Los humanos nunca estaréis preparados para entender lo que no consideráis ‘normal’

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Prudencio Calamidad es mi cuarta novela desde que emprendí la aventura de dedicarme a escribir narrativa y dejar más o menos de lado –harto y cansado de moverme en un medio donde lo que prima es la meritocracia, el amiguismo y la corrupción intelectual de tanto mindundi servil del poder, por mucho que algunos se disfracen de progres– la historia social y la arqueología industrial, disciplinas que han centrado mi trayectoria profesional hasta hace unos años.

Prudencio Calamidad quiere ser una sátira de ‘ciencia-ficción’, cuyo argumento transcurre en el presente, divertida, ácida y sumamente crítica con el sistema, o sistemas, de organización social en que se ha dotado la humanidad a lo largo de la historia. También políticamente inconveniente y que el lector se encuentre ante el dilema de corroborar o refutar estas palabras que Prudencio, Prude, o Argararemon, o quien finalmente sea el enigmático personaje que es, o se hace pasar, por genio, nos dijo (a los chicos y a mí): “Los humanos nunca estaréis preparados para entender comportamientos que no se adecuen a vuestro sentido de la normalidad, de lo que consideráis ‘normal’ y tratáis de justificar mediante la lógica o la ciencia”.

Prudencio Calamidad está disponible solo a través de Amazon.

 

 

Federico García Lorca. Cinco poemas, cinco canciones

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Federico García Lorca quería ser músico cuando era un muchacho. De hecho, estudió piano y fue alumno de Manuel de Falla. Su afición y formación musical se refleja en su poesía: “Si te fijas en los primeros escritos de Lorca, tanto en prosa como en verso, hay muchísimas referencias musicales: compositores, formas, elementos musicales… Federico en su adolescencia tenía en mente ser músico e irse a París a estudiar. La obra de Lorca tiene muy presente en su estructura una rítmica muy acentuada que se acerca mucho en su construcción de los versos a la rítmica musical”, dijo Marco Antonio de la Ossa (autor del libro publicado en 1978 Ángel, musa y duende: Federico García Lorca) en unas declaraciones al diario El País del 4 de marzo de 2015.

Tal vez por ello, García Lorca es uno de los poetas más musicados de la historia. Él mismo, al piano, grabó en 1931 junto a Encarnación López La Argentinita cinco discos gramofónicos de pizarra de 78 revoluciones por minuto que contenían una canción en cada cara. Eran estas Zorongo gitano, Los cuatro muleros, Anda jaleo, En el Café de Chinitas, Las tres hojas, Los mozos de Monleón, Los peregrinitos, Nana de Sevilla, Sevillanas del siglo XVIII y Las morillas de Jaén. Escuchamos a ambos en la grabación original de Anda jaleo.

La leyenda del tiempo es un poema que se incluye al inicio del tercer acto de Así que pasen cinco años, una obra de teatro con tintes surrealistas, cuyo subtitulo es el del poema, que Lorca calificaba de “teatro imposible” para su momento que solo se valoraría pasadas unas cuantas décadas. La escribió en 1931 pero que no pudo verla estrenada, ya que sería asesinado cinco años después. Con música de Ricardo Pachón, Camarón de la Isla la grabó en uno de los álbumes considerados más importantes de la historia del flamenco, siendo la canción que lo abre y la que le da título. En el vídeo que sigue –una actuación para el programa de TVE  300 millones en 1979– Camarón la interpreta (en playback) acompañado del grupo Dolores.

Otra canción que aparece la obra que acabamos de mencionar de Camarón es Mi niña se fue a la mar, uno de los poemas que se recogen en la obra de Lorca Canciones (1921-1924) a la que Paco Ibáñez puso música en 1964. Vemos a Ibáñez con su hija Alicia interpretándola en directo en un concierto que dio en el Palau de la Música de Barcelona en 2002.

Pequeño vals vienés –uno de los poemas que forman parte de su poemario Poeta en Nueva York, obra que se editó por primera vez el 24 de mayo de 1940 en inglés con el título The poet in New York and other poems– está fechado el 13 de febrero de 1930 y fue publicado originalmente en la revista 1616. En 1986, Leonard Cohen le puso música y nació la bella canción Take this Waltz. Con ella se abría el álbum que editó CBS con motivo del 50 aniversario del nacimiento de García Lorca Poets in New York, que recogía también versiones de otros poemas suyos realizadas por Mikis Theodorakis y Georges Moustaki, Patxi Andion, David Broza, Angelo Branduardi, Paco y Pepe de Lucía, Manfred Maurenbrecher, Víctor Manuel, Chico Buarque y Raimundo Fagner, Lluís Llach, y Donovan. Ese mismo año Columbia produjo el elepé de Cohen I’m Your Man, en el que se incluía la canción. La versión que hemos elegido es la del vídeo promocional de Poets In New York y se grabó en Granada. Cohen modificó parcialmente la letra*.

