Tristeza

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Tristeza del vencido, de quien nació ya derrotado de ánimo y la vida se encargó de aplastar. Pero ni siquiera la tristeza es igual para todos. Tristeza não tem fim, felicidade sim, que dice la canción. Como les ocurre a los naranjos. Les ataca la tristeza. Sin saber por qué el árbol se debilita, cada vez más aprisa, sus hojas se marchitan en poco tiempo. Pero el naranjo no muere, solo aparentemente. Fuera de estación, cuando ya no es el momento, florece, y además abundantemente, pero sus frutos nadie los quiere, son pequeños y tienen mal color. Donde parece que hay, no hay, que dijo Quevedo. Eso sí, los naranjos ricos ─mejor dicho: aquellos cuyos propietarios cuentan con más medios─ nunca sufren de tristeza, jamás padecen la enfermedad, pues la planta originaria, más cara lógicamente, está ya preparada para que no pueda ser inoculada. Se les llama árboles tolerantes, a estos. Tolerante es quien sabe sufrir, quien lleva las cosas con paciencia, el que permite algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente, lo dice la Real Academia (debe ser así). El tolerante no sufre de tristeza. Hay que ser, pues, tolerantes, con nosotros mismos sobre todo, con nuestras acciones e intereses, y hay que formar espíritus tolerantes, condescendientes, desde el mismo momento de nacer, hemos de ser tolerantes, los que trabajan doce horas al día en faenas tan poco ilusionantes como mal remuneradas, los parados que ya no cuentan con el correspondiente subsidio, quienes prostituyen su espíritu y quienes lo hacen con su cuerpo, los infelices, los impotentes, los fracasados, los ilusos, los descreídos, los vencidos. Desde los primeros días de la infancia.

Arrepentirse de todo, lo hecho y lo proyectado, delegar toda actitud y todo proceder, dejar de oír la voz de los deseos, arrepentirse desde que nacemos, por el simple hecho de haber nacido, por si no sabes transitar adecuadamente por la senda que te corresponde.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Nadie, ni nada, es lo que es, sino que lo que aparenta

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Despreciamos los extremos cuando sin ellos nada seríamos. Hemos creído en el poder del ser humano sobre la naturaleza, como si no formáramos parte de ella y nos perteneciera. La primavera, como el otoño, son lo mismo: el tránsito del frío al calor en el primer caso y del calor al frío en el segundo. ¿Por qué, pues, preferimos la primavera al otoño? Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas, y así vivimos, en ellas.

No elegimos, hemos perdido esa capacidad y la conciencia de ser, aceptamos el justo medio no como mal menor, ni siquiera necesario, sino como la materialización misma de la realidad, convirtiendo la apariencia en experiencia. Hay lugares en los que siempre hace frío a pesar de que el termómetro marque 38° y otros verdaderamente cálidos aunque nunca sobrepasen los 0°, pongamos por caso. Los primeros nos parecen excesivamente bochornosos, los segundos demasiado gélidos, y nos refugiamos en nuestras madrigueras y ponemos el aire acondicionado, y ahí, en ese espacio que consideramos nuestro, creemos encontrar el equilibrio, aislados, indiferentes a cuanto suceda más allá de nuestras fronteras, hasta que los definidores, por medio de sus representantes, indican, desde refugios más seguros en los que están entre otras cosas los termómetros, que hemos de ayudar a construir el equilibrio, que hemos de laborar con empeño para asegurar el orden de las cosas, nuestro orden, el que se sustenta en el justo medio, en el rechazo de los extremos, aunque quienes nos certifican esto lo hagan desde uno de ellos.

Pero eso no importa, alguien tiene que velar por el bien general, alguien ha de tener la suficiente amplitud de miras, y eso solamente puede hacerse desde lo alto, donde la perspectiva es siempre mejor. Los más, los demás, miran alguna vez hacia arriba y se dan cuenta de que algunos tienen su mismo origen y han llegado a situarse bastante más por encima de lo que jamás imaginaran. Después miran hacia abajo, las más de las veces, donde ya están, y advierten la presencia de los competidores, y aunque saben que hay miseria suficiente para todos bregan por conseguir una buena porción. Prescinden de mirar hacia lo más elevado, saben que ahí nunca llegarán. Por eso buscan la relatividad de las cosas en el mundo de lo absoluto. Creen que hay listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontan a los pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creen, nos lo dicen en la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia, conseguirán ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y sus bienes y propiedades no serán cuantiosos pero siempre habrá quien tenga menos, pues no carecen de referentes.

