¿Alguien dijo que la Constitución española no ha cumplido su cometido?

Portadas de los diarios El País, ABC y La Vanguardia tras el referéndum que aprobó la Constitución española de 1978. / Zoom.News

Una constitución es la ley fundamental de un Estado mediante la cual se establecen las normas jurídicas que regulan las relaciones entre los distintos órganos del mismo y se garantizan las libertades individuales. La instauración de un orden constitucional estable fue la traducción efectiva de la voluntad revolucionaria resultante del movimiento liberal burgués impuesto a los monarcas. El objetivo de las constituciones, pues, fue la organización del Estado de tal manera que pudieran protegerse las libertades burguesas.

A medida que se fue desarrollando el comercio con el surgimiento de las ciudades modernas (a partir del siglo XI) el sistema feudal fue convirtiéndose en una barrera infranqueable que impedía la libre circulación de bienes y mercancías y la acumulación monetaria (necesaria, por otra parte, para incrementar las transacciones comerciales). Para acabar con las trabas del sistema feudal solo había un medio: controlar el poder.

Los avances tecnológicos propiciados por la Revolución industrial no hicieron más que confirmar esta postura. La oposición a un sistema cada día más alejado de las aspiraciones burguesas no era nuevo y tenía dos claros antecedentes: la Revuelta de los Países Bajos en el siglo XVI y la Guerra Civil inglesa en el XVII, pero será a finales del XVIII –con la Guerra de Independencia norteamericana y la Revolución francesa– cuando se inicie un proceso de episodios violentos y de transformaciones políticas –lo que historiográficamente se denominan revoluciones burguesas–, de distinta intensidad y duración según zonas, que culminarán a lo largo del siglo XIX con la instauración del nuevo orden burgués, o lo que es lo mismo: la consolidación de la sociedad industrial-capitalista.

La sociedad surgida de este orden se regirá por otros valores y principios –individualismo, libertad de expresión (dentro de ciertos límites), igualdad de derechos, inviolabilidad de la propiedad privada…– y se desarrollará en el marco de un nuevo sistema económico, el capitalismo –cuyas características esenciales son, a grandes rasgos, la propiedad privada de los medios de producción y el control del mercado laboral, la búsqueda del máximo beneficio en las inversiones y la orientación de las decisiones de carácter económico por el mercado– y político: sistema de partidos y lucha parlamentaria.

Es en este marco que nacieron las constituciones y los partidos políticos. Ambos con un mismo fin: el afianzamiento de la nueva sociedad.

Así las cosas, la Constitución que actualmente regula el Estado español ha cumplido con creces su objetivo: incorporar definitivamente a España al capitalismo global. En su artículo “La lucha de clases: pragmatismo ¿para quién?” –publicado en el libro La reestructuración del capitalismo en España, 1970-1990, Miren Etxezarreta (comp.)–, Raúl García Durán escribe: “Fontela (1982) señala cómo la transición española muestra la realidad como alternativa entre el neocapitalismo y socialismo democrático, pero al mismo tiempo sin diferencias de fondo entre ellos: se trata de un mismo modelo con dos versiones (economía industrial moderna basada en el mercado, intervención estatal) que tienden a fusionarse, en un Estado intervencionista, pero de política económica neoliberal”. Y, ya citando directamente a Fontela, prosigue: “El PSOE se garantiza el poder, pero para ello ha de transformar sus propios planteamientos, olvidar el Estado de bienestar. El socialismo democrático se hace neocapitalista. Justo en estas fechas se está mostrando el fracaso de la política realmente socialdemócrata de Mitterrand, por falta de competitividad internacional. No voy a insistir en el tema (central en todo el libro) de la internacionalización del capital, pero la opción del PSOE en este sentido es clara: nos hemos de subir al tren de los países ricos, aunque sea en el furgón de cola, y ello significa, cueste lo que cueste, Europa, el Mercado Común”.

Esta tarea le correspondió al PSOE porque ganó las elecciones en el momento clave del proceso, pero lo hubiera hecho UCD o cualquier otro partido de resultar ganador.

La Constitución de 1978 –por la que actualmente nos regimos– reconoce una serie de derechos que en la práctica no se cumplen. Veamos unos pocos. El artículo 14 dice que “los españoles son iguales ante la ley”, el 27.1 que “todos tienen el derecho a la educación”, el 35.1 garantiza “el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia”, el 39.1 afirma que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”, el 39.4 que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos”, el 43.1 “reconoce el derecho a la protección de la salud”, el 47 dice que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho”, el 50 que “los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad”…

