Trabajar por encargo

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Portada del tomo I del ‘Diccionario histórico de la Comunidad Valenciana’.

A pesar de los inconvenientes que presenta, que no son pocos, me gustan los trabajos por encargo, aquellos que han de finalizarse dentro de un plazo de tiempo estipulado. Me gustan por el reto que conlleva, incluso el riesgo, porque son cosas que lo más probable es que no hubiera hecho si no, porque tienen principio y fin y luego a otra cosa mariposa. Ahora bien, el proyecto ha de ser de mi agrado, he de sentirme cómodo con él, y debe implicar a otras personas, un trabajo colectivo, pues, que necesariamente requiera un elevado presupuesto. Me gusta dirigir, sí.

El problema que presenta trabajar en este tipo encargos es que tus decisiones han de contar con el visto bueno de quien pone el dinero, en este caso la editorial. En el cine, por poner otro ejemplo ya que decía que me gusta dirigir, con la productora. Casi nunca el director consigue que la película que se estrene responda únicamente a su concepción original, a lo que este pretendía, siendo habituales los choques con el productor, o productores. Lógicamente, el interés de quien pone la pasta no tiene por qué coincidir con el mío. Lo tengo asumido y, de hecho, siempre he tenido discrepancias con la empresa editora. Afortunadamente, siempre hemos llegado a un acuerdo. De lo contrario hubiera desistido.

Poco después de finalizar la Historia del pueblo valenciano, me llamaron de nuevo de Editorial Prensa Valenciana para dirigir otro proyecto, puede que no tan ambicioso, pero no menos interesante. Aparte de la Historia…, había publicado, además de los citados Arqueología industrial de Alcoi y Lucha de clases e industrialización, los libros Els moviments socials al País Valencià (1981) e Historia fotográfica del socialismo español (1984). De nuevo se me presentaba la oportunidad de dirigir un proyecto editorial que requería una amplia participación. Acepté la dirección del nuevo proyecto: un diccionario histórico sobre la historia de lo que sea este espacio geográfico que habitamos. “Con esta finalidad, el profesor Manuel Cerdà, al frente de un equipo de coordinación que ha hecho posible la participación de ciento ochenta colaboradores, en su mayor parte procedentes de distintas universidades, asumió el reto planteado por el periódico Levante-EMV hace tres años”, decía el diario en uno de los numerosos artículos promocionales que se publicaron.

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‘Levante-EMV’, 3 de diciembre de 1992.

Salió el primer fascículo del Diccionario histórico de la Comunidad Valenciana el sábado 5 de diciembre de 1992. La presentábamos como una obra de consulta de carácter analítico y divulgativo, estructurada en voces (o entradas) y ordenada alfabéticamente de la A a la Z, que comprendía conceptos historiográficos, hechos, personajes y familias relevantes, instituciones y perfiles históricos de todos los pueblos. Pretendía ser una obra de consulta que resultara especialmente útil a los alumnos de bachillerato, el entonces vigente COU (Curso de Orientación Universitaria) y estudiantes universitarios, al tiempo que comprensible para el público en general. Tenía, una vez completados los 67 fascículos en que se dividió, 800 páginas que comprendían más de 2.500 entradas y 700 fotografías e ilustraciones. En esta ocasión conté con un equipo de coordinación integrado por Rafael Narbona, Pablo Pérez García y María Cruz Romeo. No alcanzó el elevado número de ventas que registró la Historia del pueblo valenciano –era impensable que así fuera, no entraba en los cálculos– pero la cifra tampoco estuvo mal: más de 70.000 personas coleccionaron los dos volúmenes de que constaba.

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Portada y contraportada de ‘52 fines de semana. Rincones de la Comunidad Valenciana’.

