Taller d’història

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Revista que editó el Centre d’Estudis d’Història Local (Diputación de Valencia) entre 1993 y 1995. De periodicidad semestral, tenía una tirada de mil ejemplares. Se llegaron a publicar un total de seis números, ya que desapareció, con el Centre, poco después de las elecciones municipales de 1995 con el nuevo gobierno del Partido Popular.
Dirigida por Manuel Cerdà, contó con un amplio consejo asesor integrado por destacados historiadores españoles y extranjeros. Taller d’història pretendía, tal como reflejaba la editorial del primer número, “poner al alcance de todo el mundo, del profesional de la historia y de todos los interesados en la misma, algunas contribuciones de la práctica historiográfica más reciente que pueden enriquecer el bagaje teórico y metodológico del investigador y, a un nivel más general, ayudar a comprender y reflexionar sobre el papel de la historia en el mundo actual”. Estructurada en diversas secciones, las de ‘Microanàlisi’ y ‘Orientacions i recerques’ prestaron una atención específica a la historia local. Se publicaron artículos sobre la microhistoria (Giovanni Levi, Joaquim Carvalho), las fuentes de la historia local (Antoni Furió) y los archivos (Josepa Cortés), el mundo de los oficios (Tim Putman, June Freeman), los orígenes del territorio local, la historia oral y el medio local (Robert Parks, Giovanni Contini) y las actas del Tercer Col·loqui Internacional d’Història Local, que organizó el Centre en 1993.

Dos secciones, ‘Història alternativa’ y ‘Controvèrsies’ –esta, a diferencia del resto, no fija–, querían difundir diferentes formas de aproximación a la experiencia histórica de otras partes del mundo (Europa y Estados Unidos básicamente). En ‘Història alternativa’ predominaron los temas referidos al uso de la historia oral y la arqueología en la recuperación de la memoria colectiva, y la construcción de una historia contemporánea a partir de todos los registros y no únicamente del escrito. También se denunció la marginación de los colectivos más indefensos en el Primer Mundo o la historia popular y su práctica social. En este sentido cabe destacar, entre otros: “La rebelión de los cheyenes del Norte (1879): el uso de la historia oral y la arqueología como instrumentos de resistencia” (Douglas y otros, núm. 1), “Discurs de la pèrdua” (Günter Grass, núm. 2), “(Re)leer a Marx” (Alain Guerreau, núm. 5) y “Arxivadates, usurpadors de la memòria i buròcrates prestigitadors (Miquel Izard, núm. 3), el dedicado a las experiencias británica y alemana sobre los talleres de historia (R. Samuel, Sh. Rowbotham, M. Wilde, núm. 4), y otros artículos sobre Thompson (Hobsbawm, núm. 4) y la renta feudal y el trabajo campesino (Miquel Barceló, núm. 6). En la sección ‘Controvèrsies’ se plasmaron los debates de Stone, Joyce y otros (“Historia y posmodernismo”), de Wallerstein y Skotnes (“¿Más allá de Annales?”) y de Strauss y Beik (“El dilema de la historia popular”).
El carácter de la revista determinó en buena parte que predominara la traducción de artículos ya aparecidos en otras publicaciones, sobre todo en revistas como History Workshop, Past and Present, Oral History y Radical History Review, entre otras, si bien, poco a poco, esta tendencia fue disminuyendo en beneficio de artículos encargados por la propia revista, como los ya citados de Alain Guerreau, Miquel Barceló o Miquel Izard.

Ana Sebastià Alberola, entrada “Taller d’història”, Diccionari d’historiogrqfia catalana, 2003.

