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Pancarta en el Ódeon tras ser ocupado

Pancarta en el Odéon tras ser ocupado por estudiantes y artistas (17 de mayo). / AFP.

La gran manifestación del lunes 13 marcó un punto de inflexión en el desarrollo de los acontecimientos. Cada día eran más los obreros que se declaraban en huelga. Una semana después se calculaba que había más de diez millones de huelguistas. Nada funcionaba, ni correos, ni teléfonos, ni metro, ni ferrocarriles, llegándose incluso a racionar la gasolina. La práctica totalidad de las universidades francesas estaban en poder de los estudiantes y los obreros tomaban las fábricas.

El Odéon había sido ocupado por los primeros y convertido en un lugar de mitin permanente, de encuentro de estudiantes, trabajadores y actores y de agitación política ininterrumpida. Frente al mismo Sam y Martha se encontraron con la joven que Bill había llevado a casa herida. Tenía el ojo aún amoratado, pero había desaparecido la hinchazón. Bill, les dijo, se hallaba en la Sorbona, a salvo. También que dentro tenía lugar un debate en el que participaban Sartre ─quien apoyaba sin reservas el Movimiento 22 de Marzo y las reivindicaciones de los jóvenes─ y Cohn-Bendit. Decidieron entrar.

Asamblea en el Ódeon ocupado

Asamblea en el Odéon ocupado. / AFP/Archives.

―Tengo una bicicleta, pero poca pasta para cuidarla ─decía una muchacha─. Está muy vieja. Las ruedas están hechas polvo, pero no puedo permitirme el lujo de cambiarlas, no tengo dinero suficiente. Voy poniéndoles parches, pero ya no aguantan. Es que ya no hay ni sitio, es parche sobre parche. Así que voy a tener que deshacerme de ella y, si puedo, cambiarla por otra. Eso mismo le pasa a este sistema. Está podrido y los parches solo conseguirán que aguante un poco más, pero no podrán evitar su descomposición. Mejor, pues, cambiarlo por otro. Para eso estamos aquí. Pero hace falta unidad. Mientras el movimiento estudiantil y el obrero vayan cada uno por su cuenta no se conseguirá nada. Más parches. Afortunadamente los sindicatos se han unido. Pero sigue habiendo cierta desconfianza.

―Desde las barricadas hemos conseguido debilitar el poder ─intervino un joven de barba poco poblada─. Nos encontramos, pues, en una posición de fuerza. A partir de ahí es cierto que los sindicatos pueden negociar. Están en su derecho. Pero para ser realista hay que admitir otra posibilidad aparte de las vías de la reforma, del debate y de la vía parlamentaria, que es la vía de la calle. No sé qué pasará, pero no creo que se llegue a un movimiento revolucionario de un solo golpe. Ahora bien, yo mismo me he reunido con varios sindicatos, he ido a ver a los comités de huelga y he visto la forma en que los jefes discutían con los huelguistas. Están obsesionados. Tienen miedo. Y cuando alguien tiene miedo está dispuesto a ceder. Y cuando alguien está dispuesto a ceder hay que aprovecharse, porque si no de nada sirven el debate y las bellas palabras. Y no es menos cierto que la burguesía nunca, y digo nunca, cederá una parcela de su poder. Ahora os toca decidir. ¿Estáis a favor de la revolución? Si la respuesta es afirmativa, ¿cómo hacerla y con quién? ¿Quién es el enemigo de clase? ¿A qué clase pertenecéis? Si aceptáis las reformas, me planteo lo siguiente: ¿qué demonio hacéis aquí conmigo?

―Vale ─manifestó otro─. Nada de parches, nada de reformas. Revolución. ¿Hacia dónde? ¿Qué modelo de revolución queremos?

―¿Y para qué necesitas un modelo, ya sea del capitalismo o de la democracia popular?

―Lo que mucha gente no comprende es que vosotros no buscáis elaborar un programa, ni dar una estructura al movimiento. Os reprochan querer “destruirlo todo” sin saber, en todo caso sin decir, lo que queréis en su lugar cuando se derrumbe ─dijo Sartre.

Jean-Paul Sartre durante una asamblea en el Ódeon

Jean-Paul Sartre durante una asamblea en el Odéon tras ser ocupado por los estudiantes (13 de mayo). / Claude Dityvon.

―¡Claro! ─observó Cohn-Bendit─. Todo el mundo se tranquilizaría, Pompidou en primer lugar, si fundáramos un partido anunciando: “Toda esta gente está con nosotros. Aquí están nuestros objetivos y el modo cómo pensamos lograrlos”. Sabrían a qué atenerse y, por tanto, la forma de anularnos. Ya no se estaría frente a la “anarquía”, el “desorden”, la “efervescencia incontrolable”. La fuerza de nuestro movimiento reside precisamente en que se apoya en una espontaneidad “incontrolable”, que da el impulso sin pretender canalizar o sacar provecho de la acción que ha desencadenado. Para nosotros existen hoy dos soluciones evidentes. La primera consiste en reunir cinco personas de buena formación política y pedirles que redacten un programa, que formulen reivindicaciones inmediatas de aspecto sólido y digan: esta es la posición del movimiento estudiantil, hagan según eso lo que quieran. Es la mala solución. La segunda consiste en tratar de hacer comprender la situación. No a la totalidad de los estudiantes, ni siquiera a la totalidad de los manifestantes, pero a un gran número de entre ellos. Para eso es preciso evitar la creación inmediata de una organización o definir un programa que serían inevitablemente paralizantes. La única oportunidad del movimiento es justamente ese desorden que permite a las gentes hablar libremente y que puede desembocar, por fin, en cierta forma de autoorganización. Por ejemplo, es necesario ahora renunciar a las reuniones de gran espectáculo y llegar a formar grupos de trabajo y de acción.

―No necesitamos modelos. Estamos realizando reformas y cambiando los modelos. ¡Estamos inventando! ─exclamó uno.

―No inventamos nada ─discrepó una chica─. Lo siento, camaradas, no inventáis nada. Estáis remodelando una estructura capitalista. Para mí eso no es un invento, no es nada. Veo un debate. Simplemente percibo gente que se preocupa, que hay un régimen capitalista y debemos hallar modalidades, reformas y cosas por el estilo para oponernos e intentar acondicionar esta estructura. Pero no deja de ser cierto que la base está podrida. ¿Qué podemos hacer, pues? La base es el hombre y el hombre no cambiará.

Cuando Sam y Martha marcharon del Odeón el debate continuaba.

―¿En qué piensas? Te noto abstraído.

―En la frase que ha dicho esa joven sobre el hombre. El hombre no cambiará… Puede que sea así, que seamos el problema en vez de la solución.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).