dejarles. No dispongo de más tiempo. Prudencio, Prude, o Argararemon, o quien finalmente sea el enigmático personaje me va dejar fuera si no. He de regresar de inmediato a su universo paralelo. Me tiene tan intrigado como asombrado. Y los chicos –buenos chicos, de verdad– me han cautivado. Flipo con ellos. Todo esto es un continuo alucine que, si he de serles sincero, no tengo ganas de que acabe. Por supuesto, acabará. He de contárselo, necesito contárselo, cosa que haré en forma de novela. De otro modo, no me creerían.

Espero poder presentarles pronto a Prudencio Calamidad y que ustedes juzguen si hace honor a su mote.

Tristeza

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Tristeza del vencido, de quien nació ya derrotado de ánimo y la vida se encargó de aplastar. Pero ni siquiera la tristeza es igual para todos. Tristeza não tem fim, felicidade sim, que dice la canción. Como les ocurre a los naranjos. Les ataca la tristeza. Sin saber por qué el árbol se debilita, cada vez más aprisa, sus hojas se marchitan en poco tiempo. Pero el naranjo no muere, solo aparentemente. Fuera de estación, cuando ya no es el momento, florece, y además abundantemente, pero sus frutos nadie los quiere, son pequeños y tienen mal color. Donde parece que hay, no hay, que dijo Quevedo. Eso sí, los naranjos ricos ─mejor dicho: aquellos cuyos propietarios cuentan con más medios─ nunca sufren de tristeza, jamás padecen la enfermedad, pues la planta originaria, más cara lógicamente, está ya preparada para que no pueda ser inoculada. Se les llama árboles tolerantes, a estos. Tolerante es quien sabe sufrir, quien lleva las cosas con paciencia, el que permite algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente, lo dice la Real Academia (debe ser así). El tolerante no sufre de tristeza. Hay que ser, pues, tolerantes, con nosotros mismos sobre todo, con nuestras acciones e intereses, y hay que formar espíritus tolerantes, condescendientes, desde el mismo momento de nacer, hemos de ser tolerantes, los que trabajan doce horas al día en faenas tan poco ilusionantes como mal remuneradas, los parados que ya no cuentan con el correspondiente subsidio, quienes prostituyen su espíritu y quienes lo hacen con su cuerpo, los infelices, los impotentes, los fracasados, los ilusos, los descreídos, los vencidos. Desde los primeros días de la infancia.

Arrepentirse de todo, lo hecho y lo proyectado, delegar toda actitud y todo proceder, dejar de oír la voz de los deseos, arrepentirse desde que nacemos, por el simple hecho de haber nacido, por si no sabes transitar adecuadamente por la senda que te corresponde.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).