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Casa 3

─ ¿Habéis entrado alguna vez a una casa de esas? ─preguntó Tomate.

─ Todos los días. Ahora porque está el tiempo parado, si no ya veríais las reverencias con que me recibirían el portero y los seguratas. Si yo de aquí no salgo. Ya sabéis con que gente me codeo: millonarios, banqueros, culturetas… ─dijo Robin.

─ ¿Entramos en esa? La puerta está abierta, nos estaban esperando.

─ Vamos, a ver cómo viven estos.

─ ¿Cómo coño van a vivir? Como dios. ¿Tú no ves la tele? ─Robin no mostraba el más mínimo interés por escudriñar lo que daba por supuesto.

─ Ya, pero no es lo mismo.

Un amplio e impresionante vestíbulo de paredes decoradas con maderas nobles y mármol africano con vetas rojizas, lámparas de araña de cristal de Bohemia que colgaban del techo y reflejaban su luz en el brillante e impoluto suelo de mosaico, evidenciaban que el edificio había sido construido en las primeras décadas del siglo XX siguiendo las líneas del Art Nouveau que recordaban el movimiento de la Secesión Vienesa. Una “atrevida” intervención del reputado arquitecto Frank Bousillage combinaba dichos elementos con otros más modernos de acero y cristal. El mobiliario original se había conservado en buen estado, si bien se cambió el tapizado de sofás y sillones, rojo cereza en su momento, por otro en tonos beige y lavanda.

─ ¡La puta! Esto solo es más grande que mi casa. Que digo mi casa, la mía, la del vecino y las de toda la planta juntas.

─ Si yo tuviera en casa un sofá como este… Es más cómodo que mi cama ─comentó Tomate repantigado en uno de ellos, junto al ascensor y frente a una majestuosa escalera.

─ Ya ves. Y aquí hay varios solo para esperar el ascensor y que cuatro petardas pijotorras pongan su culo ─observó Robin.

─ ¿Subimos? ¿Entramos en un piso de estos?

En la primera planta encontraron una de las viviendas con la puerta abierta. El dueño ─infirieron por lo acicalado de su aspecto: trajeado, impecable, olor a colonia cara─, llaves en mano, se disponía a cerrar la puerta cuando el tiempo se congeló, o eso parecía.

Nada más cruzar el vano de la puerta, un amplio salón ─mayor también que la casa de cualquiera de ellos─ se abría a sus ojos y, con él, una gran cantidad de muebles y objetos decorativos que no hacía falta ser un experto para darse cuenta que debían ser enormemente caros. Todo inmaculado, pero aun así una chica ─vestida de uniforme y apariencia de extranjera─ sostenía en su mano ─con guantes de látex─ una extraña figurita de cristal que daba la impresión de estar limpiando.

─ ¿Y esta tía qué hace? Y con guantes. Porque yo veo esto más limpio que mis bolsillos ─dijo Johnny mirando la figurita y tratando de adivinar qué representaba─. Debe costar pasta gansa la mierdecilla esa.

─ Como todo lo aquí ─matizó Robin.

─ Pues las tumboneras estas son aún más cómodas que las de abajo ─Johnny se había echado sobre un lujoso sofá de cuero blanco─. ¿Has visto cómo viven los cabrones estos? ¿De quién hostias será esto?

─ Pues de algún forrado. ¿De quién quieres que sea si no?

─ Hombre, Robin, para eso no hace falta echar los faros. ¿Pero qué hará, en qué trabajará?

─ Yo creo que debe trabajar de barrendero.

─ O de camata, ¡no te jode!

─ ¿Qué quieres que sea? Pues de uno de esos piratas encorbatados que se dedican a la política o a los negocios. ¡Tú me dirás!

─ De algún cabronazo, vamos.

─ Pues eso, un cabronazo, ¿qué más te da de dónde afane la pasta? Pasta es pasta, y cabrón es cabrón.

─ Es verdad.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017).