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En el Café Chez Fraysse. Rue de Seine, Paris, 1958. Fotografía de Robert Doisneau.

Asiduo de esas guaridas de sentimientos encontrados y gélidos, almacenes de incertidumbres y recelos, infortunios y fiascos, con que se construyen los barrios chinos, en la barra de uno de los pocos clubs de alterne que permanecían abiertos fue donde conoció a Violeta. Para don Cosme aquel barrio no era inhóspito, tal vez sí despiadado, sabía que las opciones de sus moradores se limitaban a la fuga o a la muerte, pero allí encontraba calor y comprensión, sin llegar a plantearse que sin dinero el calor y la comprensión que creía hallar se hubiesen vuelto mucho más gélidos. Trataba a las solícitas y complacientes mujeres de la calle como en verdad las consideraba, como trabajadoras sociales. Se mostraba atento y respetuoso con ellas, no solía acostarse con nadie, tomaba una copa y charlaba un rato, en todo caso algo de petting si se terciaba. Con el tiempo llegó a satisfacerle más que la cópula, respecto a la que siempre me pareció observar cierta renuencia por su parte. Como creyente que era, se apiadaba de quienes no sabían disimular su desánimo y no juzgaba a nadie: habrá un juicio final en el cual Dios juzgará a todos los hombres y solo él tiene esa potestad, pensaba, o se decía a sí mismo, y a los demás, a mí al menos, para esquivar problemas morales.

Violeta pertenecía al grupo de mujeres ─vendan su cuerpo, su fuerza de trabajo física o su intelecto─ que han perdido toda capacidad de simulación y se atrincheran en una coraza de indolencia. Su mirada reflejaba indiferencia, ni odio ni pasión; era la de un ser errático en su desventura sin posibilidad de horizonte alguno. A don Cosme le gustó desde el mismo instante que la vio detrás de la barra cuando, como varias tardes a la semana ─dos, tres, cuatro─, entró al club a tomar una copa y charlar un rato con quien más predispuesta estuviera a escuchar confidencias o lamentaciones como si fuese una persona afortunada. Debía serlo más que su contertulio, aparentarlo por lo menos daba confianza y garantizaba cierta estabilidad en sus ingresos. Ese día, en la barra solamente estaba Violeta. Don Cosme se sentó en el taburete del centro, había tres más a ambos lados, los seis vacíos. La gente que frecuentaba el barrio chino estaba tan depauperada como su entorno y no disponía de dinero suficiente para malgastarlo en una cata de sentimientos previa al encuentro sexual.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2014/12/14/esa-guarida-de-sentimientos-encontrados-y-gelidos-llamada-barrio-chino/