Saber y conocer

Contrariamente a lo que hubiera cabido esperar, el acceso del hombre al conocimiento, que no al pensamiento, no ha supuesto liberación alguna para el ser humano. Las contradicciones afloran como si hubiesen estado ocultas en lo más hondo de la mayor profundidad, cual sombras chinescas que hastiadas de tanto luto necesitan luz y color, anunciando el fin de la historia, pues hemos llegado, dicen quienes así piensan, al mejor de los mundos posibles y, en consecuencia, a la última etapa de la evolución humana, lo que probablemente sea cierto, aunque por razones muy distintas de las que alegan argumentos a favor de tal extravagante razonamiento: la pérdida progresiva de valores por la abstracción de toda experiencia, la pasividad con que afrontamos el devenir, el desaliento, la aniquilación.

Hemos empobrecido intelectualmente, nuestra capacidad de pensar es cada vez más limitada. Las injusticias y desigualdades son tan habituales que ya forman parte del ordenamiento natural. Represión y prohibición atenúan la tolerancia –todo tiene sus límites, no todo puede hacerse, pretextan– y acrecientan la conformidad y la resignación. Es el tiempo inmóvil que vivimos, paradójicamente, de manera tan acelerada. Y es que una cosa es conocer y otra muy distinta es saber. Se pueden conocer muchas cosas, pero no saber nada de ellas.

Una versión anterior fue publicada en este blog el 1 de febrero de 2018.

The Shadow of Your Smile

La sombra de tu sonrisa. De su en este caso. La de la bella Diane Lane. Y la no menos bella melodía que compuso Johnny Mandel para la película The Sandpiper (1965) en la armónica de Toots Thielemans, “un instrumento muy sencillo de tocar y tan ligero como una pluma” como él decía, pero que en su boca era pura delicia, sobre todo para los amantes del jazz.

Estado social, estado hipnótico

El estado social, como el hipnótico, no es sino una forma del sueño, aquí sueño de mando convertido en acción. No tener sino ideas sugeridas y creerlas espontáneas: tal es la misión del sonámbulo, y asimismo la del hombre social.

Fue […] necesario, al principio de cualquier sociedad antigua, un gran despliegue de autoridad ejercido por unos cuantos hombres imperiosos y positivos. ¿Acaso gobernaron esencialmente, como se dice, mediante el terror y la impostura? De ninguna manera. Dominaron por su prestigio. El ejemplo del hipnotizador nos hace comprender la profunda significación de esta palabra. Para ser creído ciegamente por el hipnotizado, el hipnotizador no precisa mentir; tampoco necesita aterrorizar para ser obedecido pasivamente. Es prestigioso: ello lo explica todo.

Gabriel Tarde: Las leyes de la imitación (1890).