¿Se acuerdan de Elena Francis,
doña Elena, del programa Consultorio de Elena Francis? Los españoles que ya
tienen una edad seguro que sí. Aunque el Consultorio se emitió entre los años
1947 y 1984, fue en las décadas de 1950 y 1960 cuando alcanzó mayor popularidad,
llegándose a recibir quince mil cartas mensuales.
Para mí, el programa está
asociado a mi niñez. De su contenido no recuerdo nada, pero sí de todo lo que
lo rodeaba, incluida su sintonía, que muchos años más tarde averiguaría que se
trataba de Indian Summer, el excelente
tema que compuso en 1919 Victor Herbert. Pasaba de pequeño muchas horas en el
taller de la sastrería de mi padre, con las chicas que en él trabajaban y tenían
siempre la radio puesta. Sonaba la melodía y llegaban los ¡chsss!, los calla, pues
la señora Francis –que, como saben, luego resultó no ser tal señora– se disponía
a aconsejar a las pobres desventuradas que sufrían por haber contravenido
algunas de las sagradas normas del noviazgo o del matrimonio, ayudándolas a que
fueran lo que tenían que ser: fieles servidoras del hogar sumisas a sus
maridos. Nada más recuerdo. Y esto último porque lo leí después, claro.
No está motivado este vídeo, por tanto, por el recuerdo del programa. Lo que en realidad me ha movido a confeccionarlo es la canción que suena, ¡Ay qué buena es Doña Elena!, una canción de lo más divertida. La interpreta el grupo Patxinguer Z, el cual puede que, también los que ya cuenten con cierta edad, recuerden haberlos visto en el programa que emitió la segunda cadena de Televisión Española entre 1983 y 1985 Si yo fuera presidente, presentado por Fernando García Tola. Patxinguer Z surgió de una iniciativa, una de tantas, del músico, cantante, compositor, actor de doblaje y productor, Lluís Miquel Campos (1947), conocido en el mundo artístico como Lluís Miquel, una de las figuras más interesantes del panorama musical valenciano, difusor de la chanson entre nosotros con el grupo Els 4 Z. ¡Ah! La voz femenina es la de Mamen García, actriz también valenciana de amplia trayectoria profesional (en la actualidad pueden verla en un papel de una serie que se titula Señoras del (h)AMPA).
En fin, espero que se lo pasen tan bien viendo el vídeo como me lo he pasado yo haciéndolo. Que la vida se amable con todos ustedes.
Un niño ante un cuadro enorme que muestra la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima en el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima. Fotografía: Kimimasa Mayama / Corbis. Publicada en “The Guardian” (6 agosto 2015).
Se cumplen hoy, 6 de agosto, 74 años del ataque atómico
sobre la ciudad japonesa de Hiroshima,
un ataque tan brutal como innecesario, una demostración de fuerza cuya
finalidad iba más allá de terminar con la guerra.
El 6 de agosto de 1945, lunes, el cielo amaneció claro. En
un día soleado y caluroso, los habitantes de Hiroshima se disponían a iniciar
sus quehaceres cotidianos. Pasadas las 7 de la mañana sonó la alarma antiaérea
y corrieron a protegerse en los refugios. Salieron sobre las 8, convencidos de
que esta había sido falsa. Sin embargo, poco después, a las 8:15, una luz cegadora
cubrió el firmamento y enseguida escucharon un estruendo como nunca antes. Había
estallado, a 580 metros de altura, la primera bomba atómica de la historia. El
azul del cielo desapareció y se volvió rojo intenso a causa de la enorme bola
de fuego que generó la explosión. Parecía que lloraba lágrimas de sangre, fuego
hecho líquido.
Ese mismo día el presidente de los Estados Unidos de
América, Harry S. Truman –un mediocre político que no esperaba llegar a
presidente tan pronto (Roosevelt había fallecido el 12 de abril, él era
vicepresidente) y confesaba sentirse abrumado en el cargo– se dirigió a sus
conciudadanos en los siguientes términos: “Hace poco tiempo un avión
norteamericano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima inutilizándola para el
enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor y han
sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba
hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción (…) Si no
aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará
más ruinas que todas las hasta ahora vistas sobre la tierra.”
