Mañana será otro día

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Lo que al principio nos pareció trascendente acaba siendo insustancial a fuerza de reproducirse cada vez con menos intensidad, por ya sabido. Ya nada sucede ni sucederá que nos maraville, ni siquiera que nos asombre, más allá de los accidentes que nos depare la fatalidad. Soñar no cuesta nada, dijo alguien un buen día, y luego la sentencia se repitió hasta la saciedad, pero soñar puede costarte la vida. No es de extrañar que se produzcan tantas lobotomías de espíritu, es una manera de blindarse ante la propensión a la ensoñación, a creer que si hoy no sucede nada mañana será distinto, y si no pasado mañana, o el otro.

 

Al fin, la meta

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Logan Zyllmer (2014).

No deja de ser una incongruencia: seguimos siempre por el mismo camino, deberíamos conocerlo bien y en consecuencia saber sortear los obstáculos que se presentaran con relativa facilidad. En cambio, cada vez cuesta más transitar por él y ya no advertimos ni sendas ni atajos. Tampoco sabemos si llegaremos a la meta o nos detendremos agotados y agostados. Caminar, solo caminar, sin rumbo fijo, vagar, aventurarse en el mundo, descubrir y descubrirnos, es cada día más complicado, especialmente a medida que vamos dándonos cuenta que tomemos la vía que tomemos atravesaremos los mismos lugares con decorados diferentes, encontraremos las mismas personas aunque con rostros distintos, experimentaremos las mismas cosas bien que en otros escenarios, y si la desesperanza no nos puede antes, al final llegaremos a ver la pancarta en que figura con grandes letras la palabra meta. Algunos pueden que vislumbren la meta pocos metros antes, otros centenares de metros antes, algunos kilómetros. En todo caso les servirá para cerciorarse que por fin han llegado, aunque atravesada la pancarta adviertan un paisaje del todo distinto al que creían que iban a encontrar dominado por la oscuridad. También hay quienes no consiguen ver indicador alguno de la cercanía a la meta y en el instante menos esperado se dan cuenta de que ya han llegado y de que nadie les recibe, hasta que los organizadores de la carrera perciben su presencia y les entregan la mortaja.

Cazadores de experiencias

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Hay quienes se consideran tan buenos conocedores de experiencias que se creen en la obligación de transmitir su pericia a los demás y que, así, no carezcamos de referentes en quién mirarnos de manera fácil, sin que ni siquiera hagan faltan los sentidos para ello. Hay quien escribe su experiencia, aunque fantasea sobre ella, haciendo que de ese modo pueda él creerse también las grandes mentiras que ha vivido. Escriben novelas, o poesías; ensayos también. Algunos, más pretenciosos, en cambio, convierten todo lo que pasó en historia. Investigan, saben, conocen lo que sucedió, o eso sostienen. Vanidad y jactancia. Solo los comprenden los ya avezados. Se escribe para los que saben escribir, para los que saben descifrar. Los únicos que les entienden son los ya entendidos, los vencedores. Los derrotados nunca se enteran y siguen siendo derrotados, aunque imiten, aunque mimeticen. Sus vidas son contadas a los vencedores. Con total impunidad. A los dueños de la experiencia. Bendiciones mil de las instancias oficiales y académicas. Una forma como otra de lavar conciencias, advertencias de lo que pudo suceder para que no ocurra de nuevo, sentimientos ajenos de los que nos apropiamos y diluimos en nuestra miseria, sabedores de que siempre seremos menos miserables que los miserables de los que se cuentan sus historias. Al fin y al cabo ellos nunca lo leerán.