Vamos ahora con un tema popular andaluz que recuperó García Lorca y que grabó con La Argentinita en los discos gramofónicos de 1931 que comentábamos al principio. Nos referimos a Los cuatro muleros. Su intérprete en el vídeo que figura acto seguido –una producción de Juan Raya para Estudios Domi, de Morón de la Frontera– es Manolo Paradas, uno de los grandes del flamenco, quien la grabó en 2007 en su álbum Añoranza flamenca.

Finalizamos con la conocidísima La tarara, poema que Federico García Lorca escribió a partir de unas coplas populares posiblemente de origen sefardí. La versión que hemos seleccionado corre a cargo de Babel Ruiz –una voz repleta de matices que tiene una forma de cantar tremendamente personal, apasionada y precisa, cuyo repertorio abarca desde la canción protesta, la música mediterránea y el jazz– y se incluye en su álbum de este mismo año, 2016, Las manos de mi madre. La estupenda versión acústica que escuchamos no es la del disco sino una interpretación en directo en compañía del excelente guitarrista Javier Navarro.

Que disfruten de un buen día.

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* Este es el poema de Lorca: “En Viena hay diez muchachas, / un hombro donde solloza la muerte / y un bosque de palomas disecadas. / Hay un fragmento de la mañana / en el museo de la escarcha. / Hay un salón con mil ventanas. / ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals con la boca cerrada. / Este vals, este vals, este vals, / de sí, de muerte y de coñac / que moja su cola en el mar. / Te quiero, te quiero, te quiero, / con la butaca y el libro muerto, / por el melancólico pasillo, / en el oscuro desván del lirio, / en nuestra cama de la luna / y en la danza que sueña la tortuga. / ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals de quebrada cintura. / En Viena hay cuatro espejos / donde juegan tu boca y los ecos. / Hay una muerte para piano / que pinta de azul a los muchachos. / Hay mendigos por los tejados. / Hay frescas guirnaldas de llanto. / ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals que se muere en mis brazos. / Porque te quiero, te quiero, amor mío, / en el desván donde juegan los niños, / soñando viejas luces de Hungría / por los rumores de la tarde tibia, / viendo ovejas y lirios de nieve / por el silencio oscuro de tu frente. / ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals del “Te quiero siempre”. / En Viena bailaré contigo / con un disfraz que tenga / cabeza de río. / ¡Mira qué orilla tengo de jacintos! / Dejaré mi boca entre tus piernas, / mi alma en fotografías y azucenas, / y en las ondas oscuras de tu andar / quiero, amor mío, amor mío, dejar, / violín y sepulcro, las cintas del vals”.

Esta, la adaptación de Cohen: “Ahora en Viena hay diez hermosas mujeres. / Hay un hombro donde la muerte viene a llorar. / Hay un vestíbulo con novecientas ventanas. / Hay un árbol, al que las palomas van a morir. / Hay un pedazo que fue arrancado por la mañana / que cuelga de una helada galería. / ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals, toma este vals. / Tómalo con la pinza de sus mandíbulas. / ¡Oh! te quiero, te quiero, te quiero. / En una silla con una revista muerta, / en una cueva con un trozo de un lirio, / en algunos pasillos donde el amor nunca estuvo, / en una cama donde la luna ha sudado / en un sollozo lleno de pisadas y arena. / ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals, toma este vals. / Toma su cintura rota en tu mano. / Este vals, este vals, este vals, este vals, / con su aroma a brandy y a muerte / arrastrando su cola hacia el mar. / Hay una sala de conciertos en Viena / donde tu boca fue mil veces criticada. / Hay un bar donde los chicos han dejado de hablar, / condenados a muerte por el blues. / Ah, pero ¿quién se sube a tu imagen / con una guirnalda de lágrimas recién cortadas? / ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals, toma este vals. / Toma este vals que ha estado muriendo durante años. / Hay un ático donde los niños están jugando / donde pronto tengo que acostarme contigo / en un sueño de linternas húngaras, / entre la niebla de una dulce tarde. / Y veré lo que has encadenado a tu desdicha, / todas tus ovejas y tus lirios de nieve. ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals, toma este vals, / con su ‘yo nunca te olvidaré, ya sabes’. / Este vals, este vals, este vals, este vals… / Y bailaré contigo en Viena, / llevaré un disfraz de río, / el jacinto silvestre en mi hombro, / mi boca en el rocío de tus muslos. / Y enterraré mi alma en un libro de recuerdos, / con las fotografías y el moho, / y me rendiré ante la inundación de tu belleza, / mi violín barato y mi cruz. / Y tú me llevarás con tu baile, / a las piscinas que levantas en tu muñeca. / ¡Oh! mi amor, oh mi amor. / Toma este vals, toma este vals. / Es tuyo ahora. /Es todo lo que hay”.