Buen resumen de la trayectoria de Taller d’història al que poco añadiré. Me gustaría, no obstante, resaltar las características materiales de la misma. Taller d’història era una revista de ajustado presupuesto que, además, estaba financiada con dinero público. Había, en consecuencia, que ofrecer el máximo contenido posible en cuanto menos espacio mejor. Nada de ostentaciones, primaba la sobriedad. Un ejemplo de ello es el citado texto de Günter Grass “Discurs de la pèrdua”, que se publicó en el número 2 (2º semestre 1993). Se trata de un discurso que el escritor polaco-alemán pronunció el 18 de noviembre de 1992 en teatro muniqués Münchner Kammerspiele sobre los peligros del racismo, el cual fue publicado en alemán (Rede vom Verlust. Über den Niedergang der politischen Kultur im geeinten Deutschland) ese mismo año por la editorial Steidl (Göttingen), a la que compramos los derechos para la edición en catalán. Con fotografías incluidas (cuatro) ocupaba las páginas 45 a 54, es decir, diez. En 1999 lo publicó en castellano Paidós Ibérica, con una extensión de 94 páginas.
También quisiera destacar que la revista no pasó desapercibida fuera del ámbito de aquellos dedicados a la investigación o del de la crítica especializada. Algunos artículos llevaron a otros a escribir interesantes reflexiones tras su lectura. Recuerdo ahora un artículo que escribió Vicente Vergara no sé si en la Cartelera Turia o en el periódico Levante-EMV (cito de memoria) sobre el mencionado de la rebelión de los cheyenes del Norte. Pero si tengo que resaltar alguno –no precisamente fruto de la reflexión– es el que figura bajo estas líneas y firma Paco Moreno, en el que critica un artículo aparecido en el número tres de la revista (primer semestre de 1994): “Fuera del sueño. Pobreza y marginación infantil en el primer mundo”. Publicado en el diario de la ciudad de Valencia Las Provincias –que por entonces dirigía María Consuelo Reyna y defendía los valores más rancios y conservadores– su título lo dice todo: “Una revista de la Diputación muestra cómo se droga un niño y un hombre apalea a su mujer”. Entre otras perlas, decía: “La Constitución española tiene entre sus artículos uno que explica la protección que se debe promover a la infancia y a la juventud. Es paradójico que se busque el control de las emisiones televisivas, que reduzcan sus contenidos violentos, que se limite la venta de alcohol y de entrada en algunos establecimientos, para, al mismo tiempo, financiar con dinero público la reproducción de una imagen que incluso hiere la sensibilidad de los adultos”. Una joya, como ven, que parece redactada ayer mismo y que ahora, como entonces, me tomo más como un halago que otra cosa.

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Que pasen un buen día.

Associació Valenciana d’Arqueologia industrial (AVAI)

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Asociación fundada en la ciudad de Valencia en 1988 con la finalidad de velar por el patrimonio industrial e impulsar los estudios sobre arqueología industrial en el País Valenciano. Con la creación de esta entidad se cumplía uno de los acuerdos tomados durante las ‘Jornades sobre teoria i mètode d’arquelogia industrial’, que organizó el Centre Alcoià d’Estudis Històrics i Arqueològics. Esta entidad y la AVAI se encargaron de celebrar en Alcoi, en noviembre de 1990, el I Congrés d’Arqueologia Industrial del País Valencià, con la participación de reconocidos especialistas en la materia valencianos y extranjeros (Italia, Reino Unido y Canadá). En este congreso se puso de manifiesto la inquietud de la AVAI por ir más allá de los planteamientos de habían caracterizado otros encuentros de ámbito peninsular, centrados fundamentalmente en la consideración del patrimonio monumental y su salvaguarda y no en lo que, a juicio de los organizadores, debía ser una verdadera arqueología industrial, que parta siempre de la aplicación del método arqueológico para producir conocimientos globalizadores de la sociedad industrial capitalista.

El Centre d’Estudis d’Història Local publicó en 1991 Arqueologia Industrial. Actes del Primer Congrés d’Arqueologia Industrial. Algunas de las comunicaciones del segundo congreso (Cultura material i canvi social, 1994) apostaron claramente por esta última concepción. Con el mismo título, las actas fueron editadas por la AVAI el año 1996. La posterior falta de financiación impidió la celebración de un tercer congreso, como también la continuidad de la publicación del Butlletí que la AVAI editó entre 1991 y 1996 y de la que llegaron a salir siete números. De periodicidad semestral, incluía noticias y artículos sobre arqueología y patrimonio industriales. Actualmente ha sido sustituido por un boletín de formato electrónico.

Congrés AI Alcoi amb M. Palmer i D. Newell

Marilyn Palmer, Idaísa Miró, Manuel Cerdà y Diane Newell durante la celebración del I Congreso de Arqueología Industrial.

Además de estas actividades, la asociación inició –con el patrocinio de la Conselleria de Cultura, Educació i Ciència de la Generalitat Valenciana– el inventario del patrimonio industrial del País Valenciano (1993, 1994). Ha organizado diversas actividades cívicas y cursos (‘Curs d’arqueologia per a historiadors’, 1992), ha sido responsable de elaborar un Proyecto Museológico sobre la ciudad de Alcoi (1997) bajo la dirección de su presidente, Manuel Cerdà, por encargo del Club d’Amics de la UNESCO d’Alcoi, y ha colaborado en la publicación Enciclopedia Valenciana de Arqueología Industrial (1995). Asimismo, junto con el Departamento de Historia del Arte de la Universitat de València, ha participado en las primeras excavaciones arqueológicas industriales que se han llevado a cabo en el País Valenciano, concretamente en la ciudad de Alcoi (1999-2002), dirigidas por Manuel Cerdà y financiadas por la Universitat de València y el Museu Valencià d’Etnologia.

Ana Sebastià Alberola, entrada “Associació Valenciana d’Arqueologia industrial (AVAI)”, Diccionari d’historiogrqfia catalana, 2003.

