San Lunes

Le Grand Saint Lundi (1837). Jean Wendling.

Me considero ateo. No creo en Dios, ni en los santos, ni en nada sobrenatural. Y para un santo al que le tengo devoción resulta que no figura en el santoral. Me refiero a San Lunes, una costumbre, o tradición, que consistía en alargar el descanso dominical y que se remonta al siglo XVII, pervive en el XVIII y desparece a lo largo del siglo XIX –o XX, según países– con la industrialización.

Bueno, yo estoy jubilado y para mí ya todos los días, afortunadamente, son San Lunes. Pero no es eso. Es el lamento por la desaparición de una costumbre que no debería haberse perdido, es la racionalización del trabajo y la redistribución de la jornada laboral. Pero veamos la historia de San Lunes.

La revolución industrial, surgida en la Gran Bretaña del siglo XVIII, y las consiguientes revoluciones burguesas que la acompañaron, significó una ruptura con una determinada concepción del mundo. Hombres y mujeres, de tradiciones heredadas a lo largo del siglo XVIII que les convertían en ‘el inglés libre de nacimiento’, vieron –y vivieron–, cómo todo cambiaba a su alrededor y cómo se les escapaba una manera de vivir que, si bien nada tenía que envidiar a la sociedad industrial en cuanto a ciertos aspectos materiales, les permitía vivir más libres y, por tanto, más felices. A lo largo del siglo XIX, en diferentes momentos y distintas circunstancias, dicha ruptura se extendería progresivamente por todo el orbe.

Antes de ese nuevo orden también se trabajaba, ¡y tanto que se trabajaba! Pero el trabajo intenso de unos días se alternaba, y compensaba, con la ociosidad de otros. Los ritmos de trabajo en la época preindustrial eran distintos. En el marco de una economía doméstica, de pequeños talleres y trabajo a domicilio que podía compartir la familia, predominaba la flexibilidad. Con la industrialización –es decir, con la cada vez mayor presencia de industrias mecánicas a gran escala–, el ritmo de trabajo tuvo que adaptarse al proceso de producción tanto en el medio urbano como en el rural. El tiempo se convirtió en una autoridad cada vez más poderosa y el reloj devino indispensable para regular la vida de las gentes, organizada ahora en torno al trabajo. El reloj o los tañidos de las campanas de los campanarios o el canto de las de los serenos, hasta que este se generalizó.

El tránsito de la sociedad preindustrial a la industrial-capitalista no se produjo sin “una resistencia empecinada y el siglo XVIII fue testigo de cómo se creaba una distancia profunda, una profunda alienación entre la cultura de los patricios y la de los plebeyos”, lo que comportó una paulatina destrucción de antiguas tradiciones firmemente arraigadas en el seno de las clases populares, de costumbres que expresaban, en gran parte, lo que ahora significa la palabra cultura. (E.P. Thompson: Costumbres en común, 1991).

Una de estas costumbres era San Lunes. “Parece ser que San Lunes era venerado casi universalmente donde quiera que existieran industrias de pequeña escala, domésticas y a domicilio; se observaba generalmente en las minas, y alguna vez continuó en industrias fabriles y pesadas. Se perpetuó en Inglaterra hasta el siglo XIX –y en realidad hasta el XX– por razones complejas de índole económica y social. En algunos oficios, los pequeños patronos aceptaron la institución y emplearon los lunes para tomar o entregar trabajo. (…) Donde la costumbre se encontraba profundamente establecida, el lunes era el día que se dejaba para el mercado y los asuntos personales”, sigue diciendo Thompson en su magnífico libro. De 1693 son estos versos impresos que recoge el autor británico en dicha obra:

“Ya sabes hermano que el Lunes es Domingo;

el Martes otro igual;

los Miércoles a la Iglesia has de ir y rezar;

el Jueves es media fiesta;

el Viernes muy tarde para empezar a hilar;

el Sábado es nuevamente media fiesta”.

