Ante el pelotón de fusilamiento

El pelotón estaba formado por seis cazadores, seis jóvenes soldados […]. En el extremo de la plaza más elevado, frente al campanario, estaba plantado el palo [al que sería atado]. Cientos, puede que miles de ojos, le observaban. ¿Con qué mirada quedarse para el último instante?, pensaba. El oficial al mando no consintió que le ejecutaran sin ser maniatado temiendo que pudiese suceder algún incidente […]. ¿Qué mirar antes que la venda tapara sus ojos anunciando la definitiva oscuridad? ¿A quién? Su esposa no estaba, le había rogado que no presenciase su ejecución, era un dolor innecesario que a él le haría más insoportables los últimos momentos de su vida y que a ella la llenaría de aflicción, imprimiendo en su memoria un triste recuerdo difícil de borrar. ¿Con qué imagen despedirse del mundo? ¿Con la de sus verdugos, los oficiales, las autoridades, el juez, los soldados que parecían tan desasosegados como él? ¿Tal vez con la de aquellos a quienes complacía el espectáculo, con una de esas caras satisfechas que imperturbables fisgonean en el rostro del reo y pronostican acerca de cuál será su última reacción? ¿Por qué no? Mirarlos fijamente, clavar los ojos en los suyos. ¿Con odio? ¿Con desprecio? ¿Desafiante? ¿Con indiferencia? ¿Cuál sería la mejor manera de que no olvidaran nunca aquella última mirada? ¿La señora que viste elegantemente de negro y mira con rictus compungido al pobre desgraciado que ha osado transgredir la norma y debe pagar por ello?  ¿Por qué no tú, que hace poco estabas en la calle clamando justicia y arrojando petróleo? ¿O me fijaré en ti, que sabías que nada tenía que ver y no me defendiste? ¿O en ti, que me delataste? O miraré al cura, que sigue a mi lado, junto a las autoridades, a pesar de haber rechazado su servicio.

Detuvo su mirada en unos niños que jugaban con unos trozos de madera en corro, sentados en el suelo, ajenos a todo, apartados de la multitud. Atraídos, sin duda, por el contagioso frenesí que parecía dominar todas las conciencias habían acudido a ver qué sucedía. Ya habían sonado los tambores y las cornetas, ya le habían atado al poste. Solo faltaba la orden final, el último redoble, el seco ruido de los disparos que volvería a despertar la curiosidad de los niños. Mientras, seguían jugando. Él ya no los vería, ya tendría los ojos vendados. Mejor así. ¿Cómo mirar a un niño a los ojos en el momento en que seguramente serás la viva representación del espanto? ¿Y por qué no? ¿Por qué no intentar decirle mira en lo que puedes convertirte? Verdugo o víctima, elige. Daba igual lo que pensara. Daba igual todo. Mejor no pensar. También daba igual pensar en no pensar, no podía controlar eso. […]

Los niños volvieron la vista, él cerró los ojos, la venda los cubrió dejándolo en la oscuridad, inmensa. Sintió miedo, pavor. Eran unos instantes eternos, le flojeaban las piernas, temblaba. ¡Preparados! Oyó el clic-clac de los fusiles. ¡Apunten!

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), nueva edición 2019.

Dignidad e indignidad de la inteligencia. Un texto de Fernando Pessoa.

Hay algo de sórdido, y tanto más sórdido cuanto que es ridículo, en la costumbre que tienen los débiles de erigir en tragedias del universo tristes comedias de sus propias tragedias. […]

Si un hombre es cobarde puede no hablar de ello –que es lo mejor–, o bien decir ‘soy cobarde’, con la palabra propia y brutal. En un caso tiene la ventaja de la dignidad, en el otro la de la sinceridad; en ambos casos se librará de lo cómico: pues en un caso no ha dicho nada y, por tanto, no hay nada que descubrir, porque él mismo lo ha revelado. Pero el cobarde que necesita demostrar que no lo es, o decir que la cobardía es universal, o confesar su debilidad de un modo confuso y figurado, que nada revela, pero nada vela, es ridículo en general e irritante para la inteligencia. […]

La dignidad de la inteligencia está en reconocer que es limitada y que el universo [la realidad] existe fuera de ella. Reconocer, con disgusto o no, que las leyes naturales no se someten a nuestros deseos, que el mundo existe independientemente de nuestra voluntad, que el hecho de estar tristes nada demuestra sobre el estado moral de los astros, ni siquiera de la gente que pasa por delante de nuestras ventanas: en eso está el verdadero uso de la razón y la dignidad racional del alma. […]

Circunscribo a mí la tragedia que es mía. La sufro, pero la sufro de frente, sin metafísica ni sociología. Me confieso vencido por la vida, pero no me confieso abatido.

Tragedias muchos las tienen; todos, incluso, si entre ellas contáramos las ocasionales. Pero lo que a cada cual compete, como hombre, es no hablar de su tragedia; y lo que a cada cual compete, como artista, es o ser hombre y callar sobre ella escribiendo o cantando sobre otras cosas, o extraer de ella, con firmeza y grandeza, una lección universal.

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Fernando Pessoa: La educación del estoico (1928). El texto seleccionado ha sido extraído de la edición publicada por Acantilado (2005, traducción de Roser Vilagrassa).

Los Raskólnikov

Raskólnikov, el protagonista de la novela de Dostoievski Crimen y castigo, pensaba que había dos clases de hombres: los que solo están en este mundo para reproducir la especie, para perpetuarla, y los que están llamados a hacer cosas extraordinarias, para los que no cuentan las normas.

Unos y otros se retroalimentan. Los primeros, los meros ‘reproductores’, se sienten satisfechos con la ordinariez de la vida común, con la rutina del día a día, con su “naturaleza apacible e indolente”. “Han venido al mundo –prosigue Dostoievski– a condición de no emprender nada por sí mismos y carecer de voluntad propia y, así, de vivir como títeres de cualquiera. Su misión en este mundo se reduce a ejecutar las órdenes de otros”, la de los que sostienen ese desbarajuste al que llaman orden y progreso, es decir, los Raskólnikov. De ahí que abunden tanto hoy los ‘hombres extraordinarios’. Y las mujeres. Son aquellos que se creen excepcionales y, en consecuencia, consideran que las reglas –que ellos mismos dictan– solo atañen a los demás.

Hay, sin embargo, una notable diferencia entre el protagonista de Crimen y castigo y los actuales Raskólnikov. Al primero la conciencia le pudo cuando se dio cuenta de que no era ese ser extraordinario que creía y del sinsentido de su crimen, y se entregó. Los actuales, en cambio, se comportan como cuenta Maurice Marsal (La autoridad, 1971) que hizo Diógenes. Al ser preguntado por unos piratas que lo habían capturado y querían venderlo sobre qué sabía hacer respondió: ‘Mandar hombres’. Y acto seguido añadió: ‘Pregunta si hay alguien que desee comprar un dueño’.

La presente es una versión modificada y ampliada de la entrada que publiqué en este blog el pasado 22 de enero.