Imagen que ilustra la reseña de Rosa Berros en MoonMagazine.
Tras esta larga ausencia motivada por la remodelación de mis, ahora, dos blogs –como explicaba en la entrada de ayer–, empiezo la tarea de ponerme al día con los comentarios, las publicaciones de los blogs a los que estoy suscrito, los correos, las novedades que tengan relación con las cosas que hago, etc. Y, he aquí, que me encuentro con una magnífica noticia, una de esas que halagan y endulzan la existencia y también –cómo no– refuerzan el ego. Me refiero a una reseña que publicó el pasado 12 de abril Rosa Berros Canuria en la “revista [digital] lúdico-cultural” MoonMagazine.
Ma ha encantado eso de que “es una mezcla de cuento, gamberrada, tratado filosófico y metáfora”. Eso y muchas cosas más, como el excelente resumen que hace del argumento, dejando al lector intrigado por conocer el desenlace, que se presenta totalmente imprevisible: “Argararemon, Prudencio para los amigos, aún guarda algún secreto y es que, en realidad, no es un genio, es un esente, y ya no os puedo contar lo que es eso porque destriparía la novela, cosa de la que no tengo ninguna intención. Solo deciros que, a partir de ese momento, el tema se pone cuántico y nuestro genio, perdón esente, tendrá que dar nuevas explicaciones a los tres amigos” [los tres jóvenes que, con Prudencio, protagonizan la novela, o lo que sea esto que he escrito: Robin, Johnny y Tomate].
Me hubiera gustado poder compartir con ustedes la reseña completa, pero MoonMagazine no da opción a compartir en WordPress. Así que les dejo con un par de frases de la misma y la posibilidad de que puedan acceder a ella clicando en el enlace que figura bajo estas:
Prudencio Calamidad es una novela por momentos, social; por momentos, filosófica; por momentos, negra; bastante cuántica, pero en todo momento, muy divertida. Una novela que alterna las reflexiones acerca de lo real y lo fantástico con las aventuras que corren nuestros amigos en su afán por dejar de ser pobres aprovechando los poderes de Prudencio Calamidad, pero sin dejar rastro de dichos poderes. (…) una mezcla de cuento, gamberrada, tratado filosófico y metáfora para mostrarnos, de manera divertida y desenfadada, la situación actual de los que tienen muy poco, pero mantienen intactos los deseos; de los que ya casi han perdido la esperanza, pero tan solo necesitan un genio que se la devuelva. Una novela sin pretensiones, divertida, sorprendente y muy fresca.
Una cosa más quiero agradecer a Rosa. Este jueves, día 20, he de presentar Prudencio Calamidad en mi pueblo –imposible decir que no a algo así, es mi pueblo, es mi gente– y su reseña me va a venir como anillo al dedo. Siempre es engorroso hablar de uno mismo, mejor hablar sobre lo que dicen otros. Por supuesto, ella era ajena a tal circunstancia.
¿Casualidad? No creo en las casualidades. Debe haber sido cosa de Prudencio, Prude para los tres amigos, Argararemon en su mundo, el de los genios, que no son genios sino esentes.
Que disfruten de un excelente día. Muchas gracias por su visita.
Ya tenía ganas, muchas ganas, de quitar la nota que permanecía fija desde el 3 de febrero. Más de dos meses ha estado ahí la puñetera entrada En obras, como destacada. Por fin terminaron (las obras). Queda algún que otro retoque, pero poca cosa.
La situación me ha recordado una vez que un conocido mío del barrio me pintó la casa e hizo también varios apaños para, así, poder sacarse unos pocos cuartos más, que buena falta le hacían, pues –como tantos– cobraba un salario de mierda. Yo no tenía prisa y él solo podía hacerlo los fines de semana. Y, claro, aquello parecía que no iba a terminar nunca. Un amigo mío, Salvador, que vive en una caseta de campo, me preguntaba si iría a visitarle el fin de semana. Siempre le contestaba que no podía, que Miguel Ángel –así se llama el vecino– tenía que seguir con el adecentamiento de mi casa. Un buen día, Salvador me preguntó: ¿pero ese Miguel Ángel quién es, el mismo que pintó la Capilla Sixtina?
Pues así me he sentido este tiempo, como Miguel Ángel, el contemporáneo claro, el vecino, no el renacentista. Con la diferencia que mi dedicación no se ha reducido a los fines de semana, sino que tal menester ha venido ocupando prácticamente todo mi tiempo y ha sido mucho mayor del que en un principio calculaba.
