El viaje (nueva edición)

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El viaje es la primera novela que publiqué. Fue a principios de 2014. Hace cinco años, pues. Es también, por ello, la primera que presento hoy de las tres que he que he rehecho (El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós son las otras dos). Cuando hablo de que he rehecho –como exponía hace dos días en la entrada Comenzar de nuevo– no me refiero al texto, que sigue siendo el mismo –con alguna que otra corrección necesaria–, sino a su aspecto, a su diseño y maquetación.

El viaje, sin embargo, presenta otra novedad más: la inclusión de 23 fotografías (21 de ellas de mi hijo, Nelo Cerdà) que en su momento, cuando la publiqué por primera vez, seleccioné para la posible portada. He de aclarar que me he servido de ellas de forma arbitraria, recortándolas o convirtiendo a blanco y negro algunas cuyo original es en color, siguiendo el único criterio de que estas se ajustasen al nuevo diseño. Lógicamente, algunas distan mucho del original. Pero mi hijo me dijo algo así como “haz con ellas lo que te venga en gana”. Y eso hice.

De las opiniones que algunos lectores, pocos, han tenido a bien escribir en Amazon, me quedo con dos: “Una historia de increíbles contrastes entre la sensibilidad de muchas descripciones y la dureza de muchas situaciones y personajes. Una visión crítica de la realidad más inmediata que te atrapa por llamar a las cosas por su nombre, con crudeza y sin dobleces” (que firma Marta Vendrell) y “El autor muestra un gran dominio del lenguaje, con una prosa interesante que te hace pasar de la ternura a la derrota en unas páginas. En definitiva, una lectura que llega y llena” (que firma Ana Sebastià). Es, a fin de cuentas, lo que pretendía.

En fin, espero que a todos aquellos que no han leído El viaje esta nueva edición despierte su interés y –¿hace falta decirlo?– que la compren. Se agradecen, y mucho, los comentarios, sean halagadores o críticos, pero la mayor recompensa es la que se obtiene cuando ves que tu libro ocupa un lugar destacado en la clasificación en los más vendidos de Amazon. C’est la vie, putain de vie.

Cómo surgió en mí la necesidad de escribir novelas

Con Nelo, mi hijo, en 1987. Fotografía de Elisa Pascual

Con Nelo, mi hijo, en 1987. Fotografía de Elisa Pascual

A principios de 2014 publiqué mi primera novela, El viaje. Cinco años después ya son cuatro las que llevo editadas, o autoeditadas, siendo más precisos. Vaya autor más prolífico, puede que piensen, o más alocado, pero de eso nada. No es que un buen día se me ocurriera escribir una novela y luego otra y así sucesivamente hasta cuatro. Ni soy tan fecundo ni tan cándido. Quiero, pues, antes de empezar a anunciar la nueva de edición de las tres novelas que comentaba ayer en la entrada Comenzar de nuevo, hablarles e cómo surgió en mi la necesidad de escribir novelas, o la vocación.

Al iniciar mi andadura por el mundo este de los blogs con Música de Comedia y Cabaret a finales de 2012 los originales de las novelas El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós estaban terminados, lo que no significa listos para ser publicados. La premura por publicar una novela, o cualquier otro libro, es lógica, pero del todo desaconsejable. Claro que tenemos ganas de publicar (más si es la primera vez), de mostrar nuestra obra. Pero calma, que repose, como pasa con los arroces. Yo, en cuanto termino una novela, la dejo –que no la olvido– alrededor de un año. Pasado este vuelvo con ella y me sorprendo de los errores, y también de los aciertos, que encuentro.

El viaje había ‘reposado’ ya su tiempo y estaba lista para su publicación. Aunque la publiqué por primera vez a principios de 2014, su gestación viene de mucho antes. Siempre me ha gustado escribir, desde pequeño. Cuando era adolescente quería ser escritor o periodista (en este último caso, corresponsal de guerra). Por diversas razones, que ya he explicado otras veces, acabé estudiando Filosofía y Letras (sección Historia) –así se denominaba entonces–, me convertí en historiador y como tal trabajé –y me llevó a poder hacer otras cosas centradas en algo que siempre me ha preocupado: la divulgación– hasta unos años antes de mi jubilación (en julio de 2018).

Ello no fue óbice para que persistiera en mí el ansia por escribir aquello que la imaginación urdía, tramaba y fraguaba en mi mente, siempre dispuesta a aventurarse en el mundo de la fantasía. Libreta y portaminas, o estilográfica, eran, son, instrumentos inseparables de mi día a día. Siempre me acompañaban, y me siguen acompañando. Iba a la playa con mi hijo cuando era pequeño y, sobre todo si con nosotros venía algún amiguito suyo, allí estaba yo, en mi tumbona, bajo la sombrilla, escribiendo. Iba de viaje con él –me gusta viajar solo, o con niños–, nos sentábamos en algún sitio a tomar o comer algo y enseguida sacaba la libreta y el portaminas. Un momento –estaba con él y, obviamente, era el centro de mi atención–, solo un momento, pero era preciso anotar mis impresiones, mis consideraciones, mis ideas.

