La verdad sobre la evolución del género humano (I)

Antes que nada, explicaré qué es un esente, pues quien nos explica la verdadera evolución del género humano, Argararemon (Prudencio cuando adopta forma humana) lo es. Del First Universal Common Conscious Ancestor (Fucca), un organismo unicelular nacido de Fuca (First Universal Common Ancestor), que se originó hace más de dos millones de años, provienen tanto los esentes como los humanos. Fucca tenía conciencia propia, aunque rudimentaria, que evolucionó en dos direcciones: una se mantuvo tal cual, es decir, unicelular, mientras que otra se mezcló con más células y de ahí vienen los primates. La que se mantuvo única dio origen a los esentes, seres imperceptibles para el ojo humano cuya inteligencia es infinitamente superior a la nuestra, ya que son solo conciencia y no están supeditados a las limitaciones orgánicas del cuerpo humano. Esta mayor capacidad intelectiva les permite tener un mayor conocimiento y un saber sin límites. Veamos, pues, cómo Argararemon explica la evolución del género humano a los tres muchachos (Johnny, El Rata y Tomate) que se encuentran con él y cuyas aventuras narro en mi novela Prudencio Calamidad. Lo haré en dos entradas sucesivas debido a su extensión.

─ En un momento determinado, hace mucho, muchísimo tiempo, el que era físicamente superior, el más fuerte, tenía más posibilidades de vivir que otros. Cuando empezó la vida en colectividad, es decir, cuando los humanos se agruparon en poblados, se hizo necesaria cierta organización y las cosas cambiaron. Poco a poco se crearon normas para regular la vida en común. Ahí empezó todo, si hay unas reglas hay que cumplirlas. Por supuesto siempre habrá quien no esté de acuerdo y prefiera otras. En tales circunstancias, es necesario un “aparato”, un conjunto de personas que gobiernen y haga que se respeten esas reglas. Así se inició vuestro modelo de sociedad, en el que siempre unos mandan y otros deben obedecer, y seguís igual. Es más, diría que vais a peor.

─ Eso que acabas de decir sí lo he pillado. Cada día peor, cada día más puteados, más jodidos.

─ Sois –enfatizó la palabra– así. Desde el origen de vuestra vida en sociedad.

─ ¿Cuándo fue eso?

─ Durante el tiempo que denomináis prehistoria. Os sonará de la escuela, ¿no?

─ No somos tan zopencos, tío. Claro ─dijo Johnny.

─ Pasó hace unos diez mil años.

─ ¿Solo? ─preguntó Johnny, socarrón.

─ Bueno, no es tanto.

─ No es tanto, dice. ¡Diez mil años! Si entonces ni siquiera sabrían limpiarse el culo, igual aún ni cagaban agachados. Como para acordarse.

Tomate y Robin rieron la ocurrencia de su amigo.

─ He ahí el problema, en parte al menos. Los humanos olvidáis pronto quiénes sois y de dónde procedéis. Si tenéis en cuenta que hace más de tres mil millones de años que se inició la vida y, por tanto, el proceso que dio lugar a la aparición del ser humano y que este ya cuenta con una existencia de dos millones y medio de años, yo diría que no es mucho tiempo.

─ La puta leche, Prude, hablas de años como los banqueros y políticos de pasta, en millones.

─ Pues ese es el tiempo. De acuerdo con vuestros cálculos ¿eh? Fue entonces cuando hicieron acto de presencia los primeros primates bípedos, de quienes procedéis los humanos actuales.

─ Los monos ─observó Tomate.

─ Los monos, sí, pero es más correcto decir simios. Los simios y los humanos procedéis de un mismo grupo de animales, un mismo orden de mamíferos, los primates. ¿De acuerdo?

─ Mejor así. Los primates. Que eso de venir de los monos… ¿Qué quieres que te diga? No me gusta mucho.

─ Entiendo tu analogía, Robin.

─ ¿Mi qué?