La siguiente publicación que firmé con Editorial Prensa Valenciana fue 52 fines de semana. Rincones de la Comunidad Valenciana, también editada en fascículos (52) que pretendía “acercar –de forma ágil, comprensible y manejable– a un público heterogéneo nuestro patrimonio cultural”, ofreciéndoles “la posibilidad de conocer la Comunidad Valenciana de manera gradual o bien de hacer turismo de fin de semana a lo largo de un año sin salir de ella”. Se publicó a lo largo de 2003 y cada ruta se estructuraba en distintas secciones: ‘Cómo llegar’ (itinerario, o itinerarios, aconsejables; medios de transporte, teléfonos de interés y un plano con su correspondiente leyenda), “Qué visitar, dónde ir’ (patrimonio monumental y paisajístico; la de mayor extensión), ‘Qué comer, dónde alojarse’ (selección de hoteles y restaurantes), ‘Más cosas que hacer’ (otras formas de ocupar el tiempo más allá de la ruta sugerida) y ‘Fiestas y tradiciones’ (calendario festivo destacando y describiendo las celebraciones más señaladas). Fue una experiencia de lo más gratificante. Todos los fines de semana hacía, hacíamos, una ruta, descubriendo rincones, costumbres y tradiciones, probando y disfrutando la gastronomía local… Todavía conservo unas dos o tres mil fotografías que hice en aquellos viajes, en papel, que imagino nunca escanearé ni publicaré. La idea era que cada año se renovase la guía. Lamentablemente no fue así. Cosas de trabajar por encargo.

El juego...

Dos tarjetas de ‘El juego de la Comunidad Valenciana’ con preguntas y sus correspondientes respuestas.

Antes empleé la frase “La siguiente publicación que firmé con Editorial Prensa Valenciana”. Firmé. Pues entre una y otra cosa –esto es la primera vez que lo cuento– surgió un nuevo y curioso proyecto. Me llamaron de Barcelona, de la empresa GSC, SL (Gestión Servicios y Comunicación). Habían propuesto a Editorial Prensa Valenciana (EPV) la edición de una especie de Trivial sobre el País Valenciano que se denominaría El juego de la Comunidad Valenciana y esta había aceptado. Necesitaban, no obstante, a alguien que se encargara del contenido, de las preguntas. En EPV les recomendaron que se pusieran en contacto conmigo y eso hicieron. A mí, por novedosa, me pareció una excelente idea, especialmente divertida. Se lo comenté a algunos amigos, que no parecían compartir mi entusiasmo. Dos de ellos y yo quedamos en seguir adelante. Ahora bien, estos –cosas del currículum, a mí me la traía al pairo– no querían que figurara su nombre. Por eso en los créditos figura “Realización y concepto lúdico: Equip Tres en Ratlla”. Nos pusimos a redactar las preguntas y respuestas, que dividimos en seis casillas temáticas: geografía, historia, cultura popular, Castellón, Valencia y Alicante. Y sí, era de lo más divertido. Nos juntábamos cada semana para evaluar lo hecho, y nos descojonábamos cada semana. Al principio. Un par de meses después, día arriba día abajo, estábamos hasta el gorro de tanta preguntita. Y es que su cifra era nada menos que seis mil. Acabamos reclutando, y pagando, a otros por cada pregunta nueva. Salió El juego de la Comunidad Valenciana en 1999. Se hizo una buena campaña promocional en la que, entre otras cosas, personas conocidas de diversos ámbitos jugaban una partida y comentaban la experiencia. En algún sitio es probable que guarde algún recorte de prensa al respecto, pero ¿dónde?

Luego vino la Gran Enciclopedia de la Comunidad Valenciana, un reto mayúsculo del que me ocuparé en una próxima entrada.

Historia del pueblo valenciano

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Un buen día tras el verano de 1987 –no recuerdo la fecha exacta– quedé para cenar con mi amigo Mario García Bonafé, por aquel entonces director de Publicaciones de la IVEI (Institució Valenciana d’Estudis i Investigació), algo que hacíamos con relativa frecuencia. Ese día me comentó que el diario Levante les había propuesto colaborar en un proyecto consistente en la elaboración de una obra divulgativa destinada al público en general, y también a estudiantes y entendidos, sobre la historia del País Valenciano, obra que se editaría en fascículos y se distribuiría conjuntamente con el periódico, para lo que contaban con el patrocinio de la Caja de Ahorros de Valencia. La colaboración consistía sobre todo en diseñar su contenido y cómo llevarlo a cabo. Les dijo que creía contar con la persona adecuada para dirigir y coordinar el proyecto y que esa persona era yo. Mi primera reacción fue de asombro. Era algo que no esperaba y dudé de ser capaz de hacer tal cosa. Mas cuando Mario me dijo que si no creyera que estaba suficientemente cualificado para el trabajo no hubiese propuesto mi nombre, se desvanecieron las dudas y me puse enseguida a la tarea. Tenía yo 32 años y me enfrentaba al mayor reto que había tenido hasta la fecha. Fue una decisión acertada, a resultas de la cual hice mía la máxima nunca digas no a algo que te apetezca hacer, nunca digas no sé, no puedo… Di no a aquello que carezca de interés para ti. Si lo tiene, adelante. Eso sí, sé consciente de que vas a dedicarte en cuerpo y alma, como suele decirse, a tal menester, que te va a absorber. Esa máxima la he seguido toda mi vida.