Cuando en 2012 empecé a publicar Música de Comedia y Cabaret–blog que sigue activo y ha sido también objeto de una profunda remodelación por los motivos que paso a explicar– este era anónimo y había surgido de la casualidad. Una amiga mía, Ana, estaba creando un blog por motivos profesionales. Yo andaba por entonces fascinado por una música que, se podría decir, acababa de descubrir: la música para teatro (la opereta y los musicales especialmente) y la música de cabaret, la del cabaret alemán de entreguerras, sobre todo, y la de los cabarets franceses de la Belle Époque. Tal fascinación se debía a la exhaustiva labor de documentación que había llevado a cabo para escribir mis novelas El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), pues en ambas –quien las conozca podrá dar fe de ello– la música juega un papel trascendental. Suelo decir que son novelas “con banda sonora”.
Se me ocurrió, así, crear yo también un blog como mero divertimento. Los originales de las novelas estaban terminados, lo que no significa listos para ser publicados. No necesitaba documentarme más, pero continuaba seducido por esa música. Me pasaba horas y horas buscando cosas nuevas. Y escribiendo sobre ellas. Siempre he dicho que en esta materia soy un mero aficionado.
Así continuó hasta el 1 de diciembre de 2014, cuando al publicar mi primera novela (El viaje) –hasta esa fecha solo había publicado libros acerca de mi especialidad (la historia social y la arqueología industrial) y de divulgación histórica y/o cultural– introduje alguna que otra entrada para difundirla y promocionarla con fragmentos de la misma. Con ello abandoné el anonimato y –aunque siguió titulándose Música de Comedia y Cabaret– poco después empecé a publicar otras entradas sobre dichos temas y otros de mi interés.
Con el tiempo, el blog se convirtió en una especie de batiburrillo: demasiadas cosas que no guardaban entre sí otra relación que ser yo su autor. Llegó un momento en que no me sentía cómodo con el contenido. Por otra parte, no me gustaba nada que los artículos (o entradas) que publicaba remitieran siempre a musicadecomedia.wordpress.com. Compré el dominio manuelcerda.com y decidí abrir un nuevo blog, este, que reflejara mi trabajo y mi trayectoria profesional, mis gustos y aficiones, mis principios y contradicciones, mis ideas, mis pensamientos, mi manera de entender la vida, en definitiva.
No encontré otra manera de hacerlo –no digo que no las haya– que trasladar las entradas que figuraban en Música de Comedia y Cabaret una por una si no quería que cuando alguien encontrara alguna de estas (las trasladadas) en cualquier otro sitio de internet y quisiera acceder a ella se topase con el mensaje de error ¡Vaya! Esa página no se puede encontrar, con lo que también se perdían los comentarios (me parecía una falta de respeto hacia quien se había tomado la molestia de comentar alguna de mis entradas).
Anunciaba en la dichosa entrada “En obras” que estaba remodelando el blog y que, durante el tiempo que durase la ‘mudanza’, este podía “presentar diversos aspectos según el momento en que se accediera”. También escribía “ruego a todos que me disculpen si durante este tiempo –que parece que va a ser de días– no respondo a la mayoría de los comentarios ni apenas visito sus blogs”.
Sin embargo, con todo este trasiego de la ‘mudanza’ de las entradas de un blog a otro, han sido muchos a quienes les ha pasado inadvertida aquella nota. Si este es su caso, lamento la confusión que haya causado. Nada más lejos de mi intención que desatender a nadie.
De ahí que, hoy, 16 de abril, día que podría decirse que el blog ‘queda inaugurado oficialmente’, este cuente ya con un importante número de visitas. A todos cuantos han contribuido a ello mis más afectuosos saludos, mis mejores deseos y mi más sincero agradecimiento.
En cuanto a su estructura, lo he dividido en varias categorías, tal como pueden observar en el menú desplegable que figura bajo la cabecera. Solo queda añadir una más, “Sobre mí”, que incluirá –además de alguna que otra vivencia personal– cuanto he hecho profesionalmente, sea fruto del trabajo retribuido o del trabajo en tanto que prolongación de la vida, tanto da.
¡Ah! La fotografía con que ilustro este ‘primer artículo’ es del viernes –cuando ya vislumbraba el final del calvario–, y la razón de haberla elegido es porque, créanme, ha sido el único momento de esparcimiento que he tenido durante este tiempo. Ahora bien, con esto no pretendo hacerme el mártir. Lo de salir a comer por ahí no lo tengo nada fácil, pues no voy a ningún sitio donde no me dejen fumar.
En fin, la cuestión es que arrancamos ya. Bienvenidos sean a este espacio, que, sin ustedes, los que lo leen y/o siguen, no tendría razón de ser. Espero que se sientan a gusto en él y consideren mi blog suyo también.
Y ahora voy a ver si me da tiempo a hacer hoy lo mismo con Música de Comedia y Cabaret, no sin antes desearles un muy feliz día y agradecerles la visita.