En 2010 se intentó poner de nuevo en marcha la AVAI, inactiva desde 1998. Yo era por entonces profesor de la facultad de Geografía e Historia de la Universitat de Valéncia, donde impartía la asignatura Arqueología Industrial y desde donde había llevado a cabo varias campañas arqueológico-industriales y otras para el Inventario General del Patrimonio Cultural Valenciano. Hablé del asunto con aquellos alumnos, becarios y colaboradores voluntarios de las excavaciones que había mostrado una mayor predisposición y un mayor interés por la arqueología y el patrimonio industriales. No fue necesario insistir mucho para que retomasen la iniciativa. Se abría así una segunda época de la asociación, pero lamentablemente no duró mucho, un par de años. No por falta de voluntad de los ilusionados jóvenes –ahora ya no tan jóvenes– que tomaron las riendas, ni mucho menos. Podríamos decir, aunque no sea una expresión de mi agrado, que las condiciones no eran las adecuadas. La mayoría de quienes fundamos la primitiva AVAI a finales de la década de 1980 contábamos con un trabajo y unos ingresos. En 2010 la situación era otra bien distinta. Ahora, la mayoría carecían de ambas cosas, al menos de forma regularmente estable y continuada. La precariedad laboral comenzaba a hacer estragos. Si a ello añadimos la absoluta indiferencia de los medios académicos y de la administración pública, poco margen de maniobra podían tener. No me cabe duda, sin embargo, de que hicieron cuánto pudieron, ni tampoco de lo que lo siguen y seguirán haciendo.

Lucha de clases e industrialización

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Lucha de clases e industrialización (2)Entre el 8 y el 13 de julio de 1873 los obreros de la ciudad de Alcoi protagonizaron la primera huelga general de carácter revolucionario que tuvo lugar en el Estado español, una insurrección que marcó no solo el devenir de la clase obrera local y de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores, sino que fue determinante en el fin de la Primera República. Popular-mente se la ha conocido siempre con el sobrenombre de El Petrolio, por ser el petróleo el líquido con que los insurrectos rociaron e incendiaron la casa consistorial y algunos inmuebles colindantes desde donde se ofrecía resistencia a los amotinados. Los sucesos del Petrolio se saldaron con la muerte de forma violenta del alcalde y de quince personas más, siete de los cuales eran guardias civiles y tres huelguistas. En los días inmediatos a la entrada del ejército en la ciudad se instruyó un sumario en el que fueron encausados entre 600 y 700 trabajadores, de los que 286 acabaron siendo procesados y muchos de ellos encarcelados, acusados de 110 delitos.

Los hechos del Petrolio fueron el objeto de investigación de mi tesis de licenciatura que dirigió mi buen amigo, lamentablemente ya fallecido (2002), Alfons Cucó. Alfons me recomendó hablar con Mario García Bonafé, quien gracias a ello se convertiría en otro gran amigo. Mario –con su cuñado, luego también amigo, Rafael Aracil– había trabajado sobre la industrialización valenciana, y la alcoyana en particular, y la clase obrera. Su ayuda fue esencial a la hora de abordar metodológicamente la investigación. Fue entonces cuando entre en contacto con la historiografía marxista británica promovida por el llamado grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña que propugnaba una “historia desde abajo”, especialmente con la obra de E.P. Thompson.

Partí, así, de la base de que el término clase obrera es un concepto moderno, propio de la sociedad que se origina con la industrialización capitalista. Es una categoría histórica que se define en su efectivo acontecer y que solo existe realmente en el momento histórico en que adquiere conciencia de sí misma como tal, cuando –como consecuencia de múltiples y diversas experiencias compartidas– se da cuenta de la identidad de sus intereses y de la oposición de estos respecto a la clase dominante. Las clases, pues, son formaciones históricas que surgen del propio proceso de la lucha de clases y su análisis es en realidad el análisis de la lucha de clases.

Cómo llegó el proletariado alcoyano a adquirir esa conciencia es el tema que analiza la tesis y el libro, para lo que se remonta a los inicios de la industrialización y la aparición del maquinismo y estudia las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera y su lucha desde las tempranas manifestaciones luditas (a partir de 1821) hasta la insurrección de julio 1873 (la conocida Revolución del petróleo, el Petroli).

Con John Foster

Con John Foster en 1988.

La tesis llevaba por título “El movimiento obrero alcoyano: de los orígenes a la Internacional (1821-1873)”. Resumida y abreviada se editó en 1980 con otro título aún más largo: Lucha de clases e industrialización. La formación de una conciencia de clase en una ciudad obrera del País Valencià (Alcoi: 1821-1873). El título he de reconocer que lo saqué del libro del historiador británico John Foster Class Struggle and the Industrial Revolution (Early Industrial Capitalism in three English Towns), publicado en Londres en 1974 (Methuen). Fue uno de los que Mario García Bonafé me recomendó leer y me fue muy útil. A Foster no le pareció mal; todo lo contrario.

