Bienvenida seas, debacle

El deterioro de una cosa constituye el nacimiento de otra. Cuanto más deteriorada está una cosa, más aún cuando su descomposición es irreversible, mayores son las posibilidades y probabilidades de que otra emerja. Es esta una ley de vida, de nuestra vida, es decir, de la vida no vivida. Una vida, por tanto, que solo puede verse alterada por el choque de inesperadas fuerzas de la naturaleza con las estructuras de nuestra civilización.

¿Llegará el día en que la naturaleza ‘se rebele’ y ‘se apodere’ del mundo? ¿Es este un mundo que se destruye a sí mismo? Ya en 1934 preguntaba, y se preguntaba, Lewis Mumford en su obra Técnica y civilización: “¿De qué sirve conquistar la naturaleza si nos convertimos en presa suya bajo la forma de hombres sin freno?”. De nada evidentemente, como podemos comprobar día a día. Hemos olvidado –conscientemente– que formamos parte de ella. Creemos que nos pertenece, como si existiera un medio ambiente natural independiente del ser humano. Puede que el fin de la humanidad tarde mucho en llegar, pero el de la civilización tal como la conocemos –tal como la hemos construido– es posible que no tanto.

Bienvenida sea la próxima debacle, necesidad imperiosa para que esta sociedad, somnolienta, sugestionada e hipnotizada, mutante, dispuesta adaptarse a toda situación y circunstancia, supeditada voluntariamente a intenciones ajenas con las que identificarse al haberse quedado sin identidad alguna, sin su propia naturaleza, encuentre salida alguna. ¿Cuál será esta? ¿Qué otra cosa nacerá? Dos opciones hay y ninguna es buena, como las hijas de Elena. Solo que Elena, al menos, tenía tres. Dos opciones: 1. Un nuevo deambular por el camino diseñado sobre diseños anteriores, a su vez tomados de otros más remotos, siempre con el mismo propósito, reducir lo diferente a lo mismo, aceptando que la no vida es la única posible, y 2. El caos.

¿Con cual quedarse? Por supuesto, con la segunda. Como dice Padre Ubú en la obra de Alfred Jarry Ubú encadenado (1899), “No lo habremos demolido todo si no demolemos incluso los escombros. Y no veo otro procedimiento para hacerlo que levantar en ellos hermosas estructuras bien ordenadas”.

The Very Thought of You

Si ven el video y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.

A principios de la década de 1930, Billie Holiday cantaba regularmente en algunos clubes de Nueva York. El conocido productor John H. Hammond se interesó por ella, le presentó a Benny Goodman y este, entusiasmado con su voz, la invitó a grabar algunos discos con él en 1933. Luego, grabó también con Teddy Wilson (con el nombre de Billie Holiday and her Orchestra) y fueron estas grabaciones las que le proporcionaron fama y le consiguieron contratos para las famosas orquestas de Count Basie (1937) y de Artie Shaw (1938), en la que por primera vez una cantante negra formó parte de una orquesta de blancos.

De su época con Teddy Wilson es la grabación de esta hermosa canción de Ray Noble, The Very Thought of You. Noble la compuso en 1934 y el single (de 78rpm) fue lanzado en 1938. Acompañan a Billie Holiday el que posiblemente sea el pianista más prestigioso de la era del swing, Teddy Wilson, y el gran saxo tenor Lester Young, el único hombre que nunca la decepcionó, el gran amor (platónico) de su vida, su alma gemela, a quien ella le puso el sobrenombre de Pres, el presidente de los saxofonistas.

Las imágenes son de la película Sabrina (1954), dirigida por Billy Wilder, con Audrey Hepburn y Humphrey Bogart.

¿Y a mí que me importa qué clase de comunista es usted?

Había una vez un mitin comunista en Union Square. La policía vino a romperlo, y pronto los agentes empezaron a utilizar sus porras. Uno de los manifestantes objetó que no era comunista sino anticomunista. “No me importa qué clase de comunista es usted”, dijo el funcionario, y continuaron golpeándolo.

Jason Epstein, “The CIA and the Intellectuals”, The New York Review of Books, 20 de abril de 1967.