San Lunes no fue pues, ni mucho menos, exclusivo de Gran Bretaña. “El lunes, ni las gallinas ponen”, dice el refranero mexicano. En Francia, por ejemplo, “le dimanche est le jour de la famille, le lundi celui de l’amitié”, recuerda Thompson citando a Georges Duveau. Y servidor de ustedes siempre ha conocido esta canción popular que todavía se canta en la zona en que nací (la comarca valenciana de l’Alcoià-Comtat): “El dilluns volem fer festa, / el dimarts ‘pa’ descansar, / el dimecres ‘pa’ anar al cine, / el dijous ‘pa’ festejar, / el divendres traure comptes / ‘pa’ el dissabte anar a cobrar, / i el diumenge, com és festa, no ‘mos’ deixen treballar”.

San Lunes, obviamente, feneció y no subió al calendario santoral, quedando fuera de “todos los santos”. No podía ser de otro modo. Mas servidor de ustedes, como les decía, es el único que venera.

La recompensa

Un hombre (…) encontró una cartera repleta de dinero, más de mil dólares, la mayoría en billetes de cien, cuando se dirigía a uno de los restaurantes más lujosos de Nueva York donde trabajaba como camarero. No había tenido nunca un billete de cien en sus manos, ni visto tanto dinero junto; eso no lo ganaba él en un año. Visiblemente nervioso, lo primero que hizo al llegar al trabajo fue contárselo a un íntimo amigo, compañero suyo, camarero también. Nuestro hombre estaba hecho un lío y no sabía si devolver o no la cartera a su propietario. En la documentación que había con el dinero figuraba su nombre y las señas; se trataba de un acaudalado hombre de negocios que vivía en un lujoso inmueble de la Quinta Avenida. Desde el primer momento, su amigo le aconsejó que se la quedara, que a un tipo como al que pertenecía la cartera le sobraba el dinero mientras que a él le arreglaba la vida una buena temporada.

Por la noche, lo habló también con su mujer, una irlandesa católica, como él; ambos eran emigrantes, profundamente religiosos y esperaban un tercer hijo. Ella dudaba, pero cuanto más lo pensaba más favorable se mostraba a quedarse con el dinero. ¿No ves cómo vivimos? Piensa en los niños. A él, sin embargo, le ocurría lo contrario. Su moral, concluyó, no le permitía hacer una cosa así.

A la mañana siguiente se presentó en la mansión del dueño de la cartera para hacerle entrega de la misma. Le recibió un criado, con librea, más elegante que él mismo cuando se ponía, los días festivos, sus mejores ropas. Le dijo que esperara un rato en el vestíbulo, suntuoso, más amplio que su casa; cualquiera de los muebles, objetos o cuadros que lo decoraban seguramente tenía más valor que todas sus posesiones juntas. Si esto es así, ¡cómo será el resto de la casa!, pensó. Salió por fin el potentado dueño de todo aquello, que se deshizo en halagos hacia el comportamiento del camarero y le gratificó con veinte dólares. ¡Veinte dólares! ¡Será miserable! Mira que solo darte veinte cochinos dólares. Ya te dije que no le devolvieras el dinero. No se lo merece, ni él ni todos esos acaparadores que ya ves cuánto nos valoran, le dijo su amigo al enterarse.

La casualidad hizo que unas semanas después debieran servir en casa del magnate un ágape para un centenar de invitados que el millonario caballero había encargado al restaurante donde trabajaban los dos amigos. Fíjate en esa figurilla ─un pájaro tallado en cristal con incrustaciones de zafiros y rubíes y adornos en plata y oro─, debe valer una fortuna, con lo pequeña que es, y el muy avaro solo te dio veinte dólares. ¡Qué asco de gente! El honrado camarero seguía creyendo que había actuado conforme su conciencia le dictaba, pero se sentía cada vez más enojado y defraudado, especialmente ante el derroche extravagante que tenía lugar ante sus ojos (…); también porque saludó al dueño de la casa y este no solo no se acordaba de él, sino que ni siquiera le devolvió el saludo.

