París, 14 de mayo de 1940: primer día de la ocupación alemana

Ese día amaneció nublado y los soldados alemanes, cámara fotográfica en ristre, se quejaban de la falta de luz, sus instantáneas saldrían demasiado oscuras. A no ser por el uniforme, hubieran parecido turistas que ávidamente recorrían los lugares más emblemáticos de la ciudad y se fotografiaban ante los mismos con idéntica intención que los ocasionales visitantes: tener un recuerdo de su paso.

―Hace un día magnífico, tan sombrío, solo falta que se ponga a llover a cántaros.

El profesor Morel confundía a Sam con estas palabras mientras tomaban unos vinos en uno de los cafés de la plaza Du Tertre, en cuyas mesas, como en las de las calles próximas, los clientes eran mayoritariamente soldados y oficiales alemanes. Saludaban a las chicas que pasaban frente a ellos con lisonjas sobre su aspecto y las invitaban a sentarse a su mesa. Muchas hacían oídos sordos; otras, en cambio, veían en ellos, en mayor medida cuanto más alto era su rango, nuevos benefactores como antes hubieran hecho las grisettes que conociera el abuelo de Sam en tiempos de la Belle Époque. Alguna mirada de repulsa se adivinaba por parte de algunos viandantes, pero pocos, nadie prácticamente la mantenía ante un alemán.

―¿Le gustan los días lluviosos, melancólicos?

―En absoluto. Prefiero los días soleados, pero creo que serán pocas las ocasiones en que podremos contemplar la frustración en los rostros de los soldados alemanes.

Montmartre fue uno de los distritos de París en los que menos personas abandonaron sus hogares ante el peligro nazi. Sus calles y plazas seguían repletas de gente, pero hablaban poco y miraban a todas partes.

―Aunque se venía venir, a los montmartrenses al menos nos ha pillado por sorpresa la caída de París. Todo ha ido demasiado rápido, ha sido demasiado fácil para los alemanes. Y es que, amigo Sam, no consigo desterrar de mi pensamiento la idea de que había una especie de resignación colectiva ante la pujanza del nazismo, que por otra parte cuenta con más adeptos de lo que parece. La mayoría únicamente quiere evitar problemas y seguir su vida. Los demás, simplemente nos negábamos a creer que esto terminaría por suceder. Nos dormimos en los laureles. Veremos cómo salimos de esta, si salimos.

―Pues habrá que salir como sea, no tenemos otra opción.

―Los nazis de uniforme se identifican enseguida, los que no lo llevan son más peligrosos, nunca se sabe quién puede estar escuchando, qué escuchará, en qué se quedará de lo que escuche y, sobre todo, qué uso hará de ello. Creo que subestimamos el impacto que podría tener en la gente lo que creímos que solo era obra de un grupo de exaltados. Y no es así. Mire, ¿ve esa pareja de respetables ciudadanos que juegan con un niño pequeño, su nieto? Una pareja normal, como tantas, disfruta de un rato de asueto, se les cae la baba con el niño, se les ve contentos y no sabemos si se sienten así porque han logrado un instante una felicidad en medio de tanta desgracia o si, por el contrario, se muestran ufanos porque creen que por fin ha llegado el orden y la estabilidad a su país, que definitivamente abandona sus veleidades revolucionarias. ¿Usted qué diría?

―¿Sobre qué?

―Sobre esa pareja. Por qué se muestran satisfechos, si es que le parece que lo están.

Sam se fijó en ellos: entre cincuenta y sesenta años, correctamente vestidos, sin signo alguno de ostentación y aspecto afable.

―Pues me parece ver una pareja como tantas otras que ha salido a dar una vuelta con su nieto. No hace muy buen día para pasear, pero a ver quién aguanta a un niño pequeño dentro de casa mucho tiempo.

―Él es militante de Acción Francesa, uno de sus dirigentes. Tanto como los soldados me preocupan los civiles, los que apoyan el nazismo con su acción o su indiferencia. Se ha considerado el nacionalsocialismo como una ideología demencial y, por tanto, obra de dementes, de locos. No es eso. Claro que es demencial, para nosotros. Para ellos es perfectamente lógica. Los nazis sin uniforme son como nosotros, no tienen rabo, ni cuernos.

