La vida es como el cine, no al revés

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Pregúntame esto, decía Carolina, y yo respondía que había contestado correctamente dijese lo que dijese. Mis pensamientos y mis intereses me impedían concentrarme ante nada que no fuese su figura. Rodeé sus hombros con mi brazo derecho, giró la cabeza hacia mí, giré yo la cabeza hacia ella y nos besamos otra primera vez. ¿Y ahora qué?, pensé. Carolina volvió a girar la cabeza hacia mí, me miró, a los ojos, nos miramos, nos besamos de nuevo. Pero yo quería ir más lejos, ahora lo sé, quería traspasar la frontera del Fin, o del The End, como figuraba en las películas que veía en los dos cines del pueblo en el pasé los primeros dieciocho años de mi existencia y que salía siempre tras el beso. Lo había visto muchas veces ─siempre acababan así las películas─, pero sabía que había más, a esa edad ya lo sabía, hacía tiempo, quería dejar el guión que me conocía de memoria, un guión que en las películas siempre era el mismo y que yo creía que en la vida igual era diferente. Conocía el significado de la palabra Fin, y también el de la palabra The End. No hacía falta saber idiomas para saber que significaban lo mismo, ni saber de cine para darse cuenta que la película acababa justo ahí, y luego se encendía otra vez las luces y la pantalla volvía a ser blanca. Todo había pasado ya. Empezaba al cabo de unos minutos otra película, pero siempre todas ─las de acción incluidas─ solían terminar igual: con un beso.

Durante mucho tiempo, desde que empecé a ir al cine hasta que oí hablar de lo que sucedía después del beso y comprendí que este no es necesariamente un fin en sí mismo, más bien una acción sexual preludio de placeres más intensos, creí que nada más ocurría con posterioridad a esos besos tan apasionados que anunciaban el final de la película. Que en la vida también era así me daría cuenta más tarde. La vida es como el cine, no al revés como creen muchos. Tras el primer beso solo pueden haber más primeros besos, y tras el primer ayuntamiento, al que nos han llevado los besos ─no siempre los primeros─ otros ayuntamientos, y luego el tedio, el aburrimiento, el cansancio, y para algunos incluso el odio, y para otros hasta la muerte (la propia), o el asesinato. Lo dice Camus: Los hombres y las mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama el acto del amor, o bien se crean el compromiso de una larga costumbre a dúo. Entre estos dos extremos no hay término medio. Lo dice en La peste.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/01/22/la-vida-es-como-el-cine-no-al-reves/

El pollo vestido

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Desde muy pequeño, Edu solía ir con su madre a comprar al supermercado que hay al lado de su casa. Allí veía hortalizas, legumbres, carnes, pescados… que, luego, su madre cocinaba y que, en consecuencia, adquirían un aspecto muy distinto. A Edu siempre le había llamado la atención este hecho, ese cambio de apariencia que adquirían los alimentos. Y, con el tiempo, había aprendido a identificar, ya cocinados, un pollo, un conejo, una merluza…, y a saber qué otros componentes conformaban el plato que tenía delante. De todos los alimentos que su madre le preparaba, el pollo era, con gran diferencia, el que más le gustaba. Si por Edu fuera, en su casa todos los días se comería pollo.

Un buen día, Edu fue con los compañeros de colegio a una granja escuela. A su regreso, sus padres le preguntaron que tal lo había pasado. “Muy bien”, respondió Edu. Y también se interesaron por sus experiencias, qué había hecho, qué le había gustado, qué sorprendido… Edu, entonces, dijo que lo que más, lo que más de todo, ver pollos vestidos.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/01/18/el-pollo-vestido-microcuento/

