Una cena en familia

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Como dijo Sam, pocas habían sido las veces desde que compraron la villa de La Farella en que todos sus hijos y nietos se sentaran en torno a la misma mesa. Cada cual tenía su vida, compaginar las distintas obligaciones, compromisos y quehaceres no era fácil, siempre tenían algo que hacer, cuando no uno otro.

(…)

El 30 de diciembre, a última hora de la tarde, llegaba Egon, que siempre era el último en presentarse. Por fin, esa noche podrían cenar todos juntos.

(…)

―¿Quieres decir que la caída del Muro de Berlín no es una buena noticia? ─preguntó Bill.

―Es una noticia de gran calado. Buena o no habrá que analizar a quién puede favorecer y a quién perjudicar, pero eso será el tiempo quien lo determine. Naturalmente, nada volverá a ser como antes, y mucho me temo que la utilización política que se hace y se hará del hecho (…). Domesticado el pensamiento, conseguida la homogeneidad ideológica, todos estamos por fin bajo el mismo paraguas. Qué más da que esté agujereado, los que toman las decisiones nunca se mojarán.

―¿Mejor, pues, que todo hubiera seguido igual?

―Por favor, no simplifiques, no digo eso. ¡Qué sé yo qué hubiera sido mejor! Sé cuál es la situación, y es evidente que todo apunta a un mismo objetivo: la democracia es buena siempre y cuando se ajuste a los planes económicos y estratégicos de Estados Unidos; si no, no vale. Es difícil no entrever la mano oculta de la CIA y los servicios secretos occidentales detrás de todo esto.

―Ves conspiraciones por todas partes, papá, y no es eso. Claro que los servicios secretos occidentales habrán puesto toda la carne en el asador, es su misión al fin y al cabo. Pero de ahí a hacerlos responsables de la crisis del comunismo es darles más importancia de la que en realidad tienen. El comunismo no atraviesa esta crisis que amenaza su supervivencia por la acción de fuerzas ocultas, sino porque ha demostrado ser, en su versión soviética si prefieres, un verdadero fiasco.

―El problema del comunismo ha sido hacer suyos los principios de producción occidentales desde un capitalismo de Estado. Ya lo dijo Lenin al referir de las enseñanzas que había extraído de la guerra del Catorce: quienes tienen la mejor tecnología, organización, disciplina y máquinas salen triunfadores. Y el régimen soviético, y luego los países bajo su órbita, especialmente desde que Stalin se hizo con el poder, se lanzaron en dirección a esa meta. Había que producir, tener la mejor tecnología, ser disciplinados, es decir, la misma práctica de las sociedades capitalistas. Para contrarrestar su poder, para defenderse, da igual, las mismas prácticas. En vez de esa nueva sociedad igualitaria prometida reprodujeron los mismos esquemas, solo que el capital estaba en manos del Estado. No se desarrolló ese hombre nuevo que previsiblemente saldría de la revolución bolchevique cuando Lenin llegó al poder. En aquellos momentos la modernidad, el progreso, incluía aspectos como la educación o la emancipación de la mujer. Ya Lenin tuvo que recular al verse obligado a aplicar el “comunismo de guerra”, y al final la Nueva Política Económica acabó siendo la Nueva Explotación del Proletariado. Trabaja, trabaja, que ya llegará la sociedad prometida. Jerarquía, disciplina, en detrimento de la cultura y la subjetividad. Rusia, así, se “occidentalizó”. Construyamos primero una sociedad más fuerte que la occidental, es nuestra única arma, luego ya podremos llevar adelante la misión redentora de la humanidad. El entusiasmo y la creatividad se revelaron insuficientes, el socialismo se ligó a la industrialización, al mundo del que surgió el capitalismo. El ansiado nuevo mundo nunca llegaba y la burocratización se instalaba en el poder, los ciudadanos de los regímenes soviéticos desesperaban y Occidente contraatacaba. Y al final, pues ya se ha visto.