La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nadie, ni nada, es lo que es, sino que lo que aparenta. Las cosas son lo que representan, lo que significan. Una piedra es una piedra y un perro es un perro. Sin embargo, una piedra de cincuenta mil años de antigüedad es más preciada que otra más reciente, e independientemente de ello, la piedra reciente, o la de cincuenta mil años, es asimismo más estimada según el lugar que ocupe, según el edificio de que forme parte. O un cuadro. Prescindiendo de sus cualidades artísticas, o estéticas, que al fin al cabo son las que los expertos han creído ver en él, no es otra cosa que una tela manchada de colores. Naturalmente, no todos emborronan igual las superficies ni manejan con la misma destreza los pigmentos, ni tienen la misma habilidad con el dibujo, ni captan del mismo modo ambientes o rostros. No todos los cuadros son iguales, tampoco las personas. Pero he aquí que no es eso lo importante, pues un cuadro que se atribuía a un determinado autor y se consideraba una obra maestra, digna de un genio, pierde valor y estimación cuando se descubre que no pertenecía a dicho pintor sino a otro de menos relevancia. El cuadro, no obstante, sigue siendo el mismo, pero lo que parecía ser ya no es. Al perro que tiene dinero le llaman señor perro, dice un proverbio árabe. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia.

Una cena en familia

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Como dijo Sam, pocas habían sido las veces desde que compraron la villa de La Farella en que todos sus hijos y nietos se sentaran en torno a la misma mesa. Cada cual tenía su vida, compaginar las distintas obligaciones, compromisos y quehaceres no era fácil, siempre tenían algo que hacer, cuando no uno otro.

(…)

El 30 de diciembre, a última hora de la tarde, llegaba Egon, que siempre era el último en presentarse. Por fin, esa noche podrían cenar todos juntos.

(…)

―¿Quieres decir que la caída del Muro de Berlín no es una buena noticia? ─preguntó Bill.

―Es una noticia de gran calado. Buena o no habrá que analizar a quién puede favorecer y a quién perjudicar, pero eso será el tiempo quien lo determine. Naturalmente, nada volverá a ser como antes, y mucho me temo que la utilización política que se hace y se hará del hecho (…). Domesticado el pensamiento, conseguida la homogeneidad ideológica, todos estamos por fin bajo el mismo paraguas. Qué más da que esté agujereado, los que toman las decisiones nunca se mojarán.

―¿Mejor, pues, que todo hubiera seguido igual?

―Por favor, no simplifiques, no digo eso. ¡Qué sé yo qué hubiera sido mejor! Sé cuál es la situación, y es evidente que todo apunta a un mismo objetivo: la democracia es buena siempre y cuando se ajuste a los planes económicos y estratégicos de Estados Unidos; si no, no vale. Es difícil no entrever la mano oculta de la CIA y los servicios secretos occidentales detrás de todo esto.

―Ves conspiraciones por todas partes, papá, y no es eso. Claro que los servicios secretos occidentales habrán puesto toda la carne en el asador, es su misión al fin y al cabo. Pero de ahí a hacerlos responsables de la crisis del comunismo es darles más importancia de la que en realidad tienen. El comunismo no atraviesa esta crisis que amenaza su supervivencia por la acción de fuerzas ocultas, sino porque ha demostrado ser, en su versión soviética si prefieres, un verdadero fiasco.

―El problema del comunismo ha sido hacer suyos los principios de producción occidentales desde un capitalismo de Estado. Ya lo dijo Lenin al referir de las enseñanzas que había extraído de la guerra del Catorce: quienes tienen la mejor tecnología, organización, disciplina y máquinas salen triunfadores. Y el régimen soviético, y luego los países bajo su órbita, especialmente desde que Stalin se hizo con el poder, se lanzaron en dirección a esa meta. Había que producir, tener la mejor tecnología, ser disciplinados, es decir, la misma práctica de las sociedades capitalistas. Para contrarrestar su poder, para defenderse, da igual, las mismas prácticas. En vez de esa nueva sociedad igualitaria prometida reprodujeron los mismos esquemas, solo que el capital estaba en manos del Estado. No se desarrolló ese hombre nuevo que previsiblemente saldría de la revolución bolchevique cuando Lenin llegó al poder. En aquellos momentos la modernidad, el progreso, incluía aspectos como la educación o la emancipación de la mujer. Ya Lenin tuvo que recular al verse obligado a aplicar el “comunismo de guerra”, y al final la Nueva Política Económica acabó siendo la Nueva Explotación del Proletariado. Trabaja, trabaja, que ya llegará la sociedad prometida. Jerarquía, disciplina, en detrimento de la cultura y la subjetividad. Rusia, así, se “occidentalizó”. Construyamos primero una sociedad más fuerte que la occidental, es nuestra única arma, luego ya podremos llevar adelante la misión redentora de la humanidad. El entusiasmo y la creatividad se revelaron insuficientes, el socialismo se ligó a la industrialización, al mundo del que surgió el capitalismo. El ansiado nuevo mundo nunca llegaba y la burocratización se instalaba en el poder, los ciudadanos de los regímenes soviéticos desesperaban y Occidente contraatacaba. Y al final, pues ya se ha visto.

