Se sentía abandonada, sospechaba que su marido se entendía con otra. Pidió el divorcio, y el magistrado sentenció que recibiría una pensión. Pero su marido no ganaba lo suficiente y preguntó al juez qué pasaría si no cumplía con el pago. ‘Pues que irá directo a la cárcel’, respondió este. Y le aconsejo: ‘Será mejor que se quede con ella; es la manera más barata el magistrado, al tiempo que le aconseja que se quede con de echar un quiqui. O de trepar al guayabo, o enterrar la batata, según de dónde sean. De echar un polvo, vamos, que es lo que significa Makin’ Whoopee.
“Otra novia, otro junio, / otra alegre luna de miel, / otra estación, otra razón / para hacer el amor”. Pero “piensa en lo que un año puede dar de sí”. Al año, él lava los platos, la ropa de bebé e incluso cose. “Es lo que hay, amigos”, dice. Otro año más. Ella se siente abandonada, sospecha que él hace el amor con otra, él también duda de la fidelidad de su esposa. Llega divorcio, y la pensión que el magistrado fija que el hombre debe pasar a su ex. Este pregunta entonces al juez qué pasará si no cumple con el pago. Pues que irá directo a la cárcel, responde el magistrado, al tiempo que le aconseja que se quede con su esposa, Es lo que viene a decir la letra de esta canción (Makin’ Whoopee!) que compusieron Walter Donaldson (música) y Gus Khan (letra) para el musical de 1928 Whoopee!
Makin’ Whoopee
es un eufemismo que se usa para referirse a la intimidad sexual, a “echar un
polvo” o “echar un quiqui”, que decimos los españoles, o “treparse al guayabo” o
“enterrar la batata”, como dicen en algunos países latinoamericanos. La canción
nos cuenta cómo lo que comienza con nervios y una buena dosis de lujuria pronto
se convierte en monótona vida matrimonial y una eventual infidelidad. Tras la
luna de miel, el matrimonio puede llegar a ser una trampa de difícil escapatoria.
Ya lo dijo García Márquez: “El problema del matrimonio es que se acaba todas
las noches después de hacer el amor y hay que volver a reconstruirlo todas las
mañanas antes del desayuno”.
La versión de Makin’
Whoopee! que escuchan en el vídeo es la que grabó en 1957 Louis Armstrong (álbum
Louis Armstrong Meets Oscar Peterson).
El secreto domina el mundo y, en primer lugar, lo hace como secreto de la dominación.
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Nuestra sociedad se basa en el
secreto, desde las “sociedades-pantalla” que ponen a cubierto los bienes
concentrados de los poseedores, hasta el “secreto-defensa” que cubre
actualmente un inmenso espacio de plena libertad extrajudicial del Estado;
desde los secretos, a menudo pavorosos, de la fabricación pobre, que se
esconde tras la publicidad, hasta las proyecciones del futuro extrapolado,
sobre las cuales la dominación lee por sí sola el progreso más probable de lo
que afirma no tener ninguna clase de existencia, calculando las respuestas que
aportará misteriosamente. […]
Los rumores mediático-policiales
adquieren al instante, o en el peor de los casos tras haber sido repetidos tres
o cuatro veces, el peso indiscutible de pruebas históricas seculares. […]
La imbecilidad cree que todo
está claro cuando la televisión muestra una imagen bella y la comenta con una
mentira. La semielite se contenta con saber que todo es oscuro, ambivalente,
“montado” en función de códigos establecidos. Una elite más restringida querría
saber lo verdadero, muy difícil de distinguir en cada caso, a pesar de todos
los datos reservados y todas las confidencias de que pueda disponer. Porque esa
elite quisiera conocer el método de la verdad, aunque esa voluntad suya está
por regla general abocada al fracaso.