―No discutiré tu análisis, en líneas generales estoy de acuerdo con él, pero las cosas han ido así, la sociedad ha evolucionado hacia el que considera es, si no el mejor, el menos malo de los sistemas conocidos. (…)

―Va a resultar que el capitalismo es bueno, moralmente superior. La socialdemocracia, hermano, es por encima de todo simple administradora de los intereses capitalistas, la garantía de su supervivencia. Dejaros de coñas y abrazad el liberalismo de una vez como la mujer que nunca tendréis en vuestros brazos. El tiempo ha hecho estragos en vosotros, ¿eh?, ¡qué pronto os habéis instalado! (…)

―Nadie tiene la verdad, y menos la verdad política. Es así ¿no? Los avances en salud, esperanza de vida, derechos humanos e incluso en los mecanismos del mercado, no son rasgos específicos de las democracias burguesas sino de la civilización humana. Nadie tiene el monopolio, la verdad no existe ─André trataba mostrarse conciliador.

―¿Cómo que la verdad no existe? ─objetó Sam─. ¡Claro que existe! Está la verdad de los hechos. Nadie tiene la verdad, nadie tiene la verdad… Estoy harto de esta cantinela que yo mismo recité en su día. Como no existe la verdad, seamos objetivos, neutrales. No, mejor neutros. ¿Definirse? ¿Para qué? Si las ideologías ya no existen, la historia ha llegado a su fin. Nadie quiere mirar hacia atrás, y hace bien: es para sentirse avergonzado. ¡Qué difícil es enjuiciarse a uno mismo! ¿Errores? ¿Nosotros? ¿Los depositarios del saber, del conocimiento, los forjadores de la civilización? ¡Jamás! En todo caso, el error vino de quienes no siguieron nuestros dictados. En nombre de la democracia, todo vale.

―Así es. Brindemos por ello.

Egon, que no paraba de beber, levantó su copa de vino y se puso a cantar: When you propose, Anything goes…, Anything goes!* Camille a duras penas podía aguantar la risa; no así sus padres.

―Menuda jaula de grillos. Tú, cariño ─Martha se dirigía a Camille─, intentabas decir algo antes que estos zopencos y el pendenciero de tu abuelo decidieran solucionar el mundo

―Verás, abuela, voy a cantar.

―¿Vas a cantar? ¿Ahora?

―No, no quiero decir eso. En un grupo, me han hecho una prueba y les he gustado. A ver si me ayudáis a convencer a mis padres…

―Camille, hija, no empieces, no es el momento ─dijo Hannah.

―¿Qué hay de malo en ello? ─preguntó Egon.

―Nada, nada en absoluto, si lo que quisiera es iniciar una carrera en el conservatorio como hicieron sus abuelos o hiciste tú ─intervino Bill─. Nos parecería muy bien, procedemos de una familia estrechamente ligada a la música, ¿cómo íbamos a oponernos? Pero es que no es eso lo que quiere. No quiere estudiar música, solo divertirse con cuatro pelagatos que no conoce nadie y actuar los fines de semana. ¡Cómo no hay grupos hoy en día!

―Pero papá, os he dicho mil veces que seguiré con los estudios en el liceo. Puedo hacer las dos cosas.

―Los estudios, quieras o no, se resentirán si empiezas a desperdigar el tiempo ─señaló Hannah en tono condescendiente.

―Cariño, ¿sabes una cosa? Lo dice quien a tu edad no hacía más que escuchar discos de François Hardy o Sylvie Vartan y quería ser un calco suyo.

―Eso falta que digas, papá. A veces pareces más crío que ella.

Sam se echó a reír.

―Orgulloso me siento de ser así. No sabes cuántas veces me ha dicho eso tu madre. Y tu abuela. Sobre todo tu abuela.

―¡Dejad a la niña! Los conservatorios solo son cementerios de la música, y la música es arte, y el arte vida. ¡Brindemos por su fin! ─Egon no paraba de llenar su copa.

―No digas memeces, Egon. Como se nota que no tienes hijos. A ti bien que te vino estudiar.

