Nada queda. El barrio ─unas cuantas calles─ es otro. Yo también. Pero ahí seguimos, entre el cementerio y el tanatorio, rodeados de zombis. Si la muerte es ausencia de vida, lo somos desde hace mucho tiempo, zombis. Murió Vladimiro, el zapatero; Joaquín vendió su camión y marchó con su esposa al pueblo de esta; cerró Pilar, la pescadera; también Olegario, que tenía una tienda de ropa, y Casimiro (cada vez había menos niños que compraran las chucherías y tebeos de su kiosco). La pequeña fachada roja de su reducido puesto persiste no obstante; unos pakistanís han instalado allí una frutería y la repintaron del mismo color. Murió también doña Amalia, que sabía cómo hacer desaparecer las verrugas simplemente frotándolas un instante con los dedos de su mano, y se fue el olor a jazmín que salía del patio de su casa; sus hijos la vendieron, hoy es un edificio de pisos, de seis alturas. Nos dejó El Gran Hogart, el mago ─en realidad se llamaba Vicente─, que seguía fascinando a propios y extraños con sus trucos en el bar de Valentín a cambio de una copa. Las acacias las cortaron tiempo ha. Aun así, de vez en cuando todavía se ve algún pájaro. Siempre hay despistados.
El 6 de mayo corrían rumores de que la rendición absoluta de Alemania se produciría en cuestión de horas. Berlín había capitulado el 2 de mayo con la entrega de la ciudad a las tropas soviéticas por parte del general Helmuth Weidling. Dos días más tarde, las fuerzas alemanas en Holanda, Alemania Noroccidental y Dinamarca claudicaban ante al general británico Montgomery. Los rumores pronto dejaron de serlo. A las 02:41 de la mañana del 7 de mayo de 1945 se firmaba en Reims, en el Cuartel General del Comandante Supremo Aliado, la rendición incondicional del Reich.
Sam recibió el encargo de marchar enseguida a Berlín para cubrir el acto formal de la capitulación alemana, a celebrar el día siguiente, 8 de mayo, en el Cuartel General Soviético.
Torgau es una pequeña ciudad, a unos ciento cincuenta kilómetros al suroeste de Berlín, en la que el 25 de abril de 1945 se habían encontrado las tropas estadounidenses y soviéticas en su avance hacia la capital de Alemania. Sam debía estar allí antes de las cuatro de la tarde del 8. Un jeep del ejército le condujo hasta la villa sajona. Al llegar le sorprendió la gran cantidad de periodistas que habían sido convocados en el mismo lugar, en el mismo momento y con idéntico objetivo. La escenificación de la capitulación alemana era un acto de enorme trascendencia que había de ser recogido debidamente para mostrarlo al mundo. El Reich, por medio de su jefe del Estado Mayor del Alto Mando, el general Alfred Jodl, había firmado ya en Reims el día 7 que todas las fuerzas bajo el mando alemán cesarían las operaciones activas a las 23:01 horas, hora de Europa Central, el 8 de mayo de 1945. Pero no era lo mismo Reims que Berlín. Stalin había montado en cólera al conocer la noticia, restaba protagonismo al Ejército Rojo, esencial en los más difíciles momentos de la guerra y de la lucha por la capitulación de Berlín, donde consiguió entrar en solitario.
Berlín tras la capitulación. En primer término la Puerta de Brandeburgo, tras ella el bulevar Unter der Linden.
En vehículos militares entraron en la capital alrededor de las nueve de la noche. La ciudad estaba a oscuras, solo alguna esporádica fogata iluminaba montones de escombros y ruinas. No había un alma por las calles. Jamás imaginó Sam que el bullicioso Berlín de principios de la década de 1930 pudiera conocer tan tétrico silencio. Sin más obstáculo que los cascotes repartidos por doquier, que los conductores sorteaban con la habilidad de quien está acostumbrado a transitar por caminos torcidos, cruzaron la ciudad en dirección al cuartel general soviético, ubicado en el casino de una antigua escuela de ingenieros militares de Karlshorst, al este de Berlín.