¿Alguno de los citados se aplica de verdad, se lleva a efecto? La supuesta igualdad ante la ley viene determinada ante todo por dinero que tenga uno para costearse un buen abogado. El derecho a la educación existe, claro, y además la enseñanza es obligatoria hasta los 16 años, pero ¿las condiciones en que estudia el muchacho de una familia trabajadora –no digo ya en el paro– son las mismas que las de aquel que proviene de una familia acaudalada? Por no hablar de la enseñanza superior, cuyas matriculas son cada vez más elevadas. Decir que se garantiza “el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio” parece una broma de mal gusto. ¿Es necesario recordar las escandalosas cifras de paro, los trabajos en precario mal remunerados, los salarios indignos e insuficientes, la falta de una adecuada cobertura social? Así, decir que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia” es una falacia (según el INE, el 21,6% de los españoles vive por debajo del umbral de la pobreza y el 16,9% de los hogares tiene ‘mucha dificultad’ para llegar a fin de mes), como también afirmar que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos” cuando en España uno de cada tres niños vive por debajo del umbral de la pobreza y uno de cada diez es pobre severo. Lo mismo cabe decir del “derecho a la protección de la salud” con hospitales saturados, faltos de medios y recursos, y una medicina en manos privadas que proletariza a los profesionales y sirve a quienes más tienen sin los inconvenientes de la pública. En cuanto al “derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” ya no sé qué calificativo emplear. Aunque el número de desahucios en España ha remitido durante el primer trimestre de 2023, alcanzó la cifra de 6.579. Muchos de estos desahuciados han tenido que vivir –malvivir siendo precisos– de la pensión de sus padres cuando estas, ya de por sí, para la mayoría de ellos resultaban como mucho justitas para ir tirando.

Nos hemos centrado solamente en los derechos sociales, pero podríamos seguir con ejemplos sobre los derechos a la libertad de expresión, de reunión, de manifestación, de huelga, de discriminación por razón de sexo…, cada vez más amenazados.

Y es que, como dijo Charles Maurice de Talleyrand, “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”. Todo viene determinado por el modelo de organización social en que se enmarca la Constitución (no solo la española, también la mayoría de las actualmente vigentes en gran parte del mundo). ¿Se puede cambiar esto?

Es el modelo de organización social lo que hay que transformar primero, sino cualquier cambio será siempre un remedo.

Coppélia

Natalia Osipova en Coppélia. / Fotografía de Marc Haegerman-The New York Times.

Me dormí ayer con una amplia sonrisa de satisfacción y la melodía del “Vals lento” del ballet Coppélia sonando en mi cabeza, y esta mañana me he despertado tarareándola. Ello se debió a haber visto anoche la película francesa de 2011 Un paso adelante –magnífica y encantadora, por cierto– que termina con esta sonando de fondo mientras aparecen los títulos de crédito. Y es que Coppélia es un ballet, entre sentimental y cómico, que posee un encanto irresistible. Al menos para mí, pues, como dice la paremia, para gustos los colores. 

Nos cuenta la historia del Doctor Coppélius, un viejecito juguetero un tanto misterioso que construye juguetes autómatas, entre ellos una muñeca animada llamada Coppélia, que parece dotada de vida y de la que se enamora un joven llamado Franz. Su novia, Swanilda, una muchacha aldeana, logra acceder al gabinete de Coppélius y descubre el misterio de esa muchacha que está siempre sentada frente a la ventana con un libro en sus manos y saluda maquinalmente a su novio. Es así que el preciado secreto del Doctor Coppélius deja de serlo. Swanilda se hace pasar por la muñeca, con lo que esta cobra vida, y el Doctor Coppélius cae en el ardid. Finalmente, ella le pedirá perdón por tamaña osadía y Franz y Swanilda se casarán en medio de una gran fiesta popular.

Coppélia está basado en una tétrica historia de E.T.A. Hoffmann (El hombre de arena, 1815). Este ballet-pantomima en dos actos y tres escenas se estrenó en el Teatro Imperial de la Opera de la Rue Le Peletier de París el 25 de mayo de 1870. El libreto es original de Charles Nuitter y Arthur Saint-Léon, y la música de Léo Delibes, quienes sitúan la acción en una pequeña y típica aldea alemana. “Nuitter, archivero de la Opera y conocedor de los entresijos del ballet, no quiso trasladar al guión del ballet Coppélia todos los detalles morbosos del cuento de Hoffmann, un universo tenebroso donde un personaje de tintes satánicos, Coppélius, no se priva de extraerle los ojos de los vivos para trasladarlos a los muñecos autómatas que construía y así pasarles el aliento de la vida. Nuitter prefiere hacerle pasar por un vejete un poco alocado y excéntrico, avaro por más señas, que construye hermosos y entretenidos mecanismos. También traslada la acción a la región de Galizia, ideal para un ballet por su profusión de mazurkas y czardas endiabladas de vertiginosas dificultades y de ritmos vivos” (Roger Salas, “Una ‘Coppélia’ de tradición”, El País, 30 de enero de 2014).

Rudolf Nureyev, que bailó muchas veces esta obra, decía que Coppélia “puede ser infantil, pero no estúpida”. Y esta es –sigue diciendo Salas– otra clave de su interés actual: “no hay arbitrariedad en su historia, salvo que los autómatas han pasado de moda como juguete infantil, sustituidos por las consolas electrónicas”.