Cuando terminó la celebración, mientras recogían las cosas, se cercioró de que nadie le miraba y escondió la figurilla en su chaqueta. La mala suerte quiso que, ya saliendo de la casa, tropezara y la figurilla cayera al suelo. Llamaron a la policía, que obviamente le detuvo. La figurilla en cuestión estaba valorada nada menos que en cinco mil dólares. Se enfrentaba a una condena que podía llegar a varios años de prisión, según considerase el juez la gravedad del delito. De nada sirvió que su mujer consiguiera hablar con el ofendido propietario de la figurilla. No dudo de la honradez de su marido, me demostró su rectitud al devolverme el dinero. Pero todos nos extraviamos alguna vez. ¿Y qué hace usted cuando uno de sus hijos realiza una acción que pueda llevarle por el camino del descarrío y la perdición? Corregirle. ¿Cómo? Con un castigo. En lo que pueda intentaré que la pena que le impongan a su marido sea lo más leve posible, pero no retiraré la denuncia. Es lo mejor que puedo hacer por él. Finalmente, el camarero fue condenado a un año de cárcel. Lógicamente, perdió su empleo.

“La recompensa” es un relato de Sam Shuterland, el protagonista de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Colesterol: el gran engaño

Los masáis de Tanzania se alimentan de la leche, la sangre y la carne de sus vacas. Alimentación más rica en grasas saturadas es difícil. Tienen el colesterol alto, sí, pero el riesgo cardiovascular entre ellos es prácticamente inexistente. ¿Por qué? ¿Y por qué los franceses, que también tienen una dieta rica en grasas saturadas y una tasa media de colesterol superior la media, son quienes sufren la menor cantidad de infartos del mundo? ¿Será que el colesterol no es tan malo como lo pintan? Son preguntas que se plantean en el documental de 54 minutos de duración Cholestérol, le grand bluff (Colesterol, el gran engaño), que se estrenó en 2016 dirigido por Anne George y que coprodujeron Arte GEIE & Quark Productions.

¿Cómo se creó el dogma de que el colesterol es culpable de la mayoría de enfermedades cardiovasculares? La reputada periodista estadounidense de investigación Nina Teicholz nos explica cómo empezó todo: “En la década de 1950 hubo una ola creciente de infartos y enfermedades cardíacas. Hombres de mediana edad, en la plenitud de la vida, sufrían infartos de corazón. Se trataba de hombres cuyos padres nunca habían sufrido este problema. En 1955 el presidente Eisenhower sufrió un infarto que le obligó a ausentarse del Despacho Oval durante diez días. El pánico se extendió por todo el país”.

Entonces, Ancel Keys, investigador y patólogo de la Universidad de Minnesota, comenzó a interesarse por la cuestión y sugirió que la culpa era de las grasas saturadas, que elevaban el colesterol total, el cual, a su vez, obstruía las arterias y provocaba infartos de corazón. A principios de los 50 presentó un informe en el que achacaba tal circunstancia a “nuestro estilo de vida y nuestra dieta” y en 1958 puso en marcha un ambicioso plan: un estudio en siete países (Grecia, Yugoslavia, Italia, Países Bajos, Finlandia, EE UU y Japón) para observar el vínculo estadístico entre la alimentación, especialmente las grasas, la tasa de colesterol y el riesgo cardiovascular de la población. Más tarde, publicó una curva de mortalidad cardiovascular que encabezaba EE UU y concluyó que cuantas más grasas saturadas se consumen más infartos hay. Pero no incluyó a Francia, por ejemplo, que tiene un nivel muy bajo de infartos y consume abundantes materias grasas. Como pone de relieve el doctor Dominique Dupagne, Keys manipuló los datos. Cualquier investigador –sea del campo que sea– sabe que primero se formula hipótesis, luego se intenta obtener pruebas documentales y, cuando se considera que estas son irrefutables –lo que no quiere decir que necesariamente lo sean– se razonan las conclusiones y se presenta la tesis. Él hizo lo contrario.