─ Que comprendo que no te guste eso de que descendéis de los monos. Así llamáis a los policías municipales. Es por eso, ¿verdad?

─ Hombre, ¡tú que crees! Como si a ti te dijeran que vienes de una boñiga.

─ Pero aún no nos has dicho por qué pasó.

─ Entre los primeros primates había uno que evolucionó hacia el homo erectus y…

─ Erectus. ¿Qué pasa, que siempre tenía la polla tiesa?

Rió Johnny su propia gracia. También sus amigos.

─ Erectus de ir erguido, de andar derecho, de caminar a dos patas.

─ Ya tío, ya. Te hemos pillado. Es que nuestra azotea no está acostumbrada a tanta palabra rara.

─ Comprendo. Sigo. Entre los erectus también había distintas especies y una evolucionó hacia el ser humano. De ella se originó vuestra especie. ¿Cuál fue? La que consiguió razonar. Por eso se domina a vuestros ancestros homo sapiens. Digamos que este, que tenía prácticamente el mismo aspecto que los humanos ahora, empleaba más la maña que la fuerza y el cerebro era su herramienta más importante. Su nivel de razonamiento aumentó, descubrió la agricultura y la ganadería. Empezó entonces a fabricar utensilios para cultivar la tierra o para cazar, como el arco y la flecha, que servirían también atacar y defenderse. La vida cambió con todos estos logros radicalmente, ya no era necesario ir de acá para allá, se volvieron sedentarios.

─ ¿Qué es eso de sedentarios? ─preguntó Johnny.

─ Que se apalancaron ─aclaró Tomate.

─ Mejor que pasaron a vivir en un lugar concreto, pero no permanecieron inactivos. Con la vida sedentaria se comenzó a construir viviendas permanentes, nació la idea de familia y el concepto de propiedad. La vida fue volviéndose cada vez más compleja. El humano había conquistado ciertas especies de animales, las domesticaba y dominaba a su antojo, el lobo pasó a ser perro, por ejemplo, el jabalí cerdo, o los toros salvajes bueyes. La tierra, por su parte, daba frutos no ya por ella sola sino por la acción del hombre. Los humanos ya no erais uno más entre las otras especies animales, sino el ser más poderoso de todos los seres que poblaban la tierra. La naturaleza empezaba a ser vuestra, eso creíais y eso seguís creyendo. Pensáis que, más que formar parte de ella, está a vuestro servicio, que podéis dominarla a antojo, en función de vuestras necesidades e intereses, y no es así. Este modo de vida comunitaria, la vida en sociedad, determinaría vuestra existencia para siempre.

─ ¿Tan importante fue ese cambio?

─ Bueno… Digamos que hasta entonces los humanos no habíais necesitado reyes, ni presidentes, ni jueces, ni bancos, ni dinero, ni policías. Todo esto comienza con la vida en sociedad.

─ ¿No había maderos, ni guripas, ni picoletos? ¿No necesitaban el dinero?

─ Nada de todo eso. Aquellos humanos vivían en comunidades pequeñas y…

─ ¿En pueblecitos?

─ Efectivamente, aldeas, pueblos muy pequeños que no pasaban de las ciento cincuenta personas. La fortuna, la suerte, tenía entonces mucha importancia en sus vidas. Dependían sobre todo de la caza para comer, de lo que encontraran en los árboles que fuera comestible y de algunas pocas plantas que sabían cultivar. Vivían, pues, de lo que cazaban y lo que recolectaban. Un día le iba bien a uno; al siguiente, en cambio, al otro. Entonces, el que no tenía pedía al que tenía. Se compartía todo, la gente era generosa entre ella. Dar las gracias, por ejemplo, no existía; hubiera sido considerado una ofensa.

─ ¿Y no había nadie que mandara?

