¿Quién mató a Kennedy?

kennedy_dallas

John F. Kennedy y su esposa, Jackie, en Dallas momentos antes del magnicidio. / Ken features. El País.

Muchos son los episodios de la historia de la humanidad cuya verdad lo más probable es que nunca se sabrá. Uno de ellos es el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en Dallas el 22 de noviembre de 1963.

A los pocos días del magnicidio, el 29 de noviembre, el nuevo presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, establecía una comisión para investigar sus circunstancias: The President’s Commission on the Assassination of President Kennedy, más conocida como Comisión Warren por ser su presidente Earl Warren, magistrado y presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos.

Diez meses después, el 27 de septiembre de 1964 –hoy, pues, se cumplen 52 años– esta hacía público un informe que concluía con que Lee Harvey Oswald había sido el único responsable del atentado. Es decir, que había actuado solo.

Desde el primer momento el informe de la Comisión Warren solo satisfizo a los ya convencidos y las críticas se multiplicaron desde todas las instancias. Y es que más que resolver el enigma lo que en realidad logró fue todo lo contrario. Muy pocos creyeron que Oswald llevó a cabo el asesinato de Kennedy en solitario como afirmaba la comisión. Lo que, por otra parte, no era nada nuevo. Meses antes, entre marzo y abril de 1964, la revista española Triunfo publicó a lo largo de cinco semanas –conjuntamente con el semanario francés L’Express– un informe elaborado por Thomas G. Buchanan cuyo título general era “Los asesinatos de Kennedy” que contenía una minuciosa y detallada información, muy bien argumentada y escrita, en la que cuestionaba las conclusiones a que había llegado la Comisión Warren.

Buchanan era un ingeniero estadounidense que trabaja en la sede de la IBM en París. Colaboraba en L’Express y había recalado en la capital gala tras ser despedido del The Washington Star en 1948 por estar afiliado al Partido Comunista de América. Minucioso y exhaustivo, su informe desmontaba la práctica totalidad de las conclusiones de la Comisión Warren. Y eso que era previo. Veamos algunas de sus principales cuestionamientos.

Una bala que supuestamente dispara Oswald desde un piso del depósito de libros en que trabajaba atraviesa la cabeza del presidente, por detrás. Sale por el cuello, hace un enorme agujero en el parabrisas y aparece después en la camilla de Kennedy casi intacta. No resulta muy creíble. Otra bala le hiere en la espalda, pero los cirujanos que tratan de salvarle de la vida no se dan cuenta. ¡Vaya profesionales! Se olvidaron de dar la vuelta al cuerpo. ¿No es también increíble?

Luego está el tema de la puntería de Oswald. En su día, el ejército de Estados Unidos lo calificó de tirador mediocre. ¡Menos mal que era mediocre! El mediocre resulta ser según la Comisión Warren uno de los mejores tiradores del mundo, capaz de dar en el blanco a tanta distancia y además con un fusil semiautomático que tuvo que cargar dos veces. Y para todo ello dispuso solamente de cinco segundos y medio. Difícil también creer algo así.

Esto nos lleva a la hipótesis de que al menos había dos asesinos. Si así es, ¿cómo se las apañó el segundo asesino para escapar? Nada más ser alcanzado el presidente por los disparos, se acordonó y registró el edificio. No había duda de que desde allí habían salido los tiros. Con quinientos hombres rodeando el edificio ¿cómo escapa nadie? A no ser que llevara uniforme de policía.

Habrán oído más de una vez aquello de averigua a quién beneficia el crimen y sabrás quién fue el asesino. La política exterior de Kennedy, su intento de coexistencia pacífica con la Unión Soviética y la decisión de retirar las tropas de Vietnam en 1965 implicaba una drástica reducción de los beneficios de la industria armamentística. Además, para algunos miembros del alto mando del ejército esta política era una muestra de debilidad, una rendición en toda regla. Kennedy quería normalizar las relaciones con la Unión Soviética y era consciente de los intereses que había detrás de los que se oponían a cualquier pacto con “el enemigo”. Por ello recortó el poder de la CIA quitándoles el control de las operaciones paramilitares secretas a favor del Departamento de Defensa.