La firma de la rendición alemana en Berlín el 8 de mayo de 1945. Heritage Images / Getty Images.
Pasadas las diez de la noche, los representantes de los países aliados fueron los primeros en entrar en una sala en la que se había dispuesto una larga mesa rectangular y ocupar sus asientos. Eran el general Spaatz, por Estados Unidos; el británico Arthur William Tedder, subcomandante de la fuerza expedicionaria aérea aliada; el francés Lattre de Tassigny, comandante del I Ejército galo, y el mariscal soviético Zhúkov. A las once en punto, coincidiendo con la hora marcada para el fin de las operaciones alemanas, hicieron su aparición los jerarcas alemanes: el mariscal de campo Wilhelm Keitel, el almirante Von Friedeburg y el general de aviación Stumpf. Se sentaron frente a los primeros. El acto fue sucinto y solemne. En medio de un general mutismo que amplificaba los carraspeos el chasquido de los flashes de los numerosos fotógrafos y el rodar de las cámaras cinematográficas Keitel entregó un documento firmado por Karl Dönitz, el heredero de Hitler según su testamento, en el que se estipulaba la capitulación sin condiciones de las fuerzas alemanas. Todos estamparon su firma en el acuerdo y a la medianoche la delegación alemana marchó. Se sirvió entonces una cena a los plenipotenciarios de los aliados en la que no faltó el caviar y el vodka ni un improvisado escenario sobre el que virtuosos soldados cantaron y bailaron.
Berlín estaba bajo control soviético. No se podía entrar ni salir de la capital alemana sin la correspondiente autorización. Robert Stern, teniente de la Oficina de Información de Guerra, conocido como Bob, su superior inmediato, tenía la misión de examinar la ciudad y buscar buenas localizaciones para que las cámaras filmaran el momento de cubrir la entrada del ejército norteamericano, pendiente de llegar a un acuerdo con los soviéticos. Bob no hablaba alemán y le pidió a Sam, tras aprobarlo Sparks, que le acompañara. Conocía la ciudad, chapurreaba el idioma y, además, ambos eran amigos de Lary.
Nadie les paró en el trayecto desde Torgau, fue un viaje tranquilo en el que apenas se cruzaron con un par de vehículos rusos. Las huellas de los recientes combates, sin embargo, los acompañaron durante todo el itinerario, más evidentes y devastadoras a medida que se acercaban a Berlín. Unos kilómetros antes empezaron a ver carros de combate y otros vehículos desvencijados abandonados en las cunetas. A su izquierda, el barrio de Steglitz estaba prácticamente arrasado, la mayoría de los edificios carecía de ventanas y puertas y en todas sus fachadas se apreciaban los impactos de los proyectiles. Un poco más adelante, el aeropuerto de Tempelhof y sus alrededores eran poco menos que un montón de escombros custodiados por patrullas soviéticas. Sin duda, había sido escenario de una lucha encarnizada, como todo Berlín.
El día que llegaron para cubrir la ceremonia de capitulación del Reich era de noche y no pudieron apreciar en toda su amplitud la auténtica dimensión del desastre. La ciudad estaba a oscuras ─obviamente no había electricidad─ y lo poco que se podía apreciar a la luz de alguna que otra fogata, que no sabían si eran rescoldos de un incendio mayor provocado por los proyectiles que aún no se había extinguido o un improvisado hogar, denotaba que había sido asolada casi por completo. Su fantasmal aspecto, contrariamente a lo habitual, no era potenciado por la lobreguez de la noche. Ahora, a mitad mañana, con un sol radiante, resultaba mucho más estremecedor. Tras meses de bombardeos, y desde el 20 de abril, día en que Hitler cumplía 56 años y recibía como regalo de los rusos los primeros obuses que alcanzaban Berlín, se había luchado palmo a palmo, casa a casa, cuerpo a cuerpo. […]
―¿Sabes que dijo Hitler en 1935? “Dadme diez años y no reconoceréis Alemania”. Diez años se cumplen ahora.