―Me vino mucho mejor seguir los consejos de la abuela: haz solamente aquello en lo que te sientas a gusto, aquello que no sea una carga, que no vivas como un trabajo, siente, crea, disfruta… No hay profesión más gratificante que la de músico. ¡Brindemos por la música!

―¿No crees que ya has bebido demasiado? ─dijo Bill.

―Cariño, no te preocupes, tu abuelo hará testamento y te dejará el suficiente dinero para que cuando seas mayor de edad puedas disponer de él como te venga en gana. Y si el dinero no te falta, posiblemente tampoco la libertad. Así es en este mundo tan perfecto.

―¡Sam!

―¡Papá!

Veinte años hace que queríais comeros el mundo, os quejabais del que os habíamos dejado, pero el que vais a dejar vosotros…

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

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* «Cualquier cosa, todo puede pasar, todo vale». Letra de la canción Anything goes, del musical de Cole Porter del mismo título estrenado en 1934, en plena depresión económica mundial, momento en el que transcurre la acción.

El suicida

suicidio

“Suicidio” (1916). George Grosz.

Harto de existir sin haber vivido, cansado, agotado por el peso de no ser, David H.C., tomó la determinación de suicidarse. No fue una decisión espontánea, llevaba tiempo meditándola. Si no lo había hecho ya era porque no encontraba el método adecuado. Para él, por supuesto. ¿Cómo hacerlo?, se preguntaba una y otra vez. No quería una muerte lenta, ni dolorosa, sino rápida, segura y eficaz. Pensó primero en darse un tiro en la sien, pero ¿cómo conseguir una pistola?, ¿dónde? Además, nunca había tenido un arma en sus manos. ¿Sabría usarla? ¿Lo haría bien? ¿Y si no? ¿Qué pasaría si le temblaba la mano, cosa probable, y lo hacía mal, quedándose tetrapléjico?
¿Y un cóctel de pastillas? Tenía en casa benzodiacepinas, opioides y barbitúricos. Mezcladas con ron, su bebida preferida, se quedaría plácidamente dormido y no volvería a despertar. Pero enseguida le asaltó otra vez la duda. ¿Qué sucedería antes del último momento? Temía al miedo que pudiera sentir durante ese tiempo que creía que sería corto pero lo suficiente como para sufrir un ataque de pánico. Qué terribles instantes los últimos, pues. Lo descartó. Como también, por el mismo razonamiento, dejarse abierta la espita del gas. La mente entonces se encuentra completamente expuesta y vulnerable a cualquier pensamiento y podía arrepentirse cuando ya le fallaran las fuerzas. David H.C. deseaba morir, sí, pero quería que la muerte llegara como la vida, sin avisar. Y se acabó.
Las vías del metro. Me arrojaré a las vías del metro, resolvió a pesar del pavor que le daba imaginar el momento del impacto con la locomotora. No pudo hacerlo, ese día comenzaba una huelga de maquinistas que iba a prolongarse tres más.
Se fue a comparar una cuerda. Me ahorcaré. ¿Qué tipo de cuerda quiere?, le preguntó el dependiente. No sé, miraré a ver cuál necesito y volveré. ¿Cómo explicarle que una que respondiera a su propósito? En casa tenía una, pero no era, o no creía que era, lo suficientemente resistente. Buscó en internet y se dio cuenta de que todas las cuerdas no son iguales, no todas pueden aguantar el peso de una persona en el aire hasta que la tráquea y las arterias carótidas se compriman y lleguen la asfixia y la hipoxia cerebral, y hasta que estas se produjeran y encontrara la ansiada muerte podían pasar varios minutos, cinco como poco. Eso le horrorizaba. Para morir ahorcado se dio cuenta de que la cuerda debía trabajarse adecuadamente para poder hacer bien el nudo y que se deslizara con facilidad, y todo ello dependía del lazo, su calidad, el nudo, su forma y la consistencia. La muerte en la horca deja un aspecto lamentable a los que así han decidido, o decidieron por ellos, poner fin a su existencia, algunos también a la vida, con amoratados rostros que retratan las convulsiones de la agonía mientras que de la boca sale una espuma rojiza. Tales medidas eran, pues, necesarias para tener una muerte más digna, o cuanto menos decorosa. De cada diez personas que se arrojan al vacío, nueve quedan invalidas de por vida, había leído. Ahora bien, si se hacía desde muy alto la muerte era inmediata. Esto último le convenció.