Por otra parte, no se entiende que un viaje oficial del presidente tuviera tantos fallos de seguridad, impropios de la Casa Blanca. El itinerario era de por sí poco seguro, y encima iban en un coche descubierto. ¿Cómo no creer en un complot para acabar con su vida en el que estuvieran implicadas altas instancias de la Administración?

Y la autopsia misma. ¿Quién realizó la autopsia? El médico personal de Kennedy, representante de la familia, fue expulsado de la morgue y de la autopsia se encargaron tres forenses sin experiencia supervisados en todo momento por altos mandos militares.

En 1976 se estableció un Comité Selecto de la Cámara sobre Asesinatos (US House of Representatives Select Committee on Assassinations) para investigar los asesinatos de Kennedy y de Martin Luther King, otro que tampoco está nada claro. En julio de 1979 hizo público un informe en el que se decía que ambos asesinatos, “probablemente”, eso sí, fueron el resultado de sendas conspiraciones: la primera, la que terminó con la vida de Kennedy, obra de miembros de la mafia; la que mató a Luther King de hombres de negocios de ideología ultraderechista. Al mismo tiempo, eliminaba cualquier sospecha de que la CIA y la FBI estuviesen implicados.

Según este comité, Oswald había tenido numerosas conexiones con Carlos Marcello, un conocido padrino de la mafia de Nueva Orleans. Y también las tuvo el asesino de Oswald, Jack Ruby, muy vinculado al sindicato del crimen, concretamente a Sam Giancana, el jefe de la mafia de Chicago, que fue asesinado en junio de 1975. Otras pistas conducían a Santos Trafficante, padrino de la organización en Tampa (Florida). Sin embargo, uno y otro negaron cualquier implicación.

Poco antes de su muerte, acaecida en 2007, el agente de la CIA Everette Howard Hunt dijo que el asesinato de Kennedy era obra de un complot organizado por varios altos mandos de la CIA, un plan al que se refirió como The Big Event, cuyo autor intelectual habría sido el propio Lyndon B. Johnson. Así lo explicaba el diario digital español El Confidencial en un artículo titulado “El hombre clave en el asesinato de Kennedy y lo que dejó grabado en vídeo antes de morir” (29 de noviembre de 2015):

“En 2003, Saint John [hijo de Hunt] logró convencer a su padre para que contara todo lo que sabía sobre el asesinato de JFK, después de que este hubiera intentando vender su historia, sin éxito, a Kevin Costner, que, siempre según su hijo, le había prometido una enorme suma de dinero por el secreto que nunca aportó.

En los cuatro años que le quedaban de vida, Hunt se dejó entrevistar en vídeo por su hijo, que contó con la ayuda del escritor y especialista en el asesinato de JFK Eric Hamburg, y dejó decenas de notas manuscritas además de unas abultadas memorias. En las entrevistas (…) se puede ver al viejo espía en sus horas más bajas, tratando de revelar lo que sabe sin dejar al descubierto las miserias de su familia, sus antiguas lealtades profesionales ‘y lo poco que quedaba de su buen nombre’.

Tras la muerte de Hunt, su hijo ofreció las grabaciones a los grandes medios estadounidenses, pero muy pocos se interesaron por ellas. Un productor de 60 Minutes –el más exitoso programa informativo de la televisión estadounidense (…)– se pasó días estudiando el material, pero la historia fue abortada por la dirección. Al final, sólo Rolling Stone y un puñado de medios alternativos llevaron a portada las revelaciones de Hunt. El libro que Saint John publicó sobre su padre, Bond of Secrecy (Trine Day), no recibió apenas promoción ni atención”.

Así pues, ¿quién mató a Kennedy? Me temo que, como decía al principio, nunca se sabrá a ciencia cierta. Como tampoco –y ¡ojalá me equivoque– puede que nunca se sepa la verdad de los hechos de Iguala (México, Estado de Guerrero), en los que ‘desparecieron’ 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa (257 km. al sureste de Iguala) hace ya dos años.