Cuanto su vista abarcaba era un montón de ruinas, de escombros, de hierros retorcidos y personas tan astilladas como los cascotes esparcidos por doquier. Sam no reconocía Berlín en aquella especie de descuidado yacimiento arqueológico contemporáneo en que se había convertido la ciudad. Le resultaba difícil orientarse. Los rótulos de las calles no existían o estaban agujereados por balazos, y estas se hallaban llenas de escombros, bloqueadas algunas por antiguas trincheras y derrumbes, con manzanas convertidas en un descampado.
Soldado alemán frente a las ruinas del Reichstag, aún en llamas. / Getty Images.
Oberwallstrasse el 8 de mayo de 1945.
Tras pasar un par de controles llegaron a la puerta de Brandeburgo. Parecía la de acceso al túnel del horror, aunque desde luego no se trataba de ninguna atracción y carecía de salida. Frente a ella, Pariser Platz era un inmenso solar, y Unter den Linden una pista de aterrizaje mal conservada.
Restos de trincheras de artillería, fosos para los cañones, habían sido tomados por los niños en Pariser Platz. Desde la cabina de un camión destrozado un par de muchachos, que no pasarían de los doce años, “dirigían” los movimientos de una docena de chiquillos y chiquillas que jugaban con ellos. Se quedaron mirándoles, no adivinaban qué tipo de juego era aquel: los niños hacían de soldados, eso era obvio, pero las niñas se limitaban a permanecer en corro simulando ignorar sus maniobras hasta que un par de chicos se dirigían a una de ellas y le ordenaban que les siguieran hasta la cabina del camión, lo que hacían obedientes. Una vez allí, desde su posición ya no podían ver qué pasaba.
Niños entre los escombros. Berlín, mayo de 1945.
―¿A qué juegan? ─preguntó Bob.
―No estoy seguro. Supongo que a ser adultos. Los niños, que hacen de soldados, van a donde están las niñas y dicen a una: Frau, komm mit!
―¿Y eso qué significa?
―¡Mujer, ven conmigo! Les dicen eso y ellas les siguen hasta los restos de aquel camión. ¿Ves? Juegan a lo que ven a su alrededor. Mimetizan, más que imitan, lo que hacen los adultos, como todos los niños.
―Ya. La mayoría de estos chicos solo ha conocido la guerra y todos han sido educados bajo el nazismo. Los rusos han hecho de las mujeres parte de su botín, han violado sistemáticamente. Jóvenes, viejas, niñas… Les daba lo mismo. Entraban en los búnkeres y con linternas alumbraban los rostros de las mujeres para poder elegir. Ahora han descendido mucho las violaciones, pero siguen siendo una amenaza diaria. Muchas han optado por tener un amante fijo. Cama por protección. Otras se ofrecen antes de que las fuercen. Cama por comida. También ha habido comportamientos exquisitos, sobre todo por parte de los oficiales, pero desde luego no ha sido la tónica general.
En medio de aquella desolación, la puerta de Brandeburgo se veía animada, como en un día festivo. Era punto de encuentro de quienes se dedicaban al trueque y al mercado negro. Se detuvieron. Sin llegar a bajar del coche, enseguida se vieron rodeados de gente que les pedía cualquier cosa de comer a cambio de relojes, joyas u otros objetos personales, aunque la mayoría de los relojes no funcionaban y las joyas eran baratijas. No había un solo hombre joven, y de mediana edad muy pocos, los lisiados o inválidos. Continuamente les pedían cigarrillos. El valor de un pitillo era el mismo que el cien gramos de pan. […]
Puerta de Brandemburgo. Berlín, mayo de 1945.
El estrépito de un edificio, o de lo que quedaba de él, al ser demolido les sobresaltó. Fueron los únicos. Los demás ni se inmutaron. Cada uno siguió con lo suyo, fuera mujer, niño u hombre. Bastante tenían con preocuparse de sí mismos. Era uno de los edificios de la contigua Wilhelmstrasse, sede de varios ministerios, del partido nazi y de la Cancillería del Reich, y escenario de alguno de los más cruentos combates. La calle estaba llena de cráteres.
