El pájaro despistado

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Nada queda. El barrio ─unas cuantas calles─ es otro. Yo también. Pero ahí seguimos (…) rodeados de zombis. Si la muerte es ausencia de vida, lo somos desde hace mucho tiempo, zombis. Murió Vladimiro, el zapatero; Joaquín vendió su camión y marchó con su esposa al pueblo de esta; cerró Pilar, la pescadera; también Olegario, que tenía una tienda de ropa, y Casimiro (cada vez había menos niños que compraran las chucherías y tebeos de su kiosco). (…) Murió también doña Amalia, que sabía cómo hacer desaparecer las verrugas simplemente frotándolas un instante con los dedos de su mano, y se fue el olor a jazmín que salía del patio de su casa; sus hijos la vendieron, hoy es un edificio de pisos, de seis alturas. Nos dejó El Gran Hogart, el mago ─en realidad se llamaba Vicente─, que seguía fascinando a propios y extraños con sus trucos en el bar de Valentín a cambio de una copa. Las acacias las cortaron tiempo ha. Aún así, de vez en cuando todavía se ve algún pájaro. Siempre hay despistados.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2014/12/21/el-pajaro-despistado/

 

Esa guarida de sentimientos encontrados y gélidos llamada barrio chino

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En el Café Chez Fraysse. Rue de Seine, Paris, 1958. Fotografía de Robert Doisneau.

Asiduo de esas guaridas de sentimientos encontrados y gélidos, almacenes de incertidumbres y recelos, infortunios y fiascos, con que se construyen los barrios chinos, en la barra de uno de los pocos clubs de alterne que permanecían abiertos fue donde conoció a Violeta. Para don Cosme aquel barrio no era inhóspito, tal vez sí despiadado, sabía que las opciones de sus moradores se limitaban a la fuga o a la muerte, pero allí encontraba calor y comprensión, sin llegar a plantearse que sin dinero el calor y la comprensión que creía hallar se hubiesen vuelto mucho más gélidos. Trataba a las solícitas y complacientes mujeres de la calle como en verdad las consideraba, como trabajadoras sociales. Se mostraba atento y respetuoso con ellas, no solía acostarse con nadie, tomaba una copa y charlaba un rato, en todo caso algo de petting si se terciaba. Con el tiempo llegó a satisfacerle más que la cópula, respecto a la que siempre me pareció observar cierta renuencia por su parte. Como creyente que era, se apiadaba de quienes no sabían disimular su desánimo y no juzgaba a nadie: habrá un juicio final en el cual Dios juzgará a todos los hombres y solo él tiene esa potestad, pensaba, o se decía a sí mismo, y a los demás, a mí al menos, para esquivar problemas morales.

Violeta pertenecía al grupo de mujeres ─vendan su cuerpo, su fuerza de trabajo física o su intelecto─ que han perdido toda capacidad de simulación y se atrincheran en una coraza de indolencia. Su mirada reflejaba indiferencia, ni odio ni pasión; era la de un ser errático en su desventura sin posibilidad de horizonte alguno. A don Cosme le gustó desde el mismo instante que la vio detrás de la barra cuando, como varias tardes a la semana ─dos, tres, cuatro─, entró al club a tomar una copa y charlar un rato con quien más predispuesta estuviera a escuchar confidencias o lamentaciones como si fuese una persona afortunada. Debía serlo más que su contertulio, aparentarlo por lo menos daba confianza y garantizaba cierta estabilidad en sus ingresos. Ese día, en la barra solamente estaba Violeta. Don Cosme se sentó en el taburete del centro, había tres más a ambos lados, los seis vacíos. La gente que frecuentaba el barrio chino estaba tan depauperada como su entorno y no disponía de dinero suficiente para malgastarlo en una cata de sentimientos previa al encuentro sexual.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2014/12/14/esa-guarida-de-sentimientos-encontrados-y-gelidos-llamada-barrio-chino/

El culo de Sara

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Antes del culo de Sara, que ella misma me presentó cuando tendría yo ocho o nueve años, creía que el mundo estaba delimitado por cuatro grandes muros ─para mí lo eran, enormes─, unos muros que encerraban, incomunicaban pues, el vasto jardín de la casa donde nací y viví permanentemente hasta los dieciocho años. Ese mundo tenía, como todos los planetas, unos satélites: la escuela y la iglesia. El culo de Sara me abrió las puertas de otras realidades. Sara era una chica que trabajaba en casa como sirvienta, así se decía entonces, y de la que me acuerdo siempre que veo un culo. Tendría unos veinte años, lavaba, planchaba, hacía la compra y nos sacaba a pasear a mi hermano y a mí.

Mi pueblo está a unos cuarenta kilómetros de la playa, y durante el verano íbamos allí a pasar el día, varias veces, ya fallecido mi padre. Antes no recuerdo. Nos llevaba Joaquín, el taxista del pueblo. Nos bañábamos, jugábamos, comíamos y a última hora de la tarde Joaquín nos recogía ─no sé que hacía él mientras, con nosotros no estaba─ y volvíamos otra vez a casa. Muchos niños iban también, con sus padres, en tren. A mí me hubiera gustado ir en tren. Generalmente íbamos mi madre, una tía mía que se llamaba Hortensia, mi hermano y yo. Y supongo que alguna vez venía Sara en vez de mi tía Hortensia. Llegados a la playa, nos cambiábamos en una de las casetas de madera que, a tal efecto, se instalaban sobre la misma arena.

Cómo nos pusimos el bañador otras veces no lo sé, en aquella ocasión me tocó cambiarme con Sara. Me di la vuelta para hacerlo, como Sara me indicó, pero giré la cabeza, hacia la derecha, me acuerdo. Tal vez calculando aquella posibilidad, más que previsible, se cambió de espaldas a mí. No podía haber elegido otra opción mejor. El vello de su pubis habría sido el primero de mi vida y seguramente me habría impresionado demasiado. Sin embargo, su culo… Es como si lo estuviese contemplando, admirando más bien, todavía: blanco, redondo, enorme. Llegaba justo a la altura de mis ojos. Todo mi campo visual era culo. El culo de Sara por todo universo. Pasear por el valle que formaban sus nalgas, subir y bajar por aquellas laderas, desaparecer en él, dormir en su regata, tal vez vivir allí. No me atreví a tocarlo, pero lo deseé, y tanto que lo deseé, todavía lo deseo, el culo de Sara sigue excitándome y su imagen, al mismo tiempo, me tranquiliza.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2014/12/07/el-culo-de-sara/