El asesinato de los Rosenberg

julius-y-ethel-rosenberg-durante-su-juicio-en-19511

Julius y Ethel Rosenberg durante su juicio en 1951. / AP

El 19 de junio de 1953 la Administración de los Estados Unidos de América llevaba a cabo uno de tantos execrables crímenes de su historia. A las ocho de la tarde de dicho día, poco después de ponerse el sol, la cámara de la muerte de la prisión de Sing Sing fue el último lugar que vieron Julius y Ethel Rosenberg. Concretamente la cámara de la muerte del penal, pues allí fueron asesinados en la silla eléctrica.

Julius y Ethel Rosenberg eran un matrimonio joven –él treinta y cinco años, ella treinta siete–, padres de dos hijos –Michael, de diez años de edad, y Robert, de seis–, acusados de espiar para la Unión Soviética revelando secretos acerca de la bomba atómica y condenados por ello a ser ejecutados en la silla eléctrica. Ese día se cumplía el catorce aniversario de su boda. Llevaban detenidos desde julio de 1950 y, tras un largo proceso plagado de irregularidades, habían sido condenados a muerte el 5 de abril del año siguiente. Él era ingeniero eléctrico, ella peleaba por ser actriz y cantante. Ambos eran neoyorquinos, del Lower East Side. Con dieciséis años, Julius Rosenberg, cuyo padre era sastre, al tiempo que estudiaba en el City College de Nueva York ingresó en la Liga de los Jóvenes Comunistas, encorajinado ante el ascenso del nazismo y cansado de contemplar diariamente las desigualdades sociales y raciales de su país, de las que el Lower East era un ejemplo manifiesto.

Julius y Ethel Rosenberg. Fotografías de sus fichas policiales.

Julius y Ethel Rosenberg. Fotografías de sus fichas policiales.

En 1948 la Unión Soviética llevó a cabo las primeras pruebas con la bomba atómica. Un año después, la contrainteligencia del FBI afirmaba que el KGB, el servicio secreto ruso, poseía valiosa información sobre el proyecto Manhattan, el plan secreto de los Estados Unidos sobre la energía atómica. ¿Cómo había llegado a sus manos? Las pistas condujeron a Klaus Fuchs, un físico de origen alemán que había trabajado en el proyecto en el centro de investigación nuclear de Los Álamos (Nuevo México). A través de Fuchs, el FBI llegó hasta David Greenglass, hermano de Ethel, sargento del ejército y especialista en mecánica que también había trabajado en Los Álamos. Greenglass confesó haber pasado secretos a los soviéticos e implicó a su hermana y al esposo de esta, que fueron detenidos. Pronto, Julius fue acusado de ser el máximo responsable de la red de espionaje, aunque el fiscal no consiguió aportar prueba solvente al respecto, como tampoco de ninguno de los demás hechos que se le imputaba tanto a él como a su esposa. El furor anticomunista reinante, explotado por McCarthy hasta el paroxismo, y la oportunidad de presentar ante la opinión pública un éxito que mostraba que el Estado velaba por la seguridad de los suyos, hacía que de la ejecución del matrimonio se pudiera sacar demasiado provecho como para ser indulgentes.

Ethel y Julius Rosenberg separados por una red de alambre tras ser declarados culpables. / Roger Higgins©

Ethel y Julius Rosenberg separados por una red de alambre tras ser declarados culpables. / Roger Higgins©

No fueron pocos los que afirmaron que el juicio era una farsa, lo que, no obstante, no impidió que este terminara con el peor veredicto posible: la condena a ser ejecutados. El juez, Irving R. Kaufman, al leer la sentencia dijo: Su crimen es peor que el asesinato. Y argumentó: Yo creo que vuestra conducta, entregando en manos de los rusos la bomba atómica años antes de que Rusia pudiera disponer de tal fórmula, ha provocado la agresión comunista en Corea, que ha costado más de cincuenta mil víctimas. ¡Quién sabe si otros millones de inocentes no pagarán el precio de vuestra traición! Con vuestra traición, vosotros, Julius y Ethel Rosenberg, sin ninguna duda habéis cambiado el curso de la historia en perjuicio de nuestro país. El hermano de Ethel se libró de la pena capital al haber acusado a esta y a su cuñado. Ya muertos, declararía que lo hizo en falso. La maquinaria coercitiva del estado se había puesto en marcha y nadie ni nada la detendría; hasta los hijos de los Rosenberg fueron expulsados de la escuela.