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Noticia de la presentación de la ‘Historia del pueblo valenciano’ / ‘Levante-EMV’, 23 de septiembre de 1988.

No voy a entrar en detalles acerca del proceso de trabajo, que, por otra parte, se reflejan en los diversos recortes de prensa que acompañan este artículo. Sí respecto a nuestras intenciones, que se explicitan en el texto de Presentación de la obra y de la que extraigo las siguientes líneas:

“Con la intención de ofrecer a un público amplio y diverso un material que nos aleje de tópicas y ritualizadas visiones de nuestra historia, un equipo de profesionales de la misma –los autores y el equipo de dirección y coordinación–, conscientes de la importancia y del significado social del proyecto, nos pusimos a trabajar en la Historia del pueblo valenciano.

Cuál era esa historia y cuál nuestro origen fueron las cuestiones que nos llevaron a abarcar un amplio periodo cronológico que se retrotrae hasta el momento en que el hombre hizo su aparición en el actual territorio valenciano, ya que entendemos que nuestro pueblo tiene más de 750 años de antigüedad [el año de la publicación de la Historia… coincidía con el 750 aniversario de la conquista de Valencia por el rey Jaime I] y que nuestras raíces arrancan más allá de la fundación del antiguo reino. Nuestras tierras eran habitadas ya desde lo que denominamos prehistoria y, en ellas, íberos, romanos, visigodos o musulmanes, desarrollaron, en mayor o menor medida, sus culturas. Todavía sin ser “valencianos”, estos hombres y mujeres fueron, generación tras generación, la base humana con la que Jaime I, junto con las gentes llegadas con él de otras tierras de la Corona de Aragón, pudo edificar el nuevo reino. Durante siglos, los nuevos pobladores convivieron –no sin tensiones– con los antiguos habitantes, y fue precisamente durante estos siglos cuando se creó una ordenación jurídica propia que convertía a los valencianos en un pueblo diferenciado […].

Los valencianos, pues, poseemos una historia rica y plural. Es tal vez por ello que nuestra historiografía ha tenido un notable desarrollo. […].

[…] de una historia centrada en los grandes acontecimientos y los grandes protagonistas, de una historia de reyes y batallas, nuestra atención ha ido evolucionando hacia una historia preocupada por el estudio de las relaciones económicas y sociales, capaces de explicarnos los continuos procesos de cambio, y por el de esas masas anónimas, ignoradas durante tanto tiempo […].

No obstante, los actuales valencianos […] desconocemos en buena medida los orígenes y la evolución histórica de nuestra sociedad. A pesar de la gran cantidad de trabajos publicados […]. Muy probablemente, buena parte de culpa de esta situación la tengamos los mismos historiadores: preocupados por nuestra investigación, imbuidos en épocas más o menos remotas, hemos olvidado a menudo la importancia y la significación de que nuestro trabajo sea conocido fuera del marco académico, acercándonos así a aquella definición que Gramsci hacía de la historia en tanto que disciplina que “se refiere a los hombres, a tantos hombres como sea posible, a todos los hombres del mundo en cuanto se unen entre sí en sociedad, y trabajan, luchan y se mejoran a sí mismos”.

[…]

Desde el convencimiento de que es una noble e importante tarea divulgar la historia de los valencianos han nacido las casi mil páginas que componen la presente obra […]. Hemos intentado, sin renunciar a la erudición y al rigor que debe caracterizar toda disciplina científica, realizar una obra ágil, comprensible y manejable que con un tono divulgativo hiciera accesible las nuevas aportaciones y corrientes interpretativas que han configurado la general renovación historiográfica de las últimas décadas. La Historia del pueblo valenciano va dirigida a los profesionales y a los que no lo son, a aquellos que estudian historia y a los que se interesan por ella por muy diversos motivos, con el fin de ofrecer un instrumento que les permita conocer o ampliar, en un sentido global, el estado de nuestro acontecer histórico.

