Los otros Mayos del 68: México

© Armando Lenin Salgado27 de septiembre de 1968

27 de septiembre de 1968 © Armando Lenin Salgado.

México, sede olímpica, sede de la especulación

El Comité Olímpico Internacional (COI) había designado en 1963 a México como sede de los Juegos Olímpicos de 1968, convirtiéndose así en el primer país del llamado Tercer mundo que acogía tan importante cita. El COI lo presidía un estadounidense, Avery Brundage, y la elección de México tenía una clara intencionalidad política: gracias a la ayuda de los Estados Unidos, el país azteca alcanzaba la estabilidad económica y social y se mostraba dinámico y emprendedor. Los demás países pobres debían tomar nota. A mediados de la década de 1940 habían empezado a llegar a México los capitales norteamericanos, iniciándose así la colonización económica del país. Eran los años de gobierno ininterrumpido del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que con una política interior autoritaria y corrupta, y al servicio de los Estados Unidos, dejaba de lado los grandes problemas estatales: migración, desigualdades, fracaso de la reforma agraria, paro, delincuencia…, problemas que generaban gran descontento y habían ocasionado diversas protestas estudiantiles y la creación de guerrillas urbanas.

Estudiantes sobre un autobús quemado el 28 de julio. Archivo Marcel•lí Perelló.

Estudiantes sobre un autobús quemado el 28 de julio. Archivo Marcel•lí Perelló.

El Gobierno mexicano se volcó en el evento y no escatimó en gastos. Solo el nuevo complejo deportivo costó 175 millones de dólares. Este despilfarro, en un país con tantas necesidades, fue duramente criticado. ¡No queremos olimpiadas! ¡Queremos revolución! comenzó a ser una consigna popular y se produjeron los primeros enfrentamientos con las fuerzas del orden.

El ejército mexicano en el Zócalo de la Ciudad de México el 28 de agosto.

El ejército mexicano en el Zócalo de la Ciudad de México el 28 de agosto.

El Comité Nacional de Huelga sacó un Manifiesto a los estudiantes del mundo en el que afirmaban que México no era ni de lejos un “modelo a seguir por otros países subdesarrollados”, sino un país económicamente dependiente, con grandes fisuras sociales. Dos meses antes de los Juegos la rebelión estudiantil estallaba. Un incidente entre estudiantes fue reprimido con gran dureza y se produjeron los primeros muertos.

La matanza de Tlatelolco

Estudiantes detenidos por la policía el 2 de octubre de 1968.

Estudiantes detenidos por la policía el 2 de octubre de 1968.

Estudiantes asesinados en la masacre de Tlatelolco. Hemeroteca de “El Universal”.

Estudiantes asesinados en la masacre de Tlatelolco. Hemeroteca de “El Universal”.

La huelga continuó con mayor fuerza y se multiplicaron las manifestaciones. Primeros camiones volcados y primeras barricadas acompañaron las exigencias de que los oficiales que habían dirigido la represión fueran castigados y se pusiera en libertad a los detenidos, entre otras. A finales de agosto la práctica totalidad de la enseñanza superior estaba en huelga y los estudiantes organizaban manifestaciones de entre 300.000 y 600.000 personas en las que había una importante presencia, cada vez mayor, de obreros y campesinos. Los estudiantes comenzaron a organizar brigadas y el Gobierno recurrió al Ejército y a los grupos paramilitares. Los enfrentamientos fueron a más; también las víctimas. Los arrestos se cifraban en mil diarios. Pero, así y todo, nada hacía prever la barbaridad que se cometería el 2 de octubre. Ese día, miles de estudiantes concentrados en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco (México D.F.). Fuerzas militares (y paramilitares) y policiales, equipadas con coches blindados y tanques de guerra, rodearon completamente la plaza y abrieron fuego, apuntando a las personas que protestaban y a las que pasaban en ese momento por el lugar. En breve una masa de cuerpos cubría toda la superficie de la plaza. La hoy conocida como “masacre de Tlatelolco” dejó más de 300 muertos y miles de heridos y presos. Dos días más tarde se inauguraban los Juegos Olímpicos. Los responsables nunca rindieron cuentas de tamaño crimen.

47 años después

47 años después en Iguala (estado de Guerrero, México), jóvenes estudiantes normalistas (estudiantes de magisterio) fueron atacados por agentes municipales, comandos parapoliciales y sicarios. Sobre las nueve de la noche, los estudiantes se dirigieron a la central de autobuses y tomaron tres vehículos. Al parecer, para acudir con ellos a Ciudad de México y participar en los actos en memoria de la matanza estudiantil de Tlatelolco de 1968. La policía les persiguió, disparó contra ellos y al menos un estudiante murió. Poco después, lo hacía un grupo armado no identificado y, casi simultáneamente, otro grupo abrió fuego contra un bus en el que viajaban los integrantes del equipo de fútbol Los Avispones. En total, seis personas murieron esa noche en Iguala: tres estudiantes, un futbolista, el conductor del bus de los deportistas y una mujer que viajaba en un taxi y fue alcanzada por una bala.