Vamos con la selección de los números del ballet que he seleccionado de entre los que están disponibles. Correspondientes todos a las giras del Bolshoi Ballet de 2009 y 2011, con la coreografía original de Marius Petipa, la más lograda y la más representada, en versión de Sergei Vikharev. A destacar la siempre magnífica Natalia Osipova (Coppélia), ahora bailarina principal del Royal Ballet de Londres.

Del acto primero, incluimos –en el orden en que se suceden en la representación– los números del ballet “Vals lento (2011), “Mazurca” (2011), “Balada de L’Epi” (2011) –Natalia Osipova y Vyacheslav Lopatin– y “Swanilda y sus amigas” (2011).

Al acto segundo corresponden “Bolero” (2009) y “Gigue” (2009). La giga (en francés: gigue) es una danza barroca alegre en compás de seis por ocho, con aire acelerado, que surgió en Irlanda e Inglaterra.

Y del tercero, y último, el conocido “Vals de las horas (2011), en el primer vídeo; “La paz” (2001), con Natalia Osipova y Vyacheslav Lopatin, “Variation, con Anna Tihomirova, y “Danza de Fiesta” (2011) –los tres en el segundo– y el galop final con que finaliza Coppélia. En este tercero, el galop comienza a partir del minuto 2:41, pues repite final del anterior.

Espero que les haya gustado. Que tengan un buen domingo.

¡Qué corto es el tiempo de las cerezas!

A Samuel le encantaban las cerezas. Comía las que colgaban de las ramas más accesibles y las caídas del árbol, y cogía un buen puñado para después, para cuando regresara el hambre. Nadie vigilaba aquel cerezo. Los primeros días obró con cautela, temía que alguien le descubriera, desconfiaba de que tanta serenidad, tanta placidez, pudiese disfrutarse de manera tan simple. La paz siempre tiene administradores. Pasó una semana y por allí nadie asomaba.

A finales de mayo, principios de junio, el tiempo suele ser de bonanza, los días son claros, el sol se pone tarde y luce sus mejores galas, es radiante, templado, generoso. Aprovechaba Samuel esas jornadas de seducción de los sentidos y pasaba buena parte del día allí tumbado. Lejos quedaban molinos, talleres y fábricas. A veces se quedaba dormido tan profundamente que hubiese podido estallar un obús a su lado sin que lo advirtiera. Y así, a mitad de una de esas mañanas tan gratificantes, sintió que alguien, o algo, le zarandeaba por los hombros, levemente al principio y más bruscamente al no obtener, quien fuera o lo que fuese, respuesta alguna. Se despertó sobresaltado y su primera reacción, al ver un hombre mayor ─pasaría de los cincuenta años─ con un tosco cayado, barba blanca y aspecto un tanto descuidado fue escabullirse. Se zafó a la velocidad de una centella, pero tropezó en un matojo y cayó de bruces.

―No huyas, chico. No voy a hacerte daño.

Samuel, azarado, no atendía a razones. Se levantó en un periquete y se puso a correr.

―Detente, hombre, que no quiero hacerte nada malo. ¡Mira! ─el extraño arrojó el cayado a sus pies─. Si hubiera querido lastimarte ¿no crees que he tenido tiempo suficiente para haberlo hecho ya?

Samuel se detuvo. Volvió la vista, pero no dio paso atrás. Expectante y temeroso miraba los movimientos del desconocido. No inició este, sin embargo, acción de ningún tipo y Samuel disminuyó la resistencia.

―Anda, ven, no tengas miedo. Si yo solo quiero que me ayudes. Además, puedes ganarte unos reales.

Samuel cogió una vara del suelo, aunque ya por entonces dudaba de la necesidad de protegerse con ella. El bastón que aquel individuo había lanzado instantes antes seguía en su sitio, su dueño también, ni el más mínimo cambio de posición. Se acercó lentamente, con cautela. El hombre mantuvo la postura para que Samuel no se amilanara e iniciaron una conversación. Resultó ser el dueño de aquellos bancales, de la deteriorada caseta y, por supuesto, del cerezo. Samuel trató de excusarse. El sujeto ─que respondía al nombre de Tomás, Tomás Farinetes, apuntó él mismo─ había subido a por cerezas. Solo lo hacía una vez al año, dos como mucho. Llenaba lo más posible las alforjas del borrico y las vendía, colocando un capacho lleno frente a la puerta de su casa para llamar la atención. Cuando empezaban a pasarse de maduras hacía conserva con las sobrantes. En aquella ocasión o bien vendería más o bien tendría más conserva que otras veces, pues marchó cargado de cerezas al contar con la ayuda de Samuel. Cuando acabaron, le dio cuatro reales y le propuso ganar alguno más en días sucesivos si le bajaba cerezas a casa y cuidaba de un par de perales que había en el bancal contiguo, cuyos frutos debería llevarle igualmente llegado el momento. Mientras, podía comer cuantas cerezas le vinieran en gana. Samuel aceptó.

―Aprovecha ahora, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto. Como todo lo bueno. Come las que quieras.

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela El corto tiempo de las cerezas (2019, nueva edición).