El libro, de solo 136 páginas, tuvo una muy buena aceptación tanto académica como popular y se agotó la tirada. Hoy es un libro inencontrable, sobre todo porque la editorial, Almudín, hace tiempo que cerró. Pero, aunque siguiera estando activa y pudiera, por tanto, reeditar el libro, no daría mi consentimiento. Han pasado muchos años desde 1980, tanto para la monografía como para mí, y eso se trasluce en el libro. En la actualidad considero Lucha de clases una obra de juventud, de excesos y carencias. Eso sí, no renuncio a reeditarla algún día.

Estuve a punto de hacerlo en 2008, año en que se cumplían 135 años de la revolución del Petrolio. La reescribí por completo. Pero, hete aquí, que sucedió lo peor que le puede pasar a un autor: perder el manuscrito al dañarse el disco duro de mi ordenador y no tener copia de seguridad. Del borrador, por fortuna, sí tenía y me puse de nuevo manos a la obra. Sin embargo, por entonces mis inquietudes se orientaban más que nada hacia el campo de la novelística y decidí novelar los hechos, surgiendo de este modo El corto tiempo de las cerezas.

La idea de reeditarla –de reescribirla– persiste, no obstante. Me ofrecieron hacerlo hará tres o cuatro años en una de las colecciones de la Institució Alfons el Magnànim, de la Diputación de Valencia, pero uno no puede publicar un libro en una editorial institucional cuando es más que crítico con este tipo de iniciativas que enarbolan sin pudor la bandera de la meritocracia y amiguismo más descarados.

Se me ha ocurrido mientras escribía estas líneas buscar en internet alguna referencia del libro y me encuentro con esto: “Ahora el Círculo Industrial [de Alcoi], merecedor de la Medalla de Oro a juicio de la izquierda institucional, reedita el libro de Coloma [La Revolución Internacionalista Alcoyana de 1873 (El Petrolio), 1959]. De gran interés si se busca indagar en el franquismo sociológico más rancio. Un cuento de mártires y villanos. Pero si la intención fuese rescatar una investigación histórica, digna de tal nombre, publicarían la obra de Clara Lida, Anarquismo y Revolución en la España del XIX, o Lucha de clases e industrialización, de Cerdà. Lástima.” (Diego Fernández Vilaplana, profesor de Historia y Geografía del IES Nou Derramador de Ibi, “El Petrolio”, diario Información, 29 de mayo de 2018).

Pues nada, un motivo más para terminar de reescribir el libro y editarlo de nuevo. Perdón, de autoeditarlo.

Que pasen un buen día.

Arqueología industrial de Alcoi

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AI_AlcoiEn 1978 –lo contaba en la entrada Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia– yo era un recién licenciado que había regresado a Muro, mi pueblo natal. Allí iba tirando como podía –dando clases a maestros de valenciano en los cursos que organizaba el ICE (Institut de Ciències de l’Educació) o corrigiendo galeradas para la editorial Almudín– mientras elaboraba mi tesis de licenciatura sobre la clase obrera alcoyana (Alcoi está a solo diez kilómetros de Muro).

El director de la tesis era Alfons Cucó. Con él establecí una estrecha relación de amistad que duró hasta su temprano fallecimiento en 2002. Y, de su mano, nació también otra larga amistad con Mario García Bonafé. Alfons me aconsejó que me pusiera en contacto con él, pues con su cuñado, luego también amigo, Rafael Aracil, había trabajado sobre la industrialización valenciana, y la alcoyana en particular, y la clase obrera. Supongo que ambos valoraron positivamente mi inquietud por aprender y hacer cosas y me propusieron colaborar en un proyecto que tenían en mente: un trabajo de investigación, un trabajo de campo, mediante una disciplina llamada arqueología industrial, para estudiar el pasado industrial de Alcoi a través de los restos materiales conservados, independientemente de su estado de conservación.

Nunca había oído hablar de la arqueología industrial. Ellos me explicaron entonces –obviamente, con mucho más detalle, al tiempo que me prestaban algunos libros de lo que hasta el momento se había publicado acerca de la arqueología industrial– más o menos lo siguiente: “En 1962 era destruida una estación de ferrocarril británica –la Euston Station–, que contenía un pórtico dórico. Este hecho levantó corrientes de opinión de historiadores y científicos que, en poco tiempo, encontró un positivo eco popular a favor de la salvaguarda del patrimonio industrial británico. Ciudadanos con su cámara fotográfica en sus paseos, empresarios facilitando la entrada a sus fábricas y conservando sus restos, corporaciones locales patrocinando iniciativas, etc., posibilitaron la formación de un fondo susceptible de ser registrado e historiado. De este modo nacía una nueva disciplina, la arqueología industrial, la cual trataría de conocer mejor las condiciones históricas de la producción industrial a través de lo que ella ha engendrado: fábricas, máquinas, comunicaciones, residencias burguesas, barrios obreros, etc.”.

