¿En nombre de Dios? Pues a mí, que soy Dios, nadie me ha preguntado

René Magritte (1898-1967). God, the Eighth Day, 1937.

René Magritte: ‘God, the Eighth Day’ (1937)

Unas personas nombradas por otras personas que se disfrazan como los ciudadanos de la Antigua Roma –llevan una especie de túnica negra y un gorro con flecos– condenan y castigan a quienes se les ocurre manifestar con palabras lo que debería quedarse en pensamientos sin decir. Es la Ley, dicen. Así, con la ele mayúscula, que lo mayúsculo siempre impresiona más.

A Valtonyc lo han condenado por calumnias e injurias graves a la Corona, también en mayúscula, como la C de mi apellido o la C de mis cojones. A Evaristo, de La Polla Records, por llamar hijos de puta a los miembros del Cuerpo Nacional de Policía, también con P mayúscula, como la P de polla.

Injurias, calumnias…, conceptos lingüísticos cambiantes y adaptables a la determinada representación social de cada momento histórico. Lo que en un momento puede ser una injuria, en otros puede ser un elogio. Y en este, es posible que la Corona se haya sentido vilipendiada por Valtonyc y la Policía denigrada y difamada por Evaristo. Pero es que a Willy Toledo resulta que unos leguleyos de un clan que se hace llamar Asociación de Abogados Cristianos, en nombre de la secta Católica y Apostólica Romana, va y lo denuncian por publicar en Facebook lo siguiente: “Yo me cago en Dios y me sobra mierda para cagarme en el dogma de la santidad y virginidad de la Virgen María. Este país es una vergüenza insoportable. Me puede el asco. Iros a la mierda. Viva el coño insumiso». Y esos sentenciadores de túnica negra y gorro con flecos toman en consideración su rogativa y le acusan de presunto delito de ofensa religiosa y quieren que pague 10 euros al día de multa al día durante un año. Y, si no, a la cárcel.

Hasta aquí podríamos llegar. ¡En nombre de Dios! ¿En nombre de Dios? ¿Cómo puede sentirse ofendido Dios? Vaya panda de cretinos. “Dios soy yo”, escribió Boris Vian. Y yo también, afirmo. Yo, Manuel. Al fin y al cabo, Manuel significa “el Dios que está entre nosotros”. O eso dicen los bibliafilos. Vian es Dios, yo soy Dios, tú eres Dios. Dios no puede demostrar lo contrario, ninguna prueba ha dado de su real existencia. Ni a mí ni a nadie. En cambio, Dios no puede decir lo mismo de mí. Yo publico este blog y escribo sus entradas, también tengo libros y novelas publicadas, que he escrito yo. Él no ha escrito nada que se sepa. Otros, dicen que, inspirados por él, han escrito cosas que son “palabra de Dios”. Pero a mí puede inspirarme la vecina de enfrente. Eso no prueba nada. Yo tengo mi biografía en Wikipedia, él su hagiografía. Y, así y todo, estos comehostias se atreven a castigar a alguien sin haberme consultado. Menuda falta de consideración. ¿Y aún quieren que yo los respete?

Mayo del 68 en ‘Tiempos de cerezas y adioses’: se acabó lo que se daba

De Gaulle vota el 23

Charles de Gaulle vota en Colombey-les-Deux-Eglises el 23 de junio durante la primera vuelta de las elecciones.

El 23 tenía lugar la primera vuelta de las elecciones. La participación alcanzó el ochenta por cien y la gaullista Unión de Demócratas por la República obtuvo el 43,65 por cien de los votos, la Federación de la Izquierda Democrática y Socialista de Mitterrand el 16,53 y el Partido Comunista el 20,02.

―Queda la segunda vuelta.

―No queda nada, Martha. Desgraciadamente, ha sido un espejismo. Son muchos quienes han reemprendido el trabajo.

El 24 finalizaban la huelga los operarios de la Citroën. Tres días después la Escuela de Bellas Artes, que seguía ocupada por los estudiantes, era desalojada violentamente por la policía. El 30 se celebraba la segunda vuelta de las elecciones con participación similar y parecidos resultados.

―Pues no sé si bajo los adoquines está la playa. Parece ser que no, o si lo está no se han levantado los suficientes adoquines como para llegar hasta ella.

―Ni los trabajadores ni sus organizaciones han llegado a plantearse seriamente un cambio de sistema en ningún momento. Nadie quería a De Gaulle y ha ganado por goleada.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).

La evolución del género humano explicada por Argararemon (y IV)

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─ No puedo predecir el futuro, no sé qué será de vosotros, pero sí lo que habéis sido hasta ahora y cómo os habéis comportado, como actuáis, y eso no me permite ser precisamente optimista respecto a vuestro porvenir.

─ No entiendo nada de nada, tío.

─ Lo que trato de decir es que las bases que la evolución del género humano estableció entonces siguen siendo básicamente las mismas, no que no haya cambios. El desarrollo de la agricultura y la ganadería no podía ser el mismo en todos los lugares, no todas las tierras, por ejemplo, son igual de productivas, unas resultan aptas para determinados cultivos, pero no para otros, y no todos los cultivos influyen por igual en la dieta humana. No es lo mismo cultivar patatas, por ejemplo, que trigo; las primeras se echan a perder en un tiempo, el trigo no. Según, pues, el medio, el espacio, el terreno en que uno naciera y desarrollase su existencia, había quien gozaba de más ventajas que otros. Como ahora.

─ ¿Cómo ahora?

─ ¿Da igual nacer en Alemania que en Senegal, o en Voramar o en El Centro?

─ ¡Los cojones!