Los piratas en la literatura

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Portada de “La isla del tesoro” en su edición en Estados Unidos de 1911 y mapa de la isla en la edición británica de 1883.

Ya Cervantes —que había sido prisionero de los piratas berberiscos— cuenta en el Quijote la historia de un cautivo de los piratas turcos y la captura de un barco berberisco en Barcelona, y Lope de Vega escribe al poema épico La Dragontea para celebrar la victoria española sobre los ingleses y la muerte del conocido pirata Drake. En el siglo XVIII Daniel Defoe (1660-1731) se hacía famoso con Robinson Crusoe (1719) —las aventuras de un náufrago abandonado en una isla del archipiélago Juan Fernández, frente a la costa de Chile, un hecho real que había protagonizado el marino Alexander Selkirk—y centraba su atención en los piratas con Vida, aventuras y piratería del célebre capitán Singleton (1720) e Historias de piratas (1724-1728).

Episodio de "El corsario" por Eugène Delacroix (ca. 1831). El pintor francés utilizó la historia de Lord Byron como inspiración en varias obras.

Episodio de «El corsario» por Eugène Delacroix (ca. 1831). El pintor francés utilizó la historia de Lord Byron como inspiración en varias obras.

Será, no obstante, en el siglo XIX, con la nueva sensibilidad romántica, cuando la presencia de los piratas abunde cada vez más en la literatura. El 1814 el poeta inglés Lord Byron se hace eco de este mundo en El Corsario y en 1836 es José de Espronceda quien hace lo mismo en la famosa La canción del pirata. En ellas la figura del pirata aparece ya con todos los rasgos que lo distinguirán modernamente: héroe proscrito, seductor irresistible, paladín de la libertad…, características que, después, Hollywood se encargará de popularizar, convirtiéndose así el pirata en un rebelde que lucha contra la injusticia social. Lord Byron vendió nada menos que diez mil ejemplares de El Corsario el primer día que el libro salió a la venta. El protagonista, Conrad, líder de los piratas del Mediterráneo, es una especie de Robin Hood, es decir, un defensor de los desposeídos y los humillados ante los poderosos. Muy famoso se haría también James Fenimore Cooper (1789-1851) con El corsario rojo (1829).

Número de la revista “Young folks” (1 de octubre de 1881) con el primer capítulo de “La isla del tesoro”.

Número de la revista “Young folks” (1de octubre de 1881) con el primer capítulo de “La isla del tesoro”.

En 1881 Robert Louis Stevenson (1850-1894) escribía la que sería la novela de piratas por antonomasia: La isla del tesoro, una fascinante historia sobre la búsqueda de un tesoro oculto en la que un chico, Jim, descubrirá por él mismo la cara del bien y del mal, personificado este último en la figura de los piratas Pew y Long John Silver. Se publicó originalmente por entregas en la revista infantil Young Folks entre 1881 y 1882 con el título de The Sea Cook, or Treasure Island, y en 1883, dado su éxito, completa en un solo volumen.

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Casi en las mismas décadas del siglo XIX otro escritor, Emilio Salgari (1862-1911) se hacía popular con las novelas de aventuras, entre ellas las dedicadas a los piratas asiáticos y a los del Caribe: Los piratas de Malasia (1896), El corsario negro (1898), Sandokán (1900) o Los últimos piratas (1908). Todas ellas tienen como protagonistas héroes románticos y atrevidos que luchan por un ideal en unos idílicos paisajes. En La revancha de Yáñez (1913) describe Gran Bretaña como un imperio sanguinario, acercándonos así a la verdadera realidad histórica. Por eso es por lo que Sandokán era el personaje de ficción preferido del Che Guevara en su niñez.

