El Café de Levante

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“En el café”, óleo de Isaac Israels, década 1890.

El Café de Levante, en la Barceloneta, no era, precisamente, uno de los lugares recomendables de la ciudad. Por supuesto, dicha aseveración podía aplicarse a la gente de bien, el resto encontraba allí, y en otros cafetines semejantes, un lugar donde olvidar por un rato las cotidianas desdichas. Entre sus parroquianos había traficantes de todo tipo de productos, rufianes que dejaban desplumado en un santiamén al más precavido, sobre todo si se prestaba a jugar a los dados, mujeres descarriadas y de costumbres relajadas, marineros de los buques anclados en el vecino puerto. Lo mejor de cada casa se reunía, o compartía espacio, en aquellos cafetines, luego cafés-cantante, que poco tenían que ver con los lujosos cafés del centro y del ensanche de Barcelona. Su fachada era poco llamativa ─un simple cartel anunciaba su existencia─ y su interior sobrio y no demasiado espacioso, aunque generalmente abarrotado, sin apenas decoración, solo un mostrador, mesas y sillas, todo de madera de pino, como mucho una sala de billar, cuyo tapete verde se aprovechaba para que sobre él rodaran los cúbicos dados en vez de las esféricas bolas. Tampoco la iluminación ─de quinqués de aceite─ podía competir ─por otra parte, ni mucho menos lo pretendía, había poco que mostrar─ con la de gas de los establecimientos de clientela más selecta. Nada de bebidas exóticas o de moda, vino y aguardiente, sobre todo aguardiente, se consumía en grandes cantidades. Una cosa, no obstante, tenían en común: la satisfacción de la sensualidad, al menos a juicio de Samuel: ¿Ves? Aquí solo vale la complacencia de los sentidos, la gente viene a beber o a fornicar y consigue ambas cosas sin reparar en su coste.

A su lado, en una mesa, unos marineros que hablaban en un idioma que Samuel desconocía ─alemán, le dijo Yákov que era─, ebrios, hacían corro alrededor de una mujer de unos treinta y pocos años, demacrada, desgreñada, vestida solo con camisola y enaguas, que cantaba coplas de lo más obscenas. Los alemanes no entendían nada de las letras, pero sí el procaz lenguaje corporal de su intérprete. Risoteaban y gritaban, estruendosos. Aplaudían cualquier gesto obsceno y animaban a la mujer a desprenderse de la camisola, toqueteándola por todas partes. A la llamada de la generalizada jarana, viendo que corría el alcohol y que los marineros no refrenaban para nada sus impulsos, como evidenciaba el constante entrar y salir de las manos en los bolsillos en busca de cuartos, otras muchachas ─alguna muy joven, puede que ni llegase a los quince años─ se sumaron a la juerga y al vaciado de sus bolsas. Dos de ellos, que todavía mantenían la conciencia suficiente para contar los cuartos, besaban a las chicas alocadamente mientras sus manos se perdían bajo faldas, camisolas y refajos. Mira, mira, qué tetitas más lindas, decía uno ─así al menos lo tradujo Yákov─ mientras le subía la camisa a una jovencita y dejaba sus lozanos y turgentes pechos al aire entre las risas de los presentes y de la propia protagonista, que se tapó inmediatamente. Todos bebían sin mesura. La mujer que cantaba pronto dejó de hacerlo, mientras uno le sujetaba la cabeza otro vertía en su boca un vaso de aguardiente, ella no oponía resistencia, su capacidad de aguante se había esfumado hacía tiempo; otra canción, otro vaso, más de uno, hasta caer al suelo absolutamente borracha. Entonces se la llevaron un par de marineros, los alrededores del Café de Levante disponían de numerosos recovecos.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).

Conciencia

Conciencia

“En la tienda de comestibles Winther en Skagen”, interior de la taberna (1886), óleo de Peder Severin Krøyer.