Mujeres desescombrado. Berlín, mayo de 1945.
Mujeres desescombrado. Berlín, mayo de 1945.
Grupos de mujeres se afanaban desescombrando; sobre los montones de ruinas, en fila, se pasaban una a otra un cubo lleno de ladrillos que habían recogido de entre los escombros, depositándolos en la calle ordenadamente para su posterior reutilización.
Muy cerca de la puerta de Brandeburgo, en Oberwallstrasse, el edificio en que se hallaba su antiguo apartamento estaba cortado en sección, una bomba lo había destrozado. Unos cuantos niños subían y bajaban por los destartalados tramos de escalera que permanecían en pie, brincando de un sitio a otro sin preocuparles el peligro, acostumbrados a convivir con él. Un señor mayor les echó a cajas destempladas.
Siguieron por Unter den Linden hasta Alexanderplatz. Mirasen donde mirasen, el paisaje era siempre el mismo. Berlín estaba uniformemente destruido. Más chiquillos entre las ruinas, grupos de mujeres que seleccionaban ladrillos y colas, largas colas de mujeres junto a las bombas de extracción de agua para llenar sus vasijas, cubos y palanganas, frente a una de las cantinas móviles desde la que los soviéticos servían diariamente sopa caliente, o ante las panaderías, que precisamente ese día habían vuelto a abrir para elaborar un pan negro y húmedo del que, no obstante, nadie se quejaba. Al detenerse de nuevo frente a una de estas colas, un par de muchachas que se hallaban en los últimos lugares, los más próximos al vehículo en que estos viajaban, salieron corriendo al ver que paraban.
―¿Por qué huyen?
―Temen a los militares. Los rusos, te decía, han cometido muchas salvajadas.
Al apercibirse por los gritos de las demás que no se trataba de soviéticos, regresaron a sus puestos.
―Se han asustado al verles ─les explicaba una mujer─. Como observarán son unas muchachas hermosas y robustas, y las muchachas así, rollizas, son las preferidas de los rusos. Ha sido ver que un vehículo se detenía y salir pitando. Cuando llegan los rusos no dan tiempo para preguntar acerca de sus intenciones. Las mañanas son más seguras, por eso las colas son también más largas. Por la mañana los rusos están durmiendo la borrachera de la noche anterior o todavía resacosos, o enfrascados en sus tareas de soldados, pero a medida que avanza el día van bebiendo y el peligro aumenta.
―No sé yo si son más peligrosos ebrios o sobrios ─intervino otra─. Para ellos solo somos parte de la recompensa que les corresponde por haber ganado la guerra, como los relojes que tanto les gustan, o los mecheros, o las joyas.
―Son unos animales, eso nada más, unos animales ─replicó una tercera─. ¿Saben que cuando ven una bombilla encendida se la llevan consigo creyendo que la luz está en su interior?
―Conmigo se portaron muy bien ─dijo una mujer de treinta y tantos años─. Estaba escondida con mis dos hijas en una buhardilla cuando de repente entraron. Asustada, me ofrecí enseguida para evitar que le hicieran nada a mi hija mayor, de 12 años. No solo nos tocaron a ninguna, sino que nos dejaron la comida que llevaban.
―A saber qué les harías ─espetó otra de edad parecida.
―No, si todavía hay quien quiere defender a esos bárbaros ─se quejaba una anciana.
Residentes berlineses pasean entre las ruinas de la ciudad alemana, tras ser tomada por el Ejército Rojo, en mayo de 1945. Sovfoto / Universal Images Group vía Getty.
Alguien dio el aviso en ese momento de un accidente en el que había muerto un caballo, a un par de manzanas. Rápidamente, muchas mujeres abandonaron la cola. ¿Tienes un cuchillo?, se preguntaban. Esa noche, las que consiguieran llegar más pronto y dispusieran de algún instrumento cortante podrían cenar unos suculentos filetes. Una ocasión así no se presentaba todos los días.
