EL CORTO TIEMPO DE LAS CEREZAS en JORDI LINARES- RECOMANA’M

Va a ser cert allò que qui té un amic té un tresor. Avui, a l’entrar al Facebook, m’he trobat amb una sorpresa majúscula, un autèntic regal que em fa el meu amic d’aventures arqueològiques-industrials i altres més prosaiques, Jordi Linares, en aquest vídeo que amb plaer comparteix ací, en el qual parla de la meua novel·la “El corto tiempo de las cerezas” i la seua seqüela “Adiós, mirlo, adiós” en termes que em afalaguen en gran manera.

Va a ser cierto lo que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Hoy, al entrar en Facebook, me he encontrado con una sorpresa mayúscula, un auténtico regalo que me hace mi amigo de aventuras arqueológicas-industriales y otras más prosaicas, Jordi Linares, en este vídeo que con placer comparte aquí, en el que habla de mi novela «el corto tiempo de las cerezas» y su secuela «Adiós, mirlo, adiós» en términos que me halagan sobremanera.

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Unos arriba (los pocos). Otros abajo (los más)

Arriba cada vez menos, abajo cada vez más. Los de arriba disfrutan de espléndidas atalayas desde las que se contemplan las mejores vistas. Nada se lo impide, están en lo alto. Desde sus suntuosas fortalezas ven todo, y a todos, controlan todo, y a todos. Nadie se lo impide, nadie está por arriba. Definen. Algunos de ellos acaparan las portadas de los informativos y periódicos más serios, que nos hablan de sus proezas al frente de las grandes sociedades o empresas multinacionales, grandes gobiernos, grandes bancos y otros grandes organismos financieros. Otros, en cambio, siquiera se dejan ver y prefieren los seudónimos: mercados, por ejemplo. Dicen que son grandes hombres. Ellos también, a sí mismos y de sí mismos; están convencidos.

Todos tienen su corte de profesionales, pues pueden pagar sus servicios: políticos que administran sus intereses, historiadores que glosan sus gestas, cronistas que nos informan de sus proezas diarias, juristas que reglamentan sus derechos, científicos e investigadores que encauzan debidamente el progreso, artistas que les hacen de bufones. Y tienen bula para todo. Eso sí, de vez en cuando eligen a uno para sacrificarlo en un ritual mediático, lo juzgan y condenan, lo meten en una cárcel y así los que se dejan ver no tienen problema para poder seguir exhibiéndose impúdicamente.

En sus atalayas gozan de mansiones que construyen los arquitectos más prestigiosos, los mismos que levantan gigantescos e impresionantes recipientes de nada, y tienen orquestas que amenizan sus fiestas, y autógrafos que ellos llaman cuadros, y se curan antes, y son más altos y más guapos, y ni siquiera utilizan papel higiénico porque tienen muchas lenguas que les limpian el culo ─algunas incluso ansían tan preciado momento─ y sonríen cuando los demás les imitan, y más cuando les admiran. Saben que nunca conseguirán acceder a su selecto club. Tienen su propia omertà, su propio código de silencio, se protegen entre ellos.

Un nivel más bajo, pegado al anterior ─tanto que algunos de este nivel se confunden y creen estar en el primero─ también hay atalayas, más pequeñas y con vistas solo hacia adelante y hacia abajo. Las ocupan quienes están al frente de sociedades o empresas menores, gobiernos menores, bancos menores y otros organismos financieros menores. Se creen llamados a decidir por los demás, y por tanto dictaminar de qué manera se aplican las fórmulas que los dictaminadores del primer nivel consideran beneficiosas para el conjunto de la sociedad, es decir, para controladores y definidores. La mayoría ha pasado por prestigiosas universidades y otros templos de adocenamiento intelectual y se consideran auténticos mesías. También cuentan con su corte de profesionales, que, como ellos, ha pasado por universidades y otros templos de adocenamiento intelectual, de donde han salido completos, atiborrados de hechos y certezas. Se llevan bien con los primeros, al fin y al cabo han salido del mismo sitio, la misma piara, algunos incluso de cloacas o estercoleros (por eso el hedor a falsedad que desprenden no les molesta).

