Mierda a 5.200 euros el gramo

CAP

A 5.200 euros (52.000 euros el kilogramo) en 2007. Lo más seguro es que haya subido de precio, y no poco. Mierda de esa que cagamos, sí; excrementos. Ahora bien, no toda la mierda se cotiza tan cara. Mucho me temo que ni la suya ni la mía se vendiesen siquiera para abono. Igual hasta nos ponían una multa, vete a saber. Pero a 5.200 euros el gramo compró un coleccionista de arte –anónimo, por supuesto– una latita de mierda de 30 gramos en una subasta de Sotheby’s que tuvo lugar en Milán en 2007. Pagó, pues, nada menos que 124.000 euros por ella hace doce años.

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Una de las latas de “Mierda de artista”.

¿Qué tenía de especial esa mierda? Aparte, claro está, de la natural atracción que pudieran sentir por ella los numerosos diarreicos mentales que tanto abundan en eso que dicen el mundo del arte. La cosa sucedió del siguiente modo. Un buen día de mayo de 1961, Piero Manzoni no defecó dentro de la taza del váter, como supongo que haría habitualmente.

Desconocemos dónde lo hizo, pero sí por qué y qué sucedió con el más de cuarto de kilo que pesó su deposición. Repartió los excrementos en 90 latas de estaño, de 4’8 centímetros de alto por 6 de ancho, y las etiquetó lateralmente con las palabras Mierda de Artista en los idiomas italiano, francés, inglés y alemán, añadiendo a la etiqueta “Contenido neto: 30 gramos. Conservada al natural. Producida y envasada en mayo de 1961” y, sobre la tapa, el número de la lata y la estampación de su firma. Manzoni puso a la venta las latas equiparando su peso al del oro, y su precio.

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Manzoni con su obra “Mierda de artista”.

Hoy, las latas de Mierda de Artista se conservan cual reliquias en museos como la Tate Modern, el MoMA o el Pompidou, si bien la mayoría está en manos privadas. La última lata que se vendió, como decíamos antes, fue la de la subasta de Sotheby’s de 2007 por 124.000 euros.

Manzoni creó, pues, una obra de arte. A su pesar, eso sí, pues su idea acerca de las relaciones entre arte y mercado, y la dependencia del primero respecto al segundo, es muy precisa con esta obra: “la experiencia estética concierne solo al artista que la realiza, y quien la recibe solo puede comprarla en ‘caja cerrada’, sin elección ni opinión posible, como, por otra parte, le ocurre con los productos industriales” (Giulio Caro Argan: El arte moderno, 1988).

Piero Manzoni (1933-1963) fue un artista italiano que se inició en la pintura, pero pronto llegó a negarla por considerar que era un lenguaje inacabado y adoptó una postura muy crítica con el arte de su momento en el que la provocación deviene un arma contra el sistema establecido. Este drástico posicionamiento le vincula a determinados precedentes dadaístas. Firma, autentifica como obras de arte cosas –como hizo en 1960 con huevos, que marcó con su huella dactilar (la firma es lo que importa hoy en día en el mercado del arte)– y personas (1961) –sobre cuyo cuerpo firmó, designándolas como ‘obras de arte andantes’– y llega, con Mierda de Artista, a convertirse a sí mismo en objeto artístico, acercándose al arte de acción.

Hay quien dice que en su interior solo hay yeso, pero tal circunstancia, al parecer, importa poco, pues lo cierto es que nadie se ha atrevido a abrir ninguna. Mierda de artista, la obra, el fetiche, ha alcanzado la categoría de mito y, como tal, como obra, como fetiche, tiene su correspondencia en el mercado, como hemos visto. ¿Abrirla? ¿Destrozar una obra de arte? ¡Por Dios!

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Una de las “obras de arte andantes” de Manzoni.