Este párrafo que entrecomillo figura en la contraportada del del libro Arqueología industrial de Alcoi, que recogía buena parte de los resultados del trabajo y fue editado por el Ayuntamiento de Alcoi en 1980. Gracias a la generosidad de Mario y Rafael, logré publicar mi primer libro (en coautoría con ellos, claro está). Y no un libro cualquiera sino, así se reconoce, “el primer libro que se publicó en España sobre arqueología industrial”. Con una amiga de Muro, Delia Ferrándiz, fotógrafa de profesión, recorrimos y documentamos viejas fábricas abandonadas o en ruinas, otras que conservaban procesos de producción en desuso, viviendas obreras, infraestructuras…, y hablamos con gente, con mucha gente, con quienes habían trabajado en aquellos lugares y con aquellas máquinas, quienes habían habitado aquellas viviendas que un coetáneo de la época describió como edificios que pretenden “llegar a los cielos cual otra Babel, con olvido punible de todas las prescripciones higiénicas”. Y, créanme, esta fue la experiencia más enriquecedora. Sus conocimientos fueron mucho más útiles que los obtenidos de la lectura de muchos libros.

Éramos –o eran Rafa y Mario; yo no pasaba de aprendiz– sabedores de las limitaciones del estudio. “Hasta el momento, la arqueología industrial ha sido en el Estado español una disciplina desconocida e ignorada. El presente trabajo pretende ser una primera aportación. Con pocos medios económicos y con las dificultades que supone abrir camino a un nuevo tema, hemos intentado rescatar el patrimonio industrial de Alcoi, primera ciudad que se industrializó en el País Valenciano y, por consiguiente, con interesante pasado industrial que, lamentablemente, no se ha conservado en buena parte. Somos conscientes de que los resultados no son lo apetecibles que debieran, pero, así y todo, nuestro intento –incompleto y desigual, tímido y precario–, aunque solo fuese por comenzar a llenar un hueco, podría estar sobradamente justificado”, se lee en el texto de la contraportada.

Así fue cómo descubrí la arqueología industrial y despertó mi interés hacia ella, interés que fue incrementándose hasta el punto de hacer de la arqueología industrial mi especialidad. La arqueología industrial tal como la entiendo ahora: la aplicación del método arqueológico –de algunas de sus técnicas siendo más preciso– al estudio de la cultura material del periodo industrial-capitalista. Para estudiar el pasado, los historiadores recurrimos a tres tipos de fuentes: escritas, materiales y orales, a las que habría que añadir las audiovisuales si limitamos las orales a los testimonios y tradiciones y la materialidad a los restos de carácter arqueológico. Cada una de ellas aporta una determinada información y se complementan entre ellas. Integrar las tres en el proceso de investigación ha sido siempre mi objetivo. Pero de todo ello ya hablaré en próximas entradas.

Que tengan un buen día.

Col·loquis Internacionals d’Història Local

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L'espai viscut

Cartel del coloquio ‘L’espai viscut’.

Conjunto de tres coloquios celebrados los años 1988, 1991 y 1993 en Valencia. Organizados por el Centre d’Estudis d’Història Local, con la colaboración de la Universitat de València, han constituido una de las principales iniciativas del Centre y han contribuido a la difusión de las corrientes historiográficas más relevantes sobre historia local.

El principal objetivo de los coloquios fue proporcionar el soporte teórico y metodológico necesario para el futuro desarrollo de las investigaciones locales, [entonces] tan en auge en el País Valenciano. El primero (1988) se tituló L’espai viscut y pretendía analizar la cuestión de los problemas que planean sobre la historia local, desde su definición a los objetivos específicos de investigación. Fue también de presentación pública del mismo Centro. Estructurado en cuatro sesiones –La història local, taller de recerca; Els espais, escenaris de la historia; Els subjectes, protagonistes i testimonis del passat, i Privat i públic: la socialització del individuo–, contó con la participación de los historiadores Núria Sales, Paulino Iradiel, Pedro Ruiz Torres, Guy Bois, Rinaldo Comba, John Foster, Yves Lequin, James Casey y Giovanni Levi.

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El aula magna de la Universitat de València durante la inauguración de del coloquio ‘L’espai viscut’.

El segundo, Els espais del mercat (1991), reunió historiadores, economistas y sociólogos –Jaume Torras, Del Tomich, Jan de Vries, Maurice Aymard, Oleg Bolomolov y Alec Nove, entre otros– en un intento de abordar el desarrollo histórico del concepto de mercado, sus manifestaciones y sus mecanismos en los distintos contextos: de la sociedad preindustrial a los países de economía centralizada.

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Con Oleg Bolomolov durante el coloquio ‘Els espais del mercat’.

El tercer coloquio, Història local i societat (1993), se centró en la práctica de la historia local y su función social. Los historiadores Raphael Samuel, Julián Casanova, Antoni Furió, Alan Rogers, Anna Davin, Franco Ramella y Manuel Cerdà debatieron cuestiones como la metodología de investigación en historia local, los registros del medio local (escrito, material, oral) y las diversas experiencias a la hora de hacer una historia verdaderamente popular, como los History Workshop.