El mundo mental de los niños absorbe fácilmente la realidad cotidiana y la adapta al suyo. En mi caso –que me reconozco un niño disfrazado de adulto–, mi hijo asimiló –a su manera, naturalmente– esa inquietud mía y consideró que escribir una novela era una de las cosas más trascendentes que uno podía hacer en la vida. Una novela, no un libro de otro género. Un año antes de que naciera publiqué mis dos primeros libros, ambos de historia, y el mismo año que nació (1981) el tercero, también de historia. Y seguí publicando. Quiero decir con esto que mi hijo siempre estuvo al corriente de que su padre escribía libros. ¿Pero es la novela?, preguntaba. No, eso ya lo haré algún día. ¿Cuándo? Y ¿entonces esto no es lo que escribes en la libreta? Y ¿para qué lo haces?, ¿por qué? Todas estas preguntas imagino, y no creo estar equivocado, se debían a esa agudeza mental tan propia de los niños. Había captado perfectamente lo que escribir una novela representaba para mí, para aquel adolescente que soñaba con ser escritor. Naturalmente, a él le dediqué la primera novela que di por terminada, El corto tiempo de las cerezas, aunque luego apareciera a la venta tras El viaje. Mi hijo entonces ya tenía 33 años, yo 60. ¡Por fin! Todo llega. Es cuestión de perseverar, de empeñarse con tesón, de mantener siempre vivas la ilusión y la curiosidad, de nunca dejar de soñar, de dejar correr la fantasía.

Igual mi hijo descubrió antes que yo lo que escribir ficción representaba para mí. A mí me costó más. De hecho, las palabras con las que al respecto más me identifico, y que ni tan solo pongo en boca mía, son las Sam Sutherland, protagonista de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird): “Escribir es como respirar. En según qué circunstancias el aire viciado te lo impide, pero hay que seguir respirando, si no te mueres. Aun así, acabamos contaminados por la atmósfera que nos rodea sin siquiera darnos cuenta y conformamos la realidad a través de nuestro ánimo adulterado. Solamente en la ficción somos capaces de soportar nuestras renuncias y asentimientos, evadirnos y ser otro. Aunque ¿qué otro? El que la existencia, nuestra existencia, demanda. Siempre somos otro. ¿Qué es ficción, qué no? ¿Qué hemos vivido en verdad fuera de nuestra imaginación? Llegados a este punto todo se vuelve frustración. Aun así, prefiero la ficción, al menos puedo cabrearme con quien quiera, destruir lo que considere y construir lo que crea. Luego viene el choque con la realidad, no tanto por la divergencia que pueda darse entre lo fantaseado y lo concreto como por la dificultad para distinguir ambos extremos. La libertad para actuar es una falacia, nadie es libre, somos lo que somos y lo que la historia nos ha hecho”.

La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre)

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Las llaman mujeres de vida alegre quienes frecuentan esas “guaridas de sentimientos encontrados y gélidos, almacenes de incertidumbres y recelos, infortunios y fiascos” que son los prostíbulos, quienes acuden “a las solícitas y complacientes mujeres de la calle” en busca de sexo y de consuelo que alivie su miserable existencia. Pero, como dice la canción de Brassens, no ríen. Más bien lloran. Eso sí, tras marchar el cliente después de tener relaciones sexuales con ellas en esas guaridas que mencionaba. Nunca antes. Hay que fingir, y fingir bien, para poder conseguir unos ingresos mínimamente estables.

Este es el caso –como tantos otros– de Violeta, uno de los personajes de mi novela El viaje, a la que pertenecen las frases que entrecomillo. Violeta era “una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos”. Ni don Cosme, otro protagonista, que se encaprichó de ella y la trataba con suma consideración, pues en ella “encontraba calor y comprensión, sin llegar a plantearse que sin dinero el calor y la comprensión que creía hallar se hubiesen vuelto mucho más gélidos”. Ni él, ni quienes jamás llegaron a plantearse la diferencia entre una muñeca sexual y una mujer de carne y hueso, trataron vez alguna con la verdadera Violeta, la persona, sino con la “puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas”.

No existen los clientes, sino los puteros, malnacidos que se provechan de la explotación de que son objeto las ‘mujeres de vida alegre’. Les importa un bledo. No son conscientes, como canta Brassens, de que esa puta con la que se entretienen y de la que muchas veces se ríen perfectamente hubiera podido ser su madre. Y ve y diles que son unos hijos de puta, que lo son. Díselo y verás cómo se ponen.

Bueno, les dejo ya con Georges Brassens, quien describe la vida de estas ‘mujeres alegres’ mucho mejor que yo, y su canción La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre), de su autoría (música y letra), que salió a la luz en el álbum de 1961 Le temps ne fait rien à l’affaire. He traducido el texto tras ver una por una las traducciones al español que existen en internet. Ya me hubiera gustado utilizar alguna de ellas, pero en todas encontré errores de bulto derivados de una mala traducción de palabras y expresiones propias del argot francés. Iba a decir que cuanto daño hacen los traductores automáticos, pero no es así. Creo que es más correcto decir qué mal se utilizan los traductores automáticos. No sé si mi traducción es mejor, creo que sí, pero si advierten algún error les agradecería que me lo comunicaran.

Que pasen un buen día.