―No discutiré tu análisis, en líneas generales estoy de acuerdo con él, pero las cosas han ido así, la sociedad ha evolucionado hacia el que considera es, si no el mejor, el menos malo de los sistemas conocidos. (…)

―Va a resultar que el capitalismo es bueno, moralmente superior. La socialdemocracia, hermano, es por encima de todo simple administradora de los intereses capitalistas, la garantía de su supervivencia. Dejaros de coñas y abrazad el liberalismo de una vez como la mujer que nunca tendréis en vuestros brazos. El tiempo ha hecho estragos en vosotros, ¿eh?, ¡qué pronto os habéis instalado! (…)

―Nadie tiene la verdad, y menos la verdad política. Es así ¿no? Los avances en salud, esperanza de vida, derechos humanos e incluso en los mecanismos del mercado, no son rasgos específicos de las democracias burguesas sino de la civilización humana. Nadie tiene el monopolio, la verdad no existe ─André trataba mostrarse conciliador.

―¿Cómo que la verdad no existe? ─objetó Sam─. ¡Claro que existe! Está la verdad de los hechos. Nadie tiene la verdad, nadie tiene la verdad… Estoy harto de esta cantinela que yo mismo recité en su día. Como no existe la verdad, seamos objetivos, neutrales. No, mejor neutros. ¿Definirse? ¿Para qué? Si las ideologías ya no existen, la historia ha llegado a su fin. Nadie quiere mirar hacia atrás, y hace bien: es para sentirse avergonzado. ¡Qué difícil es enjuiciarse a uno mismo! ¿Errores? ¿Nosotros? ¿Los depositarios del saber, del conocimiento, los forjadores de la civilización? ¡Jamás! En todo caso, el error vino de quienes no siguieron nuestros dictados. En nombre de la democracia, todo vale.

―Así es. Brindemos por ello.

Egon, que no paraba de beber, levantó su copa de vino y se puso a cantar: When you propose, Anything goes…, Anything goes!* Camille a duras penas podía aguantar la risa; no así sus padres.

―Menuda jaula de grillos. Tú, cariño ─Martha se dirigía a Camille─, intentabas decir algo antes que estos zopencos y el pendenciero de tu abuelo decidieran solucionar el mundo

―Verás, abuela, voy a cantar.

―¿Vas a cantar? ¿Ahora?

―No, no quiero decir eso. En un grupo, me han hecho una prueba y les he gustado. A ver si me ayudáis a convencer a mis padres…

―Camille, hija, no empieces, no es el momento ─dijo Hannah.

―¿Qué hay de malo en ello? ─preguntó Egon.

―Nada, nada en absoluto, si lo que quisiera es iniciar una carrera en el conservatorio como hicieron sus abuelos o hiciste tú ─intervino Bill─. Nos parecería muy bien, procedemos de una familia estrechamente ligada a la música, ¿cómo íbamos a oponernos? Pero es que no es eso lo que quiere. No quiere estudiar música, solo divertirse con cuatro pelagatos que no conoce nadie y actuar los fines de semana. ¡Cómo no hay grupos hoy en día!

―Pero papá, os he dicho mil veces que seguiré con los estudios en el liceo. Puedo hacer las dos cosas.

―Los estudios, quieras o no, se resentirán si empiezas a desperdigar el tiempo ─señaló Hannah en tono condescendiente.

―Cariño, ¿sabes una cosa? Lo dice quien a tu edad no hacía más que escuchar discos de François Hardy o Sylvie Vartan y quería ser un calco suyo.

―Eso falta que digas, papá. A veces pareces más crío que ella.

Sam se echó a reír.

―Orgulloso me siento de ser así. No sabes cuántas veces me ha dicho eso tu madre. Y tu abuela. Sobre todo tu abuela.

―¡Dejad a la niña! Los conservatorios solo son cementerios de la música, y la música es arte, y el arte vida. ¡Brindemos por su fin! ─Egon no paraba de llenar su copa.

―No digas memeces, Egon. Como se nota que no tienes hijos. A ti bien que te vino estudiar.

―Me vino mucho mejor seguir los consejos de la abuela: haz solamente aquello en lo que te sientas a gusto, aquello que no sea una carga, que no vivas como un trabajo, siente, crea, disfruta… No hay profesión más gratificante que la de músico. ¡Brindemos por la música!

―¿No crees que ya has bebido demasiado? ─dijo Bill.

―Cariño, no te preocupes, tu abuelo hará testamento y te dejará el suficiente dinero para que cuando seas mayor de edad puedas disponer de él como te venga en gana. Y si el dinero no te falta, posiblemente tampoco la libertad. Así es en este mundo tan perfecto.

―¡Sam!

―¡Papá!

Veinte años hace que queríais comeros el mundo, os quejabais del que os habíamos dejado, pero el que vais a dejar vosotros…

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

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* «Cualquier cosa, todo puede pasar, todo vale». Letra de la canción Anything goes, del musical de Cole Porter del mismo título estrenado en 1934, en plena depresión económica mundial, momento en el que transcurre la acción.