Manuel Cerdà: fragmento de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) 2014. Nueva edición 2019.

Berlín. Música de cabaret (1920-1930) con Max Raabe & Palast Orchester

Les propongo para este domingo un viaje musical en el tiempo. Nos trasladaremos al Berlín de finales de la década de 1920 y primeros años de la de 1930 de la mano de Max Raabe y la Palast Orchester para conocer algunas de las canciones más exitosas de la época que sonaban en los cabarets. Puede que, si no conocen la música de cabaret de los tiempos de la República de Weimar, sean un tanto reticentes –más siendo esta una larga entrada–, pero igual descubren una música divertida y contagiosa, a la vez que crítica y satírica, y les gusta. A mí es lo que me pasó. Nada sabía sobre ella hasta que comencé a documentarme para escribir mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). Ahora, más que gustarme, me entusiasma.

Durante la década de los veinte del pasado siglo Berlín se convirtió en el escaparate de la modernidad y el centro social y cultural del mundo occidental. La ciudad superaba los cuatro millones de habitantes y exhibía su pujanza. Los años comprendidos entre 1919 y 1933 fueron uno de los periodos más fructíferos de la historia cultural alemana. Por el día, Berlín era una ciudad de apariencia tan dinámica o más que las otras metrópolis del mundo occidental, como París, Londres o Nueva York: numeroso tráfico de personas y vehículos ─coches (más de cincuenta mil matriculados), autobuses, tranvías…─, mucha gente de un lado para otro, lujosos escaparates, tiendas y grandes almacenes en los que se podía encontrar de todo sin más impedimento que tener suficiente poder adquisitivo, cafés y restaurantes llenos a todas horas. Por la noche, los mismos escaparates iluminados, mucho rótulo fluorescente, mucha gente en busca de distracción, mucha gente en todas partes, mucho de todo. Y es que en el Berlín nocturno, aún más que el diurno, había de todo, y para todos. O eso parecía.

Los cabarets de Berlín eran el no va más de la tolerancia. Muchos aspectos de la tradicional condescendencia europea con las costumbres sexuales y los comportamientos contrarios a los preceptos generalmente aceptados, se desarrollaron como nunca antes en Berlín durante las décadas de 1920 y parte de la de 1930. Y junto a los cabarets abundaban los locales que ofrecían en directo las mejores actuaciones de las mejores orquestas en un ambiente tan exótico como hedonista, tan tolerante como exaltado. Centenares, miles de parejas, danzaban frenéticamente al son de los bailes de moda: el foxtrot, el charlestón, el shimmy, el black botton, en salones de baile como el Haus Vaterland, el Winter Garten, el Moka-Efti, el Atlantis, el Scala, el Aldon Ballroom, el Tü-Tü, el Rio Rita Bar, el Komödie… Infinidad de locales albergaban todo tipo de espectáculos y competían por tener en cartel las mejores orquestas, como la Weintraub Syncopators de Hollaender, la Odeon Dance Orchestra o las de Robert Renard, Eric Harden u Otto Dobrindt.

Este ambiente es el que recoge la música de Max Raabe, tan fiel al estilo del momento hasta el punto que el cantante (Max Raabe) parece ser alguien que vivió la época y no ha envejecido, o bien alguien teletransportado desde aquellos años a la actualidad.

Max Raabe (Westfalia 1962) es un cantante alemán (barítono con un amplio registro vocal que puede alcanzar las tonalidades más elevadas reservadas generalmente a los tenores, o las más graves) enamorado de la música de la década de 1920 y principios de la de 1930 que tuvo la genial idea de crear la Palast Orchester y grabar los grandes éxitos de aquella época con especial atención a las canciones que se escuchaban en los salones de baile y en los cabarets berlineses,  cuyos éxitos interpreta entre la alegría y la melancolía.