Regresó a la tienda, compró la cuerda y se dirigió al puente de hierro levantado en su día para sortear un profundo barranco ahora en desuso, el tren hacía años que ya no pasaba por su ciudad. Justo en la mitad, donde mayor era la distancia hasta el suelo, ató la cuerda a la barandilla. Cuando se disponía a anudarla al cuello escuchó la voz de una niña. ¿Qué haces? Se quedó petrificado. Confiaba en que nadie le observaba y no se había percatado de la presencia de una niña rubita que tendría unos seis o siete años, de grandes ojos que se hundían en el rostro y mirada enternecedora que esbozaba una tímida mueca cercana una sonrisa.
Turbado, miraba a la pequeña y la pequeña a él. Ella con la curiosidad y espontaneidad propia de los niños. Él, con la ponderación y precaución de los adultos. Nada, nena, nada, probando la resistencia del puente para que cuando paséis no se derrumbe y os caigáis, acertó a contestar. La niña levantó los hombros y solo dijo ¡Ah¡, vale. Ya más circunspecto, añadió: Pero ya he terminado, estaba recogiendo las cosas. Y comenzó a enrollar la soga y a guardarla en la bolsa de deporte que llevaba con él. Está todo bien, no te preocupes que no te caerás. Vale, volvió a decir la niña, que ladeó su cabecita con un entendedor gesto que conmovió a nuestro hombre. ¿Y tú que haces por aquí sola? La niña dijo que estaba con mamá y papá, señalando con el dedito hacia uno de los extremos del puente. Una pareja hablaba con otra. Al parecer, la nena se había ido alejando de ellos sin que se dieran cuenta, percibiéndose de ello en ese momento. Elenita, ¿qué haces ahí? Ven inmediatamente. La niña dio media vuelta y se fue corriendo a reunirse con sus padres.
David H.C. marchó cabizbajo en dirección contraria, con la bolsa y la soga en su interior. Tenía ganas de llorar. No esperaba un encuentro así, que trastocara el equilibrio que creía haber conseguido para llevar adelante sus planes. Recordó que él también había sido un niño que jugaba con entusiasmo y no pensaba en nada. Ahora el juego se había convertido en trabajo, el entusiasmo en apatía y el pensamiento en obsesiva tortura. Se sentó en un banco de piedra, no podía más. Y lloró. Lloró hasta deshacerse, hasta vaciarse del todo y de todo y quedar desnudo de alma. Y sintió que tal vez seguía siendo un niño al que había corrompido un mundo en el que el único sentido de todas las cosas es que no tienen sentido.
Ya no estaba tan seguro de querer suicidarse. O sí. Más adelante. En su cuenta corriente le quedaban poco más de cien euros, era toda su fortuna. Los sacó del cajero automático. Suficiente, se dijo, para al menos despedirse de la vida como un bon vivant, algo que nunca había conseguido ser. Entró en un restaurante y disfrutó de una suculenta cena. Deambuló luego con su pesada carga emocional, buscando un lugar donde tomar una copa, o dos. Una mujer se le acercó. ¿Quieres pasar un buen rato, guapo? Estaba en el barrio chino. Era algo mayor, pero conservaba los rasgos de una belleza que debió ser incuestionable y un cuidado y sensual cuerpo. Subió con ella a la habitación de una destartalada casa que hacía las veces de prostíbulo. Hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer. Copuló con ella como si fuese la primera vez y fuera ella la única mujer del mundo, y la más bella. Exhausto, quiso quedarse un poco más en la cama, a su lado, abrazado. Tú pagas, dijo ella, a quien ya había entregado los 35 euros que le pidió por su servicio y el uso de la habitación. Pasado el tiempo –para él un santiamén, para ella exactamente treinta minutos– le dijo que si se marchaba o si quería media hora más, y que antes que nada le pagase otros 35 euros por la media hora no pactada al principio. Echó mano a la cartera.