Efectivamente, no era el final. Solo tres días después, el 9 de agosto, el centro de Nagasaki era arrasado por una segunda bomba atómica. Esta –llamada Fat Man (hombre gordo)– era de plutonio, la primera –alguien que debía tener instintos sádicos la bautizó con el nombre de Little Boy (Niño pequeño)– de uranio. Las dos sumamente letales y de consecuencias imprevisibles, tanto que sus secuelas se prolongaron durante varias generaciones y aún persisten. “A día de hoy, los hospitales de la Cruz Roja Japonesa siguen atendiendo a miles de supervivientes, afectados por las consecuencias a largo plazo que han padecido, mientras que casi dos tercios de las muertes registradas entre los supervivientes está causada por distintos tipos de cáncer”, denuncia el Comité Internacional de Cruz Roja según la noticia de Europa Press publicada hace poco.
Pero todo esto, entonces, a los responsables de aquellos actos de terrorismo [terrorismo = sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror (RAE)] les importaba simple y llanamente un bledo. La guerra en Europa había terminado, los nazis se habían rendido el 7 de mayo de forma incondicional. Era evidente que Japón no tardaría no capitular, la guerra la tenía más que perdida ya. Pero ¿cómo no probar la bomba? A raíz del descubrimiento de la fisión nuclear a finales de 1938, un grupo de científicos se dedicaron especialmente a estudiar este fenómeno. Leo Szilard, Eugene Paul Wigner, Albert Einstein y otros recibieron del gobierno estadounidense, en 1939, un crédito inicial para llevar a cabo una exhaustiva investigación de la energía nuclear. La intervención de Estados Unidos en la guerra hizo aumentar notablemente los presupuestos de las investigaciones y las aceleró. Los trabajos para la consecución de la primera bomba nuclear de fisión fueron llevados a cabo en Los Álamos bajo la dirección de Jacob Robert Oppenheimer con el nombre de proyecto Manhattan, y la prueba tuvo lugar en Alamogordo (Nuevo México) el 16 de julio de 1945.
Se había invertido mucho dinero –dos mil millones de dólares–
y se había conseguido un arma que nadie más poseía. Había que mostrar al mundo
–en especial a la Unión Soviética– que los Estados Unidos de América eran la
primera potencia porque eran los más fuertes. Y podían ser los más agresivos frente
a quien se atreviera a cuestionar su supremacía.
Tras la cruenta experiencia de la Primera Guerra Mundial,
“los gobiernos democráticos no pudieron resistir la tentación de salvar las
vidas de sus ciudadanos mediante el desprecio absoluto de la vida de las
personas de los países enemigos. La justificación del lanzamiento de la bomba
atómica sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 no fue que era indispensable para
conseguir la victoria, para entonces absolutamente segura, sino que era un
medio de salvar vidas de soldados estadounidenses. Pero es posible que uno de
los argumentos que indujo a los gobernantes de los Estados Unidos a adoptar la
decisión fuese el deseo de impedir que su aliado, la Unión Soviética, reclamara
un botín importante tras la derrota de Japón” (Eric Hobsbawm, Historia del
siglo XX, 1995, 35).
Solo en los primeros momentos que siguieron al estallido de
ambas bombas, fallecieron cerca de 250.000 civiles. A ellos hay que sumar las muertes
causadas por los efectos de la radiación nuclear, con lo que la cifra –los
cálculos difieren según fuentes– podría rondar el medio millón. Por no hablar
de los terribles efectos psicológicos y de que siempre hay buitres carroñeros
de aspecto humano que sacan provecho de la desgracia de los demás, sea cual sea
esta. Así, miles de niños quedaron huérfanos y otros tantos murieron de hambre.
“A otros, la Yakuza, la mafia japonesa, los obligaba a trabajar. Numerosas
niñas desaparecieron sin que se haya llegado nunca a conocer su destino.” (Dora
Luz Romero: “Hiroshima, 70 años después de la bomba atómica”, El País, 5
de agosto de 2015).
El horror en toda su intensidad, el horror por el terror, y
del terror, fue, a pesar de todo lo expuesto, celebrado como un triunfo sin
precedentes por la opinión pública estadounidense, que festejó la masacre. Una
encuesta de la revista Fortune,
realizada en diciembre de 1945, reveló que menos del 5 % de los americanos
pensaban que la bomba no tenía que haberse lanzado. Aún hoy una mayoría de
estadounidenses –más del 50 por cien– justifican tal atrocidad. No deja de ser
preocupante, muy preocupante.
