Sophisticated Lady: Grace Kelly

Fantástico tema de Duke Ellington que, a juicio de un servidor, le va como anillo al dedo a Grace Kelly, mujer considerada símbolo de la elegancia –o de lo que se entiende por esta–, cuya imagen sofisticada y llena de glamour es difícil comparar con la de ninguna otra estrella del momento. En este sentido, estoy completamente de acuerdo con el crítico cinematográfico James Spada:

“¿Qué fue lo que hizo de ella una super estrella en tan poco tiempo? Su belleza habría garantizado una carrera cinematográfica de éxito, pero su meteórico ascenso pudo estar basado, principalmente, en el hecho de que Grace Kelly fuese la persona adecuada en el momento oportuno. La irresistible combinación de refinamiento y atractivo sexual resultaba perfecta en los años cincuenta; cuando en Estados Unidos las actitudes más conservadoras se dejaban de lado, cada vez con mayor audacia, a favor de la apertura sexual, y sobre todo en los medios cinematográficos. Los norteamericanos estaban fascinados por la sexualidad, pero algunas veces consideraban ofensiva la descarada exhibición de Marilyn Monroe. En cierta manera, Grace Kelly era: la Marilyn del beato.” (Cineforever.com).

Sophisticated Lady fue compuesta Ellington en 1932 y grabada en 1933 como tema instrumental (más tarde se le añadiría letra). Pronto se convirtió en uno de los grandes estándares del jazz y fue versionado por, entre otros, Harry James, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Julie London o Tony Bennett. Sin embargo, para mí, ninguna versión es comparable a la primera grabación. Si antes me mostraba de acuerdo con Spada, más aún lo estoy con las siguientes palabras del historiador Eric Hobsbawm:

“Lo mejor de la obra de Ellington es lo que creó para cabarets y salones de baile (…) Quien esto escribe, a los dieciséis años se enamoró para siempre de la orquesta de Ellington en su mejor época, al oírla tocar en lo que se llamaba un ‘baile-desayuno’ en un salón de baile de las afueras de Londres ante un público atónito que no contaba para nada, salvo como una masa oscilante de gente bailando que era lo que orquesta estaba acostumbrada a ver ante ella. Los que nunca han oído a Ellington tocando música para bailar o, mejor aún, en un comedor lleno de noctámbulos elegantes, donde el verdadero aplauso consistía en el cese de las conversaciones alrededor de las mesas, no pueden saber cómo era la mejor orquesta de la historia del jazz cuando tocaba a gusto en su propio ambiente.” [“Duke Ellington”, New York Review of Books, 19 de noviembre de 1987; reproducido en el libro Gente poco corriente. Resistencia, rebelión y jazz, 1999).

Precaución y Medicina

El principio de precaución comporta la adopción de medidas preventivas. No porque se tenga la seguridad de que son necesarias, no. Por si acaso lo fueran. La Medicina –o Mierdicina– nos dice que hay que ser precavidos. Y que no lo eres tendrás tu castigo. No abuses, contrólate, nada de extremos, no fumes, no bebas. Eso no tiene mérito, así cualquiera. Si te portas mal morirás. Medicina y religión se dan, pues, la mano. Miedo, amenazas, precaución. “Haga ejercicio, fume menos y reduzca el consumo de alcohol”, decía el último informe de Medicina laboral que me hicieron (años ha). Y sin pudor o vergüenza alguna acababa con un “apto para el trabajo”. ¡No te jode! Eso ya lo sabía yo. Para esa estupidez no me hace falta ningún médico, ningún gurú. Dejaros de chorradas y ayudad a la gente a disfrutar un poco de la vida: tome tal pastilla, o tal potingue, o venga una vez al mes, o cuando corresponda, y le desintoxicaremos, sin pagar, por la Seguridad Social (de otro modo ya puede hacerse; ya hay quien puede hacerlo, mejor dicho). No se preocupe, hemos avanzado mucho, tenemos remedio para que no deje el placer, el suyo, aunque no sea el mío. ¿La ciencia al servicio de la humanidad? ¿La Medicina aliada del placer? Imposible. Medicina preventiva, medicina laboral. Trabajo y luego descanso. Si no se descansa no se rinde, no se produce, y no puede darse la entente cordiale entre los que no han llegado alcanzar la luz, pero son los que suministran la energía, y los que disfrutan de un todo luminoso y tienen la llave del interruptor.

Es posible que esté siendo injusto con la Medicina. No en los términos en que a ella me refiero, sino al aislarla así de las otras ciencias, o disciplinas, o como se las quiera llamar. Quien puede permitirse un buen abogado podrá eludir penas, quien puede contratar un buen arquitecto tendrá una estupenda casa, un buen economista conseguirá que pague poco a Hacienda y le aconsejará como invertir el dinero negro, buenos profesores le garantizarán una buena educación. Ciencias, disciplinas, o como se las quiera llamar, abstracciones al fin y al cabo, pura metafísica, presuntas realidades intangibles. No es cuestión de profesiones, sino de profesionales.

Así que sea precavido, cuídese, trabaje, ahorre… Y que la rueda siga girando, que el espectáculo ha de continuar. Ahora bien, recuerde que el guión está escrito y los personajes principales repartidos de antemano, pero en su mano está representar el papel que le han asignado o negarse. De usted depende.

Saber y conocer

Contrariamente a lo que hubiera cabido esperar, el acceso del hombre al conocimiento, que no al pensamiento, no ha supuesto liberación alguna para el ser humano. Las contradicciones afloran como si hubiesen estado ocultas en lo más hondo de la mayor profundidad, cual sombras chinescas que hastiadas de tanto luto necesitan luz y color, anunciando el fin de la historia, pues hemos llegado, dicen quienes así piensan, al mejor de los mundos posibles y, en consecuencia, a la última etapa de la evolución humana, lo que probablemente sea cierto, aunque por razones muy distintas de las que alegan argumentos a favor de tal extravagante razonamiento: la pérdida progresiva de valores por la abstracción de toda experiencia, la pasividad con que afrontamos el devenir, el desaliento, la aniquilación.

Hemos empobrecido intelectualmente, nuestra capacidad de pensar es cada vez más limitada. Las injusticias y desigualdades son tan habituales que ya forman parte del ordenamiento natural. Represión y prohibición atenúan la tolerancia –todo tiene sus límites, no todo puede hacerse, pretextan– y acrecientan la conformidad y la resignación. Es el tiempo inmóvil que vivimos, paradójicamente, de manera tan acelerada. Y es que una cosa es conocer y otra muy distinta es saber. Se pueden conocer muchas cosas, pero no saber nada de ellas.

Una versión anterior fue publicada en este blog el 1 de febrero de 2018.