Nadie ha rendido cuentas por la masacre de Tlatelolco. ¿Las rendirán ahora los responsables de lo sucedido en el estado de Guerrero? ¿O seguirá la impunidad?

Historia popular, historia desde abajo

cap11

El término “historia popular”, o también “historia desde abajo” se emplea para denominar un amplio abanico de iniciativas –la mayoría ajenas en sus orígenes a las instituciones académicas– que tienen como objetivo común elaborar una historia más próxima al sentir de la gente, cuya colaboración y participación activa resulta muchas veces imprescindible.

Raphael Samuel

Raphael Samuel

El final de la década de los 60 y los años 70 del siglo pasado estuvieron precedidos en el Reino Unido por un importante debate político en el seno de la izquierda, que tuvo destacadas repercusiones en la concepción de la historia y de su práctica social. Entre los muchos intelectuales que abandonaron el Partido Comunista británico en 1956 a raíz de la represión por parte del ejército soviético de la insurrección húngara, había destacados historiadores –Cristopher Hill (1912-2003), Raphael Samuel (1934-1996), Edward Palmer Thompson (1924-1993)– que, sin romper con la tradición marxista, empezaron a poner en práctica otra forma de hacer historia.

En la base de esta renovación existía la voluntad de hacer materia y objeto de estudio la vida y la experiencia de la clase trabajadora, pero este incipiente movimiento fue más allá: también quería que esta llegara a hacer suyos los resultados de las investigaciones y participase en su elaboración. En definitiva, salir de las catacumbas del reducido ámbito académico para “democratizar la producción de la historia, ampliando la lista de los que la escriben y aplicando la experiencia presente a la interpretación del pasado” (Samuel, Historia popular y teoría socialista, 1984). Como había dicho antes Chesneaux: “La historia es demasiado importante para dejarla únicamente en manos de los historiadores”.

Ruskin College

Ruskin College

Este fenómeno no fue algo aislado sino que estuvo estrechamente interconectado con todo un conjunto de cambios y nuevas actitudes que se sucedían en el mundo occidental como muestra del rechazo de las nuevas generaciones a los valores establecidos, cuyo máximo exponente fue el Mayo del 68 francés. En sus intentos de renovación, jóvenes historiadores se hicieron eco de estas aspiraciones, pero las rígidas estructuras académicas dificultaban la renovación de la práctica historiográfica. En este contexto surgiría el movimiento de los History Workshops (talleres de historia). Nació en 1966 en el seno del Ruskin College (Oxford), donde Samuel, era tutor de historia social, y estaba formado por profesionales de la historia y estudiantes trabajadores en desacuerdo con el sistema de exámenes y la tradicional formación que recibían como historiadores. Pretendía “proponer la noción de historia como algo siempre inacabado, hecha en colaboración y donde la gente compartiera sus descubrimientos, donde no se presentara un producto acabado, sino los procesos de pensamiento” (Samuel). El movimiento del History Workshop se opuso fuertemente al sistema de exámenes y centró su atención en los olvidados de la historia, especialmente los movimientos obreros y las formas más espontáneas de acción obrera.

5544347De todo aquello queda la revista History Workshop, más académica que en sus inicios, y poco más. El auge del neoliberalismo en los años 80 y, con él, la opinión cada vez más generalizada de que vivimos en el mejor de los mundos posibles diluyó el movimiento, al igual que sucedió con los movimientos sociales nacidos en los convulsos años 60. Los historiadores volvieron al redil (en España nunca salieron de él) y la historia, si bien con notables excepciones, siguió el camino académicamente correcto con escasas consideraciones a cualquier tipo de proyecto social.

Sin embargo, las buenas ideas son buenas siempre y una historia popular, desde abajo, sigue constituyendo una de las herramientas imprescindibles para la formación de conciencias críticas, paso previo e ineludible a cualquier intento de transformación social. Trabajar con la gente, además, para la gente, conocer lo que realmente ambiciona y le preocupa, puede ser una magnífica vía de formación para muchos jóvenes, una excelente forma de enriquecimiento personal que permite plantearnos otro tipo de cuestiones, menos inmediatas, de la que todos nos beneficiaríamos. También un buen punto de partida para una nueva política cultural municipal, menos espectacular. Tal vez algunos de los problemas que aparecen continuamente en los medios de comunicación no sean tan trascendentes como nos quieren hacer ver para la mayoría de las personas y sí, en cambio, otros que se ignoran por completo. Talleres que se dedicaran a investigar y estudiar el pasado de una localidad, barrio, comunidad de vecinos, espacios de trabajo, etc., podrían conjugar intereses profesionales y sociales en aras a un mismo fin: la reconstrucción del pasado desde una óptica que no sea la del poder. Procesos de producción en desuso, transformaciones del paisaje, impacto de las nuevas tecnologías en la vida de las personas, desintegración de viejos barrios, adopción de nuevas pautas de conducta… pueden ser, entre otros muchos, temas de discusión y de intercambio de ideas.