En el nivel inferior no alcanzan a ver lo que sucede en los de arriba, un manto de indiferencia les incomunica y aísla, un manto pulcro, reluciente, sumamente cuidado, tan aparentemente real que los etéreos cachivaches que de él cuelgan se confunden con las estrellas los días de bonanza y con simples nubarrones los días encapotados. No cuentan con atalayas a pesar de que el espacio de este nivel es extraordinariamente amplio, pero son tantos sus moradores que solo los que habitan en los estratos más elevados, los inmediatos a los confines superiores, disfrutan de cierta capacidad de movimiento entre el inmutable paisaje de delirios y enajenaciones. Ocupan uniformes habitáculos de formas y tamaños distintos, burda imitación de las atalayas, menos llamativos, aunque igual de anodinos, si bien sus moradores los encuentran acogedores y confortables y consideran una suerte residir en ellos, sobre todo porque pueden comparar esta, su suerte, con la de quienes habitan más abajo, a quienes sí pueden ver. Tratan de imitar el modo de vida de los de arriba ─tal vez porque observan el de los de abajo─, pues creen que pueden llegar hasta allí, a lo más alto, que algún día conseguirán traspasaran la deslumbrante bóveda que les separa.

El espacio de que disponen los estratos inmediatos va reduciéndose a medida que desciende el nivel, de modo proporcionalmente inverso al número de moradores. Las formas y tamaños de los habitáculos se van unificando hasta adquirir todos el mismo volumen. En los últimos ya no hay formas ni tamaños. Son los que alojan a los vencidos, a los derrotados, a los inútiles, a los menesterosos y, en general, a todos aquellos socialmente insolventes o cuya aportación a lo que llaman desarrollo nunca pasará de ser mera anécdota y, en consecuencia, jamás recogerá sus necesidades, aunque no parece que esto les preocupe en demasía, hace tiempo que dejaron de mirar hacia arriba y ya no saben cómo se hace, van siempre con la mirada gacha, buscan en el suelo los desperdicios que puedan haber arrojado los de los otros niveles.

Mientras que en el primer y segundo niveles el estado de ánimo imperante es la vanidad, la complacencia de quien se sabe detentador del poder y es buen conocedor de los tejemanejes inherentes a la dominación, en el resto predomina el desorden propio de quienes nunca saben a dónde van a pesar de estar dando vueltas continuamente, atenuado sin embargo por el sentimiento de creer contar con un papel en la representación continuada que los primeros proyectan y dirigen por pequeño que sea, aunque carezca de diálogo. La resignación, el fatalismo, predomina sobre cualquier otro fundamento. La indolencia, así, es común a casi todos ellos.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Federico García Lorca. Cinco poemas, cinco canciones

García Lorca quería ser músico cuando era un muchacho. De hecho, estudió piano y fue alumno de Manuel de Falla. Su afición y formación musical se refleja en su poesía: “Si te fijas en los primeros escritos de Lorca, tanto en prosa como en verso, hay muchísimas referencias musicales: compositores, formas, elementos musicales… Federico en su adolescencia tenía en mente ser músico e irse a París a estudiar. La obra de Lorca tiene muy presente en su estructura una rítmica muy acentuada que se acerca mucho en su construcción de los versos a la rítmica musical”, dijo Marco Antonio de la Ossa (autor del libro publicado en 1978 Ángel, musa y duende: Federico García Lorca) en unas declaraciones al diario El País del 4 de marzo de 2015.

Tal vez por ello, García Lorca es uno de los poetas más musicados de la historia. Él mismo, al piano, grabó en 1931 junto a Encarnación López La Argentinita cinco discos gramofónicos de pizarra de 78 revoluciones por minuto que contenían una canción en cada cara. Eran estas Zorongo gitano, Los cuatro muleros, Anda jaleo, En el Café de Chinitas, Las tres hojas, Los mozos de Monleón, Los peregrinitos, Nana de Sevilla, Sevillanas del siglo XVIII y Las morillas de Jaén. Escuchamos a ambos en la grabación original de Anda jaleo.

La leyenda del tiempo es un poema que se incluye al inicio del tercer acto de Así que pasen cinco años, una obra de teatro con tintes surrealistas, cuyo subtitulo es el del poema, que Lorca calificaba de “teatro imposible” para su momento que solo se valoraría pasadas unas cuantas décadas. La escribió en 1931 pero que no pudo verla estrenada, ya que sería asesinado cinco años después. Con música de Ricardo Pachón, Camarón de la Isla la grabó en uno de los álbumes considerados más importantes de la historia del flamenco, siendo la canción que lo abre y la que le da título. En el vídeo que sigue –una actuación para el programa de TVE  300 millones en 1979– Camarón la interpreta (en playback) acompañado del grupo Dolores.

Otra canción que aparece la obra que acabamos de mencionar de Camarón es Mi niña se fue a la mar, uno de los poemas que se recogen en la obra de Lorca Canciones (1921-1924) a la que Paco Ibáñez puso música en 1964. Vemos a Ibáñez con su hija Alicia interpretándola en directo en un concierto que dio en el Palau de la Música de Barcelona en 2002.

