Tristeza del vencido, de quien nació ya derrotado de ánimo y la vida se encargó de aplastar. Pero ni siquiera la tristeza es igual para todos. Tristeza não tem fim, felicidade sim, que dice la canción. Como les ocurre a los naranjos. Les ataca la tristeza. Sin saber por qué el árbol se debilita, cada vez más aprisa, sus hojas se marchitan en poco tiempo. Pero el naranjo no muere, solo aparentemente. Fuera de estación, cuando ya no es el momento, florece, y además abundantemente, pero sus frutos nadie los quiere, son pequeños y tienen mal color. Donde parece que hay, no hay, que dijo Quevedo. Eso sí, los naranjos ricos ─mejor dicho: aquellos cuyos propietarios cuentan con más medios─ nunca sufren de tristeza, jamás padecen la enfermedad, pues la planta originaria, más cara lógicamente, está ya preparada para que no pueda ser inoculada. Se les llama árboles tolerantes, a estos. Tolerante es quien sabe sufrir, quien lleva las cosas con paciencia, el que permite algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente, lo dice la Real Academia (debe ser así). El tolerante no sufre de tristeza. Hay que ser, pues, tolerantes, con nosotros mismos sobre todo, con nuestras acciones e intereses, y hay que formar espíritus tolerantes, condescendientes, desde el mismo momento de nacer, hemos de ser tolerantes, los que trabajan doce horas al día en faenas tan poco ilusionantes como mal remuneradas, los parados que ya no cuentan con el correspondiente subsidio, quienes prostituyen su espíritu y quienes lo hacen con su cuerpo, los infelices, los impotentes, los fracasados, los ilusos, los descreídos, los vencidos. Desde los primeros días de la infancia.
Arrepentirse de todo, lo hecho y lo proyectado, delegar toda actitud y todo proceder, dejar de oír la voz de los deseos, arrepentirse desde que nacemos, por el simple hecho de haber nacido, por si no sabes transitar adecuadamente por la senda que te corresponde.
Guardias fronterizos de la RDA presencian el derribo del Muro de Berlín (noviembre de 1989). / Archivo Radiotelevisión Española.
La noche del 9 de noviembre de 1989, jueves, Sam y Martha
seguían por televisión las noticias que llegaban desde Berlín, donde el símbolo
por excelencia de la división del mundo en bloques ─el muro levantado en 1961
que separaba el este del oeste─ parecía tener las horas contadas. También, con
él, el final de una época. A lo largo de la tarde habían escuchado en la radio
que el secretario de agitación y propaganda del Partido Socialista Unificado de
la República Democrática Alemana, Günter Schabowski, había anunciado la
revocación de las limitaciones que impedían a los ciudadanos del este viajar
fuera de sus fronteras. Nadie esperaba tal medida, ni el propio Schabowski
parecía ser consciente del efecto que iban a causar sus palabras.
La segunda edición del telediario de la televisión española
abría a las nueve de la noche con imágenes de Willy Brandt dirigiéndose a la
multitud congregada junto a la Puerta de Brandeburgo y de aquellos que
derribaban el muro con martillos, picos, con cualquier objeto a mano. Mucha
gente se concentraba a una y otra parte del mismo y se sucedían las muestras de
alegría de los primeros que cruzaban el muro y de los primeros que los
recibían. Instantes después el plano medio de la presentadora ocupaba la
pantalla. Buenas noches. Berlín, como
acaban de ver, es un clamor de libertad. Miles de personas han tomado,
literalmente, un muro que hasta hace veinticuatro horas significaba la división
entre el Este y el Oeste. Hoy mismo, fuerzas policiales de la Alemania Oriental
han comenzado el derribo de la vergonzosa muralla y los dirigentes de las dos
Alemanias ya proclaman a los cuatro vientos su deseo de lograr una nación unida.