Manifestación en Nueva York tras conocerse la sentencia contra los Rosenberg. / © Bettmann/CORBIS

Manifestación en Nueva York tras conocerse la sentencia contra los Rosenberg. / © Bettmann/CORBIS

En todo el mundo occidental se organizaron actos de protesta contra la condena impuesta a los Rosenberg. Empezaron las apelaciones y los retrasos en la aplicación de la pena, al tiempo que en muchas ciudades tenían lugar mítines y manifestaciones y se mandaban peticiones de clemencia a la Casa Blanca. Sartre había dicho: No os asombréis si gritamos de un extremo al otro de Europa: ¡Cuidado! ¡Norteamérica está rabiosa! Rompamos todos los lazos que nos unen a ella si no queremos ser mordidos y contagiados de hidrofobia. La desmesura era tal que hasta el papa, Pio XII, había pedido indulgencia a Eisenhower.

Desde varios días antes de la fecha fijada para la ejecución las movilizaciones se sucedieron en varias ciudades estadounidenses y europeas. Diariamente, numerosas personas se manifestaban frente a la Casa Blanca. El día 15 un nutrido grupo de manifestantes con carteles pidiendo que no se les ejecutara acompañaron al hijo mayor del matrimonio, Michael, a la Casa Blanca para pedir clemencia para con sus padres. Con ellos iba su abuela, que llevaba de la mano al hijo pequeño. Michael entregó una carta para el presidente Eisenhower en la que, entre otras cosas, decía: Espero que reciba usted mi carta, porque es una carta para que no permita usted que pase nada a mi mamá y a mi papá. Nadie quiso recibir al chico.

La cámara de la muerte del penal de Sing Sing era una habitación grande, bien iluminada. En uno de sus lados, centrada, se situaba la silla eléctrica, de madera, austera, con brazos en los que atar las extremidades superiores de los condenados, llena de correas para inmovilizar completamente el cuerpo. Frente a ella cuatro bancos, también de madera, para los asistentes al macabro espectáculo. Al dar las ocho entró Julius. No sabía qué hacer, se le veía desconcertado, aturdido. Permaneció de pie, inmóvil, se apreciaba un ligero temblequeo en sus piernas. Se sentó ayudado por los guardias, que le indicaron cómo debía colocarse. Lo ataron y acto seguido le pusieron una especie de máscara que solo dejaba al aire las fosas nasales y la boca, levantaron la pernera derecha del pantalón y sujetaron a la pantorrilla una plancha de metal por la que penetraría la corriente eléctrica, complementando la que llegaba directamente a la cabeza. Julius parecía un muñeco articulado que adoptaba la postura que marcaban los titiriteros de la muerte. El director del presidio dio la señal. Se oyó el ruido de la llave eléctrica que daba paso a la corriente. Julius dio un respingo. Sus manos y pies se contrajeron. Se oyó un seco quejido. El cuerpo se sacudía con la corriente. Minuto largo después cesó el zumbido. Se acercaron los médicos. Un guardia abrió la camisa de Julius, sin muchos miramientos. No la desbrochó, se limitó a desgarrarla. Los facultativos le auscultaron. Todavía respiraba. Otra descarga. Otros interminables cincuenta y siete segundos que parecieron eternos. Las convulsiones del cuerpo eran más violentas que la primera vez, pero no ya no se oyó quejido alguno. La boca comenzó a ponerse morada y una baba sanguinolenta salió de su boca. Olía a quemado. Se detuvo la descarga. Los médicos volvieron a reconocerlo. Declaro muerto a este hombre, pronunció uno de ellos. Apenas habían pasado un par de largos minutos. Dos guardias con bata blanca desataron el cuerpo y lo colocaron en una camilla de ruedas. Tenía los ojos hundidos y estaba blanco como el mármol.

