…Y los árboles terminaron suicidándose.

Hartos de que se les esquilmara y se les convirtiera en papel, de que sobre este se imprimieran informaciones y noticias interesadas y tergiversadas, opiniones travestidas de objetividad y análisis disfrazados de cientificidad, hartos de que se les usara en forma de libros, diarios y revistas para satisfacer bastardos intereses de tanto mediocre meritócrata, de ser vehículo de vanaglorias y vacuidades, antes de acabar llenos de polvo y moho en cochambrosos almacenes, los árboles entraron en una profunda depresión y terminaron suicidándose.

En el Berlín de Otto Dix: una ciudad que vive de noche y sueña por el día

―¿Regresarán alguna vez los tiempos de bonanza que conocimos?

―Puede, querida, es una buena oportunidad para replantearse muchas cosas, para que los Estados pongan fin a tanto desmán y creen mecanismos de regulación de la economía. ¿Tú qué dices Sam? Estás muy callado.

―Si la crisis se extiende, no sé si los Gobiernos van a ser capaces de hacer algo así. Temen demasiado a la clase obrera.

―Pues por eso precisamente.

―O no. ¿Y si se les va de las manos y tratan de seguir el modelo soviético?

―Es una posibilidad. Ese temor puede llevar a los Gobiernos a una mayor derechización, a contar con elementos que hasta ahora no consideraban democráticos.

―¿Como aquí? He leído cosas de los nacionalsocialistas muy preocupantes.

―Sí, como aquí. A eso me refiero. Bueno, los nazis son una fuerza minoritaria, ruidosa y violenta, que desgraciadamente tiene mayor peso cada día, político y ciudadano. Ahora, con la crisis, temo que puedan sacar tajada.

―¿Tanto se nota en Alemania la crisis?

―Empieza a notarse. Piensa que los principales inversores son americanos y ya han empezado a retirar los préstamos a Alemania. Buena parte de la derecha siempre se ha opuesto al pago de las reparaciones de guerra. Desde que se aprobó el Plan Young este verano, aunque mejoraba las condiciones de pago de la deuda, los nacionalistas y los racistas de Hitler no pararon hasta conseguir las firmas necesarias para convocar un referéndum. Sea cual sea el resultado, lo cierto es que se está reforzando el sentimiento nacional y cada vez es mayor el número de alemanes que creen que todos sus males vienen de fuera, de las democracias.

―Pero también he leído que la vida intelectual y artística de este país no tiene parangón, que Alemania es el epicentro de la cultura mundial.

―Berlín sobre todo. Pero igual que Nueva York no es Estados Unidos, tampoco Berlín representa toda Alemania.

―Pero el peso de Berlín, como el de Nueva York o el de Washington, supongo que será determinante.

―Berlín vive de noche y sueña por el día. Ya lo irás viendo tú mismo. Pero cada día a los berlineses les cuesta más vivir y soñar.

Poco después, Sam escribía acerca de sus primeras impresiones [acerca de Berlín] en su cuaderno.

Dice una canción de moda que como Berlín no hay dos. La ciudad, desde luego, parece empeñada en evidenciar que tal aseveración dista mucho de ser un tópico. Pero no es así. Hay dos Berlín. O igual es uno, la verdad es que no estoy seguro. Es preferible, de todos modos, que sean dos. Y sería bueno que se armonizaran cuanto antes. Esta hermosa ciudad, donde la literatura, el teatro, la música y todas las demás manifestaciones culturales y artísticas alcanzan un desarrollo que ya quisieran muchos países, incluido el nuestro, no puede fragmentarse en círculos concéntricos que tienen el mismo punto de partida, pero radios diferentes.

Posiblemente sea un pintor del movimiento Nueva Objetividad, Otto Dix, quien mejor ha sabido plasmar la realidad de Berlín. Cuando contemplé su tríptico Metrópolis comprendí las palabras que un poeta escribió hace poco acerca de sus habitantes: “aunque las horas se escapan, ellos no sienten que se acerca su fin”.

Miro a mi alrededor en la alocada y ruidosa noche berlinesa y me parece que sigo viendo la obra de Dix. Me fijo en los veteranos de guerra, los tullidos que vagan por la calle pidiendo limosna, en sus rostros desencajados que son la viva imagen del desaliento. No sé si hay tantos como veo, y desde luego su expresión nada tiene que ver con los semblantes desenfadados de los compuestos caballeros que frecuentan los cabarets, repeinados al estilo de Rodolfo Valentino (también las mujeres: un producto llamado Bakerfix las ayuda a alisar su cabello como el de Joséphine Baker).