Las superpotencias, mientras tanto, han acogido con satisfacción el derribo del
muro, pero no han ocultado su preocupación por la perspectiva de una sola
Alemania. En esta oleada imparable de cambios, esta misma tarde ha llegado la
noticia de la dimisión del número uno del régimen búlgaro Todor Zhivkov. En
Moscú, el Kremlin se ha felicitado por la apertura del Muro de Berlín y el
proceso de cambios abiertos en la Alemania del este. Sin embargo, el portavoz
oficial, Gerasimov, ha advertido al Gobierno federal alemán que las fronteras actuales
no deben modificarse ni debe hablarse de reunificación alemana.
Tras un breve reportaje sobre la rueda de prensa de
Gerasimov, la locutora explicó las reacciones de las principales potencias.
Salieron entonces imágenes de Kennedy pidiendo la desaparición del muro. Estados Unidos se pregunta cuál va a ser su
papel en la nueva Europa, aunque todos tienen claro que las relaciones van a
cambiar mucho entre los dos bloques, comentaba la corresponsal de Televisión
Española desde Nueva York. El embajador de la RFA decía que era un día de la libertad que incoaba un proceso
que llevaría a una democracia con elecciones libres, a una relación en que las
personas podrán determinar su propia vida en libertad.
―No lo entiendo. Parece ser que a todo el mundo le ha
pillado por sorpresa. ¡Vaya mierda, pues, de servicios secretos! No me lo creo,
querida.
Continuaron atentos a la radio ─todas las emisoras hablaban
del tema en parecidos términos─ y a la espera de la tercera edición del
telediario. Casi a la una de la madrugada el presentador comunicaba que se hallaban
en disposición de poder ofrecer la crónica sobre lo que estaba sucediendo en
Berlín que previamente habían anunciado. El enviado especial refería que en
Berlín Este había normalidad absoluta en las calles. Solo algunos curiosos, decía, se han acercado a la puerta de
Brandeburgo. En el Oeste, en el Checkpoint Charlie, paso fronterizo entre los
dos Berlines, llegan los primeros curiosos y las primeras cámaras de televisión.
Todos esperan a los primeros que quieran cruzar, pero la policía del Este no sabe
nada de la nueva normativa. Mientras sale la nueva ley sobre libertad de
viajes, los otros alemanes tienen que solicitar salir al extranjero, pero
ninguna autoridad puede rechazar esa petición. Volvía a aparecer el
corresponsal: Poco antes de la medianoche
aquí, en Glienicke, la frontera se ha abierto de manera informal para todos los
alemanes del Este que querían venir aquí, al Oeste. Seguían imágenes de una
pareja que acababa de cruzar tras presentar solo el carné de identidad, al que
se limitaron a ponerle un sello. Es la
primera vez que están en el Oeste, pero no se piensan quedar. En casa, en el
Este, al otro lado, les espera su hijo, y a las ocho el trabajo, como cada día.
―Ya empieza la cantinela. La libertad, un clamor de
libertad… Ya son libres los desgraciados alemanes del este que durante tanto
tiempo han tenido que sufrir la arbitrariedad y tiranía del régimen comunista.
¡Bienvenidos a la democracia, amigos! Ahora podréis votar cada tiempo y, ¿cómo
decía el embajador?, determinar vuestra vida en libertad. Claro que sí,
faltaría más. A disfrutar de la libertad, que ya era hora, a comer
hamburguesas, a vestirse con vaqueros, a beber Coca-Cola… Llegó la democracia
por fin. ¡La hostia!, no saben lo que les espera. Un mercado laboral
despiadado, cada vez más competitivo y peor retribuido desde la crisis del
petróleo de 1973; unas políticas neoliberales encabezadas por mamporreros del
capital como Reagan o Thatcher; un capitalismo que quiere volver a los
orígenes, a los mejores tiempos del laissez-faire.
Reconversiones industriales brutales, privatización de industrias y empresas
públicas, limitación del gasto público y de las prestaciones sociales, política
monetarista, estricta observancia de la “disciplina” del mercado, menor
intervención de los Gobiernos en la economía… Sí, ¡bienvenidos a la
democracia! Lo que temo especialmente es que con la caída del Muro desaparece
cualquier referencia a otro sistema que no sea el capitalista, al menos entre
los países más industrializados. El rostro más desagradable del capitalismo, el
verdadero, ya no necesita caretas.