Mi madre (Amparo Pérez Valls), yo (Manuel Cerdà Pérez) y mi padre (Manuel Cerdà Gisbert), 1954.
Dele play antes de empezar a leer:
Nací el 1 de julio de 1954 en un pueblo al norte de la provincia de Alicante que entonces contaba unos 4.000 habitantes: Muro (oficialmente Muro de Alcoy/Muro d’Alcoi.
Mi padre poco después de instalarse en Barcelona (principios de la década de 1930).
Mi padre, Manuel Cerdà Gisbert, era sastre, un buen sastre. En 1925, con 16 años, se fue a vivir a Barcelona, donde apren-dió el oficio, llegando incluso –me lo contaba de pequeño y para mí era algo grandioso– a vestir a jugadores del Barça. Pero vino la sublevación militar de 1936, la guerra que le siguió y se saldó con la derrota de los republi-canos, y el posterior éxodo de los vencidos a Francia tras la caída de Barcelona a finales de enero de 1939. Entre ellos mi padre, confi-nado en el campo de concentración de Argelès hasta que lo deportaron a España. Cuando le dejaron libre, las cosas en Barcelona no eran igual y se vino a Muro (él era de un pueblo muy cercano, l’Alqueria d’Asnar). Montó una sastrería, empezaron a llegar clientes, cada día más. En su taller trabajaban varias chicas del pueblo. Una de ellas, dieciocho años más joven que él, era mi madre: Amparo Pérez Valls (Amparín para la gente mayor). Entre ellos surgió el amor y nací yo, el fill de Manolo el Sastre. Dos años después lo haría mi hermana, Fina, la filla de Manolo el Sastre.
Las chicas que trabajaban en el taller de mi padre. La de abajo, la que está sentada con una niña (Reme) en el regazo, es mi madre. La fotografía es anterior a mi nacimiento.
Con mis padres y mi hermana (Fina) un día de Pascua (1963).
Mi niñez fue plácida, si exceptuamos una hepatitis que padecí a los cuatro años de la me salvé de milagro. Eso sí, con un hígado que ni el de Chavela Vargas, con quien –dicho sea de paso– me identifico cuando dice que ella ama con el hígado. Fui creciendo y mi adolescencia y primeros años de juventud transcurrieron relajadamen-te, sin preocupaciones materiales. Preocupaciones espirituales sí ocupaban mi mente. Las religiosas fueron especialmente desasose-gantes en la niñez, pero poco a poco dejaron de existir. Estas, y todas las demás, fueron convirtiéndose en inquietudes durante mi adolescencia. Entre ellas, ante todo, estaban las chicas, y también las de tipo intelectual. No sé muy bien los motivos, aunque puede que algo tuviera que ver que en el taller –donde de niño pasaba muchas horas con las chicas y a veces las ‘ayudada’ a sobrehilar– siempre estaba la radio puesta, la misma en la que, pocos años después, escuchaba por la noche Radio Pirenaica (Baja el volumen, que te oirán desde la calle, me decían mi padre, o mi madre); que en mi casa había bastantes libros o que todos los días nos traían el periódico a casa (magnífica fuente de información, pues en mi pueblo nos dejaban entrar al cine fuera la película ‘tolerada menores’ o estuviese calificada 4R, aquellas cuya visión se consideraba ‘gravemente peligrosa para todos’, y en el periódico venía la calificación de cada una, por lo que trataba de no perderme ninguna 4R). No sé. Elucubro, supongo.
Poco antes de marchar a estudiar a València –lo que hice a los 18 años– mis inquietudes se habían afianzado y robustecido. Unas y otras. Soñaba con ser escritor, o periodista de guerra, y me gustaban aún más las chicas, y también la música y el cine. Llegué a montar un cine-club en mi pueblo. En el autobús de línea iba a València, a contratar las películas, y ya allí visitaba algunas librerías (la de Paco Dávila, sobre todo, donde podía conseguir libros prohibidos, como los de Ruedo Ibérico). Conocía a Marx, a Engels, a Bakunin, a Lenin o a Trotski –otra cosa es que les entendiera correctamente; en realidad constituían un totum revolutum ideológico que me costó mucho articular, diría que aún sigo en ello)– y leía todas semanas Triunfo y Cuadernos para el diálogo. Me gustaban Led Zeppelin y Deep Purple y acababa de descubrir el jazz (a los 17 años compré mis dos primeros elepés: uno de Duke Ellington y otro de Bill Evans). Y andaba loco por conseguir el libro de Kerouac En la carretera. Todo esto no era incompatible, ni mucho menos, con los guateques, las verbenas de pueblo y las chicas.