El secreto domina el mundo y, en
primer lugar, lo hace como secreto de la dominación. […]
Las migajas de información que les ofrecen a esos parientes de la tiranía del engaño, normalmente están infectadas de mentira, son incontrolables, manipuladas. Sin embargo resultan placenteras para aquellos que acceden a ellas, puesto que les hace sentirse superiores a todos los que no saben nada. Constituyen el privilegio de los espectadores de primera clase: los que cometen la estupidez de creer que pueden comprender algo, no sirviéndose de lo que se les oculta sino ¡creyendo en lo que se les revela! […]
Con la victoria total del
secreto, la dimensión general de los ciudadanos, la completa pérdida de la
lógica y los progresos de la venalidad y dejadez universales, se dieron todas
las condiciones favorables para que la Mafia llegara a ser una potencia modera
y ofensiva. […]
La Mafia no es ajena al mundo;
está perfectamente integrada en él. En el momento de lo espectacular integrado,
la Mafia reina como el modelo de todas las empresas comerciales
avanzadas. […]
De las redes de
promoción-control se resbala insensiblemente a las de
vigilancia-desinformación. En otras épocas se conspiraba siempre contra un
orden establecido. Hoy en día conspirar a favor es un nuevo oficio de
gran futuro. Bajo la dominación espectacular, se conspira para mantenerla y
para asegurar que solo ella podrá denominar su buena marcha. […]
Llegadas las cosas a este punto,
puede verse a algunos actores colectivos empleados por los más modernos medios
de edición, es decir, por aquellos que tienen la mejor difusión comercial. […]
Se encargan de expresar el estilo de vida y de pensamiento de la época no en
virtud de su personalidad, sino según las órdenes. […]
Dado que las fuentes de
información son rivales, las falsificaciones también lo son.
Es a partir de tales condiciones
de su práctica cuando puede hablarse de una tendencia de rentabilidad
decreciente del control, a medida que se aproxima a la totalidad del espacio
social y que, consecuentemente, aumenta su personal y sus medios. Pues aquí
cada medio aspira, y trabaja, por llegar a un fin. La vigilancia se vigila a sí
misma y conspira contra ella misma. […]
La aparición de la dominación
espectacular constituye una transformación social tan profunda que ha cambiado
radicalmente el arte de gobernar. […] No solamente se hace creer a los sujetos
que, en lo esencial, aún están en un mundo que ha de desaparecer, sino que los
propios gobernantes experimentan a veces la inconsecuencia de creerse en él.
[…]
Hay que concluir que es
inminente e inevitable un relevo en la casta corporativa que administra la
dominación, y especialmente dirige la protección de esa dominación. Solo
aparece como el rayo, que se reconoce por sus consecuencias. Ese relevo que va
a concluir decisivamente la obra de los tiempos espectaculares opera de forma
discreta aunque implicando conspirativamente a personas ya instaladas en la
esfera del poder. Selecciona a los que tomarán parte sobre esta premisa
principal: que sepan claramente de qué obstáculos se han librado y de lo que
son capaces.
Guy Debord: Comentarios
sobre la sociedad del espectáculo (1988). Extracto de los apartados XVI
a XXIII (último de la obra).
La desinformación sería, en definitiva, el mal uso de la verdad, quien la lanza es culpable y quien la cree, imbécil.
El flujo de imágenes se lo lleva
todo, y de igual manera es otro quien gobierna a su gusto ese resumen
simplificado del mundo sensible, ese otro que escoge adónde debe ir esa
corriente así como el ritmo de lo que debe manifestarse como perpetua sorpresa
arbitraria, sin dejar tiempo a la reflexión e independientemente de lo que el
espectador pueda pensar o comprender. […] De este modo, las enseñanzas del
espectáculo y la ignorancia de los espectadores aparecen indebidamente como
factores antagonistas cuando, en realidad, provienen el uno del otro. […] No
resulta sorprendente que desde muy temprano los alumnos empiecen con entusiasmo
a dedicarse al Saber Absoluto de la Informática, en tanto que siempre son más
ignorantes en cuanto a lectura, que exige un verdadero juicio a cada línea, y
solo ella puede hacernos acceder a la amplia experiencia humana
antiespectacular. La conversación está casi muerta y pronto lo estarán muchos
de los que saben hablar.