La Palast Orchester la fundó Raabe en 1985 con sus compañeros en la Universidad de Artes de Berlín, y dio su primer concierto público en Berlín en 1987, en el Theaterball, en el vestíbulo y como un acto secundario, pero con un éxito tal que el público abandonó el salón para escuchar su actuación en el vestíbulo. Los miembros de la orquesta son todos hombres, con la única excepción de la violinista, que siempre ha sido una mujer. Sus actuaciones son un homenaje a los compositores de la época de Weimar como Friedrich Hollaender, Mischa Spoliansky, Walter Jurmann, Fritz Rotter, Will Meisel, Charles Amberg, Günter Schwenn, Adolf Steimel o Ralph Maria Siegel. También interpreta standards estadounidenses, muy de moda en la Alemania anterior a la llegada el nazismo al poder. Luego, el jazz se “alemanizó”.

En el recorrido que vamos a hacer por la música de Max Raabe y la Palast Orchester seguiremos el orden cronológico en que fueron compuestas las canciones tan en boga por entonces y tan actuales todavía.

Comenzamos con Amalie geht mit nem Gummikavalier (Amelia va con un caballero de goma), popular canción compuesta en 1927 por Siegwart Ehrlich, compositor judío de gran éxito en las décadas de 1910 y 1920. Nacido en 1881 en Leipzig , huyó de Alemania en 1933, tras la llegada al poder de los nazis, y se instaló en España, donde murió en Barcelona 1941.

You’re the cream in my coffee es una canción de 1928 compuesta por Ray Henderson para el musical de Broadway Hold Everything! que grabó Annette Hanshaw ese mismo año.

De 1930 data Ein Freund, ein guter Freund (Un amigo, un buen amigo), tema perteneciente a la película musical Die Drei von der Tankstelle (Tras la gasolinera), dirigida por Wilhelm Thiele, con música de Werner Richard Heymann, que obtuvo un gran éxito y en la que aparecían populares actores del momento como Willy Fritsch y Heinz Rühmann.

Proseguimos con otra canción de 1930: Hallo, was machst du heut Daisy (You’re Driving Me Crazy), compuesta por el estadounidense Walter Donaldson para la comedia musical Smiles. En Alemania la popularizaron los Comedian Harmonists, grupo musical activo entre 1928 y 1934, uno de los de mayor éxito en la Europa anterior a la Segunda Guerra Mundial que combinaba las voces a la perfección.

También de 1930 es Ich Lass Mir Meinen Körper Schwarz, foxtrot de Friedrich Holländer para la película musical Einbrecher, con Lilian Harvey, Heinz Rühmann y Kurt Gerron.

Bei Mir Bist Du Schoen es un tema en yiddish compuesto en 1932 por Jacob Jacobs (letra) y Sholom Secunda (música) para la comedia musical Men Ken Lebn Nor Men Lost Nisht, que luego ha sido interpretado y grabado por artistas como The Andrews Sisters, Benny Goodman, Ella Fitzgerald, June Christy, Louis Prima, Regina Carter o Teresa Brewer. Es de 1932, aunque se diga otra cosa.

Vamos con Am Amazonas, uno de los números de la magnífica opereta de Eduard Künneke Glückliche Reise, estrenada en Berlín en 1932, que inmediatamente se hizo tremendamente popular.

Conocidísima es Wer hat Angst vor dem bosen Wolf (¿Quién teme al lobo feroz?), popular canción compuesta por Frank Churchill, con letras adicionales de Ann Ronell, que originalmente apareció en 1933 en la película de dibujos animados de Walt Disney Los tres cerditos. Fue uno de los temas que figuraba en el repertorio de muchas orquestas que actuaban en los salones de baile berlineses.

De 1933 es también Ich tanze mit Dir in den Himmel hinein (Bailando en el cielo contigo), de Friedrich Schröder y Hans Fritz Beckmann, que si ya era popular lo fue aún más tras incluirse en la banda sonora de la película de la UFA Sieben Ohrfeigen (1937), donde la interpretaban Lilian Harvey y Willy Fritsch.

Seguimos con el año 1933 y la canción Ich hab ‘ne Leidenschaft (Tengo una pasión), un tema de la comedia musical del mismo título original de Henry Koster (1933).

Para finalizar, una composición de 1934, ya con el nacionalsocialismo en el poder, Mein kleiner grüner Kaktus (Mi pequeño cactus verde), otro de los grandes éxitos de Comedian Harmonists, grupo que se dividió al consolidarse el nacionalsocialismo en el poder y ya nunca gozó de la fama anterior.

Que la vida les sea amable.