Pequeño[m1]  vals vienés –uno de los poemas que forman parte de su poemario Poeta en Nueva York, obra que se editó por primera vez el 24 de mayo de 1940 en inglés con el título The poet in New York and other poems– está fechado el 13 de febrero de 1930 y fue publicado originalmente en la revista 1616. En 1986, Leonard Cohen le puso música y nació la bella canción Take this Waltz. Con ella se abría el álbum que editó CBS con motivo del 50 aniversario del nacimiento de García Lorca Poets in New York, que recogía también versiones de otros poemas suyos realizadas por Mikis Theodorakis y Georges Moustaki, Patxi Andion, David Broza, Angelo Branduardi, Paco y Pepe de Lucía, Manfred Maurenbrecher, Víctor Manuel, Chico Buarque y Raimundo Fagner, Lluís Llach, y Donovan. Ese mismo año Columbia produjo el elepé de Cohen I’m Your Man, en el que se incluía la canción. Cohen modificó parcialmente la letra[1]. No lo hizo, en cambio, Sílvia Pérez Cruz, a quien escuchamos, junto a Pájaro, interpretando Pequeño vals vienés en un fragmento extraído del documental Luna grande, un tango por García Lorca (2017).

Vamos ahora con un tema popular andaluz que recuperó García Lorca y grabó con La Argentinita en los discos gramofónicos de 1931 que comentábamos al principio. Nos referimos a Los cuatro muleros. Su intérprete en el vídeo que figura acto seguido –una producción de Juan Raya para Estudios Domi, de Morón de la Frontera– es Manolo Paradas, uno de los grandes del flamenco, quien la grabó en 2007 en su álbum Añoranza flamenca.

Finalizamos con la conocidísima La tarara, poema que Federico García Lorca escribió a partir de unas coplas populares posiblemente de origen sefardí. La versión que hemos seleccionado corre a cargo de Babel Ruiz –una voz repleta de matices que tiene una forma de cantar tremendamente personal, apasionada y precisa, cuyo repertorio abarca desde la canción protesta, la música mediterránea y el jazz– y se incluye en su álbum de este mismo año, 2016, Las manos de mi madre. La versión acústica que escuchamos no es la del disco sino una interpretación en directo en compañía del excelente guitarrista Javier Navarro.

Que pasen un buen día (o lo mejor posible).


[1] “Ahora en Viena hay diez hermosas mujeres. / Hay un hombro donde la muerte viene a llorar. / Hay un vestíbulo con novecientas ventanas. / Hay un árbol, al que las palomas van a morir. / Hay un pedazo que fue arrancado por la mañana / que cuelga de una helada galería. / ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals, toma este vals. / Tómalo con la pinza de sus mandíbulas. / ¡Oh! te quiero, te quiero, te quiero. / En una silla con una revista muerta, / en una cueva con un trozo de un lirio, / en algunos pasillos donde el amor nunca estuvo, / en una cama donde la luna ha sudado / en un sollozo lleno de pisadas y arena. / ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals, toma este vals. / Toma su cintura rota en tu mano. / Este vals, este vals, este vals, este vals, / con su aroma a brandy y a muerte / arrastrando su cola hacia el mar. / Hay una sala de conciertos en Viena / donde tu boca fue mil veces criticada. / Hay un bar donde los chicos han dejado de hablar, / condenados a muerte por el blues. / Ah, pero ¿quién se sube a tu imagen / con una guirnalda de lágrimas recién cortadas? / ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals, toma este vals. / Toma este vals que ha estado muriendo durante años. / Hay un ático donde los niños están jugando / donde pronto tengo que acostarme contigo / en un sueño de linternas húngaras, / entre la niebla de una dulce tarde. / Y veré lo que has encadenado a tu desdicha, / todas tus ovejas y tus lirios de nieve. ¡Ay, ay, ay, ay! / Toma este vals, toma este vals, / con su ‘yo nunca te olvidaré, ya sabes’. / Este vals, este vals, este vals, este vals… / Y bailaré contigo en Viena, / llevaré un disfraz de río, / el jacinto silvestre en mi hombro, / mi boca en el rocío de tus muslos. / Y enterraré mi alma en un libro de recuerdos, / con las fotografías y el moho, / y me rendiré ante la inundación de tu belleza, / mi violín barato y mi cruz. / Y tú me llevarás con tu baile, / a las piscinas que levantas en tu muñeca. / ¡Oh! mi amor, oh mi amor. / Toma este vals, toma este vals. / Es tuyo ahora. /Es todo lo que hay”