─ Pues lo mismo. En determinados territorios, los más fértiles, donde se daban más y mejores cultivos, llegó un momento en que sus pobladores empezaron a tener excedentes, más producción de la que podían consumir. Se desarrolló el intercambio, el comercio, y con ello otra forma de organización social, más compleja. Unos pueblos eran más ricos que otros y disponían de más medios. Podían fabricar armas más elaboradas, para defenderse de otros pueblos, pero también para someter a los suyos, pues ahora cada uno tenía una responsabilidad con la colectividad, mejor dicho, con el “estado”.

─ Vamos, que Robin y los suyos…

─ ¡Eh, cuidado con lo que dices! ─a Robin seguían sin agradarle las continuas comparaciones que para describir la evolución del género humano hacía el genio hacia su persona.

─ Sigo el ejemplo de Prude, tío, que te mosqueas más que un pavo vísperas de Nochebuena.

─ No sé, nunca he sido un pavo.

─ ¿No? Nunca has dejado de serlo.

─ Vete a que te den por el ojal, anda.

─ Sois incorregibles. ¿Os dais cuenta lo difícil que resulta el simple hecho de aunar vuestras opiniones, las distintas maneras de entender un mismo asunto? No digo ya los intereses. Humanos… ¡Qué le vamos a hacer! ¿Podemos seguir?

Los chicos no dijeron nada. Prude continuó su disertación.

─ Comentaba que Robin y los suyos han conseguido imponerse al disponer de más recursos. Entre ellos tratarán de establecer un sistema de organización que no perjudique a sus intereses, ¿no? Pero también tendrán en cuenta las aspiraciones del conjunto de la gente, o al menos de una parte lo suficientemente importante que les dé la estabilidad necesaria para mantenerse arriba. Para ello, entre todos elaborarán unas normas de conducta, unas leyes que regulen la vida en sociedad, ¿De acuerdo?

─ De acuerdo ─respondió Robin en tono cansino.

─ Ahora bien, ¿qué les pasará a Robin y los suyos? Vivirán, como decís vosotros, de puta madre, y no me refiero solo a la posibilidad de disfrutar de mayores bienes materiales que el resto de la colectividad, me refiero también al prestigio con que serán reconocidos, a la ascendencia que tendrán sobre los demás, a la influencia que podrán ejercer en el día a día, es decir, disfrutarán además de una vida llena de comodidades, de gran crédito social, de atenciones, del respeto, si no de todos, de buena parte de ellos, de ser la envidia de casi todo el mundo. Imaginemos ahora que con el tiempo entre los miembros de esa comunidad empiezan los descontentos, unos porque viven peor que antes, porque creían que las cosas irían en otra dirección, porque sus anhelos no son satisfechos, otros simplemente porque quieren más, y otros porque ansían su puesto. ¿Qué creéis que harán Robin y los suyos? Mejor olvidemos a Robin, veo que está harto de servir de ejemplo. ¿Qué creéis que harían quienes están en el poder? ¿Lo abandonarán o se resistirán a hacerlo?

─ Se resistirán, ¡no te jode! ─dijo Tomate.

─ Imaginad que entre esos descontentos estáis vosotros. Antes os preguntaba que cómo responderíais si alguien creyera ser mejor que vosotros y quisiera que obedecierais sus órdenes cuando antes estas os parecían simples sugerencias. Y me respondías: mandarlo a tomar pol culo. ¿Podría impedirlo? Obviamente, si de tres dos no están de acuerdo, el tercero difícilmente podrá imponerse, pero si este cuenta con un grupo que le apoya porque tiene intereses comunes, o parecidos, o porque se conforma con lo que hay, tanto da, ¿qué?, ¿podrías siguiendo mandándolo a tomar pol culo?

─ Claro.

─ ¿Seguro? ¿Por qué no lo hacéis con quienes ahora detentan el poder y os asfixian con su codicia? ¿Por qué no les paráis los pies?

─ Porque los maderos son sus sirvientes, sus perros. Están muy bien entrenados y son muy rabiosos.

─ Ya, pues entonces no os sería tan fácil eso de mandarlo a tomar pol culo, ¿no? No está solo, cuenta con más gente.

─ Con largarnos…

─ ¿Y si él os necesita? Si los que están arriba os necesitan, ¿entonces qué?

─ ¿Y para qué van a necesitarnos? Si nosotros pasamos como de la mierda.

─ Pues porque hace falta gente que realice determinadas tareas que según los que controlan el poder son necesarias para el desarrollo de la comunidad. Por ejemplo, hay una guerra y hacen falta soldados. ¿Creéis que os podrías largar así como así? ¿Podéis hacerlo ahora?

─ Ahora pasamos de todo ─dijo Johnny.

─ Ya, pero insisto, hay una guerra, imaginad que hay una guerra y que el Estado os recluta, ¿qué hacéis?

─ Pues lo mismo, largarnos.

─ La guerra es mundial, ¿dónde vais? Sea donde sea, las circunstancias serán las mismas.

─ Tú lo que quieres es que nos coja el toro.

─ El toro ya os cogió, hace tiempo, y no me refiero a vosotros en concreto. El drama de los humanos es que la inteligencia está supeditada a las necesidades físicas del cuerpo. Nunca cambiaréis, no podéis. La vanidad, la codicia forma parte de vuestra manera de ser, se han enquistado en vuestra identidad como al principio de vuestra existencia lo hicieron necesidades tan básicas como alimentarse o buscar refugio ante las inclemencias del tiempo. En fin, estoy muy a gusto, no estoy acostumbrado a este tipo de charlas me gusta hablar de estas cosas y observo que no carecen de interés para vosotros. Pero el tiempo pasa y no creo que vuestro deseo se limite a escuchar mis opiniones sobre el género humano.

─ Pues no. La verdad es que no. Yo hace rato tengo hambre ─dijo Johnny.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017).