Japón se rindió incondicionalmente también el 15 de agosto. De
no haber estallado las dos bombas atómicas puede que lo hubiera más tarde.
¿Unos días? ¿Unas semanas? Desde luego, no mucho más. Pero, como decíamos, la
decisión de lanzar las dos bombas atómicas tenía otras motivaciones. Había que
justificar la inversión de dos mil millones de dólares, demostrar el poderío a
los soviéticos. ¿Por qué, si no, se probaron dos tipos de bomba? Podríamos
concluir, pues, que tal barbarie aceleró –muy poco, eso sí– el final de la
Segunda Guerra Mundial, pero inició otra: la Guerra Fría.
“Vemos una raza, confeccionadora de leyes, legislando sin saber sobre qué legisla, votando hoy una ley sobre el saneamiento de las poblaciones, sin tener la más pequeña noción de higiene; mañana reglamentando el armamento del ejército, sin conocer un fusil; haciendo leyes sobre la enseñanza o educación honrada de sus hijos; legislado sin ton ni son, pero no olvidando jamás la multa que afecta a los míseros, la cárcel y la galera que perjudicarán a hombres mil veces menos inmorales de lo que son ellos mismos, los legisladores. Vemos, en fin, en el carcelero la pérdida del sentimiento humano; al policía convertido en perro de presa; el espía, menospreciándose a sí mismo; la delación transformada en virtud, la corrupción erigida en sistema; todos los vicios, todo lo malo de la naturaleza humana favorecido, cultivado para el triunfo de la ley.
Y como nosotros vemos todo esto, es por ello que en vez de repetir tontamente la vieja fórmula ‘¡respeto a la ley!’, gritamos ‘¡despreciad a la ley y a sus atributos!’. Esta frase ruin: ‘¡Obedeced a la ley’, la reemplazamos por ‘¡Rebelaos contra todas las leyes!’
Piotr Kropotkin: La loi de l'autorité (La ley de la autoridad), artículo publicado originariamente en el periódico Le Révolté de Ginebra en 1882.
Banegas / Prensa Comunitaria Km. 169.
No quiero trabajar más de cuatro horas, cinco como mucho, al día. Quiero que por ello se me retribuya –también a todos los demás– lo suficientemente bien como para no tener que preocuparme por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más. Quiero disponer de tiempo para disfrutar y poder hacerlo sin impedimentos de carácter económico. Quiero tener los mejores servicios sanitarios sin tener que pagar nada por ello, ni por los medicamentos en caso de que los necesite. Quiero una vivienda digna sin tener que hipotecarme o estar pagando un alquiler que se lleve buena parte de mi salario, y que el agua y la luz sean gratuitas y… Y tantas cosas que esto parece que sea la carta a los Reyes Magos. Sin embargo, nada más lejos. Ese “quiero” no es una petición, es una exigencia. Lo que quiero, lo exijo. Exijo mi parte. Ya.
¿Que no puede ser? ¿Cómo que no puede ser? Claro
que sí. Hay suficiente riqueza en este mundo para todo ello y para mucho más. ¿Qué
está mal repartida? Pues que se reparta adecuadamente. A mí siempre me
enseñaron que lo que está mal hay que corregirlo.
Es bien conocido el poema que escribió en 1934 Bertolt
Brecht cuando estaba exiliado en Dinamarca “Preguntas de un obrero ante un
libro”. Aquel en el que el obrero pregunta, nos pregunta, quiénes en realidad
hicieron posible los grandes logros de la historia. ¿Únicamente quienes los
decidieron y ordenaron? ¿Ellos solos? ¿No necesitaron de obreros para construir
sus magnas edificaciones?, ¿de soldados en sus guerras y conquistas? Pero, en
los libros de historia, dice Brecht, solo figuran los nombres de los reyes y
demás mandatarios.