También algunos niños marcharon corriendo al lugar del siniestro. Como si de conejos se tratara, empezaron a salir por los boquetes de los muros medio derruidos, estrechas aberturas que solamente sus menudos cuerpos podían cruzar. Se mostraban tan recelosos como las lozanas muchachas que habían salido despavoridas al verles. Con inusitada rapidez desaparecían de la vista nada más adivinar la intención de dirigirse a ellos. Volvían enseguida a sus agujeros, de los que solo salían para mendigar o escarbar en la basura en busca de comida. Sucios, famélicos, desconfiados ─algunos también mutilados─, iban provistos de palos o barras de hierro cogidas de entre los escombros.
A mitad mañana el espigón estaba de lo más tranquilo. La playa que se abría junto a él, a unos doscientos metros, aunque moderadamente, empezaba a ser ocupada por los primeros bañistas. El día era excelente, soleado, sin el calor de las bochornosas jornadas veraniegas que no tardarían en llegar. La suave brisa hacía francamente agradable y tentador pasar un rato frente al mar; el agua estaba todavía algo fría, aunque a algunos no parecía importarles.
─ ¿Qué, que me decís del petardo? ¿Es bueno o no?
─ Cojonudo. Empiezo a estar más cocido que un piojo.
─ Disfruta, que esto es gloria. Toma, mátalo ─Robin dio una larga calada al canuto y se lo pasó a Tomate. […]
─ ¡Eh! Mirad eso.
─ ¿El qué?
─ Eso de ahí, la botella esa que está entre las rocas.
─ ¡Joder, tío, como en las pelis! A ver si es el mensaje de un náufrago.
─ Sujétame, que la cojo. Igual es ginebra, o vodka. Lo de dentro es blanco.
─ O está vacía.
─ ¿No ves que está tapada?
Johnny sujetó a Robin por los pies. La botella se había empotrado en las rocas, en la parte más saliente del espigón, a donde era complicado llegar. […]
Johnny hizo el ademán de coger la botella, pero Robin la lanzó contra las rocas.
─ ¿Por qué haces eso, gilipollas?
─ Para una cosa que nos encontramos… Ya me extrañaba que no fuera una buena mierda.
─ ¡La puta leche! ¿Qué es eso? ¿Veis lo mismo que yo?
─ ¿Qué hostias es esa nube? ¿Qué coño le has puesto al canuto?
Al crash del vidrio al romperse siguió una humareda blanquecina que a medida que iba elevándose se condensaba y formaba una especie de nube redonda y luminosa.
─ ¡A mí qué me cuentas! Ha salido de dentro de la botella.
─ ¿Cómo va a salir de dentro de la botella? Estaba vacía.
─ Tendría gas.
─ No digas chorradas. ¡Mira!, cambia de forma.
─ Yo no veo que cambie nada, se está deshaciendo.
─ No, fíjate. Estoy flipando.
─ Sí, y ahora aparecerá un genio, como en las pelis. No te jode.
Cuando parecía que la nube –como había observado Robin– empezaba a volatilizarse, el vaporoso humo, o lo que fuera que salía de ella, hizo un extraño movimiento y cual especie de rayo invisible y silencioso descendió hasta el suelo súbitamente. Ni un segundo después, en su lugar apareció un individuo bajito, medio calvo, con grandes entradas y pinta de apocado, un poca cosa con gafas pequeñas y redondas y prominente nariz que resaltaba en su rostro blanquecino. Vestía traje y corbata pasados de moda.
─ ¡Puta hostia! ¿Qué está pasando? ─exclamó Tomate alarmado.
─ ¿Tú quién eres? ¿De dónde has salido?
─ Soy vuestro servidor.
─ ¿Quién?