─ Digamos que una especie de cabecillas regulaban que la existencia trascurriese de forma que se cubrieran las necesidades para poder vivir. Gente que decidía… Bueno, decidía no es la palabra adecuada, digamos mejor que organizaba, que se preocupaba de si correspondía ir de caza, pues empezaba a escasear la comida, o si había que satisfacer cualquier otra necesidad o problema que pudiera surgir, cosas de ese tipo.  Pero carecía de autoridad, en el sentido de tener poder sobre los demás, y daba ejemplo de ser el más cumplidor y el más generoso.

─ ¿No había jefes?

─ Tal como ahora concebís el concepto, no.

─ ¿Cada uno hacía lo que le salía de la polla?

─ En absoluto, cada uno hacía lo que entre todos se consideraba lo más conveniente.

─ ¿Y el cabecilla ese qué coño pintaba?

─ El cabecilla ese que dices se suponía que era… ¿Cómo os diría? El que les parecía que tenía más sentido común de entre todos. Una cosa es que nadie mande, otra que nadie guíe a la comunidad, que mediante el acuerdo de todos dirija determinadas acciones encaminadas a procurarse una mejor existencia.

─ ¿Entonces qué era, el más listo?

─ Yo, en todo caso, diría el más sabio, el más inteligente. O, si queréis, el que creían que era el más sabio o el más inteligente.

─ ¿Y si se equivocaba?

─ Otro pasaba a desempeñar esa función.

─ ¿Y el otro qué decía?

─ Nada, ¿qué iba a decir? Veamos. Vosotros ─a Johnny y Tomate─, por lo que he podido observar, tenéis muy en cuenta la opinión de Robin. ¿Por qué?

─ Porque es un buen colega del que nos podemos fiar, y porque tiene ideas para solucionar cualquier apuro. Y nos ayuda, es el único que dispone de pasta. No siempre, pero cuando la tiene no le importa gastarla, comparte con nosotros birras y petas. Eso solo lo hace un tío legal.

─ Pero tenéis muy en cuenta su parecer, sus sugerencias. ¿Qué hacemos, Robin?, le preguntáis constantemente, y Robin dice: podríamos hacer esto, o lo otro. O le preguntáis ¿y si vamos al espigón?, por ejemplo, o a cualquier otro sitio. Y lo que él dice es lo que soléis hacer.

─ ¿Y qué? ¿Hay algo de malo en ello? ¿Qué quieres decir, que vamos besándole el culo porque somos unos mierdosos, unos tirahuevos? ─le recriminó Johnny, molesto por lo que consideraba una afrenta en toda regla.

─ En absoluto, hombre. No va por ahí el asunto, no te sulfures. Todo lo contrario: intento decir que sois lo suficientemente inteligentes para apreciar en él unas cualidades que os merecen respeto. Lo decías tú ahora mismo: es un buen colega, un tipo legal. Por eso le hacéis caso, no os impone las cosas, sugiere, da su opinión, pero no os obliga a hacer nada que no queráis. ¿Es así?

─ Sí.

─ Entonces lo que hacéis es respetarle, no obedecerle. No manda sobre vosotros, no tenéis por qué seguir sus designios, no puede obligaros. ¿Me explico?

─ Te explicas, pesao, persianero del bistec.

─ Ahora imaginad que, de pronto, Robin se pusiera a decir que tenéis que hacer cosas con las que no estáis de acuerdo y se empeñara en que debéis hacerlas como dice y solo como dice. Puesto que le tenéis en alta estima, él digamos que se lo cree y llega a pensar que es “superior” a vosotros, por lo que debéis obedecer todo lo que él determine. Ahora ya no son opiniones, son órdenes y tenéis que cumplirlas. ¿Qué haríais entonces?

─ Mandarlo a tomar pol culo.

─ ¿Y él, ¿qué podría hacer para evitar que lo mandarais a tomar pol culo y conseguir que le obedecierais?