¿Cómo se trabaja y cómo se consigue que la gente participe de manera activa en los talleres? Por supuesto, se necesita como punto de partida alguna o algunas persona/s que se encarguen de organizar el taller y de su posterior coordinación, lo que no significa prefijar temas ni dirigir nada. A partir de aquí, hablando con miembros de asociaciones vecinales, sindicales, culturales, responsables de servicios sociales, de hogares de jubilados, de colectivos de gente marginada, se organiza una primera reunión, o más, en la que se explica el objetivo de los talleres y se inicia la discusión sobre su contenido. Fijados estos, se empieza por repartir el trabajo, recogiendo materiales y testimonios para su posterior discusión y análisis. Al contrario de lo que se pueda pensar, la gente responde con notable interés (a la gente le interesa la historia, lo que no le interesa es la historia erudita que los historiadores escriben para ellos mismos con fines exclusivamente curriculares).

HASTINGS_VOICESAparentemente, los talleres tendrían un alcance cronológico limitado, puesto que se trabaja con antiguas fotografías, con la memoria, con la experiencia vivida o con los documentos personales que cada uno pueda aportar. Los talleres, por tanto, no podrían abarcar el estudio del pasado más allá de lo que la gente recuerda y mantiene vivo en su memoria. Sin embargo, esto no es así. La racionalidad derivada del conocimiento directo de determinados procesos de trabajo o de un paisaje, por ejemplo, permite que la gente participe en la construcción de la historia con conocimientos originales a los que muy difícilmente puede llegar el historiador por sí mismo, y así remontarnos a otros límites cronológicos mucho más lejanos al tiempo vivido. Ello, por otra parte, permite cuestionar abiertamente lo que a menudo los manuales presentan como historia y posibilita la participación colectiva en la construcción de un pasado más remoto. La gente no solo forma parte de la historia por su experiencia, también por sus conocimientos. “La ignorancia –decía Lytton Strachey– ha de ser el primer requisito del historiador”.

Ya sé que no son buenos tiempos para plantear estas cuestiones, y mucho menos para que salgan adelante, pero ello no ha de llevar al olvido este tipo de propuestas. Esperemos que vengan tiempos mejores. Nada es inmutable. Mientras, la práctica totalidad de los historiadores siguen en su torre de marfil publicando libros de los que, de media, venden como mucho doscientos o trescientos ejemplares. Claro que esto les da igual. Hablan de la gente, pero la gente les importa un bledo. El currículum, el bienestar académico, el estatus, por supuesto que no. Así nos va.

Los otros Mayos del 68: Checoslovaquia

cap5

Tanques del Pacto de Varsovia invaden Praga (agosto de 1968). Josef Koudelka / Magnum ©

El crecimiento económico de los años 50 y 60 del siglo XX alcanzó todos los países industrializados, incluidos los del Este. El índice de crecimiento de la URSS en los años 50 llegó a ser más alto que el de cualquier país occidental. Checoslovaquia –un estado vigente entre 1918-1939 y 1946-1992, formado por los pueblos checo y eslovaco, que comprendía los territorios de Bohemia y Moravia (actual República Checa) y Eslovaquia– alcanzaba en la década de 1960 unos niveles de prosperidad que nunca antes había conocido, a pesar de que la Unión Soviética había vetado en 1947 su incorporación al Plan Marshall.

En 1960 se dotó de una nueva constitución y en 1965 emprendió una nueva política económica dado el fracaso de los objetivos previstos en el quinquenio precedente. Entre las medidas de esta nueva política económica destacaba el mayor protagonismo que ahora pasaban a tener la industria ligera y los consumidores y la apertura a los mercados occidentales. Asimismo, Checoslovaquia se convirtió en un Estado federal (Chequia y Eslovaquia). La mayor bonanza económica fue acompañada de medidas liberalizadoras en lo político y lo cultural, así como de una renovación en la cúpula política dirigente. A principios de 1968 el estalinista Antonín Novotný hubo de renunciar a los cargos de secretario general del Partido Comunista y de presidente de la República. Para este último cargo fue elegido Ludvik Svoboda, y para el primero Alexander Dubček, gran inspirador de unas reformas que pretendían establecer un socialismo más humano.