Todo parecía innovador, provocador, rupturista, transgresor…, y todo terminó siendo académico y comercial, objeto de consumo. Bueno, en este caso, lo de consumo no en sentido literal. Ya había ocurrido antes con Duchamp. Cuando Duchamp exhibió el famoso urinario hizo algo que, efectivamente, subvirtió las bases en que se asentaba el arte. Estaba diciendo, en realidad, que una mierda pinchada en un palo bien iluminada y expuesta en un museo puede ser considerada una obra de arte, sobre todo si va firmada. Duchamp, los dadaístas en general, querían destruir el arte de la burguesía y la propia sociedad burguesa que había desencadenado la mayor guerra hasta entonces conocida (la Primera Guerra Mundial). La Fuente es de 1917. Su gesto no pasó inadvertido (lo hizo en Nueva York), pero dentro del mundillo del arte. Ahora es todo lo contrario de lo que pretendía ser: un objeto venerado, admirado, arte que se exhibe de manera tan tradicional como el que criticaba. Curioso destino para uno de los grandes enemigos de los convencionalismos. Y es que la diferencia fundamental entre el arte moderno innovador y el académico es que lo que era antiespectacular se repite íntegro y aceptado en el espectáculo. El neodadaísmo, de este modo, terminó convirtiéndose en arte oficial de Estados Unidos.

Hoy todo es lo mismo. No solo porque haya equivalencia entre contrarios, sino porque todo ha sido reducido al mismo caldo universal. Todo es espectáculo. El condicionamiento cultural está en el fondo del condicionamiento general. Todos los museos han seguido la pauta que marcaran los museos americanos al dejar de ser ‘museos de conservación’ y convertirse en ‘museos de exposiciones’, los más importantes vinculados a la especulación y supeditados a los intereses de coleccionistas y casas de subastas como Sotheby’s o Christie’s, a su vez vinculados a las grandes galerías de arte. Es la conjunción de la galería privada y la estructura pública, el museo, con el concurso de las casas de subastas, lo que fija el precio.

 “No hay nada más que decir, solo hay que ser, solo hay que vivir”, escribió Manzoni como conclusión de su texto “Dimensión libre” publicado en la revista Azimut (núm. 2, Milán, 1960), que él mismo había fundado.

Manzoni fue hallado muerto en su estudio de Milán, a causa de un infarto de miocardio, el 6 de febrero de 1963, pocos meses antes de cumplir los 30 años. Lógico. Como a Pollock, Rothko o Kline solo le quedaba una performance, una acción artística realizable: la autodestrucción.

Versión modificada y ampliada de la entrada “El día que Piero Manzoni defecó fuera de la taza del váter”, publicada en este blog el 2 de febrero de 2018.

Ev’ry Time We Say Goodbye

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Jeremy Irons y Juliette Binoche en ‘Damage’ (1992).

Ev’ry Time We Say Goodbye (Siempre que nos decimos adiós) es una gran canción de Cole Porter, autor –como en todas sus canciones– de música y letra. Decir que es una gran canción es algo que puede aplicarse a todas las de Porter, compositor por quien siento una gran admiración. “Si alguien inventa algún día una máquina del tiempo, quiero que me lleve justo al lado de Cole Porter”, escribió el escritor, guionista y director de cine español Ray Loriga. Espero que, si se da el caso, me haga un sitio.

Ev’ry Time We Say Goodbye fue compuesta en 1944 para su musical Seven Lively Arts y, como otras tantas suyas, proto se convirtió en un estándar de la llamada música popular, siendo interpretada y grabada por gran número de cantantes y músicos instrumentistas como Chet Baker, Shirley Bassey, Tony Bennett, John Coltrane, Ella Fitzgerald, Diana Krall, Carmen McRae, Oscar Peterson, Sarah Vaughan, Rufus Wainwright, y un largo etcétera.

La versión que he elegido para el vídeo es la que grabaron Ray Charles y Betty Carter en 1961 y se incluye en el álbum Dedicated to You, de dicho año. En cuanto a las imágenes corresponden a la película Damage (1992), dirigida por Louis Malle, con Jeremy Irons y Juliette Binoche.