Los tres coloquios fueron editados por el mismo centro: los dos primeros en la colección Història local (18989, 1992) y el tercero en la revista Taller d’història (1995). Con el nuevo gobierno provincial surgido de las elecciones municipales y autonómicas de 1995, el Centro despareció y los coloquios dejaron de celebrarse.

Ana Sebastià Alberola, entrada “Col·loquis Internacionals d’Història Local, Diccionari d’historiogrqfia catalana, 2003.

Un pulso, ahora impensable, que salió bien

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Las Cortes –dice Herbert Spencer en The Study of Sociology (1873)– son siempre inferiores al término medio del país, no solo como conciencia sino como inteligencia. Un país culto se rebaja con su representación. Si sus propósitos fueran estar representados por imbéciles y malos sujetos no estaría más acertado en la elección.

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Continúo la entrada de ayer sobre el Centre d’Estudis d’Història Local donde la dejé. No entraba en mis previsiones, pero al releer el artículo que figura arriba de estas líneas me pregunté qué le hubiera ocurrido ahora a cualquiera que siguiera el mismo proceder que yo entonces. Y creí oportuno extenderme un poco más en este hecho puntual que refleja el artículo publicado en el diario Levante-EMV el 5 de noviembre de 1989. Estoy convencido de que es impensable que pudiera acabar bien –para mis intereses, o para los del supuesto alguien actual– en la actualidad. Creo que se lee con la suficiente claridad, pero, si no, tampoco pasa nada, pues en esta entrada aludiré a lo más relevante del mismo.

Tras la celebración del Primer Col·loqui Internacional d’Història Local, el tiempo pasaba y la materialización del Centre no terminaba de concretarse por diversas razones, presupuestarias sobre todo. No lo pensé dos veces y recurrí a la prensa. Unos días después salía publicado el artículo en cuestión con una fotografía mía junto a otra del diputado de Cultura, como pueden ver. En el artículo se decía que la Diputación había “frenado la organización de un nuevo congreso de historia local (…) así como la puesta en marcha de un centro estable y unificador que coordinara tanto las ayudas y becas como las publicaciones referidas a temas de nuestra historia”. Recordaba que “la Diputación se comprometió el pasado año a estudiar” el proyecto, pero “hasta la fecha se desconoce su futuro”.

“Manolo Cerdà”, proseguía –recuerdo todavía la reprimenda que Ferran Belda, el director del diario, le echó al redactor por haber usado Manolo en vez de Manuel: los términos coloquiales aquí sobran, esto no es una conversación informal (más o menos)–, “declaró a Levante-EMV que hasta la fecha diputación había aceptado y mostrado apoyo a su iniciativa, aunque nadie había ofrecido nada concreto ni apoyado en su totalidad el proyecto”, lo que abría “una vía para la posible incursión tanto de la Universidad de Valencia como de la propia Generalitat, interesados en asumir el riesgo y apoyar la iniciativa”.

No pasó mucho tiempo en ponerse en marcha el Centre. Me reuní con Joan Bravo, el diputado de Cultura, y al final conseguimos una fórmula viable. Y ya está. No sucedió nada más.

Y ahora viene la pregunta que hacía, y me hacía, al principio: ¿qué le hubiera ocurrido ahora a cualquiera que siguiera el mismo proceder que yo entonces? ¿Reaccionaría el actual diputado como hizo Joan Bravo? ¿Se atrevería alguien a hacer algo así? La respuesta a ambos supuestos es no. De ningún modo imagino al actual señor diputado –antes policía local, ahora policía cultural– en tal tesitura, ni a su comisario político (asesor lo llaman ellos). Lean, si no, la entrada Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia. En consecuencia, tampoco dudo de que nadie actuaría de modo semejante. ¿El principal motivo? El temor a las represalias.

Existe una diferencia muy notable entre los diputados de Cultura que conocí hasta la llegada del PP y este. De los del PP solo conocí al señor Lis, quien me cesó tras una entrevista con él. Aquellos primeros no tenían ningún reparo siquiera en poner de manifiesto no solo sus dudas, también si era necesario su falta de conocimiento acerca de algún tema. Puede que simplemente esto se deba a que las circunstancias eran otras, muy distintas a las actuales, y la profesionalización política estaba aún en fase embrionaria. Da igual, tal circunstancia no altera el hecho. Al señor Rius, como a Lis, solo lo he visto en persona una vez, cuando nos reunió a toda la plantilla del Museo de Etnología para, tras un simple buenos días y presentar al asesor, decir algo así como que él ya había hablado con todo el que tenía que hablar y había definido muy claramente, aunque no las especificó, las líneas a seguir. El imbécil de mí aguantó su insípido discurso, no sin algún que otro resoplido. Me arrepiento. Debí haberme levantado inmediatamente y largado de allí.