―Así es, Sam. Se trata de que la gente vea que ha llegado el
fin de los totalitarismos y que este es el mejor de los mundos posibles.
―Pura propaganda, puta propaganda. ¿Es que aquí, entre
nosotros, el primer mundo, no hay quien vive en una situación incomparablemente
peor que la tenían los alemanes del este? Nos estamos acostumbrando a ver de
nuevo mendigos por las calles. El tres por cien de los neoyorkinos no tiene
techo bajo el que cobijarse; en el Reino Unido son unos cuatrocientos mil. Lo
leí hace poco en la prensa. Esto era inimaginable, nadie hubiera vaticinado
algo así hace treinta años. ¿Qué se ha hecho mal? Los países capitalistas son
más ricos que nunca, vale, pero no sus habitantes. Pero, claro, nuestros pobres
son únicamente desheredados que no supieron aprovechar las oportunidades del
sistema. Miremos para otro lado. ¿Qué pasará cuando los nuevos “ciudadanos
demócratas” vean los escaparates llenos de esos productos hasta ahora solo
reservados a nosotros, pero no tengan dinero para comprarlos? ¡Cuánta
hipocresía! La que se nos viene encima, Martha.
Atravesar la ciudad sin sentir desasosiego me resultaba impúdico, me indigna tanta presunción. También la resignación, la sumisión aceptada de los ahora trashumantes urbanos, su indiferencia. Pero tengo que atravesarla de punta a punta. No hay otro modo de cruzar la ciudad: en el extremo opuesto al barrio en que hace veinte años alquilé un pequeño piso se encuentra la salida a la autopista que conduce al pueblo en que tanto mi hermano como yo nacimos (yo primero, él después). Cruzar la ciudad, de sur a norte, recorrer de nuevo lugares que la memoria ha consolidado en forma de recuerdos de un tiempo en que todavía el enojo y el desánimo no superaban las esperanzas y el apasionamiento… ¿Cómo hacerlo sin que nuestro ánimo se llene de rabia, impotencia, desánimo y, finalmente, repugnancia?
Más de una vez he pensado marcharme de aquí.
Pero ¿adónde? Todas las ciudades son iguales y solo se distinguen por el olor
de sus cloacas. E incluso así son iguales, con calles que tienen los mismos
nombres: Desesperación, Angustia, Tristeza, Meapilas, Indiferencia, Desdén…,
con profundos hoyos cubiertos de alfombras negras donde cae la gente cuando el
encargado de regular la circulación recibe la orden del experto de apretar el
botón llamado de higiene colectiva ─solo se
salvan los que tienen el correspondiente pase de la autoridad, que unos
sensores detectan─, con autobuses llenos de gente de camino al cementerio
que siempre vuelven vacíos, con brigadas de obreros que se encargan de pintar
de gris el cielo, con elegantes
casas donde vive una persona con su concubina y sus
bastardos que han obtenido el certificado de familia y otras de dieciséis
moradores a cuyos varones se les ha castrado
para conseguir una habitabilidad
sostenible que permita seguir
progresando, con luces que deslumbran y ciegan a los que en los hospitales ─siguiendo los planes dictados por el gobierno sobre
comportamiento en las vías públicas─ se les
han extirpado los ojos y sustituido por microcámaras, con cabinas ─a las que para poder entrar hay que tener el mismo pase
que libra a sus poseedores de los hoyos─ en las
que estos pueden respirar aromas de toda clase para poder seguir soportando el
hedor que desprenden parados, emigrantes, putas y travestis, con teatros en los
que gordas sopranos cantan arias por el agujero del culo para unos cuantos
elegidos.
Sí, todas las ciudades son iguales. No tiene sentido huir, aunque a veces lo deseo, pues igual los boñigos tienen otros diseños, las sopranos cantan con el coño en vez de con el culo o los hoyos son cuadrados en vez de redondos, qué sé yo. Seguirán siendo, de todos modos, boñigos, sopranos, coños y hoyos. La misma mierda disfrazada de crisis.