Difícilmente podría escapar a la fascinación por el mundo de la piratería la imaginación de Julio Verne (1828-1905), adentrándose en él en Los piratas del Halifax (1903), si bien su pirata por excelencia es el capitán Nemo, quien a bordo del Nautilus protagonizará historias como las narradas en Veinte mil leguas de viaje submarino (1870) o La isla misteriosa (1874).

Lord JimCon el cambio de siglo, precisamente en 1900, Joseph Conrad publicaba Lord Jim, un idealista para quien el mar ―como también para Conrad― se convierte en su destino, una historia llena de emociones y aventuras, que cuenta el capitán Marlow. Jack London (1876-1916) no podía ser menos, sobre todo si tenemos en cuenta que su vida es tan sugerente como la más intrépida historia de aventuras, con una niñez que transcurrió entre marineros y buscadores de oro, uniéndose a los 19 años a las expediciones de buscadores del preciado metal que marchaban hacia Alaska. Aunque sus novelas dedicadas a la piratería ―Los piratas de la bahía de San Francisco (1905) y La expedición del pirata (1916)― no sean las más conocidas de su obra, no por esto dejan de ser espléndidos relatos que cautivan a niños y adultos.

Ilustración del capitán Hook por F.D. Bedford para la primera edición de “Peter and Wendy” (1911).

Ilustración del capitán Hook por F.D. Bedford para la primera edición de “Peter and Wendy” (1911).

En 1911 veía la luz Peter Pan y Wendy (Peter and Wendy), novela escrita por James Matthew Barrie (1860-1937) basada en su obra de teatro sobre el personaje de 1904, que servía para presentar en sociedad a un nuevo pirata con un garfio por mano derecha: el temible capitán Hook (o capitán Garfio), el acérrimo enemigo de Peter Pan, “el único hombre a quien John Silver tuvo miedo”. Otro autor, Rafael Sabatini (1875-1950), el autor del mítico Scaramouche, se sumaba acto seguido a la lista de los creadores de novelas de piratas con títulos como El halcón de los mares (1915) o El cisne negro (1932), dando vida a un nuevo personaje, el capitán Blood, que Errol Flynn se encargaría de popularizar a través de la pantalla. También Arthur Conan Doyle (1859-1930) ―sobradamente conocido por su personaje de Sherlock Holmes― escribió unos Cuentos de piratas y del agua azul en 1922 y Edgar Rice Burroughs ―creador de otro mítico héroe: Tarzán― Piratas de Venus diez años más tarde, con la particularidad de que estos proceden del lejano planeta. Una cosa parecida hace Isaac Asimov (1920-1992) con Los piratas de los asteroides (1953): aquí los piratas han cambiado los barcos por naves espaciales y el trabuco por el rayo desintegrador y se han trasladado de escenario, el cual ahora ya no es el Caribe sino los asteroides que orbitan entre Marte y Júpiter.

El pirata GarrapataDe este modo los piratas se incorporaban a los nuevos gustos de los amantes de los relatos de aventuras y se daban la mano con la ciencia ficción. Esos románticos luchadores contra todo tipo de reglas y de poder poco podían hacer ante la supremacía de las aeronaves y las armas con la tecnología más puntera. Poco a poco su presencia en la literatura irá reduciéndose. Aun así, la selección de obras del presente artículo ―que no pretende ser ni objetiva ni exhaustiva― podría ampliarse considerablemente, incluyendo gran cantidad de títulos para niños. Estos pueden imaginarse mil y una aventuras como protagonistas con títulos como Massagran i els piratas (1990), de Ramon Folch; Mi hermana Clara y el tesoro de los piratas (1991); El secreto de los piratas (1992), de Helena Jurgens; El pirata Garrapata (1993), de Juan Muñoz; La guarida de los piratas (1994), de Cristina Lastrego y Francesco Testa; Una de piratas! (1994), de José Luis Alonso; Un baúl lleno de piratas (1998), de Ana Rossetti; Piratas en la casa de al lado (1998), de Peter Tabern; Finisterre y los piratas (1999), de Gemma Lienas; La peña de los piratas (2003), de Joaquim González, o El verano de los piratas (2004), de Teresa Broseta.