Julius y Ethel Rosenberg en sus respectivos ataúdes tras ser asesinados en la silla eléctrica./ Getty Images

Julius y Ethel Rosenberg en sus respectivos ataúdes tras ser asesinados en la silla eléctrica./ Getty Images

Eran las ocho y seis minutos de la tarde. Inmediatamente entró Ethel. Ethel confiaba hasta el último momento en que se paralizaría la orden. Tal vez por ello daba la impresión de estar más serena que Julius y por eso la dejaron en segundo lugar, por considerar que moralmente era más fuerte que su marido. Las autoridades carcelarias entendieron que se hallaba más entera y es costumbre dejar al más entero para el final cuando se trata de ejecuciones múltiples. Le habían cortado el pelo para que le llegase mejor la corriente, llevaba un vestido verde, los labios apretados. Su muerte fue más cruel aún, ya que hicieron falta cinco descargas. Se dijo luego que la causa radicó en que la silla estaba diseñada para un cuerpo “normal” y, supuestamente, masculino, y no para una mujer pequeña y frágil como ella. Tardó casi cinco minutos en morir. Tras la cuarta descarga, los dos médicos aplicaron sendos estetoscopios sobre su cuerpo para comprobar si había muerto. No estaban seguros. El verdugo, Joseph P. Francel, abandonó por un momento el cuadro de interruptores, situado a unos tres metros de la silla, para preguntar si era necesaria otra descarga. Los médicos asintieron con la cabeza. Volvieron a atar bien sujeta a Ethel y tras la quinta descarga uno de los médicos pudo decir por fin Declaro muerta a esta mujer.

Instantánea del funeral de Julius y Ethel Rosenberg. / Archivos de la familia Meeropol

Instantánea del funeral de Julius y Ethel Rosenberg. / Archivos de la familia Meeropol

No cruzar. Línea de policía, se indicaba en las vallas de madera tras las cuales debían colocarse en fila centenares de personas que querían rendirles un último homenaje ante sus cuerpos en la funeraria J.J. Morris, donde habían sido velados toda la noche entre otros, por la señora Sophie Rosenberg y la señora Tessie Greenglass, madres de Julius y Ethel respectivamente. Llegado el momento, poco antes de las dos de la tarde, los policías empezaron a apartar a la gente y a hacer sitio para que pudieran salir los féretros en sendos coches fúnebres. Sus familiares se colocaron detrás y la gente les siguió. Las aceras estaban igualmente llenas de personas, varias filas se situaban a ambos lados de la calzada. Había muchos policías y guardias a caballo.

Entierro de los Rosenberg en el cementerio de Pine Lawn. / AP

Entierro de los Rosenberg en el cementerio de Pine Lawn. / AP

El cortejo emprendió camino al cementerio de Wellwood en Pine Lawn, en Long Island, en Nueva York, a poco más de tres kilómetros de distancia. Más de dos mil personas les acompañaron hasta allí. La policía llegó a hablar de siete mil vehículos en línea, cifra que sin duda exageró para justificar las innumerables trabas que ponía a quienes querían llegar hasta el cementerio escudándose en problemas de tráfico. Llegados a Pine Lawn, bajaron los ataúdes de los vehículos. Ramos y coronas de flores fueron depositados inmediatamente junto a ellos. Sophie Rosenberg, madre de Julius, se deshacía en llantos. Emanuel Bloch, el abogado del matrimonio y tutor de sus hijos, con traje negro, la sujetaba y trataba de reconfortarla. Bloch pronunció el panegírico. Reivindicó su inocencia y calificó de asesinato lo ocurrido.