A veces incluso dudo de que existan, de que estén ahí y no sea una alucinación. Veo al mismo lisiado que figura en la parte izquierda del tríptico arrastrando sus piernas de palo, apoyándose en unas muletas. A su lado está el mismo perro, que ladra en dirección a los muñones del desgraciado excombatiente. También observo al mismo soldado de Dix, muerto, en la calle, obstaculizando el paso, molestando a los transeúntes que bien no advierten lo mismo que yo o bien están acostumbrados a tales inconvenientes y no le prestan la más mínima atención. Tampoco el tullido repara en su compañero, cadáver, sus ojos se dirigen a las pintarrajeadas prostitutas que exhiben sus encantos. Todo parece distante y frío, al tiempo que seductor. Berlín es fascinante cuando uno se abstrae de la realidad, lo que es fácil entre tanto espectáculo y tanta diversión. Pero a poco que uno se descuide se encontrará de nuevo con los personajes de Dix incluso en los refinados ambientes de los clubs más selectos, donde las orquestas de jazz se van turnando en un continuo frenesí. Volverá a toparse con inexpresivas parejas que danzan hasta la extenuación, con personas de las que resulta difícil adivinar su género a pesar de la vestimenta femenina, con borrachos, prostitutas y toda clase de excluidos a los que nadie parece ver. Igual no existen y es solo cosa mía, pero el Berlín de Dix es cualquier cosa menos una ciudad hospitalaria.

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2014. Nueva edición 2019.

Esos imbéciles miserables que se vanaglorian de pertenecer a una nación (por casualidad)

Quien llama imbéciles miserables a aquellos que se dicen patriotas y exhiben con orgullo la bandera de su nación es Arthur Schopenhauer en su obra Eudemonología o el arte de ser feliz, explicado en 50 reglas para la vida (1851). Eso sí, no puedo estar más de acuerdo con sus palabras. El orgullo nacional –sigo con Schopenhauer– es el más bajo y más barato de todos. Quien lleva una existencia tan mezquina y no tiene en el mundo nada de lo que pueda enorgullecerse, se refugia en el recurso de vanagloriarse de la nación a la que pertenece, sin tener en cuenta que es por casualidad. En su gratitud estúpida está dispuesto incluso a defender a cualquier precio todos los defectos y todas las tonterías propias de su nación. Sí, son unos imbéciles miserables.

A mí, España me la suda. La polla. Me suda la polla por delante y por detrás, como dijo el gran Pepe Rubianes en 2006. “A mí la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás. Y que se metan ya a España en el puto culo a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando en los campanarios. Que se vayan a cagar a la puta playa con la puta España, que llevo desde que nací con la puta España. [Que se] vayan a la mierda ya con el país ese y dejen de tocar los cojones”. La Fiscalía de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona) acusó al actor y humorista de “ultrajar a España”, aunque luego archivó la causa. Luego la Audiencia emitió un auto en el que revocaba el sobreseimiento del caso, al estimar los recursos de la Fiscalía y las acusaciones particulares. Pepe –tan gran y lúcido humorista como bueno, generoso y gran amigo de sus amigos– no llegó a sentarse en el banquillo de los acusados porque falleció el 1 de marzo de 2009. Por fin, el 8 de junio de 2010 el Supremo anulaba su condena.

España me la suda, pues. Pero no por ser España. Me la sudan también el País Valenciano (o Comunitat Valenciana), Cataluña (o Catalunya), Francia (o France), Rusia (o Россия), China (o 中华人民共和国), Estados Unidos (o United States of America) o Tuvalu. Me suda la polla quien anteponga la nación a sus habitantes, se autoproclamen –o así se les considere– progresistas o conservadores, socialdemócratas o neoliberales, de izquierdas o de derechas. Simples convencionalismos, pero necesarios para reforzar el sistema y ejecutar y cumplir, todos, las órdenes de otros, los que realmente detentan el poder, a los que posiblemente este tipo de asuntos también se la sudan.

¿Qué quieren que les diga? Una bandera no es más un trozo de tela que siempre termina manchado de sangre. Yo no lucho por eso, me la suda por delante y por detrás. Las banderas y los símbolos. Eso son imbecilidades, y quienes hacen gala de su orgullo identificándose con ellos lo dicho: unos imbéciles miserables que ni comen ni dejan comer.