Ya en Valencia –donde finalmente acabé matriculándome en Filosofía y Letras– pude ahondar en mis inquietudes con mayor o menor fortuna. Me casé, tuve –y tengo– un hijo, Nelo, de madre murera, valencianohablante (o catalanohablante, que es lo mismo), como sus padres y sus respectivas familias.
Empecé a trabajar, como historiador. Investigué, escribí, publiqué, dirigí, fui profesor… Me ‘profesionalicé’. A costa, creo ahora, de seguir siendo un amateur de la vida. Hasta que un buen día dije basta, hastiado de moverme en un medio donde lo que prima es la meritocracia, el amiguismo y la corrupción intelectual de tanto mindundi servil del poder. Entonces los roles se invirtieron y me empeñé –y en esas sigo– en ser amateur en lo que antes había sido profesional y viceversa.
Me di cuenta de que todo cuanto había hecho, o intentado hacer, en mi vida, éxitos y fracasos, esperanzas y desilusiones, tenían una cosa en común: “lo hice a mi manera”, una “manera” de ser, de comportarme y actuar, que conforman mi carácter y personalidad, al tiempo que cobré conciencia de que sus rasgos ya estaban delimitados cuando dejé mi pueblo para estudiar en Valencia. Fue una especie de reencuentro conmigo mismo.
Con mi madre a las pocas semanas de haber nacido (1954).
Ya apuntaba maneras al nacer. Lo hice, como comentaba, un 1 de julio, sobre las dos de la tarde, es decir, en el momento más bochornoso del día. Bochornoso en valenciano (catalán) se traduce, entre otras acepciones, como bascós, término que a la vez equivale a inquieto, hiperactivo. Mi madre –dicen que nadie nos conoce mejor que nuestra madre– siempre me decía que era un bascós, que no podía estar quieto un minuto y no paraba de tramar toda clase cosas. También Fill meu, tu no serveixes ni per la política ni per als negocis, eres massa cabut (demasiado obstinado y de ideas fijas) i massa confiat. Todo ello revelaba evidentes rasgos de puerilidad en mi comportamiento. És que eres com un xiquet, o Eres pitjor que un xiquet (niño). No se equivocó un ápice. Así he sido y seré. Así me ha ido y me irá. A estas alturas de mi vida más que nunca me identifico con el niño-adolescente-joven que era en Muro.
Debe ser por todo esto que My Way es mi canción preferida. My Way, no Comme d’habitude, y por Frank Sinatra, es decir, con la versión de la letra en inglés que hizo Paul Anka.
(…) He vivido una vida plena,
viajé por todos y cada una de los caminos.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
Arrepentimientos he tenido unos pocos,
demasiado pocos como para mencionarlos.
Hice lo que tenía que hacer,
como consideré, sin excepción.
Planifiqué todo,
cada paso a lo largo del camino, cuidadoso.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
Sí, hubo veces,
seguro de que lo sabéis,
en las que mordí
más de lo que podía masticar.
Pero durante ese tiempo,
cuando tuve dudas,
todo me lo comí y lo escupí.
Me enfrenté a todo y no me hundí.
Y lo hice a mi manera.
He amado, he reído y llorado,
ya he perdido suficiente.
Y ahora, que las lágrimas se consumen,
encuentro todo aquello tan entretenido…
Pensar que hice todo eso.
Y, puedo decir, sin timidez:
Oh, no, oh, no, no. Yo, yo, lo hice a mi manera.
Pues, ¿qué es un hombre?, ¿lo que tiene?
Si no es él mismo, no tiene nada.
Decir las cosas que realmente siente
y no las palabras de alguien que se arrodilla.
Mi historia muestra que encajé los golpes
y lo hice a mi manera.
Sí, fue a mi manera.
Sinatra detestaba cantar My Way, pues era algo así como cantar uno su propio epitafio en vida, decía. Yo canto muy mal. Más aún: peor. No tengo, pues, ese problema. Y a mí –y seguro que no solo a mí– sí me gustaría que cuando muera y sea un montón de cenizas mis allegados me despidieran con esta canción. Y que las cenizas, sobre todo si son tóxicas, que, como dijo Groucho Marx, “el diez por ciento sean vertidas sobre mi representante”. En mi caso, sobre misrepresentantes, es decir, sobre aquellos que se arrogan la facultad de decidir cómo tenemos que ser todos los demás, y sobre tanto tullido intelectual y travestido ideológico. Todas.
En fin, la canción debe estar finalizando si no lo ha hecho ya. Si quieren saber más sobre mí, sobre las actividades que, desde entonces, profesional y/o vocacionalmente, he llevado a cabo y son, en definitiva, el sustento de este blog, pueden consultar mi biografía en Wikipedia.