Este trabajo quiere ser la expresión de una voluntad de colaboración entre historiadores de distintas especialidades e, incluso, de diferentes enfoques de la realidad histórica valenciana. […] Así pues, la Historia del pueblo valenciano es el intento de hacer llegar a un público heterogéneo cómo ha ido evolucionando la sociedad valenciana […] tratando de reconstruir el pasado en toda su amplitud y en toda su complejidad desde las posibilidades que nos ofrece el estado actual de nuestra investigación histórica”.

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‘Levante-EMV’, 5 de octubre de 1988.

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‘Levante-EMV’, 9 de octubre de 1988.

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‘Levante-EMV’, 13 de octubre de 1988.

La Historia del pueblo valenciano se presentó el 23 de septiembre de 1988. Consta de 960 páginas, distribuida en 48 fascículos y encuadernables en 3 tomos. Colaboraron 72 profesionales de la historia, en su mayoría profesores universitarios, algunos de los cuales no hacía muchos años habían sido profesores míos, a los que pedí asesoramiento. Para las distintas áreas conté con tres coordinadores: Vicent Ribes (compañero de promoción que acabada de regresar de México, donde había impartido docencia en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Autónoma de Aguascalientes, y preparaba oposiciones para catedrático de instituto) y dos jóvenes recién licenciados y muy cualificados: Rafael Narbona (actualmente catedrático de Historia Medieval de la Universitat de València) y Manuel Chust (ahora catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Jaume I).

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‘Levante-EMV’, 14 de octubre de 1988.

Confiábamos en que la obra tendría una buena acogida, pero nadie esperaba el éxito que llegó a alcanzar. La tirada media del diario era de unos 40.000 ejemplares. El domingo 1 de octubre, día que salió el primer fascículo, esta fue de 72.000. Se agotaron rápidamente y se imprimieron 100.000 más para atender la demanda. También se quedaron cortas las tiradas de los números dos y tres (122.000).

Hoy, más de 125.000 bibliotecas y hogares tienen en sus estanterías la Historia del pueblo valenciano, y todavía me encuentro con alguien –normalmente ya de cierta edad– que, hablando, si sale el tema a colación, me dice: ¡Ah! ¿Eso lo hiciste tú? Yo lo tengo en mi casa.

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‘Levante-EMV’, 2 de junio de 1989.

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‘Levante-EMV’, 25 de noviembre de 1989.

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‘Levante-EMV’, 2 de diciembre de 1989.

Taller d’història

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Revista que editó el Centre d’Estudis d’Història Local (Diputación de Valencia) entre 1993 y 1995. De periodicidad semestral, tenía una tirada de mil ejemplares. Se llegaron a publicar un total de seis números, ya que desapareció, con el Centre, poco después de las elecciones municipales de 1995 con el nuevo gobierno del Partido Popular.
Dirigida por Manuel Cerdà, contó con un amplio consejo asesor integrado por destacados historiadores españoles y extranjeros. Taller d’història pretendía, tal como reflejaba la editorial del primer número, “poner al alcance de todo el mundo, del profesional de la historia y de todos los interesados en la misma, algunas contribuciones de la práctica historiográfica más reciente que pueden enriquecer el bagaje teórico y metodológico del investigador y, a un nivel más general, ayudar a comprender y reflexionar sobre el papel de la historia en el mundo actual”. Estructurada en diversas secciones, las de ‘Microanàlisi’ y ‘Orientacions i recerques’ prestaron una atención específica a la historia local. Se publicaron artículos sobre la microhistoria (Giovanni Levi, Joaquim Carvalho), las fuentes de la historia local (Antoni Furió) y los archivos (Josepa Cortés), el mundo de los oficios (Tim Putman, June Freeman), los orígenes del territorio local, la historia oral y el medio local (Robert Parks, Giovanni Contini) y las actas del Tercer Col·loqui Internacional d’Història Local, que organizó el Centre en 1993.