─ ¿Él? Ya se las apañará, que le den, que se busque otros y que se la mamen de canto si quieren. ¡Será porque no hay comemierdas por ahí! Así ─Johnny juntó los dedos de su mano derecha al tiempo que la levantaba mirando a Prude─, así hay

─ ¡Eh, cabrones!, ¿se os va la olla o qué? Empezáis a tocarme los huevos ─a Robin, que evidentemente resultaba ser el más avispado de los tres y era consciente de ello, no le gustaba el rumbo que tomaba la disertación de Prude─. ¿Y tú a dónde quieres llegar, cometarros?

─ Pero, chicos, que susceptibles sois. Únicamente intentaba poneros un ejemplo de cómo puede uno, o unos, tener gran influencia sobre otros sin necesidad de usar la fuerza, simplemente por ser como es, o por lo que los demás consideran que es, porque ven que en él a una persona cabal y resolutiva. Tomate y Johnny te respetan por lo que eres, por cómo eres, hacen caso de tus opiniones porque consideran que normalmente son acertadas, tu “autoridad” sobre ellos es “moral”, no “física”.

─ ¡Ah! Así vale.

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela Prudencio Calamidad (2017).

RENTABILIZAR LA MUERTE: POR FIN LLEGA EL FDRC

Lo anunciamos hace tiempo, en un artículo publicado el 12 de junio de 2018 en el que presentamos el FDRC (Funny Death Remote Control). Por si ha olvidado –cosa harto probable– qué es este innovador artilugio y cuál es su función, recordemos que se trata de un mando a distancia que permite cambiar las luces de los semáforos a voluntad de quien lo maneja.

Como su propio nombre indica, su uso es de lo más divertido. Imaginen. El semáforo está en verde para la circulación de vehículos y, en consecuencia, en rojo para los peatones. De repente, ambos se ponen en verde. El viandante cruza, al vehículo no le da tiempo a detenerse y ¡pumba catapumba!, ¡fostión al canto! A veces el peatón sale expelido como un pedo desbocado y su cuerpo queda esparcido a pedazos por el suelo. Quienes lo han visto dicen que, con la sangre y los sesos, el paisaje cobra un precioso color con brillantes motas blanquecinas, cual si fuera una escena sacada de un cuadro del expresionismo abstracto. Otras, el vehículo trata de esquivarlo y, como suele decirse, ya que todas las cosas se dicen por algo, pues algo es algo, es peor el remedio que la enfermedad. Los pifostios que se montan son la leche. Como en las películas de acción, pero sin pantalla de por medio. Espectáculo puro.

Su uso sigue estando prohibido, pero sabemos de buena fuente que, tras largas deliberaciones, los países más avanzados han llegado a un consenso sobre su legalización, la cual –ahora sí– parece inminente. A ello ha contribuido la crisis social provocada por el coronavirus, con el consiguiente desfase entre recursos y población.

Hasta el momento, solo unos pocos poseían un FDRC, aquellos cuya capacidad adquisitiva permite hacer frente a su elevadísimo precio, y ni siquiera así era fácil conseguir uno en caso de no contar con las necesarias influencias y los imprescindibles buenos contactos entre los que dictaminan las leyes generales que monitorizan la existencia y los mecanismos de control de las reacciones inmediatas ante el horror, el homicidio o la sangre, evitando así el desorden general que supondría el igualitarismo.

El panorama social que se abre a partir de la nueva realidad que se impone a causa de la crisis, además de hacer aconsejable su legalización cuanto antes, supondrá una considerable bajada del precio de venta del FDRC. Ello se debe sobre todo a que quienes ya lo han probado, dicen haberse enganchado al mismo muy rápidamente, pues el juego de cambiar la luz de los semáforos al antojo de sus propietarios/usuarios verdaderamente engancha. Es de esperar que sus ventas sean millonarias.

La gran mayoría de las situaciones que crea resultan descacharrantes, lo que no es óbice para que los jugadores se tomen en serio lo que aparentemente es solo un mero entretenimiento. Acaloradas discusiones tienen lugar entre ellos acerca de los lugares donde los FDRCeros se citan y se cruzan elevadas apuestas.