Esta cita de Jason Epstein abre mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). La elegí porque considero que es lo suficientemente representativa lo que trata de trasmitir esta. Por eso, como se puede leer en la contraportada, “el lector advertirá en muchas situaciones algunas de las circunstancias que nos han conducido a esta sociedad del pensamiento único”.

Una de las operaciones de la CIA más exitosas de todos los tiempos fue la llamada Guerra Fría cultural. La guerra fría que llevaron a cabo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a la disolución de la Unión Soviética las dos grandes superpotencias mundiales, EE UU y la URSS, y sus países satélites, no fue solo política, económica y militar. Alcanzó también el mundo de la cultura, en la más amplia acepción del término. Y lo hizo con tal éxito que logró lo que parecía imposible: la unificación del pensamiento, el pensamiento único. Para ello se valió de un eficaz instrumento: el Congreso por la Libertad de la Cultura (1950-1969), que tenía su sede en París. El Congreso por la Libertad de la Cultura no fue otra cosa que una tapadera de la CIA, que lo financiaba a través de diversas fundaciones.

Jason Epstein es un escritor y editor estadounidense. Fue uno de los fundadores de la revista bimensual The New York Review of Books, desde la que destapó algunas de las operaciones de la CIA para conformar “un aparato de intelectuales seleccionados por sus correctas posiciones respecto a la guerra fría como una alternativa a lo que podríamos llamar un mercado intelectual libre donde la ideología se presume que cuenta menos que el talento individual y el logro”.

El 20 de abril de 1967 Epstein publicó en The New York Review of Books, revista de la que era director, un artículo titulado “The CIA and the Intellectuals”. Escribía Epstein que en un indeterminado momento de la década de 1950 comenzó a sospechar que la CIA, junto con el Departamento de Estado, la Fundación Ford y otras instituciones similares, había convertido el antiestalinismo en una floreciente sub-profesión para un número de antiguos radicales y otros intelectuales de izquierda que entonces eran y siguen siendo mis amigos en Nueva York. El anticomunismo organizado ─proseguía─ había llegado a ser tanto una industria dentro de la vida intelectual de Nueva York como el comunismo en sí lo había sido, o menos, una década antes, y se trataba en muchos casos de las mismas personas. Eso sí, señalaba, con una importante diferencia: la mayor opulencia con que la nueva empresa se prodigaba en las operaciones de sus ramificaciones en Europa, Asia, África y América Latina, junto con las publicaciones subvencionadas en todos estos lugares, por no hablar de las conferencias y seminarios a gran escala y en muchos países y del transporte aéreo. ¿Cómo no sospechar? Consiguió destapar que la CIA y la Fundación Ford, entre otros organismos, han establecido y financiado un aparato de intelectuales seleccionados por sus correctas posiciones respecto a la guerra fría como una alternativa a lo que podríamos llamar un mercado intelectual libre donde la ideología se presume que cuenta menos que el talento individual y el logro, con el evidente propósito de identificar el liberalismo y el estalinismo como comparables si no como herejías indistinguibles, en definitiva como estructuras internas de subversión. ¿Por qué? ¿Para qué? El contraste entre la riqueza y la pobreza en los Estados Unidos y en otras partes nos pareció a muchos de nosotros la verdadera fuente de todo lo que estaba envenenando el mundo. El verdadero problema no era por más tiempo el estalinismo, y había empezado a parecer que probablemente no era el comunismo tampoco. Ciertamente, hubo muchos intelectuales, escritores y académicos, sobre todo entre los europeos, asiáticos, africanos y latinoamericanos, que no tenían idea de dónde se estaban metiendo, pero que, sin embargo, fueron susceptibles a los encantos del dinero americano. Manifestaba sentirse desesperado al recordar aquellos que tanto suspiraban por la situación en Polonia y tan poco sobre las dictaduras latinoamericanas respaldadas por los Estados Unidos, o sobre el problema de los negros, o las protestas en todo el mundo sobre nuestra guerra de Vietnam. La deprimente realidad, terminaba, es que el grupo de intelectuales que habían sido arbitrariamente colocados en altos cargos periodísticos y culturales por medio de los fondos de los Estados Unidos, nunca fueron, como resultado de este patrocinio, completamente libres. Lo que les limitaba no era tan simple como la coacción, la coerción, aunque en algunos niveles puede haber estado involucrado, sino algo más parecido a las relaciones inevitables entre el empleador y el empleado.

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