―¿Conciencia dices? Conciencia tienen, saben lo que quieren: ser como sus amos. ¿Tanto crees que han cambiado aquellos con los que trabajamos en el martinete?, ¿actuarían ahora de otro modo? ¿Se negaría Pasqualet a aceptar tratos como el que hizo con Blanes? Y los amigotes aquellos con que celebraba su suerte, ¿rechazarían los embutidos que les obsequió, una mierda comparándolos con los que comerá en su casa?, ¿ya no le invitarían a sentarse con ellos?

―También nosotros hemos comido de los manjares de Blanes.

―Éramos unos críos.

―¿Ahora no lo haríamos? Ahora no lo necesitamos, podemos comprarlos nosotros, puede que no tan buenos pero igual de sabrosos. ¿Pero y si no tuviéramos nada que llevarnos a la boca? ¿No los cogeríamos otra vez si Marieta viniese con una cesta llena, aunque fuera de los restos de lo que come Blanes?

―Es posible.

―Pues lo mismo, Samuel.

―La gente se mueve, pues, por necesidad, por interés.

―Por supuesto. ¿Por qué va a ser si no?

―Me das la razón entonces.

―De ningún modo. La situación es otra, Samuel.

―Las personas no.

―Pero sí sus intereses. Ahora estos son comunes, ahora son de clase, del conjunto de los trabajadores. Claro que quieren paliar su necesidad, pero no con parches, saben que solo conseguirán emanciparse si se construye una sociedad distinta, sin explotadores y explotados, y saben también que eso depende de ellos mismos, de nosotros, de todos los trabajadores.

―¿Y quién regirá esa nueva sociedad? Si la mayoría no tiene siquiera idea de leer ni de escribir, ni se preocupa por ello. Mientras la ignorancia anide en su interior como algo natural, inherente a su condición, nada se podrá hacer. Mi padre no sabía leer ni escribir, nada de nada sabía más que trabajar, y eso es lo único que hizo hasta su muerte. Ignorante toda su vida ¿qué podía ser si no un esclavo de los ricos? Ellos sí saben leer y escribir, y hacer cuentas, y redactar leyes. ¿Y mi madre?, siempre en la iglesia, rezando e incluso pidiendo perdón por sus pecados. ¿Qué pecados? Y Marieta, ya ves a Marieta, como si fuera un perro faldero de doña Mercedes.

―Pero no es culpa suya.

―Yo no digo eso. Digo que ninguna revolución será posible sin una mínima instrucción. Tu mismo me insistías en la necesidad de que aprendiese a leer y escribir. Tenías razón. Lo he reconocido muchas veces. ¿Ya no es necesario, Blas? Una revolución no puede tener éxito si su objetivo solo es la destrucción del orden existente. Las revoluciones se hacen tanto con la cabeza como con los brazos. Al final, otros acabarán mandando y los más seguirán en la ignorancia, acostumbrados a la docilidad y a contentarse con unas migajas.

―Sí, Samuel, todo eso está muy bien. Pero la revolución hay que hacerla cuando se presenta, y puede que este sea el momento preciso. Cada día entiendo menos tu actitud, tu incredulidad ante todo, tu desconfianza hacia la gente.

―Supongo que así salí del gran taller donde fue fabricada esta vida.

―Bonita frase, Samuel, pero…

―No es mía.

―Imagino que la leerías en alguno de los libros de la biblioteca de don Anselmo.

―La leí en uno de ellos, sí. ¿No te parece bien?

―No digas bobadas, Samuel. Pero no todo el mundo tiene acceso a algo así.

―Y aunque lo tuviera, Blas, aunque lo tuviera.

―Cada vez te comprendo menos.

―¿Sabes? Creo que a mí me pasa lo mismo.

―¿Qué?

―Que cada día me entiendo menos. Muchas veces me pregunto qué hago aquí.

―¿Cómo dices?

―Que hago aquí, si toda mi vida va a ser igual, el periódico, las diligencias… Me cansa, empieza a pesarme.

―¿Y quieres hacer?

―No lo sé.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018)

Tiempos de cerezas y adioses reúne en un solo volumen El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), mis dos novelas de carácter histórico publicadas, respectivamente, en 2015 y 2016.