Cuando yo dirigía el Servicio de Publicaciones o el Centre naturalmente que se hacían presentaciones de libros o de otros eventos. A veces asistía algún político, a veces no. Como ahora. Lo que nunca vi es lo que sucede en estos momentos: la masiva afluencia de trabajadores del servicio o área cuya actividad se presenta, como la claque de los teatros. A la mayoría le importa un bledo el acto en sí, pero hay que dejarse ver, hay que estar a buenas con el poder, comenzando por el más inmediato, el del jefe. Hay que demostrar fidelidad. La fidelidad tiene premio: se asegura uno el puesto y consigue una mayor retribución económica al concederle trabajar algunas tardes en las que, generalmente, no hay excesiva carga laboral. Y es que cuando el nepotismo se instala en el poder –si es que una y otra cosa pueden separarse–, cuando se nombra a dedo, por mucho que este se cubra con un falso vendaje, se mimetizan los modos.

Esta forma de obrar no es nueva, ya se hacía con el PP. Ahora, sin embargo, parece ser práctica común en todos los ámbitos y en todos los partidos. Claro que también cabe preguntarse: ¿por qué se prestan a ello? No hay censura porque la gente se autocensura, y hay servilismo porque conviene. Y dentro de poco elecciones. Veremos si les ha servido para algo tal estrategia. ¿Acudirán en masa a votarles como cuando van a las presentaciones? Chi lo sa? Yo desde luego no, ni a Compromís ni a nadie. Haré lo que ya llevo años practicando: la abstención activa.

“Todo gobierno tiende a hacerse personal; tal es su origen y esencia. (…) Mientras confiemos a un pequeño grupo todas las atribuciones (…) con las que hoy se halla investido, este grupo tenderá necesariamente, como un destacamento de soldados en campaña, a someterse a un jefe único.” [Piotr Kropotkin: Palabras de un rebelde, recopilación de textos de Kropotkin por Élisée Reclus, París 1885*].

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*Del libro de Kropotkin es la cita que abre este artículo.

El Centre d’Estudis d’Història Local

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Entidad creada en 1988 por la Diputación de Valencia con el objetivo de dar soporte a la historia local y a las nuevas corrientes de renovación historiográfica en el País Valenciano, que vivieron un momento de efervescencia durante la década 1980-90. El Centre nació paralelamente a la organización del Primer Col·loqui Internacional d’Història Local. La sintonía entre Manuel Cerdà, director del Centre, y Antoni Furió, organizadores del coloquio, y otros miembros de las universidades de València (Joan Alcàzar, Pedro Ruiz y Ferran Garcia-Oliver) y Barcelona (Agustí Colomines) fue decisiva en su definición y trayectoria. Fue clausurado en 1995, año en que el Partido Popular consiguió el gobierno de la Diputación de Valencia.

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De izquierda a derecha: Antoni López, Ferran Garcia-Oliver, Joan Alcàzar, Manuel Cerdà, Antoni Furió y Agustí Colomines (1988).

En sus años de existencia desarrolló una notable actividad, que tuvo en la organización de cursos y congresos, la ayuda a la investigación y la política editorial sus materializaciones más notables. El Centre organizó los Col·loquis Internacionals d’Història Local y las Jornadas de Didáctica de la Historia, preparadas con los Centros de Formación del Profesorado; otorgó 38 becas y publicó los 28 títulos de la colección Història Local, que recogen el resultado de las investigaciones financiadas por la entidad, y las actas de los congresos de Historia local, de algunos congresos de estudios comarcales y del Primer Congrés d’Arqueologia Industrial del País Valencià, patrocinados por el Centre. También editó dos números de la colección Història Popular y seis de la revista Taller d’Història.

El Centre trató de cubrir lagunas dentro de la historiografía local, de manera que, si bien las primeras convocatorias fueron de tema libre, a partir de 1990 se favoreció la investigación sobre cultura material de las épocas preindustrial e industrial (con el objetivo de elaborar inventarios comarcales y de crear una gran base de datos) y, en general, sobre historia oral.

Inspirado por la historia social británica más progresista, el Centre trató de abrir sus actividades a los investigadores sin titulación académica y a la sociedad en general. Hacia el final de su existencia (1995, tras la victoria del Partido Popular), organizó talleres de historia, siguiendo la experiencia de los History Workshops británicos y con el asesoramiento de la Assotiation of Oral History.

Luís Pablo Martinez, entrada “Centre d’Estudis d’Història Local del País Valencià”, Diccionari d’historiogrqfia catalana, 2003.

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Noticia publicada en el diario Levante-EMV sobre las II Jornadas de didáctica de la historia (24/IX/1992).