Nada ha cambiado: en los libros, periódicos y demás medios de comunicación, siguen figurando los ‘grandes hombres’ (y mujeres) como los verdaderos hacedores de la historia. Ahora bien –y esto ningún historiador lo cuestiona–, la historia (conjunto de hechos) la hacemos entre todos con nuestro esfuerzo y trabajo y nuestro proceder cotidiano. El pasado, por tanto, no es únicamente el de los ‘grandes hombres’ y las grandes gestas, es el pasado de los seres humanos colectivamente, en tanto que organizados en sociedades. Y ese pasado no puede aislarse en el tiempo. Sus consecuencias, sus logros, sus reveses, se prolongan hasta el presente.
Somos producto del pasado y todos somos actores, aunque
no desempeñemos papel de protagonista principal. Así se reconoce incluso desde
determinadas instancias políticas. Por eso se erigieron en su día las diversas
tumbas al soldado desconocido, desde el monumento al Landsoldaten (soldado de
infantería) de 1849 en Fredericia (Dinamarca) al de Bagdad de 1982. A ello
responde el nacimiento del Estado del Bienestar, a procurar una mejor
redistribución de la renta y mayores prestaciones sociales para los más
desfavorecidos. Responde no sin importantes matices. ¿Se hubiera desarrollado
este modelo de Estado y organización social si no hubiera existido la Unión
Soviética y el bloque de países del Este? Es decir, si el común de las gentes no
hubiese tenido la posibilidad de abrazar un modelo alternativo y antagónico. Ya
hemos visto qué ha sucedido tras caída del Muro de Berlín.
Tal vez por ello, en la actualidad “tan solo 26
personas poseen la misma riqueza que los 3.800 millones de personas que
componen la mitad más pobre de la humanidad” y “el número de milmillonarios se
ha duplicado, incrementándose su riqueza en 900.000 millones de dólares tan
solo en el último año, lo cual equivale a un incremento de 2.500 millones de
dólares diarios. Además, entre 2017 y 2018, cada dos días surgía un nuevo
milmillonario en promedio. Frente a estos datos, llama la atención la situación
de la otra cara de la moneda, los pobres, cuya riqueza se ha visto reducida en
un 11% perjudicando a 3.800 millones de personas.” [Informe de Oxfam Itermon de
21 de enero de 2017].
¿Cómo han conseguido acumular esos 26 fortunas tan
inmensas? Esos y otros que conforman la élite financiera con la aquiescencia de
sus títeres del mundo empresarial, político, académico y de los medios de
comunicación. ¿Ellos solos? El dinero no cae del cielo. Sin el concurso de
otros agentes, sean colaboradores bien remunerados o trabajadores explotados en
mayor o menor grado, ¿dispondrían de ese capital? No lo creo. Sin embargo, esa
riqueza no revierte en absoluto en aquellos que, por su profesión o simplemente
a causa de la necesidad, han contribuido, y no poco, a que sus poseedores
lleguen a ese privilegiado estatus económico y social, sobre todo en los
últimos. Pagan comparativamente menos impuestos que la mayoría de los
contribuyentes. Si los pagan, pues gran parte de sus capitales se desvía hacia
paraísos fiscales. Cuando fallezcan, sus hijos heredarán la fortuna; los hijos
de los trabajadores, en cambio, solo heredarán un futuro más precario y
desigual.
¡Pues no!
¿Qué cojones es esto? No, no y no. Quiero mi parte. Exijo mi parte. No en
metálico, en bienestar material y calidad de vida, en trabajar menos y disponer
de tiempo para disfrutar, en que estén cubiertas todas mis necesidades básicas
y se respeten mis derechos fundamentales –que son los de la colectividad–, en
no tener que preocuparme, como decía al principio, por mi futuro ni el de mis
descendientes, ni del de nadie más.
Exijo mi parte y la quiero ahora. Ya está bien de componendas
y de mostrarse serviles ante las élites financieras y las leyes del mercado. No
somos mercancía. Tanto me da que quienes les rinden pleitesía sean la derecha
de siempre, la disfrazada de moderada, la pusilánime socialdemocracia actual –o
lo que queda de ella–, o esas nuevas izquierdas que con su discurso verde y de
desarrollo sostenible, de medidas alcanzables, y sin una identificación clara
con un nuevo sistema social, terminan diluyéndose en el actual y
robusteciéndolo.
Versión ampliada de la entrada publicada el 2 de febrero de 2018.