Alocución de Alexander Dubček a sus compatriotas en repudio a la invasión soviética.

Alocución de Alexander Dubček a sus compatriotas en repudio a la invasión soviética.

“Hemos de eliminar todo aquello que estrangula la actividad artística y científica”, dijo Alexander Dubček poco después de ser nombrado secretario general del Partido Comunista. Este movimiento liberalizador –respaldado por la mayoría de la población, intelectuales y gente del mundo de la cultura– ha pasado a la historia con el nombre de Primavera de Praga. Las reformas impulsadas por Dubček comprendían la abolición de la censura de prensa y el derecho de los ciudadanos a expresarse libremente. En abril de 1968 Comité Central del Partido Comunista checoeslovaco hizo pública una declaración en la que criticaba la obediencia incondicional a la política del propio partido, algo totalmente insólito en el bloque soviético.

Al igual que ocurrió con Estados Unidos, la Unión Soviética –la segunda gran potencia mundial, con aspiraciones de convertirse en la primera– no podía consentir fisuras ni en su seno ni en el de sus países satélite. Solamente se es fuerte desde la homogeneidad. En el mes de julio los dirigentes soviéticos –al frente de los cuales estaba Leonidas Brežnev– manifestaron tener en su poder pruebas de que la República Federal Alemana pretendía anexionarse la zona norte de Checoslovaquia, por lo “ofrecía” al Ejército Rojo para que defendiera el país de la supuesta futura agresión. Lógicamente –digo lógicamente porque lo contrario hubiera significado algo totalmente opuesto al espíritu que animaba todas estas reformas– se rechazó la propuesta, una propuesta que no dejaba de ser un aviso recordatorio de que la URSS era la única que podía ejercer el control (en todos los sentidos) de los países autodenominados socialistas.

Praga agosto de 1968. Josef Koudelka / Magnum©

Praga agosto de 1968. Josef Koudelka / Magnum©

La política reformadora no por ello se detuvo, más bien al contrario. ¿Consentir una grieta en el sistema que mostrara al mundo que un estado socialista no tenía por qué reprimir las libertades individuales? Impensable en plena guerra fría. El 21 de agosto de 1968 Checoslovaquia fue invadida por tropas del Pacto de Varsovia. El pueblo checoslovaco, que había disfrutado por poco tiempo de aquella Primavera de Praga, veía cómo los soviéticos entraban a la capital. En total, más de 600.000 soldados, 7.500 tanques y 1.000 aviones. Ante el temor de aquello terminara en un baño de sangre, el Gobierno checoslovaco ordenó a sus fuerzas que no opusieran resistencia. Dubček y Svoboda fueron obligados a trasladarse a Moscú en una especie de paripé que pretendía disfrazar de conversaciones amistosas lo que no dejaba de ser una imposición. El pueblo se manifestó pacíficamente contra la invasión con eslóganes que, entre otros, nos recuerdan los del Mayo del 68 francés: ¡Americanos abandonad Vietnam; soviéticos, abandonad Checoslovaquia!; Lenin, despierta, Brežnev se ha vuelto loco; Stalin aplaude, Lenin desaprueba, pero que, al mismo tiempo, dejaban bien a las claras sus intenciones. No se trataba de pertenecer a uno de los dos bloques, el mundo no podía dividirse entre “buenos” y “malos”. Se podía construir una sociedad más justa e igualitaria, una sociedad comunista (o socialista, es lo mismo), desde el respeto a la libertad individual de cada uno. Esta es, a mi juicio, la principal lección que podemos extraer de aquellos hechos.

Praga agosto de 1968.

Praga agosto de 1968.

Tras las “amistosas conversaciones”, y ante el cariz que cobraban los acontecimientos, el Gobierno checoslovaco anunció que abandonaba el programa de reformas en una intervención que la radio emitió en directo, por lo que la gente pudo oír los quebrantos de la voz de Dubček, fruto sin duda de la impotencia. Una vez más la fuerza se imponía a cualquier otra consideración. Una vez más, el disconforme se convertía en enemigo. Los ilusionados manifestantes no perdonaron a Dubček su reacción y la resistencia pacífica no fue obstáculo para que hubiera decenas de muertes, la mayoría de jóvenes. Se produjeron entre ochenta y doscientos muertos en combates ocasionales. Más de cien mil personas abandonaron el país y las detenciones alcanzaron un número indeterminado pero importante. Poco después, las reformas económicas comenzaron a anularse y se restablecieron las condiciones de censura. Dubček se mantuvo en el cargo hasta abril de 1969, ya sin el enorme respaldo popular de que había gozado al inicio de las reformas. Al año siguiente sería expulsado del Partido Comunista. Todo volvía a la “normalidad”.