Pronto, el colesterol pasó a formar parte de los intereses industriales. La industria agroalimentaria empezó a promocionar alimentos que estaban en concordancia con lo que decía Keys y viceversa, las farmacéuticas productos bajos en grasas y aceites vegetales. Surgieron diversas teorías en contra, pero los intereses de las industrias farmacéutica y agroalimentaria acabaron imponiéndose. Así, al patólogo Kilmer McCully, que formuló la hipótesis de que las placas de las arterias se desarrollan cuando la cantidad de homocisteína es excesiva, se le retiraron los medios y se le cortaron las vías de financiación, hasta que un buen día –lo cuenta él mismo– “el director de relaciones públicas del Hospital de Massachussets me llamó y me dijo que cerrara el pico, que en el futuro no quería volver a oír mi nombre asociado al hospital o a Harvard”. Si su teoría no hubiese tenido sentido nadie se habría interesado, nadie habría actuado contra él. Prueba de que su teoría no era descabellada, pero sí dañina para los intereses mencionados, es el descubrimiento que revela el documental de documentos confidenciales internos de la industria azucarera que demuestran que esta subvencionó investigaciones en los años 70 para que el colesterol figurara como único responsable de las enfermedades cardiacas.

Para probar la incidencia del colesterol en las enfermedades cardiovasculares, las autoridades sanitarias pusieron en marcha un ensayo clínico en el que participaron 3.800 hombres con una tasa de colesterol muy elevada. Un grupo fue sometido a una dieta baja en colesterol y se les administró colisteramina, que reducía la tasa de colesterol en sangre. Se empezó entonces a hablar de los países mediterráneos, que consumían aceite de oliva y fibras y tenían entre ocho veces menos infartos que los finlandeses y cuatro menos que los escoceses. Se hicieron pruebas y el grupo que consumían una dieta mediterránea tuvo un 50% menos de infartos. Pero una vez más, los resultados se obtuvieron de una mala selección (el ensayo se hizo con hombres de mediana edad y el resultado se generalizó al conjunto de la población) y de una interpretación errónea de las conclusiones: también en los países mediterráneos se consumen quesos y embutidos. No era la suya una dieta contra el colesterol, sino de otra forma de dieta.

Había que bajar, pues, el colesterol sí o sí. Y entonces se produjo el milagro: corría el año 1971 cuando el doctor Akira Endo descubría en Japón las estatinas, de las que consiguió aislar la pravastatina (1979) y la simvastatina (1982). Así lo vivió el doctor Mikael Rabeus, cardiólogo: “Fue algo extraordinario. Estábamos atónitos. De repente había una pastilla que podíamos recetar a las personas que habían sufrido un infarto y que, además, se reducía la mortalidad, el riesgo de recaída, etc. Era fantástico. Las administramos desde el primer momento”.

Prácticamente nadie, al principio, cuestionó lo que habían publicado prestigiosas revistas científicas internacionales acerca de los nuevos medicamentos. De nuevo nos lo explica el doctor Dupagne: “El colesterol no es un veneno que fluye por las arterias, es una grasa esencial para la fabricación de nuestras células. Sin él, no podemos vivir. El objetivo no es reducir el colesterol como el que reduce el arsénico en la sangre, por así decirlo. Se trata de un producto, o más bien de una familia de productos, que desempeñan funciones metabólicas muy valiosas, y cuando trastocamos algo para tratar de proteger el corazón podemos alterar otras cadenas metabólicas, ya sea en el campo del cáncer, en enfermedades autoinmunes y en multitud de cosas. Y cada vez que lo hacemos existe el riesgo de reparar una cosa mientras estropeamos otra, y encontrarnos con que hemos bajado la tasa de colesterol, pero hemos aumentado el riesgo de otras enfermedades”.