¿Cómo que no me puedes pagar? Entre lo que le había costado la cena y lo que ya había pagado a la mujer llevaba gastados 95 euros. No sé, llevaba más dinero, deben habérmelo robado, argumentó sin demasiado convencimiento. Eso ya lo he oído demasiadas veces. Podrías ser algo más original inventando excusas. David H.C. le juró que al día siguiente regresaría y saldaría la deuda. ¿Y yo qué? ¿Qué digo ahora?, ¿que financio a crédito los polvos? ¡Es que siempre me tienen que tocar a mí todos los cabritos salidos! ¡La hostia! Ayer otro que también le habían robado. Al menos este llevaba un buen reloj, ¿tú qué? ¡Maldita sea! No se puede confiar en nadie.
El tono de la voz de la mujer, cada vez más elevado, alertó al encargado, que también era su proxeneta. La puerta se abrió impetuosamente y apareció un tipo malcarado con pinta de pendenciero. ¿Qué cojones pasa aquí? Su voz llenó la habitación de ira. David H.C. trató de explicar cómo había acabado allí, que deseaba suicidarse, que no sabía cómo, que dudaba entre varias maneras, que se decidió por el ahorcamiento, que este debía ser desde una altura considerable, que ya iba a hacerlo cuando una niña… ¿Pero qué historia me estás contando? El colérico individuo no estaba para excusas ni subterfugios. ¡Y tú, inútil¡, ¿te crees que eres la Magdalena esa? Estoy de ti hasta los huevos. Te voy a dar una hostia que no te va a reconocer ni la madre que te parió. David H.C. interrumpió al pendenciero personaje. La señorita nada tiene que ver… No pudo siquiera terminar la frase. El sujeto lo cogió del cuello, lo estampó contra la pared y, le amenazó una navaja. Tú, calladito. Ni una palabra. Que contigo aún no terminado. David H.C. se revolvió y le dio un empujón. Arma en mano, el proxeneta fijó su desafiante mirada en él. No me obligues a usarla. ¡Subnormal, que eres un subnormal! Pero la paliza que te voy a dar no la olvidarás nunca. Y tú –a ella– lárgate de aquí. David H.C. le dio un empujón y trató de salir de la habitación con la mujer. El chulo la emprendió a puñetazos con él. David H.C. quiso responderle, pero la superioridad física del primero era abrumadora. Un simple empellón y nuestro hombre cayó por la ventana. Era un segundo piso, pero fue tan mala su fortuna que se desnucó. Y murió al instante, como deseaba, pero cuando menos lo deseaba.

¿Y a mí que me importa qué clase de comunista es usted?

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Un policía golpea a un manifestante en Union Square (Nueva York, 27 de febrero de 1933).

«Había una vez un mitin comunista en Union Square. La policía vino a romperlo, y pronto los agentes empezaron a utilizar sus porras. Uno de los manifestantes objetó que no era comunista sino anticomunista. ‘No me importa qué clase de comunista es usted’, dijo el funcionario, y continuaron golpeándolo».
Jason Epstein, “The CIA and the Intellectuals”, The New York Review of Books, 20 de abril de 1967.

Esta cita de Jason Epstein abre mi última novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). Creo que es muy representativa lo que trata de trasmitir esta. Por eso, como se puede leer en la contraportada, “el lector advertirá en muchas situaciones algunas de las circunstancias que nos han conducido a esta sociedad del pensamiento único”.

Jason Epstein es un escritor y editor estadounidense. Fue uno de los fundadores de la revista bimensual The New York Review of Books, desde la que destapó algunas de las operaciones de la CIA para conformar “un aparato de intelectuales seleccionados por sus correctas posiciones respecto a la guerra fría como una alternativa a lo que podríamos llamar un mercado intelectual libre donde la ideología se presume que cuenta menos que el talento individual y el logro”.