Manuel Cerdà ©

Los otros Mayos del 68: Estados Unidos

cap4

Policías a caballo en una manifestación en defensa de los derechos humanos y en contra de la guerra del Vietnam (San Francisco, 19 de abril de 1967).

Decía Anthony Gyddens (“Aquel Mayo del 68 en California”, El País, 6 de mayo de 2008) que “desde una perspectiva europea podría parecer que París fue el foco principal de 1968, pero créanme que no fue así. En Europa los radicales eran bastante tradicionales”. Los verdaderos radicales estaban en California, donde ser revolucionario implicaba la politización pero también, y sobre todo, una forma de vida.

Familia blanca estadounidense de clase media frente al televisor (1958).

Familia blanca estadounidense de clase media frente al televisor (1958).

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial no había duda alguna de que Estados Unidos se había convertido en la primera potencia mundial, y no solo en lo político, lo económico o lo militar, sino también en lo que a la cultura (en el sentido más amplio del concepto) respecta. Los avances tecnológicos que habían tenido lugar durante la contienda bélica –tecnología y guerra siempre han ido unidas– comenzaban a aplicarse ahora al conjunto de la sociedad, que vivía una época de bienestar sin precedentes. La vida cotidiana se transformó: el acceso a los bienes de consumo parecía proporcionar ese ansiado bienestar truncado tantas veces. Automóviles, neveras, lavadoras, televisores, transistores, discos de vinilo, relojes digitales, calculadoras de bolsillo, casetes…, y así hasta una interminable lista de productos manufacturados (unos nuevos, otros tan perfeccionados que lo parecían), estaban a disposición de esa sociedad opulenta cuyo modelo quería ser seguido por el resto del mundo.

Sin embargo, la sociedad estadounidense seguía siendo extremadamente tradicional y conservadora. Debía reforzar su liderazgo, y eso no puede hacerse si no es desde la homogeneidad. Esa homogeneidad debía manifestarse en tres ámbitos sobre todo. En lo político no se podía ceder un ápice, había que mostrar la firmeza del sistema frente a su gran rival (el comunismo). Si para ello había que soportar crisis como la de los misiles de 1962 y que la guerra fría desembocara en una nueva contienda peor que la que hacía poco había acontecido, se soportaba. Pero nada de ceder. Si se tenía que invadir un país (Vietnam), se invadía en nombre de defender esa nueva sociedad garante de un bienestar infinito. En lo económico, la mayor producción de todo tipo de bienes, a los que tenían acceso cada vez mayor número de personas, no podía detenerse. El mundo entero envidiaba aquellos hogares que veían en las películas llenos de comodidades y que ahora empezaban a llegarles también. Producir para consumir y consumir para que se siga produciendo. En lo social, una sociedad como la estadounidense no debía mostrar fisuras: la familia debía estar en el centro del entramado sobre el que descansaba el American Way of Life. Nadie con dos dedos de frente podía quejarse al disfrutar de una opulencia jamás imaginada.

La policía reduce a un hombre durante una protesta contra la segregación racial (Los Ángeles, 1965).

La policía reduce a un hombre durante una protesta contra la segregación racial (Los Ángeles, 1965).

Todo ello llevó a considerar radical cualquier signo de disconformidad. Se persiguió con ahínco a los que pudieran ser comunistas o estar contaminados por el comunismo (la caza de brujas de McCarthy es un episodio de todos conocido), a los que cuestionaran la familia nuclear, a los que no aceptasen su estatus de seres inferiores (los negros). Todo aquel que se mostrara distinto era un enemigo.
Esta situación rayana a la paranoia creó una primera generación de descontentos: los beatniks (vocablo que viene a significar “derrotaducho”), que consideraba al individuo como único –algo que en Europa hacía mella con los postulados del existencialismo– y rechazaba todas las posturas políticas por considerarlas intrínsecamente opresivas. Había que buscar el propio camino (On the road, Kerouac), vivir sin restricciones. Esta manera de entender la vida fue calando cada vez más entre los jóvenes de la siguiente generación, que ya habían nacido, o al menos se habían educado, en la sociedad de consumo.
Esos jóvenes que accedían por primera vez a una sociedad defensora del bienestar no podían dejar de cuestionarla, no tenían el referente de sus progenitores con respecto a la forma de vida anterior. En los años 60 la opulenta sociedad estadounidense mostraba signos más que evidentes de cansancio, de desgaste.