Pasta es pasta, y cabrón es cabrón

Casa 3

─ ¿Habéis entrado alguna vez a una casa de esas? ─preguntó Tomate.

─ Todos los días. Ahora porque está el tiempo parado, si no ya veríais las reverencias con que me recibirían el portero y los seguratas. Si yo de aquí no salgo. Ya sabéis con que gente me codeo: millonarios, banqueros, culturetas… ─dijo Robin.

─ ¿Entramos en esa? La puerta está abierta, nos estaban esperando.

─ Vamos, a ver cómo viven estos.

─ ¿Cómo coño van a vivir? Como dios. ¿Tú no ves la tele? ─Robin no mostraba el más mínimo interés por escudriñar lo que daba por supuesto.

─ Ya, pero no es lo mismo.

Un amplio e impresionante vestíbulo de paredes decoradas con maderas nobles y mármol africano con vetas rojizas, lámparas de araña de cristal de Bohemia que colgaban del techo y reflejaban su luz en el brillante e impoluto suelo de mosaico, evidenciaban que el edificio había sido construido en las primeras décadas del siglo XX siguiendo las líneas del Art Nouveau que recordaban el movimiento de la Secesión Vienesa. Una “atrevida” intervención del reputado arquitecto Frank Bousillage combinaba dichos elementos con otros más modernos de acero y cristal. El mobiliario original se había conservado en buen estado, si bien se cambió el tapizado de sofás y sillones, rojo cereza en su momento, por otro en tonos beige y lavanda.

─ ¡La puta! Esto solo es más grande que mi casa. Que digo mi casa, la mía, la del vecino y las de toda la planta juntas.

─ Si yo tuviera en casa un sofá como este… Es más cómodo que mi cama ─comentó Tomate repantigado en uno de ellos, junto al ascensor y frente a una majestuosa escalera.

─ Ya ves. Y aquí hay varios solo para esperar el ascensor y que cuatro petardas pijotorras pongan su culo ─observó Robin.

─ ¿Subimos? ¿Entramos en un piso de estos?

En la primera planta encontraron una de las viviendas con la puerta abierta. El dueño ─infirieron por lo acicalado de su aspecto: trajeado, impecable, olor a colonia cara─, llaves en mano, se disponía a cerrar la puerta cuando el tiempo se congeló, o eso parecía.

Nada más cruzar el vano de la puerta, un amplio salón ─mayor también que la casa de cualquiera de ellos─ se abría a sus ojos y, con él, una gran cantidad de muebles y objetos decorativos que no hacía falta ser un experto para darse cuenta que debían ser enormemente caros. Todo inmaculado, pero aun así una chica ─vestida de uniforme y apariencia de extranjera─ sostenía en su mano ─con guantes de látex─ una extraña figurita de cristal que daba la impresión de estar limpiando.

─ ¿Y esta tía qué hace? Y con guantes. Porque yo veo esto más limpio que mis bolsillos ─dijo Johnny mirando la figurita y tratando de adivinar qué representaba─. Debe costar pasta gansa la mierdecilla esa.

─ Como todo lo aquí ─matizó Robin.

─ Pues las tumboneras estas son aún más cómodas que las de abajo ─Johnny se había echado sobre un lujoso sofá de cuero blanco─. ¿Has visto cómo viven los cabrones estos? ¿De quién hostias será esto?

─ Pues de algún forrado. ¿De quién quieres que sea si no?

─ Hombre, Robin, para eso no hace falta echar los faros. ¿Pero qué hará, en qué trabajará?

─ Yo creo que debe trabajar de barrendero.

─ O de camata, ¡no te jode!

─ ¿Qué quieres que sea? Pues de uno de esos piratas encorbatados que se dedican a la política o a los negocios. ¡Tú me dirás!

─ De algún cabronazo, vamos.

─ Pues eso, un cabronazo, ¿qué más te da de dónde afane la pasta? Pasta es pasta, y cabrón es cabrón.

─ Es verdad.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017).