Al principio las supremas autoridades mundiales llegaron a penalizar su uso y tenencia, pero pronto se dieron cuenta de lo ineficaz de tales medidas. Es por ello que optaron por encargar a la CIEP (Comisión Internacional de Expertos Paticéfalos) un estudio acerca de la conveniencia de su legalización y la regulación de su uso y práctica. La prohibición, constataron estos, no solo era inútil, sino tremendamente perniciosa para el conjunto de la sociedad, pues, al no existir reglamentación alguna, se hacía un uso anárquico del FDRC, llegando a causar víctimas entre personas respetables y provechosas, como el eminente doctor Min-Dun-Di, el magnate de las finanzas Cagalló D’Or o la modelo Lognleg Shortmind, cuyas contribuciones al progreso de la humanidad son por todos conocidas y reconocidas, gnomos incluidos.

Con la crisis, autoridades e instituciones ha instado a los doctos miembros de la CIEP a ser más precisos, dada la urgencia. Estos, con su privilegiada y pertinaz testa, han coincidido en la inmediata legalización del FDRC en su nuevo y definitivo informe, añadiendo a las razones arriba mencionadas que su práctica comportará múltiples beneficios a la sociedad, siempre que se regule su uso, por supuesto. Entre los beneficios, múltiples, como decíamos, hay que destacar la disminución del paro y la creación de puestos de trabajo. Los CIEPorros aclaran que es evidente que el juego reporta la eliminación de excedentes laborales cuyo aporte a la sociedad es, obviamente, nulo, y cuyo número va y va a ir en aumento. Si estos, explican, participan voluntariamente en el juego, su existencia al menos habrá servido para algo. Proponen, en consecuencia, que aquellos desahuciados sociales carentes de recursos económicos reciban como compensación un puesto de trabajo con contrato y todo en caso de sobrevivir o, en caso contrario, sean sus herederos quienes reciban una recompensa económica, que naturalmente deberán invertir para beneficio del conjunto de la sociedad.

¿Y eso como se financia?, clamaron los dictaminadores. Fácil, replicaron los CIEPorros. Hay que considerar otras variables económicas. Como quiera que será necesario acotar una zona y fijar un horario para el juego del FDRC, que lógicamente se publicarán y publicitarán, el evento atraerá, sobre todo al principio, numerosos espectadores, a los cuales se les cobrará la entrada. Se puede, asimismo, organizar campeonatos y vender los derechos de emisión en directo, lo que generaría importantes ingresos. Por no hablar de otros que, a mayor o menor escala, también verían incrementado su peculio: chapistas, mecánicos de automóviles, médicos, fabricantes y vendedores de chuches y elixires varios, enfermeros, curanderos, malabaristas, vendedores de seguros, enterradores, funerarias, otarios y notarios, entre muchos más. Por supuesto, cada uno deberá abonar los correspondientes impuestos. Más finanzas, por tanto.

El minucioso y preciso análisis costo-beneficio efectuado por la CIEP ha movido a los dictaminadores gerenciales de los intereses de la civilización a la legalización del FDRC y a la redacción del Reglamento de Participación Ciudadana en Espectáculos Públicos, que recoge las medidas que la Comisión recomendaba. En breve se publicarán en los respectivos boletines oficiales de las franquicias gubernamentales que administran los países y sus bienes. A partir de ese momento… ¡a jugar! Pronto verá en vallas publicitarias y marquesinas de autobuses anuncios como este: ‘Muestra tu amor a tus seres queridos: apúntate en cuanto se abra la inscripción’. Sabia medida, pues, aunque como advierten los más ortodoxos el juego, de este modo, perderá gran parte de su encanto, si no todo. Pero todo sea por el progreso.

Por si alguien tiene alguna duda de la veracidad de lo expuesto, he decirle que mis fuentes son de lo más fiables, ecuánimes y verificables, como ya demostré en el artículo sobre la incitación a la pederastia por parte del Dúo Dinámico, en el que me serví de las mismas.