Janis Joplin a mediados de 1967.

Janis Joplin a mediados de 1967.

Comenzaba a ser una sociedad en decadencia, incluso en lo económico (Europa ya se había recuperado de la crisis de posguerra). Las pautas de conducta que obligaban a hacer solamente lo correcto no podían ir con los jóvenes, ansiaban vivir, disfrutar de ese bienestar que no reducían solamente a la mayor posesión de cosas. James Dean, Buddy Holly, Janis Joplin, Jimi Hendrix… fueron sus ídolos, sus héroes, aquellos que vivían intensamente sin reparar en lo que el futuro les pudiese deparar, los que de verdad buscaban “el camino”. En ese ambiente de mayor deseo de libertad no podían dejarse de lado las enormes desigualdades que acompañaban a la sociedad estadounidense, su racismo nada disimulado, su desprecio hacia los homosexuales y hacia los que descubrían que la sexualidad comportaba goce y nada más que goce (en 1960 se iniciaba en los Estados Unidos la comercialización de la píldora anticonceptiva), su prepotencia beligerante que, en nombre de unos ideales trasnochados, mataba civiles de otros países y llevaba la muerte y la desolación a muchos hogares del país.
La familia nuclear unida y sin fisuras (símbolo por excelencia de la sociedad estadounidense), la pareja casada con hijos, pasó en los Estados Unidos de representar un 44% de hogares a principios de la década de 1960 a un 29% a finales de la de 1970, consecuencia de los cambios en la conducta respecto a la sexualidad y la pareja que desarrolló la juventud en aquellos momentos. Los tejanos y el rock, muestras de la cultura popular, pasaron ahora a ser adoptados como símbolos de la juventud independientemente de su clase social.

Protesta contra la guerra del Vietnam en el cementerio de Arlington (Virginia), 1967.

Protesta contra la guerra del Vietnam en el cementerio de Arlington (Virginia), 1967.

“Los experimentos con la forma de vida, la sexualidad, las relaciones, las comunas y las drogas también cundieron entre quienes pertenecían a grupos políticos más comprometidos”, dice Gyddens en el artículo antes mencionado. De este modo, surgieron multitud de movimientos sociales con reivindicaciones hasta entonces desconocidas que las generaciones anteriores difícilmente podían comprender. Así, pronto estuvieron en el candelero el movimiento sureño de defensa de los derechos civiles, iniciado unos años antes, y también en el que abogaba por la libertad de expresión, cuyo epicentro fue la Universidad de California-Berkeley, situada al otro lado de la bahía de San Francisco.
Esos movimientos se manifestaron radicalmente en contra de la guerra de Vietnam, del racismo y la obligatoria conformidad con las reglas establecidas y se solaparon con el movimiento hippie o con los Panteras Negras. La conjunción de ideas e intereses dio como resultado una oleada de protestas sin parangón hasta entonces. En los años 60 se formaron en Estados Unidos las comunas más extensas en las que se intentaba llevar a cabo un estilo de vida completamente alternativo. Las universidades, cada vez más masificadas, se mostraban especialmente activas. Los estudiantes se preguntaban no qué podían hacer ellos por su país, como habían hecho sus padres y abuelos, sino qué podía hacer su país por ellos.

El Free Speech Movement (Berkeley 1964).

El Free Speech Movement (Berkeley 1964).