Poco tengo que añadir al resumen que se hace en esta entrada sobre el Centre que, en síntesis, refleja con precisión su trayectoria. Solamente, unas pocas cosas. La primera, este párrafo que habla del Centre y que acabo de encontrar ahora en internet, lo que celebro, pues veo que todavía hay quien se acuerda de aquella experiencia:

“Ja en el període democràtic els ajuntaments crearen consells locals de cultura i patrimoni, i per exemple la Diputació de València creà el Centre d’Estudis d’Història Local, dirigit per Manuel Cerdà –voldria destacar el seu paper en la creació de la Coordinadora de Centres de Parla Catalana, al costat de la Coordinadora de Normalització Lingüística dels Ports i l’Institut d’Estudis de la Marina–, impulsor amb l’editorial Prensa Valenciana de grans obres d’investigació i divulgació vehiculades a través de Levante-EMV, com la Historia del Pueblo Valenciano (1988), Atlas del patrimonio cultural (2011), Gran Enciclopedia de la Comunitat Valenciana (2005-2007), etc., amb l’única taca de ser publicats en castellà.” [Emili Casanova Herrero: “L’aportació de les comarques a la cultura valenciana”, en Segona Trobada Universitat de València-Instituts d’Estudis Comarcals, Universitat de València, 2012, p. 35-54]

La segunda, los medios con que contábamos para llevar adelante las actividades ya citadas, que a continuación describo más detalladamente:

  1. Oferta formativa:
    • Organización y realización de los Col·loquis Internacionals d’Història Local: L’espai viscut (1988), Els espais del mercat (1991) e Història local i societat (1993). Su finalidad era, por una parte, ofrecer un referente teórico y metodológico a todos aquellos interesados en el ámbito de la historia local y su investigación, ámbito que no tiene por qué ceñirse al académico, y, por otro, estimular los debates y las discusiones necesarias para una mejor orientación de la tarea investigadora.
    • Organización y realización de jornadas de didáctica de la historia, orientadas a la enseñanza media, en colaboración con los Centros de Profesores. Se llevaron a cabo cuatro.
    • Organización y fomento de talleres de historia en barrios y pueblos de carácter formativo e investigador con la participación de la gente y de los profesionales de la historia con el fin de construir estudios específicos de mutua colaboración. Llegaron a funcionar siete.
  2. Apoyo a la investigación:
    • Convocatoria anual de becas de investigación. Al principio se becaban proyectos que presentaban los investigadores. Poco después, era el Centre el que marcaba las directrices que debían seguir las investigaciones, centrándose principalmente en dos campos: la creación de tipologías para poder estudiar mejor la cultura material y el recurso a la historia oral y la memoria colectiva. Se trataba, en definitiva, de incidir en la renovación metodológica de los estudios locales mediante la incorporación de toda clase de fuentes en la elaboración de modelos análisis eficaces que proporcionaran explicaciones satisfactorias. Y es que teníamos muy claro que el Centre no podía ser una especie de departamento universitario, uno más, sino trabajar en aquello que en el ámbito académico se soslayaba.
    • Cursos formativos para los investigadores para que pudieran integrar en su tarea los registros material y oral al registro escrito, siempre predominante.
  3. Publicaciones:
    • Colección Historia local (se publicaron un total de 28 títulos).
    • Revista Taller d’història (de periodicidad semestral, se publicaron 6 números).
    • Colección Historia popular (solamente se llegó a publicar tres títulos).
Inaguració L'espai viscut b

De izquierda a derecha: Manuel Cerdà, Antoni Todera (vicerrector de Cultura de la Universitat de València) y Francisco Blasco (presidente de la Diputación) durante el acto inaugural del coloquio ‘L’espai viscut’ en la aula magna de la UV (1988).

El personal del Centre era el mismo que mencioné en la entrada Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia: seis/siete personas: un encargado de corregir las galeradas de las publicaciones, un responsable de las cuentas presupuestarias, uno/dos administrativos, un mozo del almacén y el encargado del mismo, y yo. Lógicamente, también contaba con colaboraciones puntuales en determinados momentos y para determinadas tareas. El presupuesto de que disponíamos fue siempre bastante escaso y tuvimos que compensarlo con dosis de buena voluntad, con muchas horas de dedicación (no remuneradas la mayoría de las veces) y haciendo tareas que, en principio, no eran de la incumbencia de un servidor. Así, por poner un ejemplo, míos son el diseño del logo del Centre y de la mayoría de las publicaciones que editamos.

Quería hablar también en esta entrada de mi relación con los políticos, concretamente con los diputados de Cultura, pero voy a dejarlo para mañana. En 1989, al ver que la puesta en marcha del Centre no acababa de concretarse, recurrí a la prensa e hice unas declaraciones que ahora ni por asomo se harían ni se tolerarían. Y es que ahora existe un mayor recelo entre los funcionarios y más censura (y/o autocensura) que entonces, y más prepotencia. Pero mañana lo veremos.

Que tengan un buen día.