─ Vuestro servidor, estoy a vuestra disposición durante doce horas, medio día. Durante ese tiempo mi única misión es satisfacer vuestros deseos. Es mi obligación para con vosotros por haberme liberado.
─ ¿Qué pollas dice el zumbao este? ¿Nosotros? ¿Nosotros te hemos liberado? ¿De qué, de dónde?
─ De dentro de la botella, llevaba ahí casi cien años.
─ ¿Qué? ¿Qué dices? ¿Dentro de la botella? ¡Anda ya! En la botella no había nada, y menos tú. Que ya no tenemos cinco años. ¿Se te va la pinza, o qué?
─ Pues ya lo habéis visto. He salido de ahí.
─ Vale, tío, como quieras. ¿Qué eres, un genio? ─preguntó Robin en tono más que burlón.
─ ¡Ah!, ¿no os habías dado cuenta?
─ Hombre, la verdad es que no suelen aparecérsenos genios todos los días. Pero tú… ¡Para descojonarse! Con esa pinta qué pollas vas a ser un genio. Además, no existen los genios. ¿Nadie te lo ha dicho nunca? Con lo mayorcito que eres…
─ Pues es lo que soy.
─ Claro, claro, y yo el banquero más rico de todos los banqueros, ¿no te lo había dicho? Soy un cabronazo de tomo y lomo. Todo lo tomo y todo me lo como.
La ocurrencia de Robin provocó otra estruendosa carcajada por parte de Johnny y Tomate, que seguían bajo los efectos del canuto.
─ Veo que no me creéis.
─ Ni nosotros ni el papa de Roma, con esa pinta de pringao pareces de todo menos un genio.
─ ¿Y cómo te llamas? ─preguntó Johnny.
─ Prudencio.
─ ¡Prudencio! ¡La hostia! Prudencio, ha dicho que se llama Prudencio.
La risotada que siguió fue de órdago.
─ Un genio que se llama Prudencio. ¡Hosti, macho, eres genial! Venga, explícanos el truco.
─ No hay truco. Os estoy diciendo la verdad.
─ Venga, va, eres un mago de esos que salen en la tele, un buen mago. ¡Menudo alucine! […]
─ ¿Y si dice la verdad? Ha aparecido ahí de repente, como por arte de magia ─Tomate tenía sus dudas.
─ Eres la leche, Tomate. ¿No te das cuenta de que se está quedando con nosotros? Vamos a dar un rulo. ¿Tú quieres venir, Prudencio? ¿Tienes dinero?
─ No. De todos modos, si lo tuviera no creo que sirviera de mucho. Como os decía, casi cien años llevaba encerrado en esa botella hasta que vosotros me habéis sacado de ahí. Pero no os preocupéis, eso no supone problema alguno.
─ Ya empieza otra vez. Es que no se cansa el tío. ¿Tú que fumas, Prudencio? Porque pondrías pasarnos un poco de lo que sea. ¡Menudo friki! Anda, vuelve al circo de donde te has escapado.
─ En fin, yo ya he cumplido con mi deber. Si no confiáis en lo que digo poco puedo hacer. Los humanos sois muy arrogantes, no creéis en nada que no sea obra vuestra.
─ ¡Ah!, ¿que tú no eres humano?
─ No sé ya cómo decíroslo, soy un genio.
─ ¿Pretendes hacernos creer que eso decías antes de que estás a nuestra disposición y puedes hacer que se cumpla cualquier cosa que deseemos es verdad? ─la duda empezaba a hacer mella también en Johnny.
─ Yo no pretendo nada, mi obligación era advertiros. Y puesto que no me creéis solo me queda deciros adiós.
Tan rápidamente como la humareda gaseosa había adquirido forma humana, Prudencio comenzó a desvanecerse.
─ ¡Eh!, espera, tío, espera.
Esta vez fue Robin quien trató de retener al extraño ante la atónita mirada de sus colegas. Ninguno esperaba una maniobra de ese tipo. Cuando ya apenas se distinguía la silueta, el genio, al escuchar la petición de Robin, volvió a cobrar forma humana.