Pero con el tiempo se ha demostrado que las placas en las arterias se deben a un proceso de calcificación que las crea y se origina un trombo. ¿Y el colesterol? Esto dice al respecto en el doctor Mikael Rabaeus, cardiólogo: “Me gustaría que alguien me explicara esto. Después de dos millones de años de evolución del ser humano, ¿por qué habría un colesterol malo y uno bueno? No quiere decir nada. Si los dos colesteroles son secretados por el hígado desde hace dos millones de años es que necesitamos los dos. En segundo lugar, ¿qué es lo que hace que aumenten o disminuyan? En el caso del HDL, el llamado colesterol bueno, lo que lo hace aumentar es la actividad física. Y está claro que la actividad física durante los últimos diez mil años era muy alta en todos los hombres y tenían un HDL más bien elevado. Pero no es el HDL elevado el que nos protege, es la actividad física la que hace que enfermemos menos. En cuando al LDL es lo mismo, pero a la inversa. Sencillamente, consumimos menos LDL cuando somos sedentarios y, por lo tanto, tiende a elevarse un poco, pero una vez más: es el sedentarismo el que nos mata”.

Las estatinas, sin embargo, siguen recetándose, especialmente la simvastatina, a pesar de que –como decíamos en el párrafo anterior– pueden aumentar la calcificación de las arterias coronarias, que es el síntoma distintivo de una enfermedad cardíaca potencialmente letal. ¿Cómo es posible? Esta es la explicación del doctor John Abramson, catedrático de Medicina: “El 85% de los ensayos clínicos, y hasta el 97% de los ensayos más importantes, están patrocinados por laboratorios privados. Ahora bien, hemos calculado que hay cinco veces más posibilidades de encontrar un resultado positivo en un medicamente cuando el ensayo está financiado por un laboratorio privado en comparación con un ensayo del mismo medicamento financiado por un instituto público. Es un aumento bastante considerable de las posibilidades. Tendemos a considerar que los ensayos científicos son objetivos, pero cuando nos fijamos en cómo se estructura el sistema nos damos cuenta de que las compañías privadas patrocinan los ensayos clínicos para promover la venta de sus fármacos”.

¿Cómo se puede decir que las estatinas reducen el riesgo cardiovascular y al mismo tiempo aceptar que las estatinas aumentan el score cálcico, considerado por algunos como lo que mejor predice el riesgo cardiovascular? Ambas cosas son incompatibles.

Con el tiempo, muchos pacientes empezaron a sufrir los efectos secundarios de la simvastatina: debilidad muscular, fatiga, pérdida de memoria… Cosas de la edad, solía –suele– decir el médico al paciente que ya lleva un tiempo tomándola. Mas lo cierto es que, como afirma ya casi al final el cardiólogo e investigador del Centro de Investigaciones Científicas Michel de Lorgeril: “Las estatinas entran en el cerebro y alteran la síntesis de colesterol en el cerebro. Es un efecto terrible que hasta hace poco había sido ignorado, y solo gracias a la presión de algunos médicos y toxicólogos las autoridades sanitarias han admitido que, efectivamente, las estatinas provocan problemas de memoria y trastornos del sueño. Es decir, es un claro efecto neurotóxico”.

Vi el documental el en su día por recomendación de mi amiga Nekane, que es traumatóloga y reside en Bruselas, antes de marcharse ese mismo día, tras haber pasado unos pocos aquí. Lo vi y no solo me convenció, me entusiasmó. La llamé y se lo dije. Me respondió que se lo imaginaba y que la mayoría de los médicos, aunque algunos no lo dijeran, tenían serias dudas sobre la relación entre colesterol y enfermedades cardiovasculares. En tu caso, añadió (sufrí un infarto a causa del síndrome de Takotsubo), esa relación es inexistente.

Ella me aconsejó que hablara con mi médico. También el documental advierte al final: “No interrumpa su tratamiento sin consultar a su médico”. Eso hice. Y dejé de tomar simvastatina.

Si quieren ver el documental completo doblado al español, aquí lo tienen. Por cierto, no se pierdan lo que algunos de los que en él aparecen dicen en los títulos de crédito.