Y vino la policía

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De pronto, policías por todas partes. Brotaban como chispas de un incendio incontrolado. De los furgones aparcados en las bocacalles que dan a la plaza descendían como malcarados perros de caza sedientos en busca de la presa. Bien pertrechados, con casco, escudo y porra. Sin mirar ─les bastaba el olfato─ empezaron a repartir golpes a diestro y siniestro, indiscriminadamente. ¡Asesinos!, gritaban algunos, entre porrazos, patadas y empujones. ¡Hijos de puta!, ¡Cabrones! Todo sucedió muy rápido. Una joven ─pelo corto, pantalón vaquero, camiseta con una leyenda (Stop. Piensa), no tendría ni veinte años─ sacó el móvil e intentó grabar la intervención policial. Un policía, de un manotazo, le tiró el teléfono al suelo, ella también cayó. Rompió a llorar. Su compañero, o un chico que había a su lado, se encaró con el madero, le exigió que se identificase (no llevaba placa de identificación). Por respuesta, recibió un porrazo en el estómago. Se retorcía de dolor y el policía continuaba golpeándole.

Empujé al policía, que no llegó a caerse porque le sujetaron sus compañeros de camada. Sentí de repente un golpe en la espalada, a la altura de los riñones. Yo sí me caí. Traté de levantarme y otro me dio una patada. Volví a caerme. Dos me cogieron por los hombros, me arrastraron ─no podía ponerme de pie (bueno sí, pero no me dejaban)─ y me lanzaron al interior de un furgón como el que arroja un saco de patatas. El furgón estaba casi lleno, jóvenes la mayoría. Vi gente ensangrentada. Enseguida tiraron a dos más dentro y cerraron las puertas. ¡Blam!

El conductor era un cabrón, conducía de prisa, temerariamente ─él podía; ellos pueden─, a toda hostia, daba volantazos y frenazos cuando le venía en gana. Íbamos esposados y nos golpeábamos en los laterales del furgón. Oía las risas de nuestros custodios. Una chica empezó a llorar. Mis padres Que les den, le decía uno. No llores, no pasa nada, te ficharán. O no, a lo mejor no, y a la calle, le explicaba otro que no era la primera vez que lo detenían. Ya, ¿y luego?Deja el luego para luego, añadió el mismo joven.

Llegamos a comisaría. Nos bajaron del furgón con la misma delicadeza con que nos habían subido, a empujones. Fuimos conducidos a una sala en la que había unos armarios metálicos, un par de mesas y unas pocas sillas. A medida que entrábamos nos pedían la documentación y se la quedaban. Exceptuando al joven que nos acompañaba en el furgón y tranquilizaba a la chica preocupada por lo que dirían sus padres al enterarse de su detención, ninguno de los demás había sido detenido antes. Estaban ─estábamos─ nerviosos, intranquilos, asustados. Pasaba el tiempo y nadie nos decía nada. Dos policías nos custodiaban. Hablábamos en voz baja. ¿Qué va a pasar ahora? ¡Silencio!, exclamaban los guardias. La muchacha del furgón seguía angustiada. ¿Se enterarán mis padres de esto?, preguntó a uno de los policías, que se echó a reír. Otro joven, en cambio, reclamó su derecho a efectuar una llamada telefónica. Más risas. En eso, entró un policía de paisano; debía ser inspector, o subinspector, o algo, no sé la jerarquía. Se cuadraron ante él. ¿Qué pasa?, preguntó. Le explicaron la situación sus subordinados: Estos, que quieren hacer una llamada. El tipo no rió. Muchas películas yanquis habéis visto vosotros. Estamos en España; aquí no tenéis derecho a llamar, respondió de malos modos. Como el joven siguió insistiendo y otros se sumaron a la petición, aludiendo entre otras cosas que sus familias estarían preocupadas, el oficial espetó: Panda de maricones, niñatos de mierda, os voy a meter una patada en el culo que os va a salir por la boca; primero no queréis que avisemos a vuestra mamá y a los cinco minutos sí, pero ¿qué cojones os creéis que es esto, panda de gilipollas? ¡Iros a mamarla! Y salió de la estancia tan altanero como había entrado.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en:

https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/01/08/policias-por-todas-partes/