En el plano de los medios de
pensamiento de las poblaciones contemporáneas, la primera causa de decadencia se
refiere claramente al hecho de que ningún discurso difundido por medio del
espectáculo da opción a respuesta […] se ha extendido el respeto hacia aquel
que habla desde el espectáculo, a quien se atribuye importancia, riqueza,
prestigio, la autoridad misma […]
Pero actualmente no es posible
olvidar el hecho de que, como cabía esperar, el uso intensivo del espectáculo
ha convertido en ideólogos a la mayoría de los contemporáneos […]
El espectáculo esconde solo algunos
de los peligros que rodean al maravilloso orden que ha establecido. Mientras
que la polución de los océanos y la destrucción de los bosques ecuatoriales amenazan
la renovación de oxígeno de la tierra, la capa de ozono se ve afectada por el progreso
industrial y las radiaciones de origen nuclear se acumulan irreversiblemente, el
espectáculo concluye que todo eso carece de importancia. Solo le interesan los datos
y las dosis, le basta con eso para tranquilizar, cosa que a un espíritu preespectacular
le hubiera parecido imposible. […]
Es una lástima que la sociedad
humana tropiece con problemas tan candentes en el momento en que se ha hecho materialmente
imposible hacer oír la más mínima objeción al discurso mercantil; precisamente porque,
gracias al espectáculo, está a cubierto de tener que responder de sus
decisiones y justificaciones fragmentarias o delirantes, cree que no tiene
necesidad de pensar. Por convencido que sea el demócrata, ¿no preferiría
que se le hubieran escogido amos más inteligentes? […]
Se dice que la
ciencia se halla sometida a inoperativos de rentabilidad económica, lo que
siempre ha sido cierto. Lo que resulta nuevo es que la economía haya venido a
hacerle abiertamente la guerra a los humanos, no solamente a sus condiciones de
vida sino también a su supervivencia. […]
La ciencia de la justificación
engañosa apareció de forma natural a partir de los primeros síntomas de decadencia
de la sociedad burguesa, con la cancerosa proliferación de las pseudociencias
llamada “del hombre” […]. Hoy en día la medicina no tiene derecho a defender la
salud de la población contra el entorno patógeno, pues eso sería oponerse al
Estado o, al menos, a la industria farmacéutica.
La actividad científica presente
reconoce en qué se ha convertido y está obligada a callar. […]
Lo que puede oponerse a una
única verdad oficial debe ser necesariamente una desinformación emanada de
potencias hostiles o al menos rivales, intencionalmente falseada […].
La desinformación sería, en definitiva,
el mal uso de la verdad, quien la lanza es culpable y quien la cree, imbécil. […]
Cuando había ideologías que se
enfrentaban, que se proclamaban a favor o en contra de tal aspecto de la
realidad, había fanáticos y embusteros, pero no “desinformadores”. Cuando por
respeto al consenso espectacular o, al menos, por una voluntad de vanagloria espectacular,
no está permitido decir aquello a lo que uno se opone o lo que se aprueba con
todas sus consecuencias; cuando se topa a menudo la obligación de disimular un
aspecto que, por alguna razón se considera peligroso dentro de lo que se supone
debe admitirse, entonces se practica la desinformación; por olvido o por pretendido
falso razonamiento. Y, por ejemplo, en el terreno de la contestación después
de 1968, los recuperadores incapaces de lo que se llamó “pro-situs” fueron los
primeros desinformadores, porque disimulaban tanto como les era posible las
manifestaciones prácticas a través de las cuales se había afirmado la crítica
que ellos se jactaban de adoptar; y, molestos si tenían que suavizar la
expresión, no citaban jamás nada ni a nadie, para mantener la apariencia de que
habían encontrado algo.
Guy Debord: Comentarios
sobre la sociedad del espectáculo (1988). Extracto de los apartados X a XVI.