Camino a ningún sitio

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“Atardecer en la calle de Karl Johan” (1892), óleo de Edvard Munch.

Transitamos por la vida creyendo que un día llegaremos a algún lugar pero, vayamos por donde vayamos, el camino siempre conduce al mismo sitio: a la soledad y el vacío, hasta que llega la muerte cuando ya estamos saciados de nada, temperada el alma y atenuados nuestros sentimientos, ni siquiera las pequeñas emociones permanecen. Yo hacía tiempo que me había detenido, desde que me di cuenta que lo único verdadero a lo largo de nuestra existencia son las primeras veces. Pronto adviertes que ya no habrá más y que todo será igual el resto de tu existencia, y que nada podemos hacer por cambiar eso.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/02/08/camino-a-ningun-sitio/

 

Gigantes y cabezudos

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“El coloso (1808-1812)”, tradicionalmente atribuido a Francisco de Goya.

De pequeño, solía ir con Leo y su padre a unos bancales que este tenía en la falda de la sierra. Nos contaba historias de cuando allí habitaban unos gnomos que luchaban contra gigantes y cómo consiguieron vencerlos. Hubo un tiempo, nos decía, en que todos eran del mismo tamaño, pero unos desarrollaron más su fuerza física y no pararon de crecer hasta convertirse en gigantes. Los otros, en cambio, desarrollaron más el intelecto y no crecieron en altura. Pero su cabeza alcanzó –a ojos de los primeros– una desmesurada proporción respecto a su cuerpo y, por eso, les llamaban cabezudos.

Calzada de los Gigantes (costa nororiental de Irlanda).

Calzada de los Gigantes (costa nororiental de Irlanda).

Los gigantes dominaban todo y a todos. Se sentían amos y señores de las tierras y obligaban a los cabezudos a trabajar para ellos. Vivían rodeados de toda clase de lujos y cada vez hacían menos cosas, pasaban el tiempo tumbados, comiendo y bebiendo lo que los cabezudos les llevaban.

Poco a poco, sin darse cuenta, fueron perdiendo fuerza, no tanto la física como la de su mente, pues dejaron de leer, de escuchar música, de escribir, hasta que su memoria comenzó a olvidar incluso la manera de usar su fuerza.

Jon Hodgson (2008): “Refugio de los gnomos”, de “Beasts and Beings”. Eden/Hachette©

Jon Hodgson (2008): “Refugio de los gnomos”, de “Beasts and Beings”. Eden/Hachette©

Hartos los cabezudos de que los gigantes abusaran de ellos, se preocuparon por estudiar sus hábitos, la forma en que ejercían el poder, sus gustos y, por supuesto, sus debilidades. Además, conocían mejor el terreno, eran quienes lo trabajaban. Y, así, un buen día decidieron que no llevarían nada más a los gigantes. Estos se enfadaron y fueron en su búsqueda para castigarlos y obligarlos a que siguieran cumpliendo con sus deberes. Pero los gigantes se habían vuelto cada vez más torpes y los cabezudos excavaron túneles a través de los cuales llegaron a su poblado, rodeado con un altísimo muro. Poco a poco fueron excavando los cimientos sin que los primeros, que se creían inexpugnables, pudieran darse cuenta. Y un buen día el poblado de los gigantes se desplomó por completo. Y como habían olvidado hasta como lo habían construido, se sintieron perdidos y acabaron por marcharse. No volvieron a recuperar la memoria y finalmente se extinguieron.

¿Y dónde están ahora los cabezudos?, pregunté. Llegamos nosotros y desaparecieron, me dijo el padre de Leo. ¿Se fueron?, volví a preguntar. Eso no lo sé, pero es posible que vuelvan a estar excavando túneles. Intrigado, le dije para qué seguían haciendo túneles si los gigantes hacía tanto tiempo que habían desparecido. Por si nosotros llegamos a ser también gigantes, dijo. ¿Volverán entonces?, insistí. No lo sé, todo depende de cuánto y cómo crezcamos, concluyó.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/02/03/gigantes-y-cabezudos-microcuento/

El bar de Violeta

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“Les folles” (1971), óleo de Bernard Buffet.

No tenían mucho trabajo Violeta y Julián. La mayoría de las veces uno solo se bastaba para atender la poca clientela que acudía. (..) Antiguas compañeras de Violeta y La Malagueña acudían con frecuencia a visitarlas, pasaban buena parte de su tiempo libre con ellas, mayoritariamente hablando de la suerte que había tenido Violeta. También empezaron a frecuentar el bar algunos amigos de Julián, de San Patricio.

“Hombres en el bar” (1912), acuarela de Charles Demuth.

“Hombres en el bar” (1912), acuarela de Charles Demuth.

La clientela, sin embargo, era menor cada día, disminuyendo drástica-mente cuando empezó a correrse la voz que los parroquianos habituales eran gente de mal vivir, seguramente porque un vecino, o más de uno, reconoció alguno de los rostros de aquellas mujeres que en cierto momento habría tenido frente al suyo al preguntarle por el precio de sus servicios sexuales. También hubo quien pronto identificó a los de San Patricio. Saltó la alarma y la gente del barrio comenzó a ver mujeres entradas en años ataviadas con provocativos e impropios trapos ─evidencia de que eran putas─, sucios y andrajosos holgazanes que bebían sin mesura y perturbaban continuamente la rutina conseguida tras años de composturas diversas. Unos y otros salían a la calle más desastrados de lo que habían entrado al bar ─¡a saber qué harían allí dentro!─ y molestaban con sus estridentes voces. Su sola presencia era suficiente para ofender a las señoras que iban a la compra o las que regresaban de misa y acababan vomitando la hostia al contemplar tales desmanes. También asustaban a los niños camino del colegio y aumentaba el temor de los padres a que salieran solos a la calle, en la que pronto vieron igualmente drogadictos de toda clase ansiosos por conseguir una dosis para la que nunca tenían dinero suficiente. (…)

“Orgía” (1922), acuarela de George Grosz.

“Orgía” (1922), acuarela de George Grosz.

Yo nunca vi nada de eso, pero los demás sí. Un estado de miedo generalizado se apoderó de los vecinos del barrio, miedo que pronto se transformó en pánico. Y siguieron viendo cosas. La policía, decían, no actuaba con la energía requerida por la situación y el sentimiento de indefensión que su desidia ocasionaba servía nada más que para encrespar los ánimos, pues putas, malhechores varios, vagabundos, algún travesti, lejos de cesar en sus tropelías se sentían aún más envalentonados. Eran los verdaderos amos de la calle, nada les importaba excepto la incontinencia de sus bajas pasiones. Algunos empezaron a pasearse desnudos a plena luz del día, y a veces todos, en carnavalesca procesión, desnudos, todos, los de San Patricio y las putas, bebiendo de la botella, a morro, escupiendo por doquier, meando en las esquinas y en los portales, vomitando por el exceso de alcohol, haciéndose pajas frente a la iglesia, follando en los bancos del destartalado parque que frecuentaban los niños, pintando con sus excrementos los edificios más emblemáticos ─incluidos el tanatorio y el cementerio─, algunos con carteles tipo hombre anuncio ofreciéndose a desvirgar a las hijas quinceañeras, y otros llegando incluso a traspasar los límites del distrito para incursionarse en la cercana zona residencial recién inaugurada de pomposos pareados perfectamente alineados en disposición similar a la de los nichos del camposanto (…).

Tampoco vi nada de todo esto, pero es lo mismo, no se trata de lo que uno vea, sino de lo que ve la mayoría. (…) Finalmente el bar cerró.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/01/29/el-bar-de-violeta/