El bienestar para todos

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Nada menos que 127 años cumplen ya estas palabras de Kropotkin. 127 años ha que decía que ‘el bienestar para todos no es un sueño’, que ‘es posible, realizable’. Eso sí, siempre y cuando reconozcamos que todo el mundo tiene derecho a vivir, siempre y cuando reivindiquemos el derecho al bienestar y no el derecho al trabajo, es decir, el derecho a continuar siendo siempre un esclavo asalariado.
127 años ha y como si lloviera. Y además sin que llegara a mojar. Seguimos pidiendo, rogando, mendigando, el derecho al trabajo y no el derecho al bienestar. Y, así, hoy, muchos irán –o habrán ido ya– a votar a quienes siguen defendiendo medidas tan caducas como las que ofrecen en sus programas. Y luego me dicen a mí, que me abstengo y promuevo la abstención, que no me queje porque no he votado. Pues no. Ni mucho menos. No se queje usted que ha ido a votar. No se queje usted que anhela seguir siendo siempre un esclavo asalariado o que, más allá de sus intereses, se la trae al pairo el resto de las personas por mucho que se empeñe en decir lo contrario. No se queje, ya sabe que va a tener más de lo mismo.

El bienestar para todos no es un sueño. Es posible, realizable, después de lo que han hecho nuestros antepasados para hacer fecunda nuestra fuerza de trabajo. […]

Basta citar los miles de millones gastados por Europa en armamento, sin más fin que conquistar mercados, para imponer la ley económica a los vecinos y facilitar su explotación; los millones pagados cada año  a funcionarios de todo tipo, cuya misión es mantener el derecho de las minorías a gobernar la vida económica de cada nación; los millones gastados en jueces, cárceles, policías y todo ese embrollo que llaman justicia, cuando alcanza, como es sabido, con aligerar tan solo un poco la miseria de las grandes ciudades para que la criminalidad disminuya en proporciones considerables; en fin, los millones empleados en propagar por medio de la prensa ideas nocivas y noticias falsas, en provecho de partidos, personajes políticos y compañías explotadoras.

Pero esto no es todo. Aún se gasta más trabajo inútilmente, aquí para mantener la caballeriza, la perrera y la servidumbre doméstica del rico; allá para responder a los caprichos de las prostitutas de alto copete y al depravado gusto de los viciosos elegantes; en otra parte, para forzar al consumidor a que compre lo que no necesita o para imponerle con la publicidad un artículo de mala calidad; más allá para producir sustancias alimenticias, provechosas para el industrial y para el comerciante, pero nocivas para el que consume. […]

¿De dónde vendrá la revolución? ¿Cómo se anunciará? Nadie lo puede decir. Es una incógnita. […]

El pueblo sufre y se pregunta: ‘¿Qué hacer para salir de este punto muerto?’. […]

Reconocer y proclamar que cada uno, cualquiera que haya sido su lugar en el pasado, cualquiera que fuese su fuerza o su habilidad, sus aptitudes o su capacidad, tiene ante todo el derecho a vivir, y que la sociedad debe repartir entre todos, sin excepción, los medios de existencia de que dispone. […]

¡Muy diferente sería el resultado si los trabajadores reivindicasen el derecho al bienestar! Si proclamasen su derecho a apoderarse de toda la riqueza social; a tomar las casas e instalarse en ellas de acuerdo con las necesidades de cada familia; a tomar los víveres acumulados y consumirlos de forma tal que pudieran conocer la satisfacción tanto como conocen el hambre. Si proclamasen su derecho a todas las riquezas, y conocieran lo que son grandes placeres del arte y de la ciencia. […]

El derecho al bienestar es la posibilidad de vivir como seres humanos y de criar a los hijos de forma de hacerlos miembros iguales de una sociedad superior a la nuestra, mientras que el derecho al trabajo es el derecho a continuar siendo siempre un esclavo asalariado, un hombre de labor, gobernado y explotado por los burgueses del mañana. El derecho al bienestar es la revolución social; el derecho al trabajo es, a lo sumo, un presidio industrial.

Piotr Kropotkin: “El bienestar para todos”, La conquista del pan (París 1892).