Dos secciones, ‘Història alternativa’ y ‘Controvèrsies’ –esta, a diferencia del resto, no fija–, querían difundir diferentes formas de aproximación a la experiencia histórica de otras partes del mundo (Europa y Estados Unidos básicamente). En ‘Història alternativa’ predominaron los temas referidos al uso de la historia oral y la arqueología en la recuperación de la memoria colectiva, y la construcción de una historia contemporánea a partir de todos los registros y no únicamente del escrito. También se denunció la marginación de los colectivos más indefensos en el Primer Mundo o la historia popular y su práctica social. En este sentido cabe destacar, entre otros: “La rebelión de los cheyenes del Norte (1879): el uso de la historia oral y la arqueología como instrumentos de resistencia” (Douglas y otros, núm. 1), “Discurs de la pèrdua” (Günter Grass, núm. 2), “(Re)leer a Marx” (Alain Guerreau, núm. 5) y “Arxivadates, usurpadors de la memòria i buròcrates prestigitadors (Miquel Izard, núm. 3), el dedicado a las experiencias británica y alemana sobre los talleres de historia (R. Samuel, Sh. Rowbotham, M. Wilde, núm. 4), y otros artículos sobre Thompson (Hobsbawm, núm. 4) y la renta feudal y el trabajo campesino (Miquel Barceló, núm. 6). En la sección ‘Controvèrsies’ se plasmaron los debates de Stone, Joyce y otros (“Historia y posmodernismo”), de Wallerstein y Skotnes (“¿Más allá de Annales?”) y de Strauss y Beik (“El dilema de la historia popular”).
El carácter de la revista determinó en buena parte que predominara la traducción de artículos ya aparecidos en otras publicaciones, sobre todo en revistas como History Workshop, Past and Present, Oral History y Radical History Review, entre otras, si bien, poco a poco, esta tendencia fue disminuyendo en beneficio de artículos encargados por la propia revista, como los ya citados de Alain Guerreau, Miquel Barceló o Miquel Izard.

Ana Sebastià Alberola, entrada “Taller d’història”, Diccionari d’historiogrqfia catalana, 2003.

Buen resumen de la trayectoria de Taller d’història al que poco añadiré. Me gustaría, no obstante, resaltar las características materiales de la misma. Taller d’història era una revista de ajustado presupuesto que, además, estaba financiada con dinero público. Había, en consecuencia, que ofrecer el máximo contenido posible en cuanto menos espacio mejor. Nada de ostentaciones, primaba la sobriedad. Un ejemplo de ello es el citado texto de Günter Grass “Discurs de la pèrdua”, que se publicó en el número 2 (2º semestre 1993). Se trata de un discurso que el escritor polaco-alemán pronunció el 18 de noviembre de 1992 en teatro muniqués Münchner Kammerspiele sobre los peligros del racismo, el cual fue publicado en alemán (Rede vom Verlust. Über den Niedergang der politischen Kultur im geeinten Deutschland) ese mismo año por la editorial Steidl (Göttingen), a la que compramos los derechos para la edición en catalán. Con fotografías incluidas (cuatro) ocupaba las páginas 45 a 54, es decir, diez. En 1999 lo publicó en castellano Paidós Ibérica, con una extensión de 94 páginas.
También quisiera destacar que la revista no pasó desapercibida fuera del ámbito de aquellos dedicados a la investigación o del de la crítica especializada. Algunos artículos llevaron a otros a escribir interesantes reflexiones tras su lectura. Recuerdo ahora un artículo que escribió Vicente Vergara no sé si en la Cartelera Turia o en el periódico Levante-EMV (cito de memoria) sobre el mencionado de la rebelión de los cheyenes del Norte. Pero si tengo que resaltar alguno –no precisamente fruto de la reflexión– es el que figura bajo estas líneas y firma Paco Moreno, en el que critica un artículo aparecido en el número tres de la revista (primer semestre de 1994): “Fuera del sueño. Pobreza y marginación infantil en el primer mundo”. Publicado en el diario de la ciudad de Valencia Las Provincias –que por entonces dirigía María Consuelo Reyna y defendía los valores más rancios y conservadores– su título lo dice todo: “Una revista de la Diputación muestra cómo se droga un niño y un hombre apalea a su mujer”. Entre otras perlas, decía: “La Constitución española tiene entre sus artículos uno que explica la protección que se debe promover a la infancia y a la juventud. Es paradójico que se busque el control de las emisiones televisivas, que reduzcan sus contenidos violentos, que se limite la venta de alcohol y de entrada en algunos establecimientos, para, al mismo tiempo, financiar con dinero público la reproducción de una imagen que incluso hiere la sensibilidad de los adultos”. Una joya, como ven, que parece redactada ayer mismo y que ahora, como entonces, me tomo más como un halago que otra cosa.

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Que pasen un buen día.