En la Universidad de California, Berkeley, nació en 1964 el Free Speech Movement (Movimiento para la Libertad de Expresión) como respuesta a la prohibición de realizar actividades políticas en el campus. El 1 de octubre de dicho año un antiguo alumno, Jack Weinberg, se negó a identificarse a la policía cuando sentado en la mesa del Congreso de Igualdad Racial y fue arrestado. Unos tres mil estudiantes lo impidieron y utilizaron el coche de la policía como tribuna desde la que diversos oradores llamaban a la protesta contra la política gubernamental. Se produjo una gran sentada que no terminó hasta el 3 de diciembre, día en que fueron detenidos 800 estudiantes. En 1965 se formaría, también en Berkeley, el Vietnam Day Comité (VDC), una coalición de grupos políticos y organizaciones estudiantiles que se oponía a la guerra de Vietnam y agrupaba a más de 35.000 personas. El VDC estableció tres objetivos principales: lograr la solidaridad nacional e internacional en contra de la guerra, coordinar y organizar una acción militante, incluyendo la desobediencia civil, y trabajar ampliamente para desarrollar el movimiento fuera del campus universitario.
La guerra de Vietnam –paradigma de las contradicciones de la sociedad estadounidense– jugó, pues, un papel determinante en la politización masiva de los sesenta. El 17 de abril de 1965 tuvo lugar en Washington la primera protesta masiva contra la guerra, organizada por el Students for a Democratic Society (SDS), y en octubre más de 100.000 estudiantes norteamericanos participaron en el Vietnam-Day pronunciándose en este mismo sentido. Pero, además, la guerra de Vietnam fue también un referente con el que evaluar las grandes desigualdades sociales de un sistema que creía ser casi perfecto: la mayoría de los soldados destinados a Vietnam eran negros.

Atletas negros levantando el puño durante los Juegos Olímpicos de 1968.

Atletas negros levantando el puño durante los Juegos Olímpicos de 1968.

El momento álgido de la protesta se alcanzó en el verano de 1967, con revueltas en más de cien ciudades, pero sería 1968 cuando tendrían lugar los hechos más significativos. Ese año fueron asesinados Martin Luther King, el 4 de abril, y Robert F. Kennedy, el 5 de junio. El Black Power aprovechó que los Juegos Olímpicos de México eran los primeros en la historia que se transmitían por televisión vía satélite y varios atletas negros recibieron sus medallas en el podio mientras levantaban el puño cerrado, algunos de ellos con una boina verde en su cabeza. En Chicago, la Convención demócrata acabó con enfrentamientos entre manifestantes y la policía (duraron cinco días). Todo ello con la guerra de Vietnam como fondo. En abril tuvo lugar la matanza de My Lai, una aldea vietnamita que se hizo desde entonces tristemente famosa por haber sido sus habitantes masacrados por el Ejército estadounidense (durante varias horas mataron a más de 500 civiles, la mayoría mujeres, niños y viejos). Las bajas estadounidenses se acercaban a los 15.000 muertos a finales del año.

Woodstock, 1969.

Woodstock, 1969.

Como había ocurrido en París tras los sucesos de mayo –y como suele ocurrir siempre que se da un movimiento revolucionario (o que se cree que es revolucionario)–, la mayoría de la población acabó decantándose hacia posiciones más conservadoras. Así, el candidato republicano Richard Nixon ganó las elecciones presidenciales celebradas el 5 de noviembre. Empezaba, de este modo, el fin de la explosión política, social y cultural que había caracterizado gran parte de la década de 1960. En 1969 tendría lugar todavía una muestra de gran valor testimonial de la nueva cultura juvenil. Me refiero al archifamoso festival de Woodstock. Pero los ecos del movimiento de protesta que había tenido en 1968 su máxima expresión comenzaban ya a apagarse. Las demandas juveniles de una sociedad más justa habían encontrado su catalizador en la guerra del Vietnam y la discriminación racial, y aunque la guerra del Vietnam no finalizaría hasta 1975 y la discriminación racial exista aún, la juventud había encontrado ahora otro catalizador de sus aspiraciones: el mercado les tenía en cuenta cada vez más (discos, ropa, publicaciones ex profeso para ellos…) y los padres comenzaban a aceptar sus demandas. Los jóvenes habían conseguido ser sujeto histórico. Eran ya mayores.